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El corsario (Poema) parte 1ª


George Gordon Byron
El Corsario
(Poema)
Primer poeta inglés del siglo XIX



George Gordon Byron, según un cuadro de Thomas Phillips de 1813



- I -

«Del negro abismo de la mar profunda

sobre las pardas ondas turbulentas,

son nuestros pensamientos como él, grandes;

es nuestro corazón libre, cual ellas.

Do blanda brisa halagadora expire,

do gruesas olas espumando inquietas

su furor quiebren en inmóvil roca,

ved nuestro hogar y nuestro imperio. En esa

no medida extensión, de playa a playa,

todo se humilla a nuestra roja enseña.

Lo mismo que en la lucha en el reposo

agitada y feliz nuestra existencia,

hoy en el riesgo, en el festín mañana,

brinda a nuestra ansiedad delicias nuevas.

¿Quién describir pudiera nuestros goces?

¡Oh!, no eres tú, que la molicie enerva,

siervo de los deleites, que temblaras

de las montañas de olas en la incierta,

móvil cumbre; ni tú, noble orgulloso,

del hastío sumido en la indolencia,

a quien ya el sueño bienhechor no halaga,

a quien ya los placeres no deleitan.

Sólo el infatigable peregrino

de esos caminos líquidos sin huellas,

cuyo audaz corazón, templado al riesgo,

al sordo rebramar de la tormenta

palpitando arrogante, hasta la fiebre

del delirio frenético en sus venas

sintiese hervir la sangre enardecida,

nuestros rudos placeres comprendiera.

Do el cobarde ve el riesgo, él ve la gloria,

y sólo por luchar la lucha anhela

el pirata feliz, rey de los mares.

Cuando ya el débil desmayado tiembla,

se conmueve él, apenas... se conmueve

al sentir que en su pecho se despierta

osada la esperanza, que atrevida

su corazón para el peligro templa.

¿Qué es a nosotros la temida muerte

como el rival odioso también muera?

¡Qué es la muerte! La muerte es el reposo...

cobarde, eterno, aborrecible... ¡Sea!

Serenos aguardémosla. Apuremos

la vida de la vida, y después venga

fiebre traidora o descubierto acero

implacable a romper su débil hebra.

Cobardes otros, de vejez avaros,

revuélquense en el lecho que envenena

dolencia inmunda, y el impuro ambiente

con flaco pecho aspiren y fallezcan

luchando con la muerte... ¡Oh, no a nosotros

fúnebre lecho de agonía lenta;

¡césped fresco es mejor...! Y mientras su alma

sollozo tras sollozo tarda quiebra

los nudos de la vida, de un impulso

sus ligaduras rompe y se liberta

osado nuestro espíritu. Sus restos

del blanco mármol de su tumba estrecha,

grabado por el mismo que su muerte

hipócrita anhelaba, se envanezcan:

Cuando sepulte el mar nuestro cadáver

le bastará una lágrima sincera,

¡una lágrima sola! Henchido el vaso

del alegre festín en la ancha mesa

honra de nuestros bravos la memoria.

Corto epitafio su valor celebra

cuando en el día augusto del peligro,

al repartir el vencedor la presa,

recuerdo de dolor su frente anubla

y con voz ronca que insegura tiembla:

«¡Cuán felices, exclama, nuestra dicha

los valientes que han muerto compartieran!»

Así grito salvaje en sordo acento

repite el eco en las cortadas peñas

del islote escarpado del Corsario,

do del vivac se apagan las hogueras;

y en alegre cantar sus agrias notas

de los piratas al oído suenan.

En pintorescos grupos esparcidos

de fresca playa en la dorada arena,

aguzan unos sus puñales; otros

alegres ríen, bulliciosos juegan,

o sus fieles alfanjes desnudando

indiferentes, sin afán, contemplan

la sangre que los mancha. Precavidos

otros, con mano previsora pliegan

las anchas velas del bajel osado,

o el negro flanco recomponen; mientras

pensativos algunos por la orilla,

de las olas al son, lentos pasean.

A quien aguija de inquietud oculta

el afán incesante, allá en las quiebras

de las ásperas rocas, lazos tiende

a las marinas aves, o al sol seca

la red humedecida; y en la mancha

que del mar en los límites blanquea,

con los ojos de la ávida esperanza

del incauto bajel mira las velas.

De cien noches de horror y de combate

los lances con placer todos recuerdan.

Y de luchar ansiosos se preguntan:

«¿En dónde buscaremos nuevas presas?»

¿Dónde? ¿Qué les importa? Ya lo sabe,

y basta, el capitán. Fiel obediencia

es su único deber: saben que nunca

les faltará el botín, y más no anhelan.

¿Y quién es ese capitán? Su nombre

pronuncian en voz baja y lo respetan

cuantos habitan las hermosas playas

que aquellas olas complacidas besan:

y más no saben, ni saber más quieren

Les basta un gesto, una mirada. Apenas

oyen su voz. De sus banquetes rudos

no anima el regocijo su presencia.

Mas ¿cómo ante la gloria de sus triunfos

acusar sus desdenes? Jamás llenan

para él la roja copa: indiferente

la mira y a sus labios no la acerca;

y es su sobrio manjar, que desdeñara

el más grosero de su banda, y fue

a ermitaño frugal ración escasa,

secas raíces de silvestres yerbas,

rústico pan y los jugosos frutos

que brinda el árbol en sus ramas tiernas.

El impuro placer de los sentidos

desdeñoso su espíritu desprecia,

¿Será que su energía no domada

de esa abstinencia misma se alimenta?

«Pronto a la mar.»-Y el mar surcan sus naves.

«A aquella playa el rumbo.»-Y allá vuelan.

«¡Sus!, ¡a las armas!»-¡Y el botín es suyo!

Así a su voz, que imperativa ordena,

sigue la acción; y todos obedecen,

Y su oculta intención nadie penetra.

Si suena escrutadora una palabra,

una mirada de desprecio muestra

de su temida indignación un rayo:

no sabe dar su orgullo otra respuesta.

- II -

«¡Una vela!, ¡una vela!»-Ese es el grito

que despiertan otra vez los mudos ecos,

cual esperanza de botín. «¿Qué buque?

¿Qué nación? ¿Qué bandera?» El catalejo

al lejano horizonte se dirige.

«No es una presa: al hálito del viento

rojo estandarte en su elevada popa

ondula triunfador. ¡Es de los nuestros!.

¡Con soplo amigo, acariciadle, oh brisas!,

y antes de anochecer llegará al puerto.»

El cabo ya dobló, y el golfo corta

la proa que contrasta el mar revuelto.

¡Con qué noble altivez su rumbo sigue!

Sus blancas alas, que jamás huyeron

ante el contrario poderoso, tiende

como el ave marina en blando vuelo,

y sobre el mar deslizase atrevido

burlando los contrarios elementos.

¿Quién por reinar sobre la osada turba

que encierra ese bajel en su hondo seno,

no provocara de la mar las iras,

y del cañón el escondido fuego?

Vedle llegar: repliéganse las velas;

crujen los cables; ancla, y al momento

los que en la playa la arribada miran

del buque ansiado con curioso anhelo,

de la esculpida, acristalada popa,

ven al mar descender bote ligero.

Cúbrese el puente de marinos; vira

veloz la nave, hasta que el duro hierro

de la quilla la blanda arena corta,

en la roca con agrio son crujiendo.

¡Gritos gozosos de sorpresa grata;

de sincera amistad abrazos tiernos;

preguntas y respuestas presurosas;

dulces sonrisas de feliz contento!

Cunde la nueva, y anhelante corre

la turba hacia la mar. En el estruendo

de bienvenidas, carcajadas, gritos,

más dulce suena el armonioso acento

de la mujer, que sin cesar repite

con voz cortada por afán inquieto,

del esposo, el hermano o el amante

el nombre preferido-«¿Qué fue de ellos?

¿Salváronse? Del triunfo o la derrota

no os preguntamos, no; pero ¿de nuevo

verémosle correr a nuestros brazos?

¿A oír su voz querida volveremos?

Haya sido sangriento el choque rudo,

hayan las ondas con furor violento

combatido al bajel, noble y constante

no habrá cejado su animoso pecho;

pero, decidnos, ¿viven?, ¿viven? Vengan

el asombro y el júbilo a traernos,

y el llanto que hoy anubla nuestros ojos

ardientes sequen sus ansiados besos»

-«¿Dónde está el capitán? De graves nuevas

que el placer quizás turben del regreso

fieles nuncios hoy somos; mas no importa:

grato es al corazón el pasajero

júbilo del retorno. Juan, al jefe

condúcenos al punto. Volveremos

a celebrar el venturoso arribo,

y la importante nueva sabréis luego.»

Y lentamente hacia el picacho agreste

trepando van por ásperos senderos

tallados en la roca; y al fin llegan

al ancha plataforma, do en el centro,

entre fragantes yerbas que a los aires

dan de silvestres flores el aliento,

el golfo dominando, se levanta

la torre del vigía. Bullen frescos

en no labradas tazas de granito

límpidos y sonoros arroyuelos,

que provocan la sed con linfas claras

donde sus alas humedece el viento.

¿Quién es aquél que en la vecina loma,

cabe la gruta lóbrega, en silencio

sobre las aguas su mirada extiende?

Sumergido en profundos pensamientos,

apóyase en la corva cimitarra

que tantas veces esgrimió soberbio.

El es, Conrado, ¡como siempre, solo!

«Adelante, adelante: ha descubierto

ya nuestro buque. Anúncianos, y dile

que de recientes nuevas mensajeros,

pretendemos hablarle. Juan, tú sabes

cuánto se irrita su carácter fiero

si pasos no esperados quizás osan

turbar su soledad.» Se acerca lento

Juan a Conrado, y con humilde labio

su mensaje le anuncia: él, altanero,

calla, y contesta a su pregunta sólo

de su cabeza leve movimiento.

Los mensajeros tímidos avanzan

y a su presencia inclínanse. Ligero

silencioso saludo les responde.

«Letras son estas del espía griego

que nos revela fiel que ya cercanos

el botín y el peligro están de nuevo.

Mas, a pesar, señor, de sus noticias,

podemos anunciarte que..» -«¡Silencio!»

Y su discurso inútil así corta.

Absortos y humillados, sus recelos

entre sí murmurando, se retiran,

y su semblante observan desde lejos

y sorprender la sensación pretenden

de las ansiadas nuevas en su aspecto.

Conrado lo adivina; el rostro vuelve,

por orgullo quizás; recorre el pliego

de una mirada, y «¡mi cartera!» exclama.

«¿Do está Gonzalo, Juan?-Allá en el puerto,

en el bajel anclado. -De él no salga.

Esta orden mía llévale al momento.

Y vosotros, ¡en marcha! Preparado

todo a partir esté: yo mismo debo

mandaros esta noche-¡Aún esta noche...!

-Cuando cierre la sombra: el tenaz viento

refrescará al ocaso, más propicio.

¡Mi coraza, mi manto! Partiremos

dentro de una hora. Toma la trompeta;

mi carabina limpia, y que el armero

mi cimitarra de abordaje afile:

en el postrer combate más mi esfuerzo

cansó ese alfanje que la sangre embota

que el duro choque del contrario acero.

Cuando el instante designado llegue,

núncienlo exactos del cañón los truenos.»

Obedientes ante él se humillan todos

y silenciosos se retiran. -Presto,

¡ay!, demasiado presto a la mar tornan!

Mas ¿quién a resistir tiene derecho?

Conrado lo ha querido: todos ceden.

Hombre de soledad y de misterio,

nadie le ha visto sonreír; suspiros

nunca brotaron de su altivo pecho;

su nombre al más osado de su tropa

temor infunde, y su mirar severo

el rostro adusto por el sol curtido

palidecer hiciera. ¿Qué secreto

lazo invisible los corsarios liga

a su indomable voluntad de hierro?

¿Qué magia, con la cual en vano luchan,

les fascina? El poder del pensamiento:

fuerza oculta en el fondo de la mente;

de afortunado triunfo hija primero,

y que después constante el genio osado

hábil conserva con tenaz empeño.

Ella a la firme voluntad de un hombre

quizás sujeta humilde todo un pueblo,

que en sus hazañas y gloriosos triunfos

es sólo de su mano el instrumento.

Así a los elegidos de la suerte

siempre los hombres se humillaron siervos:

¡Es el destino del mortal! Mas guarte,

guarte, esclavo feliz, que para el genio

con duro esfuerzo sin cesar te afanas.

De envidiar loco a tu insensible dueño,

¡ay!, si del yugo que dorado oprime

su sien erguida, te agobiara el peso,

de tu humilde dolor la carga leve

pidieras otra vez cansado al cielo!

- III -

No cual los héroes es de antigua raza,

de alma infernal, mas de beldad divina,

el misterioso capitán: su aspecto

no la curiosa admiración excita;

só las negras pestañas, solo un rayo

de oculto fuego concentrado brilla.

No iguala a la de un Hércules su talla;

mas fornido es y fuerte, y quien le mira

con tranquila atención, algo descubre

de superior en él. Todos admiran

la honda impresión que su mirada causa,

que todos sienten y ninguno explica.

El sol ardiente que las playas dora

quemó en largas jornadas sus mejillas;

pálida y ancha es su serena frente,

y su abundante cabellera riza

medio la cubre; irónicos sus labios,

los pensamientos que ocultar ansía

a su pesar descubren desdeñosos.

De sus facciones las marcadas líneas

y de su tez cambiante los matices

atraen y turban a la par la vista;

y parece que ocultos pensamientos

en su alma incierta confundidos lidian.

Mas su secreto es ese: su mirada

los ojos que atrevidos la examinan

hace al punto bajar, que el de sus rayos

pocos audaces sostener podrían

el encuentro fatal que el alma hiela.

Vaga en sus labios infernal sonrisa

que cólera y espanto al par provoca:

y donde su mirada cae sombría

las alas tiende la Esperanza y huye,

y eterno adiós la Compasión suspira.

¡Cuán débil del culpable pensamiento

es el signo fugaz! Honda guarida

del escondido corazón los pliegues

son al genio del mal. Cuando palpita

el dulce amor en nuestro pecho, el alma

feliz irradia el fuego que la anima

y alegre su pasión publica al mundo:

el odio, la ambición y la perfidia

sólo en sonrisa amarga se revelan.

Labio que arquea leve la ironía,

ligera palidez que mate cubre

faz observada, signos son que indican

de profunda pasión oculto fuego.

Sólo en la soledad sorprenderías,

invisible testigo, sus afanes.

Entonces en la marcha interrumpida,

en los ojos que al cielo se levantan,

en las cerradas manos convulsivas,

en el pálido rostro contraído,

en las pausas que cortan su agonía

cuando el culpable súbito se vuelve

y sueña escuchar pasos, y que espían

el vago afán de sus terrores piensa,

en el fuego que inflama sus mejillas,

en el frio sudor que su sien baña,

de su alma enferma los misterios mira,

si hacerlo puedes sin temblar. El sueño

es ese que tras ásperas fatigas

le da el reposo. El corazón ya mustio

en abandono y soledad se agita

de un pasado fatal con el recuerdo.

Contempla su alma. -¡Oh!, no; ¿quién osaría

siendo sólo un mortal, clavar los ojos

del corazón humano en la honda sima?

Y no a ser jefe de piratas rudos

del negro crimen en la odiosa vía

nació al mundo Conrado: su alma noble

sufrió tenaz violentas sacudidas

antes que al hombre declarando guerra

del cielo airado renegase altiva.

Del desencanto en la infecunda escuela

vio la llama apagarse de su vida:

para humillarse en demasía austero,

para ceder soberbio en demasía,

cual predilecta víctima, en el mundo

blanco juzgose de traidoras iras.

Y cual causa fatal de sus tormentos

su altanera virtud maldijo un día,

en vez de maldecir a los que infames

del abismo arrastráronle a la orilla.

Si de sus beneficios el tesoro

de los ingratos a la turba indigna

el prodigado imprevisor no hubiera,

conservara tal vez su propia dicha;

mas no lo quiso ver: y calumniado

cuando feliz su juventud hervía,

odio insensato a los mortales lento

creció en su corazón; de voz divina

creyó escuchar la vocación sagrada

que de soñadas culpas vengativa,

sobre el linaje humano le arrojaba

cual rayo de su cólera encendida.

Sintiéndose culpable, más culpables

juzgaba a los demás: hipocresía

llamando a la virtud, imaginaba

que en el secreto de cobarde intriga

ocultaban al mundo los honrados

lo que él osaba al resplandor del día.

Detestábanle: nada le importaba;

los mismos que le odiaban, a su vista

temblaban de pavor. Sólo de orgullo

nutriendo en hondo afán su alma egoísta,

quiso al desprecio inaccesible hacerse

de su altivez sobre la agreste cima.

Espanto siembre su temido nombre;

despierte su valor ansiosa envidia;

ódienle enhorabuena; mas que nadie

se atreva a despreciarle. -El hombre pisa

débil oruga, mas el pie detiene

si enroscada culebra ve dormida:

el gusano levanta la cabeza

mas no su muerte venga; el áspid silba,

enlázase al contrario moribundo,

el dardo ponzoñoso airado vibra,

y muere, sí; pero vengado muere,

y aunque aplastan su frente, no le humillan.

Siempre el alma culpable oculto un resto

conserva de virtud: cándido brilla

entre odios acres sentimiento puro

de Conrado en el alma. El mundo indigna

juzga del hombre esa pasión de niños

que es quizá objeto de su mofa impía;

Conrado empero resistiera en vano

a ese afecto que tierno le domina,

al que de Amor el lisonjero nombre

negar no puede su altivez esquiva.

Sí; un amor es, sereno, inalterable,

que no enturbió jamás nube sombría,

jamás! En vano a sus audaces ojos

presentábanse hermosas cien cautivas:

sin despreciar adusto sus encantos,

sin pretender amante sus caricias,

pasaba por su lado indiferente.

Cariñosas, de amor languidecían

las beldades en vano en sus cadenas;

jamás en su fatal melancolía

la más ociosa de sus largas horas

quiso en sus brazos abreviar. Si digna

es del nombre de amor firme ternura

en vano tenazmente combatida

por el dolor, la ausencia y la desgracia;

noble pasión que el tiempo no amortigua,

que lucha audaz con la contraria suerte,

que nunca suspiró queja furtiva

en los tormentos del dolor; alegre

siempre al regreso, siempre a la partida

la ansiedad del amante reprimiendo

porque a su tierna amada no le aflija;

afecto puro nunca desmentido,

que nunca el tiempo aminorar podría:

si eso se llamaba amor, Conrado amaba,

era en verdad muy criminal; inicuas

sus hazañas; sus odios infernales:

no así aquella pasión. La mano fría

del crimen duro al apagar su alma

sólo de fuego le dejó una chispa:

de todas las virtudes la más dulce

aún arde de su pecho en las cenizas.

- IV -

Detúvose un momento pensativo,

hasta que vio a lo lejos los piratas

lentos perderse en la torcida senda.

Y entonces exclamó: «¡Nuevas extrañas!

mil riesgos afronté, y hoy este riesgo

paréceme el postrero. La esperanza

abandonó mi corazón; mas firme

no cederá rendido en la batalla

mi incansable valor, ni mis soldados

desmayar me verán. Empresa es ardua

al encuentro correr del enemigo;

mas precavamos su feroz venganza:

a atacarnos no venga, y este asilo

sangrienta escena de sus iras haga.

¡Oh! Si mi plan obstáculos no encuentra;

si la fortuna nos sonríe grata,

verterán sus esposas llanto acerbo

en torno de sus piras funerarias.

Quizás incautos duermen: ¡que los sueños

con los halagos de su dulce magia

les acaricien! Con fulgor más vivo

nunca los despertó risueña el alba,

que el luminoso incendio que esta noche

entre las sombras vibrará sus llamas.

¡Vientos, sednos propicios! ¿Y Medora...?

¡Oh, débil corazón! Que al menos su alma

no agobie el peso que la mía oprime.

¿Por qué mi osado espíritu desmaya?

¡Y valiente yo fui...! ¡Mérito escaso

do valientes son todos! También clava

su aguijón el insecto y audaz lucha

cuando una fuerza superior le ataca.

Propio del hombre al par y de la fiera,

ese vulgar valor que el riesgo inflama

bien poco es para mí: más altos fines

ansió lograr un día mi constancia.

Con serena firmeza y bravo arrojo

a luchar enseñé a mi corta banda

contra crecida hueste; la conduje

con sagaz tino al triunfo que comprabas

escasas gotas de su sangre...Y ahora

más recurso no resta; ya no basta

mi ciencia perspicaz. ¡Victoria o muerte!

Pues bien; venga la muerte: no me espanta.

Mas ¿llevar a esos fieles compañeros

a cierta perdición...?¡Oh! ¡Jamás nada

mi destino importome; mas mi orgullo

cuánto, cuánto sufriera, si asechanza

a mis pies escondida me burlase!

¿Debo mi vida y mi poder y fama

así a un albur jugar? ¡Duro destino!

Conrado, acusa a tu demencia infausta;

al destino no acuses: el destino

aún tiene tiempo de salvarte. ¡Aguarda!

Así, consigo hablando, distraído,

a la cumbre trepó, do coronaba

verde colina su soberbia torre.

Detúvose al umbral de pronto: su alma

el timbre melancólico y sonoro

de la voz dulce que jamás le cansa

hirió fascinador. Entre los hierros

que protectores cierran la ventana,

brotaba triste su armonioso acento

que iba a perderse en las tranquilas auras,

y así del tierno pájaro cautivo

decía el canto que entonó en la jaula:



Mi corazón en misteriosa calma

dulce secreto de placer oculta;

cuando me miras, te lo dice el alma;

y luego allá en su fondo lo sepulta.»



«Luz que no apaga las tinieblas arde

con tibios rayos en el alma mía.

Si inútil es que sus destellos guarde,

¿por qué así en lucha con la sombra fría?»



«Sin consagrarme un triste pensamiento

no pases por delante de mi tumba:

lo que en mi amarga soledad más siento

es que me olvidarás cuando sucumba.»



«Oye piadoso mi postrer gemido:

el valor no te veda que me llores.

Ven, y lo único dame que te pido:

¡Una lágrima premie mis amores!»

Pasó el umbral; por corredor oscuro

entró Conrado en la escondida estancia

cuando de la canción la postres nota

en la bóveda estrecha resonaba.

-«¡Cuán triste es tu cantar, Medora mía!

-¡Alegre piensas que en tu ausencia amarga

pudiera resonar! Aun cuando lejos

no escuchas nunca mis cantares, mi alma

en sus acentos dócil se revela;

eco son de mi pecho sus palabras,

y aunque cierre mis labios el silencio,

mi amante corazón no mudo calla.

En solitario lecho, cuántas veces

de borrascosa tempestad las alas

dieron mis sueños al dormido viento,

y el blando soplo que la costa halaga

en mi mente zumbó como el mugido

que amenazante el huracán presagia,

y escuché al dulce son de su murmurio

de canto funeral la voz aciaga

que tu muerte llorando, tu cadáver

flotar hacía en las inquietas aguas!

Y saltando del lecho temerosa,

iba a ver si la luz ya vacilaba

del faro amigo en la elevada torre,

y temiendo que manos mercenarias

dejáranla morir, yo cuidadosa

daba alimento a su propicia llama.

Largas horas, insomne, de los astros

en el sereno azul la lenta marcha

con los ojos seguía, y esperando

la brisa que precede a la mañana

con soplo fresco, a la tardía aurora

llamaba loca en mis mortales ansias.

Y tristes sus destellos las tinieblas

rompían... ¡y a mi lado tú aún no estabas!

Por la llanura de la mar tendía

humedecida en llanto la mirada,

y ni mi acerbo lloro, ni mis votos

me hacían ver en la extensión lejana

del horizonte límpido, de un buque

brillar sobre el azul la vela blanca.

Hoy por fin a mis ojos anhelantes

apareció en el mar ligera mancha:

era un buque; acercose, pasó. Y otro

llega después y vira hacia la playa:

¡ay! ¡Aquél era el tuyo! Que no tornen

esos días, Conrado: dulce calma

en este grato albergue la paz brinda;

ricos tesoros escondidos guardas;

y el cielo puro que risueño brilla

y el campo fértil con sus verdes galas,

a terminar aquí la errante vida

en el reposo del placer te llaman.

no los peligros temo; bien lo sabes:

sólo tiemblo por ti, cuando te lanzas

huyendo de mis brazos, a la muerte.

¡Oh!, profundo misterio encierra tu alma,

que tan dulce conmigo, su ternura

tenaz reprime y su pasión contrasta.

-Sí: ¡misterio profundo! El desengaño

envenenó mi vida, y de heces agrias

llenó mi corazón: hollarle quiso

del hombre cruel la desdeñosa planta

cual inerte gusano, y rencoroso

víbora levantose a la venganza.

Otro bien no le resta al alma mía,

Medora, que tu amor: jamás de la alta

región serena de los cielos vino

rayo de compasión e iluminarla,

este odio al mundo que te aflige tanto,

de mi amor forma parte: están en mi alma

estos dos sentimientos tan unidos,

que entrambos morirán si los separan;

y el día que a los hombres amar pueda

te dejaré de amar. Pero, no; nada,

nada temas, Medora; mi pasado

harto ya te asegura mi constancia.

Tuyo es mi porvenir. Mas hoy de nuevo

al rigor de la suerte, resignada

cede, querida mía; aún es preciso...

oh, mi ausencia esta vez no será larga,

aún es preciso separarnos.-¡Cielos!

Bien lo previó mi corazón: ¡cuán raudas

de mis sueños de amor las ilusiones

vi los cielos cruzar de la esperanza!

¡A estas horas partir...! ¡Oh!, no es posible,

sujeto apenas de la inmóvil ancla

duerme ese buque en el tranquilo golfo;

y el otro aún en la mar... ¿Ves cuál descansan

de la ruda fatiga los morinos

al sol tendidos en la extensa playa?

En vano quieres que a afrontar se arrojen

de nuevo tras de ti la mar contraria.

Tú burlas, amor mío, mi flaqueza,

y en combatir mi espíritu te ensayas

y en templarlo al peligro; mas no irrites

un débil corazón que tanto te ama

y tu sangrienta mofa mataría.

Calla, Conrado de mi vida, calla:

ven y feliz dividirás conmigo

de tu frugal festín la mesa parca

que complacida preparé; y bien poco

tu sobriedad nuestros desvelos cansa.

Pero, mira, Conrado; complacida

yo la fruta escogí más sazonada,

aquélla que con tintas más hermosas

brillar he visto en las fecundas ramas.

Para buscar la fuente que más frescas

vierte en puro raudal sus linfas claras

tres veces de los próximos collados

he recorrido la umbrosas faldas

Verás cuán dulces tus sedientos labios

refresca hoy el sorbete. ¿No te agrada

verle brillar en el tallado vaso

de límpido cristal? Jamás embriaga

de la fecunda vid el jugo ardiente

tu pecho austero: cuando alegre pasa

de mano en mano en el festín la copa,

sobrio cual musulmán, de ti la apartas.

Ven; dispuesta la mesa, ya te espera;

y la encendida lámpara de plata

no teme, llena de dorado aceite,

las sombras densas que la luz apagan.

La mesa alegre, a tu servicio atentas,

circundarán mis jóvenes esclavas,

y entonaré con ellas dulces cantos,

o enlazaremos armoniosas danzas.

Si quieres que tu espíritu adormezca,

las cuerdas vibraré de mi guitarra

tan dulces a tu oído; y si no quieres,

en el libro de Ariosto, las desgracias,

de la infeliz Olimpia leeremos,

de Olimpia, crudamente abandonada

por quien tanto la amó. Y ¡ay!, en perfidia

hora a su burlador aventajaras

si de mi lado huyeres. Y a aquel otro,

ya sabes tú quién digo: una mañana

vi a tus labios brotar leve sonrisa

cuando el isolte de la pobre Ariadna

dejonos ver el despejado embiente,

y te mostré la roca solitaria,

y te dije, temblando de que un día

mi sospecha fatal se realizara:

«¡así me dejará Conrado en su isla!»

Y feliz me engañé: con fiel constancia

Conrado ha vuelto siempre.-¡Siempre! ¡Siempre!

Y siempre volverá, ¡Medora amada!

Mientras de vida un resto en este mundo

y en el cielo le quede una esperanza,

volverá siempre a ti. Pero del tiempo

en raudo vuelo los momentos pasan

y a la hora traen de la partida. ¿Cuáles

mir proyectos hoy son? ¿A do me arrastran?

¡Ay! ¿Para qué decírtelo, Medora;

si he de acabar por la fatal palabra

que nos desune, ¡adiós! Y bien quisiera

si tiempo hubiese, revelar... ¿Te alarmas?

¡Oh!, no; por mi no temas: mis contrarios

temibles hoy no son: valiente guardia

quiero que vele de la torre en torno,

e impensados ataques burle cauta.

Sola no quedarás; nuestras matronas

y tus jóvenes siervas te distraigan

de la ausencia en las horas. Cuando torne

gozaremos por fin en dulce calma

de asegurada paz grato reposo.

Pero, ¿qué escucho? ¿Es la trompeta? Calla:

¡Oh!, sí; ya Juan dio la señal. ¡Un beso...!

¡Otro! ¡Otro más...! ¡Adiós!»

Y se levanta;

y en los abiertos brazos de Conrado

ella se arroja, y con pasión le abraza;

y sobre el pecho de su fiel amante

ocultando la faz que el llanto baña,

siente junto a sus labios conmovido

latir su corazón. El clavar ansia

en los azules ojos de Medora

trémula de emoción tierna mirada,

mas no se atreve a levantar su frente

que inclina débil aflicción amarga.

La blonda, destrenzada cabellera,

cae en desorden por su esbelta espalda,

y los brazos que amante la sujetan

los rizos de oro cubren. Y se apagan

y apenas ya palpitan los latidos

en su fiel pecho que el amor llenara.

Y retumba el cañón: a los corsarios

el propicio crepúsculo al mar llama;

se ocultó el sol, y en su dolor Conrado

maldice al sol con insensata rabia.

Contra su pecho oprime enternecido

y la oprime otra vez, y no se cansa

de estrechar a la mante que en sus brazos

implora su piedad desconsolada.

Y la lleva arrastrando hasta su lecho;

la contempla un instante: en corta pausa

piensa que para él no hay en el mundo

otro bien que su amor; y en duda amarga

vacila.-Mas de pronto un beso imprime

en su pálida frente, y veloz marcha.

- V -

«¿Ha partido? ¿Ha partido?», al fin exclama

Medora en sí volviendo, «¡y ha un instante

a mi lado le vi...!» Salta del lecho,

cruza con pie ligero los umbrales;

y sólo entonces un raudal copioso

brota el acerbo lloro: gruesas caen

sus lágrimas pesadas, y no siente

cómo surcando sus mejillas arden.

En su pálida faz desencajada

honda huella grabaron los pesares

que no borrará el tiempo; la luz pura

que animó sus azules ojos de ángel,

al mirar el vacío en torno suyo

parece que ya lánguida se apague.

De pronto ve a Conrado. ¡Oh Dios, cuán lejos!

resplandecen sus ojos centellantes,

y el fuego ardiente brota en sus pupilas

de una pasión frenética a raudales,

entre el río de lágrimas que pronto

volverá a renacer más abundante.

«¡Ha partido!, ¡ha partido!» Convulsiva

sus manos lleva al corazón; con ayes

después desesperados, las levanta

y al cielo pide que sus penas calme.

Clava luego los ojos en la playa:

mira las velas en la anclada nave

izar al fresco viento... ¡Y no se atreve

a ver ya más! Con paso vacilante

entra y, «¡no es sueño!» sollozando exclama:

«¡Lleno de la aflicción está ya el cáliz!

Y sin volver atrás los ojos tristes,

de roca en roca el angustiado amante

baja veloz. Si de la senda estrecha

al seguir las revueltas espirales,

otra vez ve lo que sus ojos huyen,

la torre altiva que domina el valle,

donde querida mano, a su regreso,

amiga la saluda antes que nadie;

y a Medora, la estrella de ventura

que tibios rayos en su cielo esparce,

de ellas tenaz el pensamiento arranca:

si hoy su flaqueza le detiene frágil,

si a los bordes se duerme del abismo,

mañana al fondo rodará. Y ¿quién sabe?

¿No vale más su amor que su destino...?

¿Por qué no abandonar a los azares

de la suerte su vida, y a las olas

sus atrevidos, misteriosos planes?

Detiénese un momento; mas, resuelto,

avanza nuevamente: si un instante

el corazón del hombre se enternece,

nunca traidor vacilará cobarde

de una mujer al lloro jefe osado.

Ve por fin su bajel; ve favorable

rizar la brisa las dormidas aguas,

y levanta su espíritu arrogante.

Apresura su marcha, y cuando sordo

oye el murmullo que resuena grave,

la cadencia armoniosa de los remos,

los gritos del marino, y mira hincharse

trémula palpitando la ancha lona,

y cual adiós de despedida al aire

en la playa ondular cándidos lienzos,

y ve después el pabellón de sangre

que de su buque izado en la alta popa

ondea de la brisa al soplo suave,

Apenas puede comprender que débil

su decidido corazón temblase.

Los negros ojos encendidos, lleno

el pecho altivo de embriaguez salvaje,

cual Conrado otra vez se reconoce,

y veloz corre entre las peñas ágil,

hasta que al pie de la colina mira

extendida la playa dilatarse.

Y se detiene; no porque las auras

de la vecina mar su sien halaguen:

detiene el paso, y el transporte calma

que afectado revela su semblante,

y su severo aspecto recobrando

a sus soldados marcha a presentarse.

Bajo máscara falsa de orgullo

de su pecho los lúgubres afanes

ocultaba Conrado cuidadoso.

La austeridad de su arrogancia grave

inoportuna indiscreción rechaza

y audaz parece que obediencia mande.

Si acaso empero el ánimo dudoso

aspira a seducir, ¡oh cuán amable

disipando el temor, la simpatía

vibra en su voz que el corazón atrae!

Mas pronto helado soplo de su pecho

parece que egoísta el fuego apague:

es que al hombre desprecia; es que a sus ojos

más la obediencia que el afecto vale.

Su guardia fiel a su alredor se agrupa;

Juan al encuentro de Conrado sale:

-«¿Todos están a la partida prontos?

-Todos, señor, esperan en la nave.

La última lancha al capitán aguarda.

-«¡Mis armas y mi manto!» El corvo alfanje

a su cintura ciñe, y de ancha capa

en los pliegues envuélvese. «Que llamen

a Pedro.» Pedro viene, y cariñoso

a su saludo contestando afable,

le dice el capitán: -«Esta cartera

tus órdenes contiene: aquí mis planes

hallarás desenvueltos. Con fiel celo

ejecuta mis órdenes: tú sabes

ejecutarlas bien. Doble la guardia

precava previsora todo ataque;

cuando el buque de Anselmo torne al puerto

que mis mandatos cumpla. Si reinasen

vientos propicios, antes de tres días

nos verás: hasta entonces. ¡Dios te guarde!»

Y estrechando la mano del pirata,

salta con pie resuelto al bote frágil;

y los remos armónicos golpean

las móviles oleadas, que brillantes

de fosfórica luz cúbrense. Llegan

al anclado bajel; ya sobre el mástil

el jefe reclinado, silencioso,

tiende su vista por los anchos mares.

Suena agudo un silbido, y los corsarios

roncos hacen crujir los tensos cables;

y complacido el capitán contempla

cómo, al timón obedeciendo, parte

veloz el buque del seguro puerto;

y en mirar de su gente se complace

el animoso ardor, y hasta risueño

su esfuerzo excita y su tesón aplaude,

y su mirada audaz, de orgullo henchida,

en el joven Gonzalo va a fijarse.

Mas ¿por qué palidece y débil tiembla?

¿Tan súbito dolor de dónde nace?

¡Ay!, sus ojos la torre y la colina

volvieron a encontrar...! ¡Allí su amante...!

Quizás los ojos, húmedos en llanto,

Medora en el bajel ansiosa clave:

jamás con tanto amor sintió Conrado

latir su corazón, como ahora late.

Empero comprimiéndose, desciende

al hondo camarote, y de su viaje

objeto y plan descúbrele a Gonzalo.

Lámpara amortiguada ante ellos arde;

cubren la mesa desplegadas cartas,

brújulas, catalejos y compases.

Su plática duró hasta media noche;

y parece que eterna se dilate

aún la noche después: tanto las horas

a aquellos corazones anhelantes

lentas parecen. Bajo cielo puro

las brisas respiraban favorables,

y resbalaba sobre el mar el buque

como ligero halcón hiende los aires.

Los altos promontorios de las islas

que al paso encuentran en su curso, audaces

con veloz rumbo los corsarios doblan,

para llegar al puerto antes que rasgue

la renaciente aurora el denso velo

de las amigas sombras. Ya distantes

miran trémulas luces, y el vigía

descubre el golfo estrecho, do las naves

descansan del pachá. Y una por una

cuentan las velas, y la empresa fácil

ya juzgan, viendo en los murientes fuegos

que duermen sin temor los musulmanes.

Entre los buques enemigos pasa

el buque audaz, sin descubrirlo nadie;

y en escondido, solitario golfo,

al abrigo de un cabo, que gigante

la fantástica forma sobre el cielo

negra dibuja, silenciosa cae

al fondo oculto de la mar el ancla.

Los corsarios se aprestan al ataque;

nada de arengas vanas: se hallan siempre

en mar y en tierra prontos al combate.

Inmóvil en la popa, acariciando

su luenga cimitarra de abordaje,

con aspecto sereno y voz muy baja

les habla el capitán... ¡y habla de sangre!

- VI -

De cien galeras la soberbia escuadra

en la bahía de Coron hoy flota,

y los blancos cristales del serrallo

lámparas mil con su esplendor coloran.

En nocturno festín celebra ufano

Selim-pachá la próxima victoria

en que al corsario arrancará cautivo

del hondo nido de sus negras rocas.

El lo ha jurado por Alá y su alfanje,

y ha de cumplirlo. Las vecinas costas

cubren las naves de doquier venidas,

y los marinos con canciones roncas

hieren los aires, celebrando alegres

la rica presa y la cercana gloria.

Ya se reparten fáciles cautivos,

y con desprecio a sus contrarios nombran;

los centinelas duermen descudiados

y al enemigo en sueños lo derrotan.

Los otros van dispersos por la playa

y su valor ejercitando, acosan

a los esclavos griegos; ¡digna hazaña

que la energía de los turcos honra,

sacar la espada y espantar a siervos!

Hoy se contentan con quemar sus chozas,

y compasivos derramar desdeñan

sangre que inútil su valor desdora.

Tan sólo a veces el capricho alegre

hace esgrimir sus cimitiarras corvas;

para ensayar la fuerza de su brazo

la débil hebra de la vida cortan.

En tanto esperan en bullente orgía

ligeras pasen las nocturnas horas,

que los esclavos, si su vida estiman,

gozosos digan sus canciones todas,

y que el furor no brote de sus pechos

mientras les miren dominar sus costas.

En su palacio, en medio de los jefes,

Selim sobre un diván muelle reposa:

Ya terminó el banquete, y él aún bebe

el vedado licor en anchas copas.

En torno suyo los esclavos pasan

las tazas llenas del café de Moka;

las largas pipas con las nubes de humo

llenan la estancia y el ambiente aroman,

mientras que bailan sueltas las almeas

al agrio son de destempladas notas.

A la mañana ocuparán sus naves;

pues como el mar de noche se alborota,

mejor se duerme sobre blandos lechos

que no arrullados por movibles ondas.

Olvidan, pues, el próximo combate

hasta que nazca la cercana aurora:

ellos entonces lucharán valientes,

más por su Dios que por su propia gloria;

su número y sus naves justifican

la confianza del pachá orgullosa.

De pronto vese tímido que avanza

el negro esclavo que a la puerta ronda,

y antes de hablar inclina la cabeza

y con la mano el pavimento toca.

-«Señor, licencia para hablaros pide

un dervis, que a la puerta llegó ahora,

y que escapó de la isla del Corsario.»

Sale el esclavo a una señal, y torna

con el santo dervis. Los brazos cruza

sobre el oscuro verde de su ropa;

su marcha es lenta y vacilante, humilde

su mirada; en su aspecto se denota

más que la edad la penitencia austera;

no el temor sus mejillas descolora;

con el cabello que a su Dios consagra

el ancha frente pálida corona.

Un capuz cubre el rostro, y llena el pecho

sólo el amor de las celestes glorias.

Modesto, mas no tímido, sostiene

tranquilo la mirada escrutadora,

de los que antes que el Pachá le hablase

mudos aguardan que el silencio rompa.

- VII -

-¿De do vienes, dervis?

-Hoy me he escapado

de la guarida infame del Pirata.

-¿Dónde caíste en su poder?, ¿qué día?

-Mi caique a Scalanova navegaba,

desde la isla de Skio, cuando el cielo

quiso su rumbo interrumpir: las armas

del corsario apresaron nuestras naves,

a su tripulación llevando esclava.

Yo no temo la muerte, y no tenía

riquezas que perder; sólo mi marcha

pudo una noche interrumpir. Mi errante

libertad recobré: la frágil barca

de un pescador se me brindó a la fuga:

y cumpliendo por fin esa esperanza,

hoy vengo aquí, do tu poder me escuda:

¿Quién junto a ti, oh Pachá, teme al Pirata?

-¿Y qué hace allí? ¿Sus presas y sus rocas

a defender soberbio se prepara?

¿Conoce mi intención, sabe que ansío

su nido de escorpión dar a las llamas?

-Pachá, los ojos tristes de un cautivo

al recordar la libertad pasada,

mal a su propio vencedor espían.

Yo escuché sólo en la vecina playa

el murmullo incesante de las olas

que en el negro peñón me aprisionaban.

Sólo el azul de los tendidos cielos

dorados por el sol triste miraba,

sol cuya ardiente claridad no pueden

los ojos soportar de la desgracia;

e intenté, mis cadenas quebrantando,

de mi lloro secar la fuente amarga.

Mi fácil fuga te dirá que viven

sin recordar lo que peligros llamas;

¿pudiera yo, si sospecharan ellos

burlar así su activa vigilancia?

El centinela que mi fuga ignora

no ha de dar la señal de tu llegada...

Pachá, mi cuerpo fatigó la lucha

que ha sostenido con el mar, y ansía

descanso y alimento... Me retiro;

paz a ti y a los tuyos. -Tente, aguarda:

dervis, yo te lo mando... ¿Lo oyes?... ¡Tente!

aquí alimento te traerán mis guardias:

participa también de mi banquete.

Pero una vez tu cena terminada,

escúchame y responde. ¿Lo has oído?

Detesto los misterios.»

¿Quién la opaca

sombra ha visto que rápida la frente

nubló del religioso? Su mirada

casi feroz en el diván la fija,

y desdeña el banquete que le aguarda;

pero fue sólo pasajero rayo

de una encendida y apagada rabia.

Después sentose silencioso, inmóvil,

devuelta al rostro la perdida calma;

sírvenle la comida, y él desdeña

los manjares cual fruta emponzoñada:

Y en verdad que su ayuno y su fatiga

a los glotones convidados pasman.

-Dervis, ¿qué tienes? ¿Piensas por ventura

que sea este festín fiesta cristiana?

¿Odias a mis amigos? ¿Por qué evitas

probar la sal, la prenda más sagrada,

señal de paz entre contrarias tribus,

la que embota la aguda cimitarra,

y convierte en hermano al enemigo,

a quien la tienda se abre hospitalaria?

-Delicado manjar sólo sazona

la sal, y mi alimento en la montaña

es la áspera raíz, y bebo sólo

el agua pura de las fuentes claras.

Mis votos y mi regla me prohíben

partir con nadie el pan. Si os es extraña

esta conducta, y sospecháis que sólo

sobre mi frente vuestras iras caigan;

pero por todo tu poder, por todo

el poder del sultán, mi regla santa

yo guardaré, pues temo del profeta

la cólera divina, y que mis plantas

detenga en el camino hacia la Meca.

-Haz lo que quieras, y tu regla guarda;

pero contesta a una pregunta: ¿Cuántos

son los hombres...? ¡Qué miro...! ¿No es la clara

luz de la aurora? ¡No...! ¿Qué sol, qué astro

alumbra así las adormidas aguas?

¡Como un lago de fuego resplandecen!

¡Oh Dios! ¡Traición!, ¡traición! ¡Vengan mis guardias!

¿Quién incendió mis buques? ¡Y apartado

de ellos estoy...! ¡Mi roja cimitarra!

¡Dervis maldito! ¿Por ventura eran

esas las tristes nuevas que guardabas?

¡Un espía tal vez...!; ¡prendedle, atadle...!,

El Dervis atrevido se levanta

al repentino resplandor, y al punto

de continente y de mirada cambia.

No es un pobre ermitaño; es un soldado

que salta en su caballo de batalla.

Arroja el alto gorro que le encubre,

el largo manto que le envuelve rasga;

brilla en su mano el damasquino alfanje,

ciñe su pecho la acerada malla;

cubre su frente el casco relumbrante

con pluma negra; de sus ojos salta

el fuego de sus iras, y esa oscura

sombra de duelo que su frente mancha,

hace creer al musulmán que sea

un genio de esos a que Afrites llaman,

demonios cuyos golpes dan la muerte.

En tanto horrible el grito se levanta

del combate empezado; las antorchas

su luz uniendo a la rojiza llama

que arde en el mar; el clamoreo confuso,

el choque rudo de encontradas armas,

truecan la costa en pavoroso infierno.

Sangre en el mar y en tierra se derrama

Los esclavos huyendo, desconocen

el grito que prender al Dervis manda:

éste recobra su sereno aspecto

y oculta a todos las secretas ansias

con que la muerte inevitable espera

sólo y allí; que la señal pactada

los suyos no aguardaron, y han prendido

muy pronto el fuego a la enemiga escuadra.

Ve el terror del contrario, el cuerno coge

que al lado pende del tahalí de grana,

y a su sonido le contestan lejos.

-«¡Bien, mis valientes! ¡Bravos camaradas!

¿Cómo pude dudar ni un punto de ellos,

y sospechar que así me abandonaran?»-

Extiende el brazo y círculos ligeros

sobre su frente con su alfanje traza:

repara el tiempo que perdió, y un hombre

para espantar la muchedumbre basta.

Armas soltadas y turbantes rotos

la alfombra cubren por el ancha sala,

y apenas hay un brazo que se eleve

a defender la frente amenazada:

hasta el mismo Selim retrocediendo

y confundido de sorpresa y rabia,

huye, y aun le provoca. El es valiente,

pero el furor que su razón embarga

le impide combatir, y huye del campo,

en su dolor mesándose las barbas.

Ya del serrallo por las rotas puertas

aquel palacio invaden los piratas,

y el musulmán, con voces plañideras,

rinde rotos alfanjes a sus plantas;

en vano siempre, que su sangre corre

de los contrarios al furor; y avanzan,

avanzan bravos do el sonido oyeron

del clarín que a su lado les llamaba.

El ay de los heridos les anuncia

que el jefe sigue su obra sanguinaria,

y dan un grito de alegría al verle

solo y sombrío en la revuelta estancia,

Corto es el parabién, pero aún más corta

la respuesta. -«Selim se nos escapa,

y ha de morir. Si ya arden sus galeras,

¿por qué ese fuego la ciudad no abrasa?»

Prontas a obedecerle cien antorchas,

del minarete al pórtico las llamas

invaden el palacio. Placer fiero

píntase de Conrado en las miradas;

pero ¿por qué se demudó su rostro?

De una mujer la voz desesperada

ha resonado, y se conmueve, al punto

el corazón que goza en las batallas.

-«¡Oh!, derribad las puertas del serrallo,

y a esas mujeres con honor salvadlas:

pensad tenéis amantes que os esperan;

que tras la afrenta viene la venganza.

El hombre es mi enemigo: las mujeres

débiles son; debemos respetarlas.

Yo lo olvidé, y el cielo nunca olvida

de cobardía y deshonor la mancha.

Corro, vuelo; me siga quien no quiera

tal crimen cometer.» Salta las gradas,

la puerta incendia del harén, y raudo

vuela su pie sobre las rojas ascuas.

El humo aspira y rápido lo arroja

al ir cruzando estancia tras estancia.

Como él, los compañeros que le siguen

llegan a tiempo aún: cada pirata

lleva en los brazos la mujer llorosa

a quien salvó sin contemplar sus gracias.

De sus cautivas el terrible miedo

se esfuerzan en calmar; sus apagadas

fuerzas alientan, y el honor debido

a las beldades indefensas guardan:

¡tanto ha sabido transformar Conrado

en dulce paz la embravecida rabia!

Mas ¿quién es ésa que el Corsario lleva

y del furor de los combates salva?

Es del pachá la hermosa favorita

del pachá a quien Conrado inmolar ansía,

la que es en el harén reina temida

y al mismo tiempo de Selim esclava.

Conrado apenas dirigirle pudo

su breve voz a la infeliz Gulnara,

que en esa tregua que a la guerra diera

la compasión, al ver su retirada

no seguida, el contrario se detiene,

se reúne luego y torna a la batalla.

Selim ha visto sus inmensas fuerzas,

ve de Conrado la pequeña banda,

y se avergüenza del pasado miedo

que entre sus tropas difundió la alarma.

«Alá il Alá»-con pavoroso grito

dice, y se apresta al punto a la venganza,

que aquella rabia que al pavor sucede

saciarse sólo en los combates ama.

El fuego al fuego se opondrá; la sangre

sangre pide, y espada contra espada

hará que la victoria retroceda;

que la pelea renovó la saña

y los que fueron vencedores, ahora

serán dichosos si la vida salvan.

Conrado del peligro se apercibe,

en torno suyo a sus soldados llama:

-«¡Un esfuerzo!, y el círculo rompamos

que nos encierra.» -Se unen los piratas

cansados ya del último combate;

se agrupan, forman en columna, cargan,

vacilan... ¡Todo se perdió! Ahogados

de sus contrarios en la inmensa masa,

sitiados por doquier, luchan y luchan

aún con valor, mas ya sin esperanza,

¡Ah!, sus filas se han roto, y desbandados

muerden el polvo ya. La cuchillada

postrera dan con el postrer gemido;

no el contrario, el cansancio es quien los mata;

y heraldos, aún de sus crispadas manos

pueden apenas arrancar las armas.

- VIII -

Antes de que los turcos renovasen

con nuevas iras la marcial pelea,

Gulnara fue con las demás cautivas

en libertad de los peligros puesta;

y apenas pudo serenar la mente

con los temores de la muerte inquieta,

cuando la hermosa de los negros ojos

en el soldado que librola piensa.

¿Quién fue? ¿Por qué para con ellas solas

endulzó el vencedor su ira soberbia?

¿Por qué a la hermosa en lance tan sangriento

él más amable que Selim se muestra

en los momentos de mayor ternura?

Es que el pachá su corazón le entrega

como un don harto rico, y a su esclava

orgulloso a la par ama y desdeña,

mientras Conrado consoló sus duelos

como un honor que a la mujer es deuda.

-«¡Ay!, es tal vez culpable este deseo

e inútil a la par; mas yo quisiera

ver mi libertador, darle las gracias

(lo que olvidé turbada por mis penas),

darle las gracias, pues salvó mi vida,

que mi dueño cruel tan poco aprecia.»

De pronto mira que le traen cautivo

tras recogerle respirando apenas

de entre los muertos. Lejos de sus tropas

combatió de contrarios turba inmensa,

caro cediendo el campo, y cayó herido

sin obtener la muerte que desea.

Su contrario le ve, su herida cura

y a muerte al mismo tiempo le condena,

que la venganza le excitó, y el odio

nuevos suplicios pavoroso inventa

para que ante Selim soplo por soplo

la vida se consuma que aún le resta.

¿Ese es el que ella contempló triunfante?

De su sangrienta mano entonces era

cada signo una ley: ahora está inerme,

mas no abatido, y sólo la existencia

que conserva le duele; sus heridas

son despreciables para aquél que en ellas

la muerte ansió encontrar. ¿Sólo él debía

conservar una vida que desprecia?

Él sintió lo que aquel a quien derriba

la suerte infiel de lo alto de su rueda.

sintió el temor de las torturas crueles

do muestra el vencedor su ira funesta;

pero el orgullo que instigole un día

tanto delito a cometer, le esfuerza,

y más de un vencedor que de un cautivo,

es la arrogancia altiva que demuestra.

Ni temor, ni fatiga se descubre

en su mirada límpida y serena.

La muchedumbre en vano y sin peligro

prorrumpe en gritos llenos de insolencia,

los guerreros valientes, los que han visto

a su contrario combatir de cerca,

conocen ya su brazo, y no le insultan,

que su desgracia y su valor respetan;

mientras los guardias con secreto espanto

a las prisiones de Selim lo llevan.

Un médico le vio, no compasivo

para curarle y aliviar sus penas,

sino por ver si sufrirá el tormento,

y calcular la vida que le resta.

Cuando mañana moribundo el día

se hunda en la mar, para Conrado empieza

del empalado la tortura horrible;

y cuando el sol disipe las tinieblas

verá si en los tormentos ha guardado

la constancia del ánimo altanera.

¡Suplicio horrible! Se una a la agonía

la sed devoradora: en torno vuelan

bandas sin fin de carniceros buitres

que se disputan su cercana presa.

«¡Agua!, ¡agua!» grita el moribundo, y nadie

a ese gemido de dolor contesta:

refinamiento de odio, pues si bebe

la vida acaba y el dolor con ella.

Médico y carceleros se retiran

dejándole cargado de cadenas.

¿Quién explicar podrá los pensamientos

que se agitan en su alma turbulenta?

El mismo la ignora: lucha y caos

dominan nuestra enferma inteligencia

cuando confunde sus ideas todas

de lo pasado la memoria eterna.

Remordimiento, engañadoras voces

que se levantan sólo en la conciencia

después que el crimen cometiste, y gritan:

«Ya yo te lo advertí; busca la enmienda.»

¡Vano reproche!; el ánimo inflexible

esa incesante acusación subleva;

sólo el débil se dobla y se quebranta.

sí, que esta es la verdad hasta en aquellas

horas de calma, solitarias, tristes,

en que el alma a sí misma se revela,

y un pensamiento pertinaz y fijo

no a los demás entre las sombras deja;

en que el salvaje aspecto del pasado

concurre a la memoria por mil sendas.

Los sueños ya de la ambición que expira,

el amor que dolido se recuerda,

la gloria sin peligro, el soplo leve

que de esta vida mísera nos resta,

los goces ignorados, el desprecio

por quien sin gloria nos venció, la acerba

memoria de un pasado irreparable,

el porvenir que en rápida carrera

ignoramos do marcha, todo, todo

lo que jamás tan vivo se recuerda,

pero que nunca se olvidó; las faltas

que ayer pudimos cometer ligeras

y hoy crímenes son ya; la certidumbre

de un mal desconocido, que atormenta

más si es más ignorado; todo aquello

que hace temblar del hombre la conciencia,

eso es lo que se ve dentro el sepulcro

del corazón al entreabrir sus puertas,

hasta que al fin, tú, Orgullo, te levantas,

y el espejo del alma altivo quiebras.

Todo lo oculta la altivez y todo

lo resiste el valor, aun en aquella

postrera al par que irreparable caída;

pero en la hora fatal todos conservan

el amor de la vida y todos temen,

aun el que menos los descubre. ¿Espera

éste tal vez mentidas alabanzas?

¿Es por ventura el fanfarrón que muestra

valor, y huye después? No; es el que mira

a la muerte en silencio y nunca tiembla,

es el que armado desde largo tiempo

aguarda firme la final pelea,

es el que al ver la muerte ya vecina

por recibirla se adelanta a ella.

En la más alta torre del castillo

Conrado está cargado de cadenas:

como el palacio devoró el incendio,

corte y prisión la fortaleza encierra.

Conrado aguarda la cercana muerte

sin acusar de injusta esta sentencia:

igual suerte a Selim él le guardaba.

Solo está, y los recuerdos que le apenan

no han conseguido perturbar su calma;

uno sólo incesante le atormenta:

¡Medora! ¿Soportar le será dado

de su derrota las terribles nuevas?

Los brazos alza con dolor al cielo

cuando en su mente fíjase esta idea,

y mirando sus hierros, los sacude

con rabia convulsiva: luego encuentra

un punto de descanso, y se sonríe

como burlando de sus propias penas.

-«¡Voy a dormir: lo pide mi fatiga;

y que la muerte a despertarme venga!»

Hablando así, sus ojos se cerraron,

y al dulce sueño sin temor se entrega.

A media noche comenzó sus planes,

que ejecutó con infernal presteza,

porque a la destrucción le basta un soplo

para arruinar cuanto delante encuentra.

Desde que el buque le aportó a las costas,

Conrado a un mismo tiempo, él solo, fuera

Dervis, soldado, vencedor, vencido,

pirata sobre el mar, caudillo en tierra,

destructor, salvador de las hermosas

y cautivo dormido entre cadenas.

Conrado duerme en aparente calma:

¡feliz si el sueño aquel la muerte fuera!

Duerme... mas ¿quién sobre su duro lecho

viene a inclinar la lánguida cabeza?

¿Es algún ángel que a anunciarle baja

el paraíso que al morir le espera?

No, que es una mujer, aunque al mirarla

lo dudaríais por su forma esbelta.

Una lámpara lleva, y sus fulgores

con una mano alabastrina vela,

de temor que algún rayo del cautivo

hiera sus ojos y al dolor le vuelva.

Una mujer de pálidas mejillas,

de negros ojos y de trenzas negras

cuyos rizos adorna desprendidos

con una red de blanquecinas perlas.

De hada es el talle, y con los pies desnudos

blancos como la nieve el piso huella.

¿Cómo llegar hasta el encierro pudo,

entre la sombra y rudos centinelas?

¡Ah!, preguntad más bien qué es lo que puede

oponerse al poder de una belleza

a quien amor y compasión conducen!

Gulnara insomne meditaba, y mientras

mira aún en sueños el pachá al pirata,

ella su lecho silenciosa deja,

toma el anillo de Selim, que a veces

riendo se ciñó, y confiando en esta

señal temida, se abren a su paso

del calabozo las cerradas puertas.

Rendidos del combate, adormecidos

los centinelas por las duras piedras,

al paso y a la voz que los llamaba

alzaban dormitando la cabeza

para ver el anillo, y ni la causa

ni la persona indagan que lo lleva.

- IX -

Ella le mira, y asombrada exclama:

«¿Cómo descansa en paz, cuando los duelos

que él ha causado los que viven lloran?

¿Cómo yo le amo tanto? ¿Por qué el sueño

así huyó de mis párpados, y sola

he venido hasta aquí? Sí, lo confieso.

¡Mi gratitud...! ¡Para ella es ya muy tarde!

¿Qué puedo yo ofrecerle...? Mas, silencio;

se agita, tiembla, el sueño se interrumpe,

respira con fatiga... está despierto.»

Conrado se incorpora y le deslumbra

la claridad. Lo que sus ojos vieron

le pareció mentira; agita el brazo,

y el duro son de los macizos hierros

el recuerda su mísera existencia.

-¿Quién eres tú? Si no eres algún genio

celestial, me pareces harto hermoso

para el oficio vil de carcelero.

-Pirata, yo conozco el valor todo

de la acción buena que conmigo has hecho:

yo soy una mujer que tú has librado

con tus amigos del terrible incendio.

Yo no te quiero mal... vengo de noche...

no sé por qué... pero a buscarte vengo.

-Si eso es así, los únicos tus ojos

son que de este vencido se dolieron.

La fortuna a los turcos favorece;

que la aprovechen y usen de su derecho:

gracias les doy, porque antes de que muera

me han deparado confesor tan bello.»

¡Cosa extraña!, se mezcla una alegría

glacial con los extremos sufrimientos,

que no endulza el dolor de aquel instante,

que no da al corazón ningún consuelo:

sonrisa de amargura, mas sonrisa

que en muchos labios pálidos la vieron,

y hasta el cadalso repetir sus chistes

a los hombres oyó; mas no el acerbo

dolor por eso mitigaron nunca.

Sea cual fuere el triste sentimiento

que animaba a Conrado, en sus miradas

de un oculto furor brillaba el fuego;

mientras que al par alegre sonreía

y era festivo y plácido su acento:

contrario a su carácter, pues su vida

de las miserias bajo el grave peso

robar pocos instantes han podido

al combate y los tristes pensamientos.

-«Corsario, está resuelto tu suplicio;

pero un instante de flaqueza puedo

yo aprovechar, y de Selim las iras

ablandaré: salvarte es mi deseo,

aun ahora mismo; mas tus flacas fuerzas,

las circunstancias, el escaso tiempo

que resta para el día me lo impiden.

Una demora alcanzaré yo al menos

para la ejecución de la sentencia.

No con promesas consolarte quiero,

ni una resolución desesperada

que nos pierda a los dos, ahora tomemos.

-No te fascines, pues, ni la esperanza

hagas que nazca en mi angustiado pecho.

Si no vencí, no deberé a la fuga

una existencia que por mí perdieron

tantos otros; no obstante, un ser querido

hay, a quien siempre mi memoria vuelvo.

Mis ojos cual los suyos se humedecen.

En la senda trazada, ¿cuáles fueron

mis apoyos? Mi espada, mi galera,

mi cariño y mi Dios. A éste le huyeron

mis pasos desde niño: no a su trono

la oración del temor elevar quiero;

todavía respiro y tengo fuerzas

para afrontar el porvenir adverso.

Mi alfanje lo arrancaron de esta mano

que no sostuvo bien tan fiel acero.

Mi buque, o estrellado en esas costas

yace, o es presa de tu altivo dueño...

¡Pero mi amor...! Por ella, sí, por ella

aún mi plegaria elevaría al cielo.

Único lazo que a la vida me une.

¡Cómo desgarrará su tierno pecho

oh Dios, mi muerte!... Forma tan divina

nunca, si no es en ti, mis ojos vieron!

-¡Luego tu amor es de otra...! Y ¿qué me importa?

Nada... ¡Tú la amas:..! ¡Oh!, ¡qué envidia tengo

a las que pueden apoyar felices

su blanca frente sobre amigo seno,

y que jamás el hórrido vacío

de corazones sin amor sintieron;

cuya mente jamás, como la mía,

va fantásticas sombras persiguiendo!

-Yo creí, joven, que era tu cariño

del pachá que te adora.-¡Yo al soberbio

Selim amar...! ¡Oh, nunca, nunca! En vano

por atender a su pasión me esfuerzo.

Que sólo existe amor en almas libres,

yo de muy niña lo aprendí y aún creo;

mas soy esclava, esclava favorita,

y orgullosa y feliz mostrarme debo.

¡Oh!, ¡cuántas veces me pregunta!: «¿Me amas?»

y responderle «¡N
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