¡Es virgen a sus 50 años!





Marco asegura que nunca ha estado con una mujer. El hombre vive de botellas.

Dice que nunca ha tenido novia. No ha experimentado un beso y no se ha molestado en meterse en una casa de citas para matar las palpitaciones y los impulsos que provocan el deseo del sexo.



Marco Arturo tiene "cincuen… ¡no!, ¡ochenta años!", ¡mmm!, no está seguro, pero de que es virgen, ¡es virgen! ¡Por Cristo!

Sentado en la esquina de la Benalcázar y Chile, Marco Arturo parece una versión rara y sin comedia de la película "Virgen a los 40".



Es que Marco prefiere el trabajo, lo hace desde que tenía siete años, cuando en lugar de ir a la escuela, ayudaba a pasar la mezcla de concreto al albañil que construía las aceras en El Inca.

"Luego él desapareció y me tocó hacer otra cosa", dice Marco con una mueca que expresa un vacío inmenso.

Durante muchos años ayudó a su madre a vender jugos en el estadio de El Arbolito, luego se metió a fabricar escobas, cepillos y ahora recoge botellas.

Hay días en que sobre su espalda coloca un costal enorme, con unos ocho kilos de botellas, es todo lo que su cuerpo soporta, las vende por 8 dólares y ya tiene para comprarse un almuerzo por 80 centavos.

"Nunca he estado con una mujer; ¿para qué?, ¿para que me pida que me case por 15 días y luego me bote? Mientras el marido está trabajando, siempre hay otro que le invita a tomar a la mujer.

Algunos maridos son extorsionados por las mujeres, en cambio otros dicen que ellas los traicionan", sentencia Marco.

Sin sexo
El sexo no pinta nada en la vida de Marco, a él lo que le inquieta es esa relación bizarra que ha entablado con el agua, con la lluvia para ser más exactos.

El agua es su pesadilla, le quita el sueño cuando baja por los canales de lluvia y choca contra el pavimento, a parte de ese sonido irritante, las gotas de la lluvia se le meten por entre las ropas a morderle cuando intenta conciliar el sueño.

Y no solo es la lluvia, los carros que lavan las aceras en la madrugada son sus verdugos. Y ni se diga de quienes odian a los sin techo, a los sin nada y que los amenazan con echarles agua hirviendo para que desaparezcan. ¡No pues asíf!

Bueno, no todos piensan en desaparecerlos. Marco está reconciliado con su estómago, luego de que le ha regalado una colada, con un pan que degusta sorteando la dificultad de no tener dientes para masticar.

Lo hace junto a otras cuatro personas que, al igual que él, esperan a que amanezca para levantarse y preguntarse: "¿y ahora qué hago, para dónde cojo? ¡Regale una moneda!".

Monedas
Los dedos sucios del indigente se meten como una lagartija en sus bolsillos, sacan una moneda de 25 centavos y me la muestra como el pez de oro que acaba de caer en el anzuelo.

"Tenga vea, ¡pobrecito!, de algo le ha de servir. A mí me toca darle caridad. ¡El colmo!", me dice el hombre luego de que le muestro que no tengo un solo centavo para dejarle.

Ninguno de ellos se conoce, la regla en aquel dormitorio marginal es llegar con su cartón, sentarse donde haya espacio y dormir sin decir nada, no se necesita agradar a alguien, basta con llegar y sumarse.

Pero no todo es así de sencillo. Marco advierte que hay gente que roba cobijas, monedas y algo de comida, incluso a él le rompieron la nariz por defender sus cartones.

No faltan quienes son jodidos y quieren darse de trompones con toditos. "¡Tenga la bondad, deje dormir tranquilo!", les dice Marco "pero ¡uf!, ellos se ponen a gritar. ¡Chuta, si parecen el Presidente!". ¿Presidente? ¿De alguna liga barrial, cierto?, le pregunto para salir de dudas.

Marco asegura que vivía con su hermana, la misma que tenía un novio taxista que no quiso portarse 10-2 (bien) con su cuñado. Más bien le hizo la vida 10-80 (tormentosa).

"¡Tenga la bondad de llevarse su cobijita y sus tereques!", le dijo el cuñado. Ahí sí, 'ya nadaf', Marco se fue.

Al poco tiempo de andar por la calle le robaron su cédula, intentó sacar otra, pero... no recuerda el día en que nació, así que ahí quedó el trámite, asegura 'el Virgen de Quito'.

Marco contempla el reflejo distorsionado de las luces sobre la calzada mojada. Hoy puede dormir tranquilo, el lugar 'ta bueno'. Sonríe ante la luz del flash y antes de dormirse sueña con poder tomarse un café cuando el sol salga, ¡claro!, siempre y cuando halle una moneda en mis bolsillos para dejarle.