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El corsario (Poema) parte 2ª


George Gordon Byron
El Corsario
(Poema)
Primer poeta inglés del siglo XIX




George Gordon Byron, según un cuadro de Thomas Phillips de 1813




- X -

De sus rayos más fúlgidos vestido

al fin de su carrera el sol traspone

las altas cumbres que a lo lejos alzan

de la Morea los enhiestos montes,

No de las nubes en el manto envuelto

como en los cielos del sombrío Norte,

sino vertiendo al firmamento limpio

su ardiente luz en puros resplandores,

sobre el cerúleo mar vibra los rayos

para que rojos sus cristales doren.

El dios augusto de la luz envía

a las rocas de Egina sus adioses,

y retardando su celeste curso,

alumbra complacido las regiones

do a su culto se alzaron los altares

que hoy entre escombros el olvido esconde.

De las montañas la extendida sombra

veloz avanza, y los risueños bordes

va a besar de tu golfo, ¡oh Salamina!

Del astro moribundo a los fulgores

de púrpura se tiñen las colinas,

y en mar de luz parece que se borren

sus inciertos contornos, y suspenso

entre los cielos y la tierra, entonces

tras los collados de la antigua Delfos

va pausado a ocultar su disco enorme.

Quizá en una tarde tan serena,

reina orgullosa de la Grecia noble,

su última luz en los marmóreos muros

de tus templos, oh Atenas, reflejose,

cuando tendía su postrer mirada

con majestad augusta al horizonte

el mejor de tus hijos. ¡Con qué anhelo

los discípulos fieles del grande hombre

los últimos instantes de su vida

miraban con la luz morir veloces!

¡Tened, tened! en la lejana cima

Helios aún brilla, dominando al orbe

y de la eterna despedida deja

que la ansiedad amarga se prolongue.

¡Oh, cuán sombríos sus serenos rayos

son a los ojos del dolor! Los montes

que de luz el ocaso siempre viste,

de sombra hoy cubren sus gigantes moles.

De negro luto fúnebre sudario

parece que afligido Febo arroje

sobre los dulces, extendidos campos

de los que siempre sonrió a las flores.

Y aun antes que su luz la alzada cumbre

del alto Citeron a Atenas robe,

en el pecho de Sócrates la copa

vierte el fatal licor; los lazos rompe

de la vida su espíritu, y al cielo

raudo vuela inmortal, al cielo a donde

por tan heroica muerte libertada,

jamás alma tan pura remontose.

¡Mirad! Desde la cima del Himeto

la casta reina de la oscura noche

su silencioso imperio en paz domina.

De su frente de plata, los vapores

de la tormenta présagos, no manchan

la pálida beldad. Alzan inmobles

su chapitel al cielo las columnas

reflejando los tibios resplandores;

y de trémulos rayos coronadas

en las mezquitas sobre esbelta torre,

de su celeste compañera irradian

la luz las medias-lunas. Y los bosques

do entre viejos olivos el Cefiso

cual ágil sierpe murmurando corre,

y los cipreses fúnebres, y el quiosco

con sus doradas cúpulas de cobre,

y la palma del templo de Teseo

que dando al aire su follaje dócil

solitaria se eleva y entre ruinas

triste parece que el pasado llore,

con magia irresistible del viajero

llaman los ojos, la atención absorben.

¿Qué corazón al misterioso encanto

de aquel sublime cuadro no responde?

¿Quién de la inspiración la voz sagrada

dentro del alma resonando no oye?

Allá en el fondo brilla el mar Egeo:

Su voz apaga la distancia; móvil

mece callado sus inquietas aguas

que de los elementos cansó el choque;

y allá a lo lejos sus hinchadas olas

de azul sombrío, sin fragor se rompen

contra la adusta frente de las islas

que el mar parece que enlazadas borden.

¿Por qué vuela hacia ti mi pensamiento,

hermosa Atenas de inmortal renombre?

¡ay!, sin que todo lo que el alma llena

la sombra excelsa de tu gloria borre,

nadie puede tender la vista absorta,

sobre tus mares, ni escuchar tu nombre.

¿Cómo un poeta que distancia y tiempo

no apartan de esa cuna de los dioses,

do de las bellas Cícladas los mares

de su alma son el único horizonte,

te negaría su cantar, y cómo

olvidarte pudiera? El rudo islote

del Corasrio fue tuyo un tiempo, ¡oh Grecia!,

y aun ahora lo es también: los aquilones

y las olas del mar sólo le baten,

y audaz la libertad reina en sus montes.

- XI -

Cuando el poniente sol al alto faro

dio sus adioses últimos, en sombra

más que la noche y sus tinieblas densa,

el pensamiento hundiose de Medora.

Nació y ha muerto el sol del tercer día

y aún no Conrado a su regazo torna.

No amenaza borrasca nube alguna;

débil el viento más propicio sopla;

y la nave de Anselmo tornó al puerto

y en vano surcó intrépida las olas

en busca de su jefe. ¡Ay!, la ardua empresa,

aunque siempre al Pirata peligrosa,

si este buque aguardaran los corsarios,

coronárala acaso la victoria.

Ya refresca el crepúsculo la brisa:

sentada inmóvil en las duras rocas

Medora triste en su aflicción suspira.

En la alta cumbre de la parda loma,

los ojos en la mar, la halló el ocaso,

los ojos en la mar la halló la aurora.

La noche cierra: la inquietud la arrastra

a las vecinas playas, y llorosa

por la mojada orilla al azar corre,

sin ver las olas que avanzando sordas

bañan sus pies, y lúgubres mugiendo

le dicen que huya la engañosa costa.

Pero no siente nada; nada escucha:

sopla helada la brisa, ¿qué le importa,

si más fría que el hálito del viento

la angustia heló su corazón traidora?

Tal perturbó su mente combatida

el hondo afán de tan amargas horas,

tan cierta juzga su fatal desgracia,

que si el amante que perdido llora

de repente a sus brazos se arrojase,

muerta cayera delirando loca.

Destrozado por fin un buque arriba:

los marineros con mirada torva

y con aspecto lúgubre, en la playa

silenciosos contemplan a Medora.

Mancha la sangre sus desnudos brazos;

su voz cortada la aflicción sofoca;

pocos son, y salváronse del riesgo,

pero cómo salváronse aún lo ignoran.

Y callados se miran, y cada uno

espera que otros el silencio rompan.

Medora con los ojos les pregunta;

y cuando a hablar van ellos, hablar no osan

Perspicaz ella adivinolo todo;

mas no desfalleció: sintiose sola

al dolor en la tierra abandonada;

mas aquella mujer débil y hermosa

al nivel del peligro elevar sabe

en varonil esfuerzo su alma heroica.

Mientras de la esperanza al dulce halago

su alma constante vaciló dudosa,

la dormida energía evaporose

en ternura y en lágrimas; mas hora

se concentra indomable, y en su mente

desesperado un pensamiento brota:

«Cuando nada que amar queda en el mundo,

nada hay tampoco que temer.» ¡Ay!, rota

la cadena que el hombre al mundo liga,

¡con qué osadía a combatir se arroja!

Es que esas armas que el delirio esgrime

la desesperación es quien las forja.

-«¿Calláis...? ¿Calláis?... Tenéis razón: no quiero

ni un acento escuchar de vuestra boca.

Pero, no, no; decicime... ¡ay!, no me atrevo...

Decid, decid; en la fatal derrota,

¿qué fue de mi Conrado? -Lo ignoramos.

Apenas de la noche entre las sombras

pudimos escapar. Pero no ha muerto:

algunos, a la luz de las antorchas,

rotas sus armas y manchado en sangre,

encadenado viéronle, señora.»

No escuchó más: en su interior en vano

aún la lucha, esforzándose prolonga;

los pensamientos que evitaba, entonces

a su mente en tropel todos se agolpan.

Al alma fuerte que en febril firmeza

brava el peligro contrastó, las cortas

palabras del corsario han ya rendido.

Vacila desmayada y cae Medora

a la orilla del mar, y otro sepulcro

le evitarán tal vez las turbias olas,

si a las iras del mar no la arrancasen

ansiosos los piratas, que se asombran

al sentir que sus ojos se humedecen

y que a pesar de contenerse, lloran.

En sus mejillas, antes sonrosadas,

como la muerte hoy pálidas, arrojan

el agua amarga sus callosas manos,

y de nuevo a la vida la retornan,

y a sus siervas llamando, el cuerpo frío

en sus brazos inmóvil abandonan,

Y en solemne silencio lo contemplan

mientras en triste coro ellas sollozan.

Y mudos los corsarios lentamente

trepando van por las agrestes rocas

y a la gruta de Anselmo se encaminan

a comenzar la relación penosa;

que siempre a los valientes fue asaz duro

contar una batalla sin victoria.

Audaces planes que el despecho dicta

y la venganza y el furor provocan

en voz alta propuso la osadía

en aquella asamblea tumultuosa.

Quién habla de rescate y de tesoros,

quién un ataque repentino apoya;

todos de muerte y de venganza tratan,

nadie la fuga o el reposo abona.

El alma de Conrado aún se cernía

sobre los restos de su osada tropa,

y arrojaba de su isla la flaqueza

que desmayada al infortunio postra.

Sea cual fuere su destino incierto,

los que siguieron su bandera roja

le salvarán o aplacarán sus manes.

Pocos, muy pocos son; pero no importa:

que cuando fieles son los corazones

los fuertes brazos su valor redoblan.

- XII -

En deleitosa cámara escondida

del rico harén en el feliz retiro,

la suerte de Conrado meditando,

sobre cojines el pachá sombrío

sentado yace. Entre el amor y el odio

sus pensamientos vagan indecisos

sobre la frente hermosa de Gulnara,

sobre la torre estrecha del cautivo,

Reclinada a sus pies la favorita

contempla inquieta con curioso ahínco

anublarse su frente, y los enojos

disipar quiere del feroz caudillo;

y mientras brilladores centellean

sus negros ojos árabes, esquivo

al suelo musulmán los suyos baja

sólo en las cuentas del rosario fijos,

en tanto que en la víctima se ceba

su oculto pensamiento vengativo.

-Pachá, te ha coronado la victoria;

favorable a tu suerte fue el destino:

tus cadenas oprimen a Conrado

y han muerto los demás. De tu enemigo

dada está la sentencia: ¡y es la muerte...!,

bien mereciola; de su suerte es digno.

Mas ¿por qué en él tus odios se encarnizan?

hora que yace a tu poder rendido,

por precio de su vida más valiera

sus tesoros comprar. No ya el invicto

Corsario será luego: derrotado,

sin oro, sin soldados, sin prestigio,

a tus fieles galeras fácil presa,

en tu poder caerá. Si hoy el cuchillo

del verdugo segase su garganta,

de sus rapiñas el caudal opimo

embarcará su banda, y a otras playas

huyendo tu furor, pedirá asilo.

-¡Oh, si por cada gota de su sangre

mágica perla de celeste brillo

cual la que adorna del sultán la frente

me ofreciesen, Gulnara; si ancho río

de arenas de oro virgen me ofrecieran

por un cabello suyo; si... ¿qué digo?,

aunque viera a mis pies cuantos tesoros

finge la fantasía en su delirio

para adornar serrallos encantados

o el celestial jardín del paraíso,

todas esas riquezas no lograran

mi venganza comprar y su castigo.!

Sólo su muerte dilató mi saña

dudosa en la elección de su suplicio,

los tormentos buscando más horribles

y los que más prolonguen su martirio.

-¡Sea!, tus iras mitigar no quiero:

justo de tu venganza es el motivo;

la clemencia imposible. Era mi intento

los tesoros comprar, hoy escondidos

de ese pirata audaz. Libre a ese precio,

no fuera libre ya: si perseguirlo

intentaras de nuevo, dispersados

por tus triunfantes armas sus amigos,

nueva derrota hiciérale tu esclavo.

-Tal vez; mas ¿juzgas de mis iras digno

un instante de vida, un solo instante

flaco ceder a mi contrario inicuo?

Y ¿por qué...? ¿Por qué tú, mujer, me pides,

sensible en demasía, el sacrificio

de mi justa venganza? Tal vez quiera

premiar tu corazón, hoy compasivo,

la piedad tierna del infiel pirata

que sólo a ti y a tus esclavas quiso

perdonar en la lucha, sin que ciego

viese que más que vuestra vida, estimo

la reclusión de vuestro oculto albergue.

Tu gratitud elogio; mas te digo,

te lo digo en verdad, que de ti dudo,

y que hoy más en mis dudas me confirmo.

Él te salvó de las voraces llamas

y en sus brazos condújote atrevido

fuera de mi serrallo... ¡tú en sus brazos!

¡Y librarle ahora quieres del peligro

y con él huir quizás...! No me respondas:

el sobresalto en tu semblante ha escrito

la confesión del crimen. Pues bien: ¡guarte,

sirena que seduces mi cariño,

guarte de mi furor! No está su vida

amenazada sólo... Otro suspiro,

otra palabra compasiva, y pronto

tú, Gulnara, también... Pero preciso

no será tal rigor. Pérfida sierva,

medita mis palabras. ¡Oh!, ¡maldito,

maldito para siempre el día sea

en que el setrallo profanado ha visto

del incendio a la luz, mi hermosa esclava,

en brazos de mi bárbaro enemigo!

Más valiera, ¡oh Alá!, que entonces muerta...

llorado hubiese yo su amor perdido:

ahora es ya tu señor quien te reprende.

Mujer ingrata, ¿sabes que el delito

no sé dejar impune, y que las alas

de la inconstancia corta mi cuchillo?

Levantose, y saliendo a pasos lentos,

Miró a Gulmara con desdén sombrío,

y por adiós dejole una amenaza.

¡Oh! cuán poco conoces, viejo inicuo,

el corazón de la mujer, que nunca

la amenaza domó, cedió al peligro!

¡Cuán poco sabe el déspota insensato,

oh Gulmara infeliz, cuánto cariño

guarda tu corazón cuando te aman,

cuánto cuando te insultan odio altivo!

¡Pobre mujer!, su amor no comprendía:

pensaba que su pecho compasivo

llenó la piedad sólo: era ella esclava

y debía sentir por el cautivo

fraternal sentimiento, cuyo nombre

preguntarse a sí misma no ha querido.

A un impulso cediendo irresistible,

se aventuró temblando en el camino

do le detuvo del pachá el enojo;

hasta que al fin en su ánimo indeciso

la lucha comenzó del pensamiento,

que fue de la mujer siempre el martirio,

el primer eslabón de la cadena

que a los bordes la arrastra del abismo.

- XIII -

En el oscuro calabozo en tanto

tras luengas horas de inquietud amarga,

girando sobre un mismo pensamiento,

logró Conrado en abatida calma

la angustia dominar, que en lucha horrible

su combatido espíritu agitara,

cuando temió, ¡funesta incertidumbre!,

que cada instante, de su muerte aciaga

el suplicio espantoso le anunciase;

y al escuchar en la vecina estancia

sonoros pasos, a su inquieta mente

en cuadro espantador se presentaban

el palo agudo o las cortantes hachas

el apalo agudo o las cortantes hachas.

Su horrible anhelo dominó: a la muerte

no estaba entonces preparada su alma;

irritose su orgullo, pronto empero,

de combatir se fatigó, y cansada

indiferente se entregó vencida

a la horrorosa prueba que le aguarda.

El hirviente calor de la pelea,

el choque y el fragor de la borrasca,

pensar no le dejaron en el riesgo.

Ahora, en su muda soledad, le asaltan

cuantas punzantes sugestiones, débil

del ánimo constante el fuego apagan.

No poder apartarse de sí mismo;

mirar por fin de irreparables faltas

la enlazada cadena que inflexible

a vergonzosa perdición le arrastra;

amenazante contemplar la muerte,

y no poder frenético evitarla;

buscar en vano un esforzado amigo

que su ánimo levante, si desmaya,

y que al suplicio con serena frente

y denodado corazón ir le haga;

de los contrarios la enemiga, turba

ver alredor, que con calumnia osada

su último instante empañará, manchando

de toda su existencia las hazañas;

aguardar los tormentos, que desprecia

el espíritu audaz, pero que flaca

quizás la carne resistir no pueda;

pensar que si el dolor por fin le arranca

mal comprimida queja, aquella queja

su postrera corona le arrebata,

la del valor; saber que allá en el cielo

le niegan unos hombres que usurparan

de la piedad divina el monopolio

la vida que huye a su deseo rauda;

y, lo que vale más que esa dudosa

gloria incierta, el edén que la esperanza

pinta en el mundo a la ilusión, y aroma

de puro amor dulcísima fragancia,

ver cual se desvanece, cuando al mundo

de los brazos le roban de su amada:

esos los pensamientos son que horribles

en tenaz lucha y confusión batallan

del cautivo en el ánimo dudoso;

esas son las angustias que le alarman;

ese el afán que combatir él debe;

ese el afán que combatir alcanza

¡Mas, su resignación es burla impía...!

¿Y qué le importa? No sucumbe, y basta.

Pausado deslizose el primer día

y a la oscura prisión no fue Gulnara:

el segundo pasó, pasó el tercero;

mas sin duda el encanto de sus gracias

alcanzar pudo de su amante dueño

lo que a Conrado prometió la esclava.

Pues el sol alumbró del cuarto día

al cautivo en la torre. Nubes pardas

ya de aquel sol los últimos destellos

robaban a la tierra, y en las alas

volaba la tormenta de los vientos.

¡Con qué ansiedad de las revueltas aguas

oyó el corsario el zumbador mugido

que su sueño feliz jamás turbara!

Su voz amiga que con tierno acento

suena a su oído, su valor inflama,

y pensamientos brotan más audaces

en su turbada fantasía. ¡Oh, cuántas,

cuántas veces del mar burló las iras

de frágil buque en las ligeras tablas,

y la corriente rápida bendijo

que arrastró su bajel en veloz marcha!

Cual de fiel compañero voz querida,

murmura de amistad dulces palabras

aún su sordo rugido, pero en vano

sus roncas olas al corsario llaman.

El aire silba, y retumbando el trueno

hace temblar las sólidas murallas

del antiguo torreón; con luz incierta

relámpago fugaz la alta ventana

que fuertes cierran enclavados hierros,

rápido alumbra, y más que de la blanca

luz de la luna el macilento rayo,

es a los ojos de Conrado grata

la roja claridad: hasta la reja

su pesada cadena lento arrastra,

y la muerte invocando, entrambas manos

al cielo, opresas de sus hierros, alza,

y un rayo que clemente de su vida

rompa el ya odioso lazo le demanda.

Al par el vengador fuego celeste

atrae el hierro que infernal plegaria;

la tempestad empero indiferente

siguió en el cielo su solemne marcha

y herirle desdeñó: los estampidos

calmando fueron su estruendosa rabia

y a lo lejos perdiéronse. Conrado

mas solo viose en su desnuda estancia:

¡ay!, es que desoyendo antiguo amigo

sus súplicas, infiel le abandonaba.

De pronto hacia su puerta leve paso

oye que precavido se adelanta

de la dormida noche en el silencio;

con agrio son escucha que resbalan

los pesados cerrojos lentamente;

las llaves giran, y -«la hermosa esclava

viene por mí» -su corazón le dice;

y un rayo le ilumina de esperanza.

Un ángel mira en la piadosa sierva

y a su recuerdo su razón se exalta

y más bella a sus ojos aparece

que el serafín que en sus visiones santas

ve entre doradas nubes el devoto.

Es ella, sí; mas ¡cuánto la desgracia

marchitó su hermosura! Vacilante

fija en el suelo la insegura planta;

y palidez de muerte su faz cubre.

Triste arroja sobre él una mirada

que su fatal destino le revela

antes que sus rosados labios abra.

-Sí; la muerte te espera inexorable.

Para evitar el sino que te aguarda,

sólo un recurso... ¡el último!, terrible,

muy terrible en verdad, pero la amarga

agonía del palo es más terrible!

-Mujer, tu ciega compasión es vana:

jamás quise escapar a mi destino;

ya te lo dije. Mi ánimo no cambia;

Conrado es siempre el mismo. ¿Por qué tierna

de un vencido la vida salvar ansias

justa sentencia revocando? Harto

de Selim merecí la atroz venganza.

-¿Por qué deseo libertarte? ¿Noble

no me libraste acaso en noche aciaga

del incendio voraz y la deshonra,

más para mí temible que las llamas?

¿Por qué deseo libertarte...? ¡Oh cielos!,

a pesar de los crímenes que infaman

tu nombre aborrecido, el alma mía

de tu dolor se enterneció, pirata.

Temíate, y salvaste mi existencia:

la que la vida te debió, se apiada

de tus tormentos... ¿Apiadarse dije?,

¡oh!, no, no; con delirio te idolatra.

No me respondas, no; no quiero oírte:

no me digas que es otra la que tú amas,

y que yo en vano te amaré. ¿Qué importa?

Aunque por ti suspire enamorada,

aunque me venza en hermosura, ¿acaso

de los peligros el horror contrasta

como yo, por tu amor? ¿Y tú has creído

que el corazón de esa mujer inflama

de la pasión el fuego...? Fuera yo ella

no yacieras cautivo. ¿Así se aparta

la mujer de un proscrito de su esposo,

y solo deja que los riesgos vaya

lejos a provocar? ¿Y que hace mientras

cobarde, oculta en su retiro? ¡Calla!,

no me contestes, no; de frágil hebra

pendiente, nuestras vidas amenaza

desnudo alfanje; si en tu pecho oculto

hay de valor un resto, si aún es cara

la libertad a tu ánimo abatido,

levántante, ¡valor...! Toma esta daga

y sígueme resuelto. -¿Con los hierros

que mis miembros oprimen...? ¿De los guardas

los vigilantes ojos burlar puedo

de cadenas cargado? Tú olvidabas

que así no puedo huir; que no estos hierros

el hierro necesito de las armas.

-¡Cuán poco en mí fías! De mis joyas

sobornó el oro a los guardianes. Basta

una palabra, una mirada mía,

para que rotas tus cadenas caigan.

¿A tu encierro pudiera de otro modo

abrirse paso mi resuelta audacia?

Te vi, te amé: mi astucia desde entonces

en tu servicio sin cesar se afana.

Criminal soy, pero por ti lo he sido,

si es criminal la mano que levanta

el hierro vengador, y del tirano

la frente hiere que el delito mancha.

¡Te estremeces de horror! ¡Tiemblas cobarde...!

Débil cautivo, escúchame: Gulnara

ya no es la sierva temerosa. Viose

escarnecida, envilecida, hollada;

vengarse necesita. El acusome

cuando era su sospecha imaginaria,

cuando humilde en su odiosa servidumbre

vivía, esposa fiel, sumisa esclava.

¡Oh! ¿Te sonríes...? Créeme, Conrado;

motivo nunca di a su suspicacia:

no le era infiel ni te quería entonces.

Mas, pues, supuso sin razón mi falta,

su predicción se cumplirá: merecen

tal castigo los celos. Nunca mi alma

el amor conoció: su oro comprome;

pero por todo el oro de sus arcas

comprar mi corazón quisiera en vano,

humilleme a su yugo resignada;

mas él creyó que si al harem de nuevo

tornado no me hubiese, huyera ingrata

despreciando su amor, contigo: y eso,

eso es mentira que celoso trama.

Mas dejemos hablar a esos profetas

que la suerte merecen que presagian.

No retardó mi súplica tu muerte.

De este falso favor dale las gracias

a su barbarie que el suplicio busca

que con más lentas agonías mata.

Con la muerte también, que yo desprecio,

me amenazó su enardecida saña;

mas su loca pasión de mi hermosura

guardará los encantos, que aún no cansan

a su sed de placer; y cuando un día

de mi beldad se sacie, pronto se hallan

un esclavo y un saco, y silencioso

los muros el mar bate de este alcázar.

¿Y del capricho de insensato viejo

nací a ser el juguete? ¿Soy alhaja

que al suelo arroja desdeñoso el dueño

cuando el dorado con su roce gasta?

Te amé apenas te vi; salvarte quiero,

quiero que sepas tú que también guarda

fiel gratitud el pecho de una sierva.

Si mi vida y mi honor su injusta rabia

no hubiera vengativo amenazado

(y él jamás olvidó sus amenazas)

entonces a su amor contigo huyera,

pero mi compasión le perdonara.

Ahora soy tuya; a todo estoy dispuesta.

Sé que tú me desprecias, que no me amas;

mas tú has sido el primero a quien yo quise,

y él el primero a quien odié. Si cuánta

pasión mi alma atesora comprendieses,

no de mí huyeras; del ardor que abrasa

de las hijas de Oriente el tierno pecho

no temerías la insaciable llama:

faro de salvación es hoy su fuego

que de osados mainotas ágil barca

en el puerto te muestra. Pero incauto

duerme Selim en la vecina estancia

que atravesar debemos: es preciso

que no despierte el déspota.-¡Gulnara!

¡Jamás hasta este instante he conocido

cuánto la suerte para mí es contraria,

cuánto empañose de mi honor el lustre!

Selim es mi enemigo, mas con franca

lucha y abierta guerra, de los mares

quiso arrojar mi tropa temeraria;

y yo aprestando mi bajel guerrero

vine a buscarle con mi heroica banda.

A la muerte con la muerte respondiendo,

mi alfanje contestó a su cimitarra;

que el alfanje es el arma de Conrado,

no el oculto puñal. Quien noble salva

a una mujer llorosa, no la vida

a su contrario cuando duerme arranca.

No te libré para que tú a mi esfuerzo

a ofrecerle vinieras esa paga:

que de mi compasión digna no eras

a juzgar no me obligues. ¡Adiós!, ¡marcha

y la paz puedas recobrar...! La noche

su largo curso silencioso acaba,

la última noche de reposo... -¡Cielos!

¿De reposo...? ¡Reposo! Apenas nazca

sobre la mar el sol, tus miembros todos

en el tormento crujirán. Dictada

está ya tu sentencia; la he leído;

pero más no veré; tu muerte aciaga

me matará. Mi amor, mi odio, mi vida,

todo mi ser pende de ti, ¡pirata!

¡Un golpe, un solo golpe, y libre somos!

Si él no perece, nuestra fuga es vana;

¿cómo burlar su cólera sangrienta?

Siguiera a nuestra ofensa su venganza.

Mis injurias impunes, tantos años

de esclavitud, mi juventud gastada

en sus placeres, vengará su muerte.

Pero ya que el alfanje mejor cuadra

que el puñal a tu diestra, de mi brazo

la fuerza probaré. Gané los guardias,

y en un momento terminado todo...

¡Adiós, adiós! En la segura calma

de la paz nos veremos, o ya nunca

a verme volverás. Si se acobarda

mi mano y yerra el golpe, a un tiempo mismo

mi tumba y tu suplicio verá el alba.

- XIV -

Y antes de que Conrado le conteste

desaparece cual sombra fugitiva;

él recoge sus hierros y en silencio

sigue sus pasos con inquieta prisa.

Un pasadizo tortuoso, oscuro,

cruzaron sin saber do conducía:

ni lámparas, ni guardas a su paso

el prisionero encuentra; al fin, vecina

mira una débil luz. ¿Hacia ella debe

avanzar? ¿Debe huir? Sus pasos guía

a la ventura; un fresco parecido

al aire matutino, le acaricia

la enardecida frente; y por fin llega

a una espaciosa, abierta galería.

De la noche que empieza a disiparse

la última estrella en los espacios brilla,

y otra luz de una estancia allí cercana

de repente a Conrado hirió la vista.

Se dirige hacia allá, mas de su puerta

ve una mujer salir que en torno mira...

se adelanta... se vuelve... se detiene...

¡Es ella, en fin...! Su mano no acaricia

el puñal matador, ninguna angustia

en su semblante pálido se pinta.

¡Bendito sea el corazón piadoso

que supo sofocar la ira homicida!

Conrado la contempla; ella rehúsa

mirar las luces del naciente día;

recoge atrás rizados sus cabellos

que el blanco rostro y pecho le cubrían,

cual si su frente hubiérase inclinado

a algún objeto de terror; altiva

se acerca hacia el pirata... ¡ay!, olvidada

o sin saberlo, vése en su mejilla

una pequeña mancha, mancha roja,

¡leve Indicio que el crimen testifica!

Conrado ha combatido en cien batallas;

ha sentido las penas prometidas

a un condenado, artoz remordimiento

y tentaciones su alma mortifican;

pero jamás el hacha, el cautiverio,

ni el terror del espíritu podían

hacer latir apresurado el pecho,

parar la sangre por sus venas frías,

ni conmover su ser, como la mancha

que sobre el rostro de Gulnara mira;

mancha de sangre que a sus ojos nubla

la belleza sin par de su heroína.

« Hecho está... ¡Fue preciso...! ¡Selim muere!

¡Caro cuestas, corsario...! ¡Aprisa, aprisa...!

Son vanos los reproches; nuestra barca está

dispuesta, y se adelanta el día.

Los hombres que he ganado, me son fieles;

las obras de mi brazo justifican

mi desos por ti... Partamos pronto,

que esta horrible ribera está maldita.»

A una señal ofrécense dispuestos

los que Gulnara sobornó, y le libran

en silencio a Conrado de sus hierros:

sus miembros sueltos con placer agita,

como el viento fugaz de las montañas;

pero no el peso de su pecho alivian,

mayor que el de sus hierros. No pronuncia

ni una palabra, y solo se contrista.

Gulnara hace otra seña, y una puerta

oculta se abre, que el camino indica

de la ribera. La ciudad dejando

llegan por fin a la anhelada orilla

donde las olas murmurando alegres

sobre la playa amarillenta expiran.

Conrado, absorto en su terror confuso,

tras de la esclava del pachá camina:

si es que le salva o que le vende ignora;

pero inútil será que a ello resista,

cual fuera inútil resistir las penas

si es que al suplicio de Selim le guían.

Ya está a bordo: las velas redondean

los blandos soplos de ligera brisa,

y el cielo y mar sin emoción contempla,

cuando de pronto ofrécese a su vista

el negro cabo de gigantes formas

donde el ancla arrojó... ¡Dios! ¿Quién podría

describir lo que siente? ¡Aquella noche

no tuvo igual en su azarosa vida!

En ese corto espacio vivió un siglo

de terror, de esperanza y de agonía.

Del promontorio la extendida sombra

envuelve al buque, y en sus manos frías

Conrado apoya la abrasada frente,

y mil recuerdos en su mente lidian.

Todo lo ve: Gonzalo, sus amigos,

el triunfo momentáneo, la fatiga,

¡la derrota...! ¿Y Medora? ¿Aguarda acaso

aún a su amante en la desierta isla?

De pronto se estremece, el rostro vuelve

y ve solo... a Gulnara la homicida!

Ella observa su pálido semblante,

su mirada glacial y repulsiva:

se estremece, y en lágrimas bañada

cae a sus pies, y abraza sus rodillas.

-«Perdóname, Conrado, y aunque el cielo

mi acción fatal condene... ¿Qué sería

de ti sin ese crimen...? No has oído

aún mi disculpa, ¡y mi presencia esquivas!

No soy lo que parezco... Mis ideas

ha trastornado el miedo... ¿Vivirías

si no fuera por mí...? Piensa en ti mismo

y aborrece después a quien te libra.»

Mal juzgaba a Conrado: él en sí propio

de crimen tal la expiación declina,

y ocultamente el corazón desgarran

penas calladas que profundo anida.

Con viento favorable el buque avanza

sobre las ondas de la mar tranquilas

que juegan murmurando por la popa

y con empuje blando lo deslizan.

Lejos, muy lejos, se descubre un punto;

ya un mástil, ya una vela se divisa.

A la pequeña nave de Gulnara

en aquel buque señaló el vigía.

Despliega nuevas velas, y la prora

rápida corta el mar; veloz camina

con el terror en sus hinchados flancos.

Brilla un tiro, retumba, y la encendida

bala atraviesa sin tocar la nave

y dentro el mar al sumergirse silba.

Conrado salta, y en sus negros ojos

el contento ignorado ardiente orilla.

-«¡Mirad, mirad mi pabellón sangriento!

¡Ellos son, ellos son! ¡Su nave es mía!

No me han abandonado.» -Los corsarios

le han conocido y su saludo envían.

Botan la lancha al mar y se mantienen

a la capa. -«¡Es Conrado!»-ardientes gritan

desde el puente del buque, y nadie puede

contener de la chusma la alegría.

Rápido, satisfecho y a sus labios

brotando del orgullo la sonrisa,

le ven saltar a bordo de su nave,

y rudas sus facciones ilumina

el fuego de sus ojos. Todos quieren

estrecharle en sus brazos. Él olvida

su peligro presente y su derrota;

responde a la benévola acogida

con dignidad; abraza a Anselmo, y siente

que aún no su estrella pálida se eclipsa.

Tras la efusión de su placer, sintieron

recobrarle sin lucha, que les liga

extraño afecto al capitán, y ansiaban

por vengarle arrostrar rudas fatigas.

Si ellos supieran que a la esclava aquella

su libertad el capitán debía,

menos escrupulosos que Conrado

para lograr su fin, reina la harían.

A Gulnara contemplan y entre sí hablan

en voz baja, y la irónica sonrisa

brilla en sus labios; y la bella sierva,

débil y fuerte a un tiempo, el rostro, inclina

turbada y ruborosa, y suplicante

vuelve a Conrado con temor la vista;

baja su velo y permanece muda,

los brazos cruza sobre el pecho y fija

su mirada en el suelo; que aunque crucen

mil sentimientos por su mente altiva,

el alma aquella en el amor tan pura,

tan llena de odio si el furor la excita,

no del rubor de la mujer, el crimen

atroz que ha cometido, al rostro priva.

Conrado lo conoce, y, sin embargo,

siente; ¿qué debe hacer? A la cautiva

perdonará, su crimen detestando.

Sabe que el cielo con sus santas iras

castigará esa falta: olas de llanto

que de Gulnara empañan las pupilas

no bastarán para lavar su mancha;

pero la mano que causó la herida,

la misma mano quebrantó sus hierros.

Los negros ojos de la esclava mira,

y ve su frente pálida inclinarse;

la ve cambiada, débil y abatida;

ve la mancha de sangre, mas ve blancas

de dolor y de espanto sus mejillas.

Su mano toma, y tiembla aquella mano

tan dulce del amor en las caricias,

tan terrible en el odio... Al fin, Conrado

se estremece y exclama con voz tímida:

-«¡Gulnara! -mas la hermosa no responde.

-«¡Gulnara amada!»Su mirada fija

en el corsario, y rápida en su seno

sollozando de amor se precipita.

Para arrancarle de tan dulce asilo

no basta su valor; y hasta vacila

esa virtud que es la única que resta

en su alma ya... Pero Medora misma,

el beso que desflora los encantos

de su infeliz rival perdonaría:

la Compasión lo roba a la Constancia;

beso que sin amores deposita

sobre unos labios que el deseo abrasa,

sobre unos labios que al placer incitan,

de do el perfume plácido se exhala

que del amor las alas acaricia.

- XV -

Llegan por fin a la isla solitaria

con las últimas luces de la tarde,

y la ensenada con alegres cantos

suena, que el viento murmurando trae.

Todo sonríe; enciéndense los faros;

la mar surcan los botes ondulantes;

los alegres delfines juguetean

sobre las olas, las marinas aves

la vuelta de sus huéspedes saludan

con sus agudos gritos discordantes.

La ansiedad del marino ya adivina

tras cada fuego que en las costas arde

los amigos que aquella luz encienden.

¡Oh, goces del hogar! Su santa imagen

de la Esperanza ante los ojos brilla

cuando los mira de los hondos mares.

Las luces brillan en el alto faro

y en la casa del jefe, que anhelante

busca la torre de Medora en vano.

¡Cosa extraña! La hermosa siempre sale

a ver los buques que a la costa arriban,

y hoy su ventana entre las sombras yace.

¿Por qué su luz los pasos no en camina

del caro capitán? Deja la nave

Conrado y salta en el pequeño bote;

manda al remero que con prisa avance...

¡Oh, si tuviera del halcón las alas

para, cual flecha, hacia el peñón lanzarse!

De los remeros la tardanza acusa;

se arroja al mar, sus olas corta, y ágil

salta en la áspera playa, y el sendero

toma que allá conduce; parase antes,

escucha y no oye nada entre el silencio;

la oscuridad domina en tal paraje.

Llama a la puerta de la torre; llama

más fuertemente, pero no abre nadie.

¡Ni un paso, ni una voz...! Con temblorosa

mano golpea... Al fin la puerta se abre

y una figura conocida, inmóvil

vio en el dintel, mas no la que estrecharle

suele en sus brazos. De los labios mudos

de la sirvienta ni un suspiro sale.

Coge Conrado la linterna en vano,

que de sus manos temblorosas cae:

allá en el fondo de la estancia oscura

otra lámpara da luz vacilante...

A ella corre... ¿qué vio? ¿Por qué en el muro,

se apoya y teme que sus pies resbalen?

Fija la vista, sin hablar, no cesa

de contemplar la pavorosa imagen;

sus miembros, antes temblorosos, ahora

inmóviles están. En semejante

lúgubre escena, el alma dolorida

en aumentar sus penas se complace.

¡Fue tan hermosa en vida, que la muerte

aún en su rostro muéstrase agradable!

Las blancas flores que su mano estrecha

frescas están, y aumenta los pesares

verla cual niña que dormir fingiera.

Sus párpados de nieve flojos caen,

y ocultan, ¡ay!, bajo su denso velo

el rayo aquel de su mirar brillante.

La muerte de su trono luminoso

arrojó ya la vida; eclipse grande

sufren aquellos astros cristalinos.

Parece que aún sobre sus labios vague

la sonrisa feliz de los amores.

En blondos rizos sus cabellos de ángel

hasta el seno descienden, y la brisa

de primavera en torno los esparce.

La palidez de las mejillas, todo

indica que llegó el temido trance.

¡Medora ha muerto! Aguárdale una tumba

Conrado mudo en el dintel, ¿qué hace?

Nada pregunta: inútil la respuesta

es a quien mira el mísero cadáver

de la que tanto amó... ¡Medora ha muerto!

¿Qué importa cómo...? ¡Ha muerto! ¡Eso es bastante!

Amor de la niñez, sola esperanza

de sus mejores años, casta imagen

de aquella a quien no odió, todo le ha sido

arrebatado en infeliz instante.

El hombre virtuoso paz encuentra

en la región do penetrar no es fácil

al criminal: su orgullo le extravía;

sólo en el mundo ve penas y afanes,

y perdido su amor, perdiolo todo.

Y si esto es ilusión, ¿quién separarse

pudo jamás de la ilusión que amaba

sin sentir el dolor? ¡Cuántos semblantes

no velan mal con la mirada estoica

un corazón que afligen penas graves!

¡Cuántas ideas lúgubres no oculta

de rojos labios la sonrisa amable!

Los que sienten con fuerza, la tortura

no pueden explicar que al pecho abate.

Convergentes a un centro y dolorosos

los pensamientos brotan a millares.

Buscáis refugio y no le halláis, palabra

sin encontrar que vuestro mal retrate.

La angustia cierta es muda: el desaliento

postra a Conrado; amortecido late

su corazón en lúgubre reposo,

las lagrimas amargas a raudales

brotaban a sus ojos, como un niño;

nadie ese llanto vio: tal vez delante

de otro jamás llorara. El llanto enjuga

el rostro vuelve y silencioso parte,

el corazón desesperado y roto.

El sol rojizo de las ondas nace

sin disipar las penas de Conrado;

llega la noche, y negros sus pesares

son más que de los cielos las tinieblas;

y es que el dolor es ciego, es que anhelante

se vuelve siempre al punto más oscuro,

no sufre guía y corre hasta estrellarse.

Para la dulce sensación nacido

fue de Conrado el corazón: el cauce

torció el destino al río de su vida

y hacia un abismo lo arrastró insondable

pero como la gota cristalina

que por las peñas de las grutas cae,

con el grosero polvo de la tierra

dentro del pecho la sintiera helarse.

Roca fue que en la cima de los montes

resiste las violentas tempestades

y a cuyo abrigo y apacible sombra

la flor tranquila y perfumada nace,

hasta que el rayo al fin al par quebranta

endurecida roca y tallo frágil,

la débil planta sucumbió sin lucha

y seca, el viento la arrastró hasta el valle,

mientras los trozos del peñasco roto

ennegrecidos y dispersos yacen.

Y brilló la mañana y los corsarios

hacia Conrado temen acercarse;

pero Anselmo dirígese a la torre,

que es necesario que a su jefe le hable.

No está allí, ni en la playa le distingue;

lo buscan por doquier, ¡vanos afanes!

Un sol y aun otro sol correr les vieron

y con su voz cansar los ecos: nadie

les contestó. Los montes, las llanuras,

las cavernas exploran; roto un cable

hallan por fin que sostenía un bote:

no hay duda, el capitán surca los mares,

le esperan y vendrá: ¡vana esperanza

la que en sus pechos míseros renace!

Conrado no volvió, ni ha vuelto nunca.

No hay un indicio ni señal que aclare

aquel hondo misterio: ¿ha muerto? ¿Vive?

Nadie decirlo con certeza sabe.

Los piratas lloraron largo tiempo

a quien solo ellos lloran: elevarse

fúnebre monumento viose en la isla

a la memoria de Medora. Nadie

pensó dar ni una lápida a Conrado

donde el recuerdo de sus hechos graben:

ya están grabados en sus toscos pechos.

Él ha legado un nombre a las edades

que la virtud de amor tan sólo adorne

y que mil faltas maldecidas manchen.
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