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El síndrome de Truman Show.

¿Nunca se te ocurrió pensar que todo lo que haces está siendo grabado como parte de un reality show donde eres el protagonista, y que tu familia y amigos son actores? Si es así, probablemente hayas experimentado por un momento “el delirio de Truman”.

Esta actual variante de delirio persecutorio —enmarcada dentro de la esquizofrenia— fue descripta por primera vez por el psiquiatra neoyorquino Joe Gold, quien, desde 2002, trató a más de 50 personas que sufrían de este curioso síntoma.

Pero, a diferencia de otros tipos, el delirio de Truman surge en un contexto en que nos sentimos más vigilados que nunca. ¿Será acaso la tecnología que nos rodea el factor que determina su aparición?





La cultura del delirio

Los primeros síntomas de desórdenes psicóticos suelen manifestarse entre los 18 y los 30 años, pero la esquizofrenia —una de sus variantes— afecta apenas al uno por ciento de la población. Según el Manual de diagnóstico y estadística de los trastornos mentales de la Asociación Estadounidense de Psiquiatría (o DSM, por sus siglas en inglés), para lograr este diagnóstico, una persona debe exhibir síntomas como “lenguaje y pensamientos desorganizados, delirios, alucinaciones, trastornos afectivos y conducta inapropiada”.

Dentro de ese conjunto, uno de los síntomas más comunes es el delirio persecutorio, similar al que habría experimentado Truman Burbank —el personaje de Jim Carrey en la exitosa película The Truman Show—, si acaso su paranoia hubiera sido injustificada.

En dicho film, el actor interpreta a un hombre cuya vida ha transcurrido enfrente de las cámaras desde su nacimiento. Sin saberlo, Truman es la estrella de un programa de televisión que registra obsesivamente —y con íntimo detalle— cada momento de su vida.

Ahora bien, a diferencia del film (en el que los límites entre realidad y ficción quedaban finalmente descubiertos) en nuestra cultura de vigilancia (que vemos) y el espionaje (que no vemos) se desdibuja un poco la delgada línea entre la paranoia y el desorden mental. Y cabe preguntarse: ¿es paranoia si realmente nos vigilan?

Para Gold, los avances tecnológicos actuales son parte de los factores no biológicos que influyen en la aparición del síntoma, aunque, por supuesto, el desorden mental previo es un factor necesario.

Según la Asociación Mundial de Psiquiatría Cultural —que estudió a 11 mil pacientes en siete países—, es la mente del individuo la que provee la base para el delirio en primer lugar, pero es su propia cultura —con sus cambios sociopolíticos, desarrollos técnicos y científicos— la que lo completa en sus detalles.

Los avances de la tecnología, por ejemplo, modificaron el mapa de los delirios a lo largo de la historia: mientras que en la década de 1940 Estados Unidos creía que los japoneses controlaban sus mentes con ondas de radio, en los ’50s pasaron a ser los soviéticos con sus satélites los que —supuestamente— gozaban de ese poder. Diez años después, en cambio, era la CIA la que implantaba chips en los cerebros de las personas.






Y las posibilidades tecnológicas de hoy son incomparables en este sentido. Pero, ¿qué hay del resto? ¿qué pasa, por ejemplo, con los reality shows?

Cuando Gold comenzó a tratar a sus pacientes, encontró que el contenido de esos delirios era similar a los que había leído en los libros y que encajaba dentro de las categorías establecidas, pero, sin embargo, había variaciones que hacían más particular la experiencia.

No todos los pacientes sufren de lo mismo en la misma época: uno de los pacientes de Gold, por ejemplo, creía que los ataques del 11 de septiembre habían sido un “giro en la trama” de su propio programa de televisión e, incluso, viajó a Manhattan para corroborar que las Torres Gemelas siguieran de pie. Otro paciente dijo que sus amigos y familia indudablemente debían estar siguiendo un guión.

La perseverancia de la idea del reality show, sin embargo, se justifica porque es el concepto perfecto que engloba las características más comunes dentro del delirio persecutorio: la sensación de vigilancia, la idea de que alguien nos observa, que nos graba y habla de nosotros. La idea de que somos una estrella.

A pesar de que la disciplina aún no ha reconocido formalmente el trabajo de Gold, una de sus mayores inquietudes es profundizar en las formas que toma este mal a la hora del tratamiento. “Todas las producciones de la mente tienen un significado”, dice el psiquiatra. “Dejar de lado cualquier contenido, sin importar cuán psicótico sea, me parece un fallo de la disciplina en la que fue fundada”.
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