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Cuando el cerebro del intestino, el sistema nervioso entérico, recibe una alerta por la presencia de microorganismos peligrosos en el tracto gastrointestinal, activa un programa de defensa en el que participan los mastocitos. Estas células repletas de histamina y heparina desencadenan una cascada química que induce patrones rítmicos de secreción y contracción del intestino. En pocas palabras, una diarrea. El resultado de esta acción es la integridad de la pared intestinal a cambio de la pérdida de algunos alimentos y, por supuesto, una molesta situación.



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Pero la pregunta que atormenta aún a los expertos es ¿por qué el estrés emocional también activa este programa? Una de las hipótesis más fuertes es que a lo largo de la evolución, nuestro cuerpo aprendió que en situaciones de estrés (léase la proximidad de un depredador) el riesgo de heridas que alteraran la delgada capa del intestino (que nos separa de millones de bacterias peligrosas) era muy alta. Parece ser que nuestro cerebro principal aprendió a activar los mastocitos para así anticipar una mortal invasión de microbios en caso del rompimiento de la mucosa intestinal.