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Semana Santa





Tenía el cuerpo pegajoso y en algunas partes viscoso por el sofocante clima de Abril, el sol era lo que su abuelo solía decir “bravo” y bastaba con poner un pie sobre el ardiente asfalto para sentir la planta del pie quemarse dentro del zapato.
Por más calor que hiciera, a Luis no le parecía suficiente como para dejar de fumar un poco de mariguana. En su habitación tenía un cajón con doble fondo repleto de pequeñas bolsas con diferentes tipos de mariguana, desde la hidropónica, pasando por la pelirroja y la gold Acapulco, hasta llegar a una muy rara de color verde muy oscuro, casi negro, con pelusa gris por todas partes y conocida como lomo de gorila.

Luis se pasaba todo el día sentado frente a su casa, tostando su ya muy morena piel y haciendo cigarros de mariguana con una sola mano. Estaba en esas agrietadas escaleras de piedra cuando vio a la señora Olga regresando del mercado con los niños asoleados, pero sonrientes, con un helado en la mano y en la otra una bolsa con quesadillas y flautas de papa. La señora Olga parecía tener problemas con las bolsas y Luis la ayudó a cargarlas los últimos metros. La señora Olga trató de darle una moneda, pero Luis no se la recibió. Ya iba de regreso a sus escaleras cuando fijó la vista en la enorme casa azul de la señora Jessica y miró cómo salía con su hermoso cabello rubio y su atlético cuerpo de gimnasio a despedir al sujeto alto y moreno que todos los domingos por la mañana, desde hacía dos meses, arreglaba su costosa y casi nueva lavadora. Luis se limitó a sonreír y mover la cabeza desaprobando. La señora Jessica lo miró alejarse con una sonrisa que dejaba al descubierto sus perfectos dientes blancos, parecía que lo seguiría mirando hasta subir al modesto Derby, pero encontró a lo lejos la mirada de Luis y de inmediato fue sustituida esa sonrisa por una mueca de desprecio. Indignada, dio media vuelta y entró de nuevo a su casita de ensueño.

Luis se sentó de nuevo en las escaleras y terminó de armar un cigarrillo, sacó de la bolsa derecha de su bermuda un par de llaves raras con un llavero plateado de la santa muerte y un encendedor tipo sipo. Ya le había pegado una buena bocanada a su cigarrillo cuando vibró su teléfono, era un mensaje por WhatsApp de “El loco”. Había trabajo.

Subió a su viejo Mustang negro, le hacía falta pintura y tal vez unos asientos nuevos, pero en realidad se veía en muy buenas condiciones. Tenía todo tipo de compartimientos para esconder bolsitas de droga y un arma de bajo calibre oculta, pero a la mano. Arrancó el carro y a los pocos metros encendió la radio para escuchar alguna canción de Rock en español y justo cuando comenzaba a sonar apuesta por el rock and roll, alarmas de carros en todo el vecindario comenzaron a sonar, Luis detuvo el Mustang y se dio cuenta del problema, cuando vio que los postes y el cableado se tambaleaban con suficiente violencia como para comenzar a creer en Dios. La gente comenzó a salir de sus casas, personas en pijama, sin calzado, con el cabello sin arreglar, otros con sus diminutos perros en brazos y entre todos Luis notó a una chica de piel blanca, anteojos, cabellos negro y con uno delicado, pero sexy cuerpo, cubierto sólo por unas pequeñas pantimedias grises y una diminuta playera blanca que no dejaba mucho a la imaginación. Luis no pudo evitar sonreírle a la joven, pero en medio de su intento por aparearse, un poste de concreto cayó y partió un carro por la mitad. Lo que antes parecía un ordenado simulacro con una que otra mujer gritona se convirtió en ese momento en una escena de caos y desesperación. La gente corrió por todas partes buscando refugio. Algo comenzó a tronar, Luis pensó que se trataba de los cables de alta tensión chocando contra el piso, pero se dio cuenta de que eran las casas que comenzaban a agrietarse y algunas ventanas comenzaron a partirse en pedazos. Después de casi dos minutos todo había terminado.

Luis puso en marcha el carro y mientras se dirigía de manera mecánica a su destino, contempló a mucha gente llorando, en shock, a otras descalzas y con las plantas de los pies sangrando. Vio una cornisa que se había despedazado y había caído sobre un hombre que ya hacía en el piso inconsciente o tal vez muerto. 
La radio dejó de sonar y sólo se escuchaba estática y cuando se disponía a apagarla la voz de un sujeto se hizo presente.


-Damas y caballeros, interrumpimos esta transmisión para informar sobre un sismo que acaba de sacudir a la ciudad de México, “Charly” y yo su servidor, no pudimos abandonar la cabina por la responsabilidad de traer hasta ustedes la información del sismo. El primer reporte que tenemos es que pudo haber sido un sismo de 8.4 grados en la escala de Richter, con epicentro en la ciudad de Guerrero. Muchos edificios que están en las inmediaciones de la cabina, en la colonia Polanco, han caído desmoronados. No tenemos cifras exactas, pero sabemos que debe de haber un gran número de heridos y bajas humanas. ¿Tú que dices Charly?

-Así es Christian, tal vez tenga que ver con los acontecimientos que esta semana santa trajo consigo. No sé si puedas recordar que el día Martes pudimos ver desde la ciudad de México un fenómeno conocido como luna sangrienta, que hoy sabemos es causado por la posición de la tierra entre la Luna y el Sol, pero que en otros tiempos podría haber sido una señal de mal augurio. También la granizada del día Jueves, Jueves Santo, en la que media ciudad quedó cubierta por casi treinta centímetros de granizo, e incluso hay quienes reportaron en ese momento vidrios y parabrisas rotos por el tamaño excesivo de dicho granizo.


-Charly, no puedes olvidar las mariposas o palomillas, como las llaman muchos aquí, que el día viernes invadieron el Zócalo capitalino y que los expertos aún no saben de dónde salió tal cantidad de este tipo de insectos.

-Cristian, está llegando un reporte desde el aire con las colonias más afectadas, vamos a escuchar a nuestro compañero Said que se encuentra allá arriba. Said, estamos contigo… -Más estática se escuchó por unos segundos.
Luis ya tenía suficiente y decidió apagar el radio. Sacó un cigarrillo armado de la guantera y decidió que a ninguna autoridad le importaría pararlo por echar un poco de humo verde. Al parecer tenían otras prioridades. Condujo lento mirando los destrozos por otros 20 minutos y no se detuvo hasta llegar a casa del Loco.


Cuando llegó, el Loco iba bajando de su Mazda 3 color rojo, le pidió ayuda para bajar una pantalla de la parte trasera del auto, le contó que la acababa de robar del centro comercial y que traía una aspiradora y un horno de microondas en la cajuela. Del lado del copiloto había una enorme caja con un estéreo de última generación y muchos paquetes de cigarrillos. Tras bajar las cosas le dijo que le tenía un encargo. El Loco destapó una cerveza con los dientes y le dijo que tenía a dos sujetos amagados en la habitación trasera.

El Loco era un moreno, no muy alto, con mirada ventajosa y rapado. Tenía tatuajes por todo el cuerpo, muchos de esos tatuajes eran realmente horribles, pero era porque habían sido hechos en prisión. Caminar tras él por los oscuros pasillos de su casa, siempre le daba a Luis la extraña impresión de que en cualquier momento giraría y le metería una puñalada en el ombligo, sólo por diversión.
Al pasar por una de las habitaciones vio a una chica joven, al menos 10 años más joven que el Loco, era rubia, de ojos azules y facciones muy finas, estaba tratando de ponerse unas pantimedias y luego un Jersey del Loco. Miró a Luis por un segundo y continuó con su torpe intento de vestirse. Al regresar la vista al pasillo el Loco ya lo estaba mirando con una sonrisa truculenta y carente de varios dientes.

-Cuando quieras es tuya, solo que primero tienes que impresionarla-. Y soltó una carcajada.

-¿Cómo demonios la impresionó el Loco? –Pensó Luis -Tal vez le apuntó con un arma a la cara-. Sonrió sin ánimo.

Al llegar al final del pasillo encontró una habitación en la que se encontraban dos tipos atados de pies y manos, con los ojos encintados y con una mordaza en la boca.

-Robamos un camión hace unos días y el estúpido del Bomba trajo el tráiler con Trailero y copiloto. Los iba a dejar libres en algún lugar del estado de México, pero el chico reconoció al Bomba y ahora no tenemos otra alternativa.

Luis detestaba tener que desaparecer cuerpos, pero no tenía de otra, se lo estaba pidiendo el Loco en persona y además había buen dinero de por medio.

-Está bien Loco, pero sabes que ya no quiero hacer este tipo de encargos. Espero que sea el último.

-No lo creo Luisito –Dijo el Loco con seriedad –Tal vez no lo sepas, pero ya no hay gente como tú, con huevos y con cerebro. Si mandara a uno de mis “mostros” a hacer algo como eso, seguro lo agarrarían y en unos días yo también estaría chingándome en cana.

Luis pasó la tarde en casa del Loco mirando en el televisor nuevo las noticias sobre un meteoro que había iluminado el cielo en Rusia y que no había causado daños importantes, pero había terminado con la comunicación en algunas zonas.

Cuando cayó la noche se preparó para poder subir a la cajuela al trailero y al copiloto. Estaba un poco inquieto de que no cupieran los dos y que tuviera que llevar a uno en los sillones traseros, pero cuando al fin llegó el momento, los dos cuerpos embonaron como en el tetris.
Encendió la radio en su estación de Rock favorita y manejar desde la casa del Loco hasta el municipio de Ecatepec no fue difícil. Vio un par de patrullas de camino, pero tal vez tenían su atención puesta en las grietas que el temblor formó sobre la avenida.

Llegó a Tecámac, y pasó cerca de una pequeña casa que tenía ahí, se imaginó dándose un baño tibio después de haber cavado otro sucio y frío hoyo en el que desaparecería a otro par de infelices.

Se salió del camino para entrar en un estrecho paso de terracería. Dos kilómetros más adelante detuvo el Mustang. Una peste a animal muerto le saturó el olfato, no era raro, pues a un kilómetro de ahí había una fábrica de jabón y las fábricas de jabón utilizan grandes cantidades de grasa animal, grasa que en época de calor, como lo es la semana santa, tiende a pudrirse y a esparcir por kilómetros el aroma de la muerte a una velocidad increíble.

A Luis no le gustaba trabajar con las luces del carro encendidas y tampoco utilizaba su lámpara, creía que así no llamaría la atención de algún curioso despistado que lo pudiera ver actuar y también evitaría que los mosquitos lo picaran hasta drenarlo. A pesar de eso sacó la diminuta lámpara de mano de la guantera y un arma que escondía bajo los cables sueltos del estéreo, los metió en su chaqueta y comenzó a cavar en la oscuridad.

No tardó mucho en hacer un hoyo lo suficientemente profundo para que los dos sujetos cupieran, pues había elegido aquel lugar para todos sus encargos por lo suave de la tierra y lo alejado de cualquier lugar en cualquier dirección. Al menos tardarían otros 10 años en construir algo por ahí.

Caminó hacia el carro, encendió un cigarrillo y luego puso el Mustang en neutral, sin prender las luces lo acercó hasta el agujero para librarse de arrastrar a los sujetos hasta ahí, pero cuando miró por el retrovisor vio algo extraño, una figura de pie entre el carro y el hoyo. Puso el freno de mano y volteó rápidamente pensando que mientras cavaba los sujetos se habían liberado de sus ataduras y habían salido de la cajuela sin que él se diera cuenta, pero no vio nada.


-Tal vez no debí de haberme prendido el lomo de gorila –Pensó Luis al tiempo que empalidecía.

Regresó la vista al frente y respiró hondo. Salió del carro para ver si aún seguían esos dos en la cajuela. Levantó despacio el cofre y efectivamente, ahí estaban, llorando en silencio y frotando sus cabezas en un extraño gesto de consuelo.
Luis nunca había podido matar a ninguno de sus encargos antes de meterlos al hoyo, todos los que había mandado el Loco vivos, habían sido enterrados vivos. Estos no serían la excepción.

Tomó por los pies al primero y éste se retorció como el gusano que descansa bajo la piedra y es alcanzado por la dañina luz del día. El pobre gimió tan desesperadamente que de haber sido el primer encargo de Luis, tal vez se habría arrepentido y lo habría dejado comenzar una  nueva vida en un lejano estado de la República Mexicana.

Tiró con fuerza sujetando ambos pies, cuando una pálida mano lo tomó con fuerza por la muñeca, de la impresión dejó escapar un grito, se tiró de nalgas sobre el césped y sacó el arma que tenía guardada en la chaqueta, apuntó a la oscuridad y no vio nada.

Luis comenzó a entrar en pánico y la habitual taquicardia de sus primeros días como fumador activo de mariguana, regresó.


Sacó la lámpara de su chaqueta y la tomó junto con el arma como había visto tantas veces en las series policiacas americanas y comenzó a caminar hacia el único sitio donde podría haberse escondido una persona. A un costado del mustang.

En un movimiento rápido iluminó el área, tampoco había nada ahí. Luis comenzó a bajar despacio tratando de iluminar bajo el carro y cuando pasó la lámpara de izquierda a derecha vio algo pálido y huesudo alejarse por el otro lado. Lo que vio le recordó el movimiento de un cienpies y un escalofrío le recorrió la nuca y luego todo el cuerpo.

Se levantó agitado e iluminó el frente del mustang. Definitivamente había algo ahí, no era humano, era más rápido que él y no parecía querer ser su amigo.

Luis no lo pensó más y decidió que no podría terminar el trabajo.
Antes de dar un paso algo le jaló ambas piernas y calló de boca sobre el césped, soltó el arma para poder meter las manos y la lámpara rodó a un par de metros y por unos segundos dejó ver el aterrador rostro de la muerte; Los ojos parecían cubiertos por una tela blanca y en estado de descomposición, la boca la tenía repleta de dientes humanos, pero en desorden, tenía un agujero en medio del rostro del cual escurría un líquido viscoso y que pretendía ser una nariz. Brazos y piernas por todas partes unidos a un dorso que parecía no tener fin.

Antes de que pudiera emitir cualquier sonido un golpe seco lo mandó a dormir.

Cuando recuperó la conciencia todo estaba oscuro. Una fuerte punzada en la cabeza lo sorprendió en ese momento, se quiso llevar las manos a la nuca y descubrió que el espacio era demasiado reducido, cuando al fin logó tocar su nuca, sintió el cabello empapado en algo que supuso era sangre.

Buscó rápidamente en la bolsa de su pantalón y encontró las llaves del Mustang y el encendedor. Lo encendió y entendió lo que pasaba. Le habían hecho lo que él llevaba haciendo años; lo habían enterrado vivo.
Al mirar hacia sus pies se percató de que había un hueco por el cual tal vez pudiera salir, pero antes de que pudiera arrastrarse dos centímetros hacia él, un par de manos grises y de uñas negras comenzaron a aparecer por ahí, luego el mismo rostro que había visto antes de ser sepultado y en ese instante, y en ese rostro, encontró a todas las personas que había sepultado vivas durante tanto tiempo en ese mismo lugar.

Al otro extremo de la creatura sólo había manos y piernas trabajando juntas para sepultar vivo a su verdugo y dejar como únicos testigos a un Mustang negro, un cielo estrellado y a un trailero, ahora diabético, amagado junto con su joven copiloto.


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Por Kris Durden
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