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Terror :3

Tres hermanos.
(Nueva versión de La Lamida)


Estos hechos acontecieron hace algunos años en un área cercana a un hospital mental. En éste se encontraban personas enfermas de distintos males psíquicos, pero uno de sus pabellones estaba destinado en exclusiva a criminales, pues los jueces en algunos casos habían decidido que lo mejor sería que dichos criminales fuesen institucionalizados en donde se pudieran tratar sus problemas mentales, antes que en la cárcel, donde seguramente lo único que se conseguiría era agravarlos.

A unos 15 kilómetros del psiquiátrico vivían los hermanos García. Eran tres hermanos que se dedicaban al cuidado de unas pequeñas tierras que habían heredado de sus familiares, quienes siempre habían vivido por la zona.

Juan, que era el nombre del menor de los hermanos, siempre iba acompañado de su fiel perra Laika, una pastor alemán preciosa que se habían encontrado perdida en una carretera cercana. Una tarde, después de haber pasado todo el día en el campo, se dispusieron a volver a casa y cocinar unas papas con un poco de carne que habían comprado hace unos días en el pueblo. Una vez en casa, mientras Pedro preparaba la cena para Juan y para Román, el mayor de los hermanos, escucharon por la radio que Ricardo Ruiz Pérez se había fugado del psiquiátrico y podía andar por los alrededores.

Ricardo Ruiz era un peligroso psicópata, al cual encerraron por el asesinato y violación de cinco menores. Tardaron varios meses en descubrir los hechos, pues él solía descuartizar a sus víctimas y echárselas de comer a una jauría de perros. Los asesinatos de Ricardo fueron muy seguidos por el pueblo, ya que entre sus víctimas se encontraban tres hermanas de una misma familia, y esto conmocionó a la opinión pública.

Los tres hermanos se sintieron angustiados por la noticia; ellos, como el resto, habían seguido las fechorías de Ricardo. Durante la cena fue el recuerdo de los asesinatos y la poca seguridad que había en el psiquiátrico, siendo incomprensible que se hubiese podido escapar un asesino como ése.

Sobre las diez de la noche se prepararon todos para ir a dormir. En la habitación, Pedro dormía en la litera superior, Román en la del centro y Juan en la de abajo. Debajo de la litera de Juan dormía Laika, su perra, a la que le encantaba que Juan le rascase el lomo antes de dormir, y ella como muestra de cariño siempre le lamía la mano.

Media hora más tarde estaban ya todos acostados y prácticamente dormidos por el cansancio acumulado del día anterior. Pasaron las horas y, de repente, algo sobresaltó a Juan; había escuchado algo como el chirriar de la puerta. Se mantuvo expectante durante unos segundos, y luego introdujo su mano debajo de la cama para acariciar a su fiel amiga; ésta se lo agradeció como de costumbre, con unos lametones en la mano, tranquilizando a Juan y permitiéndole volver a dormir plácidamente.

Pasaron las horas y por la ventana del cuarto comenzaban a entrar los primeros rayos de luz a la diminuta estancia. Pero más que la luz del sol, lo que despertó a Juan fueron unas pequeñas gotas que caían sobre su rostro. Abrió poco a poco los ojos mientras se llevaba las manos al rostro, donde sentía que caían las gotas; cuando finalmente abrió los ojos vio que esas gotas procedían del colchón de Román, y que ese color rojizo que desprendían sólo podía ser sangre.

Se levantó de un salto de la cama y miró a su hermano, paralizándose de terror. Estaba amordazado y con una infinidad de cuchilladas en su cuerpo, y sobre él también caían gotas de sangre, provenientes del colchón superior, en donde un cuchillo atravesaba el cuello de su hermano Pedro.

Juan, incrédulo ante la escena que estaba presenciando, se arrodilló en el suelo llorando, y allí pudo encontrar a su querida perra Laika asesinada de una manera brutal, partida por la mitad. Y encontró una nota ensangrentada, en la cual se podía leer «Los locos también sabemos lamer».

Juan, aterrado, notificó los hechos a la policía diciendo que Ricardo Ruiz había asesinado a sus hermanos y a su perra, pero la policía no le creyó. Juan fue acusado del asesinato de sus hermanos a causa de un desdoblamiento de su personalidad, y encerrado durante veinte años en el psiquiátrico. Allí pudo averiguar que Ricardo había sido detenido dos horas después de su fuga, en una carretera con dirección a Barcelona.



Los retratos (Versión clásica)

#creepypasta


Un hombre fue de visita a otro pueblo por motivos familiares que no importan , y para regresar al lugar del que había venido , tuvo que caminar por el bosque,pero como el no conocía bien aquellos lugares, se perdió entre la excedida maleza.

El hombre estaba demasiado preocupado porque ya era de noche, entonces, encontró un Espacio despejado y en él, una casita de madera. Tocó a la casa, pero nadie salió a abrirle; entonces el forzó la puerta, y esta se abrió lentamente y rechinando por lo que era vieja . ya era muy noche así es que no había tanta visibilidad pero se lograba ver que la casa era de un solo cuarto, con extraños retratos de gente que parecía verlo con una horrible mirada; todos los retratos parecían haber sido tomados en ese mismo bosque. El hombre fue rápido a la cama y se tapó para no ver los retratos que cada vez parecían más estarlo viendo.

A la mañana siguiente, al hombre le dio mucha curiosidad de ver si los retratos se veían igual de feos a la luz del día, pero se sorprendió al ver que en la casa no había ni un solo retrato, sino muchas ventanas al exterior.



Los retratos. (Nueva versión)

#creepy


Una pequeña, que se encontraba de vacaciones en un bello bosque de maple, se le escapó de vista a sus hermanos por querer atrapar a un conejito para adoptarlo y llevárselo a casa. Sus hermanos ya iban por la segunda botella de whisky y sus padres se encontraban en una velada romántica en la pequeña cabaña que habían rentado; nadie había notado la desaparición repentina de la niña.

Como era de esperarse, el pequeño mamífero llegó a su madriguera y se escondió del terrible monstruo que lo venía persiguiendo. La pequeña se rindió tras varios intentos de sacar al animalito de su madriguera, y optó por regresar por donde vino, o más bien por donde ella pensó que vino.

Sabía que había pasado un letrero de lámina, un pequeño lago y un camino de rosas rojas que la llevaron al pequeño lago. Pero las cosas no eran como ella recordaba.

Al seguir avanzando, la niña se percató de que no iba a llegar a ningún lado siguiendo ese camino, y decidió tomar un camino alterno.

Y tras varias horas de suspenso en el bosque, llegó a su cabaña. La reconoció porque todo estaba ahí, sus juguetes, la fogata y el auto rojo en el que llegaron.

Corrió rápidamente y, al entrar, notó que en ciertos lugares de la cabaña había retratos que nunca había visto. Retratos de lo que parecía ser gente mirándola fijamente. Pero esto no le importó, corrió y gritó por toda la cabaña buscando a sus padres, sin tener éxito. Pensó que tal vez su familia estaba afuera buscándola en el bosque y que por eso no había nadie.

Al volver a la sala de la cabaña, notó que todos los retratos habían cambiado de expresión. Intentó correr hacia su cuarto, pero al dirigirse a las escaleras, éstas habían desaparecido, y los retratos seguían cambiando.

Corrió y se encerró en la primera puerta que vio. Tomó sus piernas con ambos brazos y cayó en un profundo sueño.


Un hombre regresaba de un exitoso día de cacería. Le había reventado el cráneo a dos pequeños conejos que salían de su madriguera cerca de un camino de rosas rojas. Se disponía a llevar su preciado botín a la cabaña que había rentado, pero una torrencial lluvia lo desvió de su camino.

Corrió sin rumbo fijo por unos minutos y avistó una vieja cabaña a lo lejos. Se dirigió a ella lo más rápido posible, tocó y pidió refugio a la gente que vivía en ese lugar, pero nadie respondió.

Sin pensarlo dos veces, entró. Gritó por unos instantes que había entrado, que no era un ladrón y que sólo buscaba refugio de la lluvia. El sonido de las gotas chocando contra la madera fue la única respuesta que obtuvo.

Poco fue el tiempo que pasó hasta que se cansó de estar en la oscuridad. Tomó su linterna de bolsillo y, en su búsqueda, notó que las paredes estaban llenas de retratos de personas que lo miraban fijamente. A esto no le dio importancia; la decoración de aquella cabaña no era algo que le importara.

Buscó por todos lados un interruptor o la caja de fusibles, pero no encontró nada. Pasaron unas cuantas horas y la lluvia parecía no tener fin. Se encontraba ya exhausto, y decidió tomar una pequeña siesta en la única recámara que había encontrado.

Colocó una nota en el picaporte de la puerta principal, para que el dueño pudiera verla y leyera que él estaba adentro y que le pagaría por su hospitalidad. Esto, claro, en caso de que el dueño llegara.

Tomó todas sus pertenencias y las puso a un lado de la cama, pero en toda la noche le fue imposible conciliar el sueño. Truenos y relámpagos lo perturbaban inquietantemente del mar de sueños en el que se encontraba; y había notado que cada vez que despertaba, el retrato que estaba en la recámara cambiaba constantemente de expresión.

Tomó con ambas mano su escopeta y se dispuso a mandar al infierno aquel retrato si éste volvía a cambiar, sólo que esta vez no necesitó de un trueno para despertar.

La madera rechinante de la cabaña comenzó a sonar al compás de unas pisadas. Pisadas que se iban acercando a la recámara. El hombre apretó con fuerza ambos ojos, con la esperanza de acallar las pisadas, pero éstas no cesaban. Sabía que no estaba solo, y que aquello, fuera lo que fuese, estaba parado a un lado de él, y lo estaba observando fijamente.

Y sin previo aviso la cabaña comenzó a estremecerse. Se levantó sorprendido de la cama y con el rabillo del ojo notó una silueta pequeña parada junto a él. Volteó lentamente la cabeza y vio una pequeña niña.

El hombre entró en shock. Se miraron fijamente uno al otro, y fue la tierna voz de la pequeña al decirle «Hola» lo que lo sacó del trance. Giró velozmente su escopeta y le voló la tapa de los sesos a la niña.

Pegó un grito y salió corriendo de aquel lugar. Al poco tiempo llegó a una carretera en donde fue auxiliado por la policía local. Les contó lo que había sucedido, y lo detuvieron por precaución hasta que aclararan los hechos.

La niña a la que le había volado la tapa de los sesos resultó ser la hija y hermana de una familia que la había reportado como desaparecida hace algunas horas. El hombre no podía creer tal historia, y afirmó que lo que hizo, lo hizo en defensa propia, porque los retratos querían hacerle daño.

La policía no tuvo más opción que llevarlo a la cabaña para que contara ahí su versión de los hechos. Pero al poco tiempo de entrar a la cabaña, se percató de que no había retratos. Sólo había ventanas.

Día del botón

Laura fue despertada por su padre, algo que no había ocurrido desde que era pequeña. A medida que sus pensamientos adquirían prominencia en su mente, se sintió segura de que había dormido sin ropa, y que su padre la había visto; pero para su alivio traía puesta su pijama celeste. Dios, ¿qué estaba haciendo aquí?

—Vamos —dijo él alegremente, abriendo las cortinas y dejando que la luz solar entrase—. Es el Día del Botón, ¿lo recuerdas? Vístete, ponte algo bonito. Nos vamos en una hora.

—Papá, ¿qué demonios? ¿No pudiste simplemente tocar? ¿Y si dormía desnuda?

No la volteó a ver, estaba muy ocupado admirando su jardín desde la ventana.

—Créeme, no es nada que no haya visto antes. Soy tu bendito padre, te he limpiado el culo demasiadas veces ya.

—No es el punto, papá —Laura se incorporó, refregándose los ojos, y recordó lo que su padre acababa de decir—. Papá, ¿acaso dijiste «Día del Botón»?

—Eh, sí. Qué, ¿se te olvidó? —Rió mientras se dirigía hacia la puerta—. No parabas de hablar sobre ello anoche.

Laura frunció el ceño, sin entender.

—¿De qué estás hablando?

Él negó con la cabeza, todavía sonriente mientras salía de la habitación.

—Vístete. El desayuno está listo.

La dejó sentada en la cama, con la sábana hasta sus pechos, y una mirada de confusión en su rostro. Eventualmente se levantó de la cama y empezó a probarse ropa que tenía a mano. Sonidos familiares le llegaban desde abajo: el traqueteo de ollas y sartenes, la televisión por lo bajo, las voces de su familia hablando entre sí, una breve y estridente risa —su hermano, sin dudas riéndose de la televisión—.

Subió la cremallera de sus pantalones y esperó pensativa un momento, antes de finalmente decir, «¿Día del Botón?».

En la planta baja, su madre estaba lavando los platos, tarareando para sí misma. Su padre y su hermano estaban sentados en la mesa, comiendo tostadas; su hermano vestía con una camisa blanca, y él nunca usaba camisas. Dudaba de que incluso tuviese una. Era una de su papá, la reconoció.

—¿Qué con la camisa? —preguntó, tomando una tostada, y los ojos de su hermano no se alejaron del televisor, lo que era típico de él.

—Es el Día del Botón, ¿no? —murmuró con la boca llena de tostada, y su madre se volvió para regañarlo.

—Mark, no hables con la boca llena —Vio a Laura y suspiró—.

Laura, podrías haberte puesto algo mejor que eso. Al menos haber hecho el esfuerzo.

—¿Para qué? —dijo Laura; luego miró al techo, irritada—. Oh, espera, déjame adivinar. Día del Botón. ¿Me estoy perdiendo de algo?

Su madre negó con la cabeza, retomando su quehacer.

—No seas tan infantil, Laura. No te luce. Por favor, asegúrate de cambiarte antes de irnos.

—Quería ver a Michael hoy. No iré con ustedes, lo siento.

El silencio cayó sobre la cocina en lo que todos abandonaron lo que estaban haciendo, y la miraron sorprendidos. Con cautela, Laura dijo:

—¿Qué tiene?

—¿Estás loca? —la cuestionó su hermano—. No puedes salir hoy, ¡vendrás con nosotros!

—Laura, ¿has hecho planes? ¿Hoy, de entre todos los días? —preguntó su padre, cansándola.

—¡Sí, hice planes! ¿Qué demonios está sucediendo esta mañana?
Nadie le respondió. La miraban como si hubiese perdido la cabeza.

—¿Saben qué? Olvídenlo.

—Laura, detén esto, ahora mismo —le reclamó su madre—. Sabías perfectamente lo que íbamos a hacer hoy. Fue planeado desde hace mucho tiempo. Puedes simplemente llamar a Michael y explicarle por qué no puedes ir a verlo.

—¡De eso se trata! —gritó Laura—. ¿Qué le digo? ¡No sé por qué no puedo ir!

—Es el Día del Botón —dijo su hermano—. Ésa es la razón.

—¿Día del Botón? —voceó ella—. ¿De qué diablos están hablando?
¡Nunca oí sobre el Día del Botón! Todos están actuando como si…

—Se detuvo de repente, comprendiendo. Su familia le estaba jugando una broma. Era un chiste. Sosegándose, le pareció como si un gran peso hubiese sido removido de sus hombros.

—Muy divertido, chicos —dijo ella, con su voz tranquila y serena—. En serio caí. —Se giró y salió del cuarto, dirigiéndose hacia la puerta principal. Mientras iba, escuchó la voz de su madre llamándola.

—¡Laura! Por favor regresa en una hora, no podemos irnos sin ti, ¿está bien?

—Claro, claro —respondió yéndose—. No querría perderme el Día del Botón, ¿verdad?

Podía ver la casa de Michael desde aquí, con la cerca blanca y el amplio jardín de la entrada. Empezó a trotar, ansiosa por verlo. Al cruzar la calle la puerta principal se abrió y Michael salió con una expresión de sorpresa en su rostro. La había visto venir desde su casa.

—Hey, ¿qué ocurre? —preguntó Laura, y para su aflicción, él se veía ligeramente enojado.

—No deberías estar aquí —le dijo.

—¿Qué, nos peleamos, y lo olvidé?

—Me dijiste que hoy era el Día del Botón de tu familia —dijo, y hubo un movimiento detrás de él.

Laura parpadeó, con la boca entreabierta por la impresión. Una chica rubia fue hacia la puerta y escabulló su brazo alrededor de Michael. Estaba usando una camisa para dormir y nada más, y su cabello estaba despeinado.

—Vete a casa —dijo la rubia, y Laura retrocedió, parpadeando para contener las lágrimas. Michael no le devolvió la mirada, así que se dio la vuelta y corrió.

Se topó con su madre justo cuando iba a entrar a su cuarto. Ella atrajo a Laura a su cuerpo, sosteniéndola mientras sollozaba.

—Lo sé, lo sé. Déjalo salir —le acarició el cabello, meciéndola un poco.

—Los hombres son unos bastardos, ¿no es así? —Laura retrocedió para mirar a su madre, sobándose las lágrimas—. ¿Te enteraste…?

—Acabas de volver de su casa en un mar de lágrimas. No hace falta un genio para entender lo que pasó.

—Se consiguió una rubia. ¡Una rubia! ¡Apuesto que por eso quería que me tiñera el cabello!

Lloró un rato más, y su madre la sostuvo.

—Ya está, ya está. Vamos. Empecemos a cambiarte para nuestro viaje.

—¿Así que vamos a salir?

—¡Por supuesto que sí! Aquí tienes, ésta es una blusa linda. La mejor que tienes, me parece. Pruébatela, quiero que nos veamos como nunca para nuestro Día del Botón.
De inmediato recordó a Michael mencionando también el Día del Botón. Esto no era una broma. Era real. Todo era real, y no tenía idea de lo que estaba pasando.

—Mamá, escúchame un momento. Algo está mal.

—Lo sé. En serio te gustaba, sé que sí. Es terrible que te haya molestado en este día justamente.

—Eso es, Mamá: no sé nada sobre el Día del Botón. Nunca lo oí, ¡y desde esta mañana pienso que soy la única persona que no tiene ni la más remota idea de qué está sucediendo!

—Bueno, siendo honesta, yo tampoco soy una experta. Sé que fue una idea del Gobierno para combatir la…

—No, no. Me refiero, a que no sé de él. En lo absoluto.

Transcurrió un silencio incómodo, en el cual su madre la miró por un largo tiempo. Su boca formaba una línea rígida. Cuando finalmente habló, su voz estaba calmada.

—Sé que estás triste, así que no le haré caso a tu pequeña broma, ¿está bien? Sólo cámbiate; aquí está tu blusa, te veré en el auto en cinco minutos. Te estamos esperando.

Su madre se marchó, dejando a Laura sola y asustada, con su mejor blusa entre sus manos temblorosas.

Lo siguiente que recuerda es que estaba en el coche. Todo acontecía de una manera tan fluida y despreocupada que cada vez se sentía más incómoda. Podía ver su entorno con extremo detalle, a cámara lenta: la pelusa en la manga de su madre, un poco de barba que la máquina de afeitar de su padre había dejado, una grieta en el pavimento mientras andaban. De pronto se sintió más lúcida de lo que jamás se había sentido en toda su vida; pero era incapaz de hablar, siendo impedida por su propio cuerpo.

En alguna parte de lo más profundo de su ser, aún creía que todo era una broma, un enorme y elaborado engaño. A medida que se estacionaban frente a un edificio blanco con forma de caja, esa esperanza se desvaneció.

—Aquí estamos —dijo su padre con alegría, y actuando como si estuviesen en la playa, su familia salió del coche, charlando animadamente. Se dirigieron hacia la puerta principal y les siguió el paso. Un letrero se alzaba frente a ellos: «PROPIEDAD DEL GOBIERNO. MANTÉNGASE ALEJADO». Vio las cámaras de seguridad filmándolos, y se apresuró a la entrada.

—Hola, somos los Krandalls. Estamos aquí para nuestro Día del Botón —dijo su papá, y la recepcionista le sonrió.

—Siga, señor. Sólo continúe caminando hacia allí.

Su padre le agradeció, y se fueron por un largo pasillo iluminado, decorado con placas de bronce que brillaban. Había algo grabado en todas ellos, bloques y bloques de texto, y Laura se acercó mientras caminaba para ver de qué iban —vio su reflejo mirándola de vuelta, y bajo las intensas luces fluorescentes, se veía demacrada—. Nombres. Cientos, miles de nombres, uno después de otro. Hogg. Wilson. Carpenter. Buxton. Bell. Palmer. Rowe. Brown. La lista seguía, aparentemente sin fin.

El pasillo los condujo a un salón blanco con cuatro pequeños pilares, cada uno con un botón rojo encima, y más allá había un largo y pulido escritorio negro, con tres funcionarios del gobierno esperando. La insignia del Gobierno colgada en una enorme pancarta en la pared. El cuarto permanecía en silencio, y estéril.
Laura vio a su familia caminar todos hacia un pilar, mirando expectantes a los funcionarios, guardando un pilar para ella. Con su propio botón. Temerosa, caminó hacia él, notando al llegar que el suelo estaba ligeramente inclinado en dirección a un desagüe del que no se había percatado antes. Uno de los funcionarios habló y su voz resonó en el espacioso cuarto.

—Familia Krandall. El Gobierno ha decidido que éste sería su Día del Botón. Les agradecemos por el sacrificio que hacen por su país, y por su gente. Sus nombres se unirán a aquellos en el largo pasillo dedicado a su honor.

—Nos enorgullece —dijo su padre, y su madre asintió, con sinceridad. Su hermano se veía como si estuviese a punto de llorar por la emoción.

El funcionario continuó.

—Entonces por favor, a su debido tiempo, presionen los botones. Que Dios esté con ustedes.

Su padre se volvió para mirar a su esposa, su hijo, su hija, y sonrió.

—Iré primero, para mostrarles lo fácil que es. —Presionó el botón de su pilar, y éste se hundió con un ruidoso y satisfactorio clic.
Mientras Laura observaba, la cara de su padre se tornó roja, como si hubiese estado corriendo. Recordó con qué rapidez él se ruboriza al hacer ejercicio, y supuso que simplemente había caminado muy deprisa en el pasillo, o algo así. Fue entonces cuando una lágrima carmesí se deslizó por su mejilla, y cayó en el duro suelo blanco.

Laura miró, petrificada, cómo empezó a derramarse sangre de los ojos, nariz, orejas y boca de su padre. Corría por su camisa, por el cinturón que le había regalado para su cumpleaños y por sus pantalones. Salpicaba el suelo. A un mismo tiempo, sus ojos reventaron como ciruelas pasadas y colgaron de sus mejillas, aún conectados a su cuerpo por filamentos rojos.

En lo que él se desplomaba, su madre y su hermano se miraron sonriendo, y presionaron sus botones. Se giraron hacia Laura, sosteniendo sus manos, mientras sangre caía de sus ojos y nariz, y manaba de su boca. Asumieron que ella había apretado el suyo, también.

Laura tomó aire para gritar, pero el suave «pop» de los globos oculares de su hermano y su madre le hicieron un nudo en la garganta. Cayeron de espaldas, aterrizando uno sobre el otro. La sangre se canalizaba en el drenaje, que bebía tranquilamente.
Todo fue silencio.

—¿Señorita Krandall?

Paralizaba, vio a los funcionarios observándola con atención.
—Señorita Krandall, la sobrepoblación está destruyendo nuestras ciudades y pueblos. Su país necesita de su acción hoy.

Los miró con los ojos completamente abiertos. A su lado, la mano de su hermano tembló, el último de los impulsos nerviosos se desvaneció. La sangre ya estaba empezando a coagularse en las cuencas de sus ojos.

El funcionario se paró lentamente, y ella notó que era un hombre alto. Más alto que la mayoría, sin duda.

—La humanidad ha llamado —dijo, con un tono de voz que descendió a casi un susurro. El mundo se había reducido al botón bajo sus dedos. Era suave y rojo. Presionable.

—¿Va a responder?
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