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El estrés, las dos caras de la moneda

El estrés es una respuesta fisiológica del organismo que desempeña una importante función de adaptación al medio. Cuando se habla de este estrés sano, nos referimos a un cierto grado de activación positiva que aporta energía al individuo, le predispone para actuar y le permite responder adecuadamente ante los estímulos del entorno.

El rendimiento resulta óptimo cuando la activación del organismo alcanza niveles medios. Si la activación es muy baja, el organismo no está preparado para responder adecuadamente, y si es demasiado elevada su respuesta será inapropiada. En un caso por defecto y en otro por exceso, observamos que se incrementa la probabilidad de omisión o inadecuación de la respuesta.

En ocasiones se dan algunas circunstancias que acaban por convertir este estado de alerta positiva y adaptativa justamente en lo contrario. De hecho, el estrés se vuelve perjudicial para el organismo cuando se dan las siguientes condiciones:

Se presenta de forma repentina un estímulo muy intenso o un acontecimiento de gran magnitud que es valorado negativamente por el sujeto, o bien una gran cantidad de estímulos que desbordan su capacidad de respuesta.
El nivel de activación que se genera en el organismo se eleva por encima de un umbral razonable y normal.
Ese elevado nivel de tensión se mantiene durante un prolongado período de tiempo.
El ser humano tiene una capacidad de adaptación asombrosa y aún cuando percibe en el exterior estímulos que considera que podrían resultar dañinos o negativos, intenta mantener la calma, aunque en ocasiones no lo consigue.

Por otra parte, constantemente nos vemos en la tesitura de decidir si luchar y afrontar cada situación que se nos presenta, o huir y escapar de ella. En ese esfuerzo titánico y continuado por reajustarnos y adaptarnos a los estímulos y condiciones cambiantes que nos presenta el entorno, nuestra mente y cuerpo acaban sufriendo un notable desgaste.

Las personas difieren mucho en su grado de exposición a los factores de riesgo, en su resistencia a los mismos y en su capacidad para afrontarlos de un modo eficaz. En efecto, el propio estilo de vida que lleva la persona puede resultar patógeno.

Por último señalar que las principales investigaciones que se han llevado a cabo en este ámbito señalan que en la etiología del estrés se barajan factores muy variados que, básicamente, tienen su origen en tres fuentes: el entorno, el cuerpo y la mente.
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