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Es hora de abandonar el uso de venenos para producir comida.

Con el fin de fortalecer la solidaridad en la lucha contra el hambre y la desnutrición y concientizar a los pueblos del mundo sobre el problema de la alimentación, hace 35 años un día como hoy, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) promulgó el Día Mundial de la Alimentación. Aquí, algunas cifras alarmantes sobre la expansión de los cultivos transgénicos y el por qué de la importancia de alimentarse de acuerdo con los tiempos de la naturaleza:

Una madre que amamanta. La naturaleza nos da frutas y verduras cuando nuestros cuerpos los necesitan. La compra de la temporada es mejor. Food Art, por Ida Frosk.
Una madre que amamanta. La naturaleza nos da frutas y verduras cuando nuestros cuerpos los necesitan. La compra de la temporada es mejor. Food Art, por Ida Frosk.

La comida es mucho más que una porción de alimento. Es parte de nuestra cultura, familias, economía, de la ciencia y las religiones. Gracias a su diversidad está presente en todos los ámbitos de nuestra vida. Sin embargo, con la excusa de combatir el hambre, la industria alimentaria junto con la agroquímica presionan a los gobiernos del mundo para utilizar cultivos transgénicos y pesticidas. Promocionan prácticas costosas con insumos descartables para que todas las temporadas de siembra sean las empresas y no los agricultores los que controlan la oferta. 

En el mundo, sólo tres empresas tienen el 50% de las semillas patentadas (Monsanto 26%, DuPont-Pioneer 18,2% y Syngenta 9,2%). Este modelo es insostenible; dañan el ambiente, intensifica el cambio climático, destruye las economías locales, concentra las riquezas y no garantiza comida de calidad para toda la población. 



En Argentina, el 71.8% del territorio cultivable está ocupado por cultivos transgénicos, los principales son de soja y maíz. Junto con la contaminación de los agroquímicos, otra consecuencia grave ha sido el desplazamiento de pequeños productores -como quinteros, tamberos y apicultores-, con ellos desaparece su producción. Los mayores perdedores somos todos los argentinos. Mientras nuestra dieta pierde variedad y calidad, el acceso a la comida se vuelve más difícil. Estas consecuencias se reflejan en los galopantes índices de obesidad y de precios

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Afortunadamente, la agroecología está tomando protagonismo en el agro argentino, contamos con exitosas experiencias en todas las regiones. Pero todavía hace falta mucho apoyo estatal. Para que la población argentina acceda a alimentos nutritivos y lograr soberanía alimentaria es necesario diversificar geográfica, cultural y tecnológicamente la producción. La diversidad debe estar presente en todos los niveles, tanto en la granja como a nivel regional.
Es hora de abandonar el uso de venenos para producir comida. El motivo es más amplio que una cuestión estrictamente alimentaria. También es para proteger nuestra cultura, nuestra familias y nuestra economía. 



Por Franco Segesso, Campaña de Biodiversidad en Greenpeace Argentina.


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