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Atentado en Noruega: Un fanático cristiano de ultra derecha, autor de la masacre.

Es Anders Behring Breivik y se define como “soltero, cristiano y conservador”. Actuó solo y mató a 92 personas con una bomba y un fusil. Había comprado 6 toneladas de fertilizante para hacer explosivos. Integra grupos neonazis noruegos.

Aún aturdida por el impacto del peor atentado terrorista de su historia reciente, y tratando de comprender tanto horror, Noruega dirige su mirada a Anders Behring Breivik, el hombre cuya intolerancia y extremismo lo llevó a planificar y protagonizar la masacre de al menos 92 personas, el viernes pasado. Tiene 32 años y se define como “soltero, cristiano y conservador”. Interrogado por la policía, “admitió su responsabilidad” en ambos ataques, dijo el abogado Geir Lippestad. “Explica que fue cruel, atroz pero necesario; que debía llevar a cabo esas acciones”, agregó el defensor.

Breivik es un “fundamentalista cristiano” cercano a la ultraderecha y a los neonazis, y con marcada hostilidad por lo que él llama “ideología del multiculturalismo”. Particularmente se opone al marxismo y al Islam, a las que define como “ideologías del odio”. Por eso no extraña que haya dirigido su ataque al gobierno socialdemócrata y a sus jóvenes partidarios reunidos en la bucólica isla de Utoya, que aceptan y acogen las diferentes culturas.

Sus definiciones políticas y sociales se pueden encontrar en sitios y foros de discusión en Internet, a los que era afecto. “El hecho de que el 80% de los musulmanes puedan considerarse musulmanes no sirve para nada, porque alcanzan una pocas personas para secuestrar un avión. Según dos estudios, el 13% de los jóvenes musulmanes británicos entre los 15 y los 25 años apoyan la ideología de al Qaeda”, escribió Breivik en uno de ellos.

Las frases que utiliza muestran que tiene un pensamiento ecléctico y ambiguo. Fue miembro del partido de derecha Fremskritt Partiet (FRP), pero lo dejó porque consideraba que sus dirigentes eran muy populistas. En cambio, y pese a no compartir sus ideales, admiraba a los jóvenes marxistas: “Tienen talento y la derecha tiene mucho que aprender de ellos”.

Anders elaboró con cuidado su plan. En abril alquiló una granja en el corazón agrícola de Noruega, un lugar idílico a lo largo del río Glomma, el más largo y de mayor caudal. Está a unos 150 kms. de Oslo. Desde allí llamó por teléfono al almacén más cercano y encargó seis toneladas de fertilizante. Como es usado normalmente por los agricultores de la zona, no llamó la atención. Su componente es nitrato de amonio y combinado con combustible es altamente explosivo. Con ese material fabricó el cochebomba. El método casero utilizado es muy similar al de las milicias nacionalistas de Oklahoma, EE.UU., que en 1995 hicieron volar un edificio federal y mataron a 168 personas.
La frialdad con que llevó adelante los atentados demuestran una personalidad desquiciada. Colocó el vehículo con la bomba en el centro de Oslo, frente al edificio de gobierno, y lo hizo detonar provocando una devastadora explosión. Ahí mató a 7 personas. Pero luego se dirigió a Utoya, con dos armas: una pistola y un fusil de asalto. Allí reunió a los jóvenes y luego los comenzó a matar con asombrosa tranquilidad. Los relatos hablan de la insensibilidad con que disparaba. Asesinó a por lo menos 85 personas. Cuando llegó la policía, se entregó.

Anders demostró que no hay paraísos en este mundo globalizado. En un par de horas derrumbó el modelo de convivencia noruego, una sociedad que se destaca por ser una de las más tolerantes de Europa y desde hace ya mucho tiempo multiétnica. Al día siguiente del atentado, Oslo seguía siendo zona de guerra. Había retenes por todos lados y el ejército fue desplegado en los puntos estratégicos, como el aeropuerto. Un detalle penoso: la policía, que hasta el viernes vigilaba desarmada, comenzó a usar armas.

“Nuestra marca de fábrica es una sociedad abierta, es una sociedad segura donde se puede participar en el debate político sin sufrir ninguna amenaza. Es esto lo que hoy está bajo ataque, es esto lo que está amenazado y debemos reaccionar para que no sea así”, afirmó con pesar el primer ministro Jeas Stoltenberg, durante una rueda de prensa.
Los servicios de inteligencia noruegos (PST) temían un ataque terrorista islámico, pero no de un cristiano de ultraderecha. “Los grupúsculos de ultraderecha y de ultraizquierda no representan una amenaza seria para la sociedad noruega en 2011”, decía el informe de “evaluación de amenazas”.

Todo el país –que cuenta con menos de 5 millones de habitantes concentrados en la mitad del territorio nacional– quedó profundamente sacudido por la matanza. No entienden cómo desde sus propias entrañas democráticas puede haber surgido el horror.


F:Clarín.