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La Dieta paleolítica, una dieta de moda

“Una moda de un millón de años con una pequeña pausa de 8000”, ironiza Lucas Llach, economista y abanderado de la escena paleo local. En otras palabras, está diciendo que el furor por la llamada dieta del paleolítico no es nuevo ni efímero. Que la humanidad ha comido (y ha vivido) de esa forma la mayor parte de su existencia y que, recién con la adopción de la agricultura, modificó sus hábitos para pasar a alimentarse a base de productos ajenos a sus requerimientos biológicos propios de la dieta paleolítica.

“Nuestro cuerpo, como el de todas las especies, adoptó las formas y mecanismos más acordes a la comida que estaba al alcance; en nuestro caso, carne, pescado, frutas, verduras”, se explaya Llach, que abrazó la causa paleo hace un par de años y desde entonces se convirtió en un evangelizador de este estilo de vida. Una filosofía que, en su vertiente más radical, propone no solo comer como cavernícolas sino también recuperar otras costumbres primitivas que la civilización puso en peligro de extinción: desde practicar la poligamia hasta regular los patrones de sueño en función de la salida y la puesta del sol. Los paleo-ultra usan versiones caseras de shampoo y jabón (nada de químicos industriales) y hacen deporte en patas, bajo la premisa de que no hay calzado más anatómico que el propio pie.

En cuanto a las pautas alimenticias, se definen más por lo que excluyen que por lo que permiten: no ingieren harinas, arroces, azúcares, cereales en general. Tampoco lácteos, aunque la dieta “primal” –un desprendimiento de este régimen, con mínimas variaciones– sí los permite en versión orgánica y sin pasteurizar. En definitiva, la propuesta apunta a retrotraernos al momento previo a la expansión de la agricultura y la domesticación de animales. ¿Qué comer, entonces? Carnes de todo tipo, frutas y vegetales, pescados y frutos de mar, raíces, frutos secos y tubérculos. Los más estrictos exigen que la carne provenga de animales silvestres: nada de vacas de feedlot, cerdos saturados de antibióticos, ni salmones de jaula. ¿Y las semillas? Acá hay opiniones cruzadas dentro de la propia tribu paleo, pero el consenso parece excluirlas: disponibles en la naturaleza en cantidades escasas (recién se produjeron a gran escala con las técnicas agrícolas del neolítico), no habrían formado parte del menú cavernícola cotidiano.

“Alimentémonos con lo que corresponde a nuestra especie”, pregona Llach. El genoma humano, sostiene, no pudo haber cambiado tanto en 80 siglos como para que nos adaptemos a una alimentación “tan distinta a la que nuestro cuerpo está genéticamente preparado para recibir”. De hecho, agrega a modo de ejemplo, las tribus cazadoras y recolectoras que subsisten en el planeta prácticamente no saben lo que es padecer enfermedades coronarias, diabetes, caries y menos aún celiaquía o intolerancia a la lactosa, entre otras típicas plagas de nuestro tiempo.
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