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Descubriendo el interior de mis productos favoritos

El problema cuando la primavera no llega, es que uno se aburre señores. Entonces, un tipo como yo que no se puede quedar quieto, abre cosas. Desarma, rompe, investiga. ¿El problema? Se me hace imposible volver a armar lo que desarmé.

Cuando me vine a vivir sólo empecé a tener un romance mucho más profundo con el control remoto. Claro, antes tenía que compartirlo y ahora es para mí sólo, lo que volvió mucho más estrecha la relación. Cuestión que tenía un botoncito medio suelto y lo desarmé. Casi con el impulso de salvarle la vida, lo desarmé. Lleno de cables y botones y placas que saltaron para todos lados cuando lo abrí. Me volví chango queriendo poner todo de nuevo en su lugar. Me niego a comprar uno universal, pero no creo que me quede otra.



La cuestión es que me agarró sed de venganza. Y un poco de sed. Me serví una copa de vino para ahogar las penas por la pérdida del control remoto y miré fijo el dispenser. El vino estaba igual de rico que hace dos semanas, cuando los pibes innovaron y trajeron al asado, en vez de botellas, esa caja maravillosa con pico que prometía mantener el sabor. La abrí, obvio. De a poquito, porque no sabía cuánto vino quedaba adentro y no lo quería desperdiciar: no podía soportar otra pérdida por inútil. Lo abrí y me encontré con una bolsa herméticamente cerrada, que por cosas de la tecnología en este mundo maravilloso hace que el vino tenga el mismo gusto que cuando la abrimos. Increíble.



Por hoy dejó de desarmar cosas. Me llevo un éxito y un fracaso en mi labor… Mejor que encuentre cosas más entretenidas para hacer porque la próxima desarmo el DVD y sabemos cómo termina el asunto…
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