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• [Crónica] Paranoia - Parte II -



“El corazón del hombre necesita creer algo, y cree mentiras cuando no encuentra verdades que creer.”
-María Zambrano [1904 – 1991]




- Primera Vez -


- 2 -



-¿Sigues conmigo? –
-¿Eh…? – La voz provenía de otro lado, no de su cabeza. Era Rachel, se había regresado hacia él.
-Te pregunté si sigues conmigo. – Repitió, paciente y con una diminuta sonrisa sobre la comisura de sus labios.
-Sí. Sí, por supuesto que sí. – Repuso él, volviendo en sí, apartando todas las triplicadas ideas maliciosas de su mente. “No pienses en algo malo, se expande como una puta rata en celo”. Le había comentado su padre un día. También se deshizo de ese recuerdo.
-Aquí es. – Constató ella, girando su cabeza en torno al paisaje. Relajante, hermoso, perfecto. -¿Y, qué te parece? – Inquirió, volviéndose una vez más hacia Tom. El joven seguía con los labios sellados, asustado a pesar de todo, apenas se había preocupado por apreciar el infinito río que se extendía ante sus ojos, unos cuantos metros por debajo de sus pies y las rocas lisas que pisaban.
-Oh, sí, muy lindo. – Comentó, aparentando sosiego.
-No lo dices en serio. – Repuso Rachel, juntando sus manos y echando la mirada al suelo, ahora imitando al clásico cachorrito triste en busca de una aprobación tras haberse mandado una macana.
-¡No, sí! ¡Sí que me gusta! – Conjeturó Tom, sin titubeos. Después de todo, en verdad le agradaba, y no podía pensar mejor compañía para disfrutar de ese paisaje que su novia Rachel.
-Sabía que te iba a gustar. – Acotó ella, esbozando una sonrisa de oreja a oreja y poniéndose en puntillas para besarlo en la comisura de los labios.
<< Difícil no hacerlo con semejante vista. – Pensó la mente de Tom. – Difícil hacerlo, con semejante alrededores. – Discrepó luego su otro lado del karma.
Estaban solos, él y Rachel, e iban a hacer el amor por primera vez. Solos, nadie más. “Sólo acompañados por los árboles”; ellos serían los únicos espectadores.
Ni él se lo creía.

Ahora sí lo acompañó de la mano, sus pasos iban a la par, como si todo fuese parte de una obra ensayada hasta el hartazgo. ¿Lo harían sobre las rocas? De pronto se preguntaba eso. No lo sabía, pero la idea le repugnaba un poco.
Rachel detuvo el paso a unos dos metros del borde de la montaña, debajo sólo había una caída de unos cien metros hasta estallar de lleno con las rocas y el río. Por un momento, se veía atónita. Casi asustada, desde donde la veía Tom.
Se ha arrepentido. Eso creía él, por un momento una mezquina sensación se revolvió sobre sus entrañas. Por un lado, le daba escalofríos ese lugar, pero por otro quería hacerlo con quien más afecto tenía.
Pero esa no fue la razón de la perplejidad súbita en el rostro de Rachel. Se mantuvo estupefacta un tenue contar de segundos hasta que detectó lo que buscaba: una mochila azul que Tom reconoció al instante, era la misma que usaba para llevar los útiles al colegio. Rompió la conexión que tenían en sus manos y se acercó, casi corriendo, hacia la mochila. A pesar de que la había encontrado no dejaba de verse algo preocupada, incluso una vez que tenía el objeto entre sus brazos. Lo abrazaba y no quitaba la mirada de un árbol horizontal a su posición.
-¿Qué ocurre, Rach? – Inquirió Tom, acercándose.
-Sólo… - Titubeaba, nerviosa, un escalofrío le peló la piel. No quitaba la mirada de los pies de ése árbol y, por lo que Tom pudo inspeccionar, ése árbol no tenía nada de especial. Era sólo uno de los tantos, uno de los que “los acompañaría”. –No es nada. – Respondió finalmente, mordiéndose el labio inferior.
-Debes detener ese tic. – Objetó, acariciándole el labio mordido con la yema de sus dedos. Rachel no comentó nada al respecto, apenas le prestó atención y se apartó al instante. En el centro de lo que parecía ser un círculo, limitado por los árboles y el borde que apuntaba al río, se acuclilló para abrir la mochila y sacar algo de ella. Una sábana que Tom reconoció tan rápido como había reparado en la mochila. Se trataba de la misma sábana que había acobijado a Rachel todos sus años en su tibia cama, la misma en la cual habían dormido juntos algunas noches sin que “nada” ocurriese.
Después de todo, no iban a hacerlo sobre las rocas sucias. No exactamente.

La sábana ya estaba abierta cuanto podía, cubriendo una distancia de unos dos metros de largo y uno de ancho, aproximadamente. Rachel apoyó sus nalgas, esbozando una mueca al hacerlo, una expresión que describía con exactitud que el lugar no era muy cómodo, a pesar de la sábana. Igual, ¿Qué diferencia hacía una maldita sábana? Sólo evitaba que ensucien sus cuerpos, nada más.
La mirada no fue precisamente la misma, pero transportaba el mismo mensaje. “Ven, nene, hagamos esto.”
Tom se acercó a ella, sus piernas temblequeaban bajo su cuerpo. Estaban a punto de hacerlo, y por un momento pasó a olvidarse de todo lo que fuese que temía. Estaba allí con ella, eso era todo lo que necesitaba.
De pronto incluso Rachel, la valiente Rachel se veía nerviosa mientras se sacaba las zapatillas y las dejaba aparcadas junto al manto. Sus cuerpos apenas encajaban en los límites del mismo, pero era algo que tenían bastante inculcado ya que, como saben, habían dormido en más de una ocasión rodeados por eso.
“Sólo acompañados por los árboles” había dicho Rachel una noche, entre tantas noches. Pero ahora, ésta noche, la mente de Tom agregó algo a ese hecho, y la transformación lo dejó así: “Sólo acompañados por los árboles y las estrellas”. Qué hermosa era verlas, mientras se acostaba y miraba al cielo entre las ramas y hojas. Y qué precioso era verla a ella, al girar y verla dependiente de lo que fuera a decir. O a hacer.
Se dejaron las remeras, no había que abusar del otoño. Por más de que acababa de empezar, el aire frío corría entre sus piernas y no era nada agradable. Pero sí se sacaron los pantalones, por debajo de eso se dejaron las medias.
Estaban nerviosos, muy nerviosos. Quizás algo menos ansiosos que hace algunos minutos. Por un momento estuvieron quietos, Tom con los brazos detrás de la nuca, formando una almohada humana y con el pecho apuntando al cielo, Rachel con el suyo apuntando a él, mientras le observaba los ojos que simulaban no entender lo que iban a hacer. Su mano derecha descansaba sobre su pecho, el de él, sintiendo claramente como subía y bajaba la respiración de forma acelerada por la excitación.
Por un momento, corrió por la mente de Rach que iban a pasarse toda la noche así. Era agradable, algo incómodo teniendo en cuenta las rocas (por más lisas que fuesen, seguían siendo lo que siempre fueron), pero aún así agradable.
Súbitamente, Tom volteó su cabeza (por segunda vez en esa situación) hacia ella. Le sujetó la mano que reposaba sobre su pecho, con ternura, delicadeza. Intercambiaron tímidas miradas, como si fuesen extraños, hasta que finalmente sonrieron y se dieron un pico. Seguido de otro, y otro. Así hasta que Tom estaba arriba de ella, procurando no aplastarla pero tampoco dejar de darle el calor de su cuerpo. De nuevo se detuvieron y exploraron sus ojos, los de ella verdes, los de él de un marrón oscuro.
Mi actriz, mi chica.

-Aguarda. – Interrumpió de golpe, Tom. Con sus manos extendidas, una sobre la sábana y otra sobre la roca maciza, se ayudó a ponerse de pie. Rachel se recostó sobre su propio codo derecho mientras lo seguía con la mirada, daba brincos para evitar dañarse los pies.
-¿A dónde vas? –
-Tengo que orinar, ya vuelvo. – Musitó él, algo fastidioso por esa necesidad. Ir a mear, así le decían. Ir a destapar el corcho. Justo ahora, justo ahora. No era un hombre recurrente en esa acción, eso era lo extraño. Quizás la combinación entre el frío, los nervios y la excitación convocaron a la orina.




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