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"Tomé acido y pedi que me internaran"

Mundos íntimos. La noche que tomé ácido pedí que llamaran a mi vieja para que me internara
Hace unos años, el autor, junto a un grupo de amigos, decidió experimentar con drogas. Los efectos fueron oscuros: sintió que se volvía loco y que no manejaba su cuerpo.




Ese día fue extraño. Mucha gente lloraba la muerte del ex Presidente Néstor Kirchner. A la vez, una gran cantidad de señoras completaba cuadraditos en las planillas del censo procurando que no las robaran (parecía ser el gran temor). Para mí, en tanto, el 27 de octubre de 2010 fue lo más parecido a un nuevo nacimiento. Cerca del mediodía, de la cordura y de la realidad, despertaba en la casa de un amigo después de pasar una de las peores experiencias de mi vida.

La noche anterior, la del 26, mientras la gran mayoría de las personas salía a comer o a tomar algo, con unos amigos la aprovechamos para drogarnos. El combo era prometedor: una casa quinta sin padres ni adultos responsables, un mañana sin obligaciones, una noche cálida de primavera, ácido y flores.

Cuesta imaginar sensación más linda y reconfortante que la sorpresa. Cualquier cosa: acción, experiencia, gusto, placer o lo que sea que se lleve a cabo en esta vida, tiene su valor agregado cuando ocurre por primera vez. Muy probablemente sea esa la razón por la que después no podamos medirnos y abusemos –e incluso convivamos– con el exceso permanente.

La primera vez que tomamos ácido había ocurrido unos seis meses antes en un contexto parecido. No había habido problemas. Pero como desde chicos experimentamos y aprendemos que a todo hay que buscarle el error, el conflicto, el límite, fuimos y lo buscamos. Si pudimos controlar ‘x’ cantidad de droga, por qué no intentar con un poco más. Razonamiento lógico para muchos jóvenes. Cuando nos dijeron que conseguían pepas llamadas doble gota, apoyados en la continua intención de querer avanzar, de mantenerse en movimiento, aceptamos sin dudarlo.


Eran cerca de las diez de la noche y nos mandamos los cartoncitos abajo de la lengua. Cada uno tomó la cantidad que quiso. Algunos fueron con media, otros con una entera, yo me mandé tres cuartos y un par eligieron no consumir nada. Las ganas de volver a repetir lo que había sido una ‘experiencia gratificante’ nos llevó a prender el primer porro de flores a los pocos minutos.

“Con esto levanta”, dijo uno más conocedor del mundo de las drogas. Y tuvo razón. Al instante todos habíamos entrado en sintonía. Empezamos a reírnos de cualquier cosa, a tener más agudizados los sentidos, a ver algunas alucinaciones, a olvidarnos del mundo y a alejarnos del tiempo.

Uno de los primeros flashes que tuvimos fue el de asaltar a un amigo. Dos o tres se calzaron la capucha y empezaron a decirle al oído que le iban a robar, que les dé todo y cosas por el estilo. El momento fue bastante gracioso y convincente, aunque después, con el tiempo, pude darme cuenta de que fue una escena oscura y densa.

Más tarde, continuamos la noche yendo al comedor donde nos encontramos con un restaurant de mariscos. Una pared naranja del interior de la casa, unos platos con dibujos de pequeños elefantes y mariposas y algún tema que sonó en el momento hicieron de escenografía perfecta para convertirnos en turistas pidiendo risottos o picadas marineras. Alguien actuó de mozo, otros respondieron comentarios acertados y todo fue alegría.

Después corrimos detrás de los cacareos de una gallina ilusoria. Nos tiramos en unos arbustos. Nos acostamos en el pasto a ver las nubes que parecían tener vida. Vimos bichos gigantes y diminutos que se movían en la corteza del tronco de un árbol.

Otra vez nos acostamos en el piso y dejamos caer las piernas hacia arriba, buscando la sensación de estar flotando con el cielo por debajo nuestro. Y así con todo. Era cuestión de esperar a que alguien dijera o viera algo diferente para que después entráramos en la misma fantasía.

Pero en determinado momento todo cambió.

Esos pequeños flashes iban y venían a lo largo de la noche. La sensación que tenía era la de entrar y perder la noción de lo real por un tiempo para después volver a ser yo, aunque fuera por unos segundos. En ningún momento pude pensar lo que estaba haciendo. Sin embargo, de pronto, me fui y no volví más. Ya no pude despegar ni separar ni salir de ese instante.

Por más que me esfuerce e intente recordar, no sé bien cuándo fue. Esos momentos se van dando paulatinamente, no los ves venir. Y cuando te quisiste dar cuenta ya es tarde. Es un proceso largo y paciente que se dispara de un segundo para otro. Es una bomba que viene de a poco y te estalla en el cerebro sin previo aviso.

Mientras todos se reían de algo, a mí ese algo ya no me parecía tan gracioso. Y cuando escuchaba alguna voz, me sonaba distinta. Y me empezó a agarrar miedo, ansiedad, paranoia. Y la noche dejó de parecerme divertida. Cambió el tiempo y el espacio. No sabía dónde estaba parado. Y lo que antes era en cámara lenta, extendido, disfrutable, ahora se había vuelto velocidad, vértigo y asfixia.

Ante los primeros indicios y dichos sobre lo que me estaba pasando, lo único que recibí como respuesta -lógicamente- fueron risas y carcajadas. No tardé mucho en autodiagnosticarme. Me había vuelto loco. Pero no “re loco”, como se suele decir. No. Estaba loco de verdad, para siempre.

Esa era la frase que se repetía en el interior de mi cabeza. Loco para siempre. Ahora sabía con certeza que había desperdiciado mi vida. La había arruinado por completo. No tenía vuelta atrás. Nunca más iba a ver la realidad tal y como era. Dejé de ser yo. Iban a tener que internarme. Si tenía suerte iba a poder disfrutar un poco la locura, hasta incluso iba a poder reírme de mí. Lo seguro era que iban a tener que medicarme y controlar mi psiquis de acá hasta el día que dejara el mundo.

Quería llorar. La angustia me arrancaba el pecho que se me inflaba de pánico. Respiraba hondo intentando detener los temblores corporales. Comencé a caminar solo, por el fondo de la casa. Rápido, en línea recta, de un lado a otro. Iba con la cabeza gacha, sin levantar la mirada. Mis sentidos sólo podían capturar del mundo el metro cuadrado de pasto que tenía delante de mis ojos. Nada más. Los músculos se me habían atrofiado. Los tenía duros, tensos. Me rascaba la nuca con fuerza e insistencia. Después dejaba caer las manos hacia atrás pero no duraban mucho. Ninguna posición duraba mucho. Todo era una incomodidad constante e insoportable.

No había calma en mi mente, menos en mi cuerpo que no era más que una representación de lo que me pasaba adentro. La mandíbula se movía sola, masticaba con la fuerza necesaria como para desgarrar un buen pedazo de carne cruda. Permanecí durante horas con los ojos abiertos de par en par.

No podía pestañar. Mis pupilas estaban dilatadas y se expandían como dos gotas de aceite sobre el agua. Sin parar de caminar me refregaba la cara y me volví a rascar la nuca con más ímpetu, como queriendo llegar al cerebro y así poder desactivarlo o por lo menos arrancarlo de una buena vez. Quería gritar, que me explotaran las cuerdas vocales, dejar escapar todo lo que me estaba torturando. Pero no había caso, no podía. Junté las manos, presioné los dedos, me soné los huesos. Nada funcionaba. Y seguí caminando, cada vez más rápido, levantando apenas los pies del piso. Volví a donde estaban todos y sin poder mirar a nadie a los ojos les dije:

–¡Chicos, es en serio! Me volví loco para siempre.

Las risas de mis amigos se multiplicaban, y ninguno estaba en condiciones de hacer algo por mí. Les causaba gracia, entre otras cosas, porque aparecía cada tanto, de la nada, con cara de miedo y repitiendo siempre la misma frase.

–¡Chicos, es en serio! Me volví loco para siempre.

Mundos íntimos. La noche que tomé ácido pedí que llamaran a mi vieja para que me internara
Poco tiempo. Al principio parecía una gran fantasía, luego llegó el pánico.

No los culpo ni los juzgo. Yo hubiese hecho lo mismo. Pero la verdad es que en ese momento no podía más. Necesitaba ayuda, sacar todo lo que tenía dentro mío, hacerles entender que algo se había apoderado de mí. Ya no era yo el que pensaba y se movía y hablaba a los gritos si no otras voces, mucho peores. Voces siniestras, oscuras.

Sumergido y atrapado dentro de un sufrimiento que parecía eterno, pude sentir la muerte misma. O tal vez lo que tenía adentro era el diablo, o todo lo malo en lo que haya pasado y pensado a lo largo de mi vida. Mi cabeza era pura desolación. Por momentos hacía intentos infructuosos de salir de ahí. Luego volví a intentar hacerles entender a los demás lo que me estaba pasando.

Entonces se me ocurrió que saltar desde el techo del quincho a la pileta podía ser una solución. Gritar con todas mis fuerzas hasta hacerme escuchar podía ser otra. Y así otras tantas ideas inviables. Era evidente que necesitaba llamar la atención, pero cuando volvía ya no escuchaba risas. Ahora me decían que me dejara de romper las bolas, que estaba drogado, que ya se me iba a pasar. No entendían. Eso era lo que me desesperaba. Yo no estaba hablando de la droga. Esto era real. No era un mal viaje. No era solo que me había pasado de ácido. Algo había afectado a mi mente y la había dañado para siempre.

Así pasaron tres interminables horas. Mis amigos, buscando estímulos y límites, entraron a la casa a ver Pulse, de Pink Floyd. Evidentemente no estaban tan locos como yo. Al rato volví y fui hasta el living. Me acerqué caminando hacia ellos, tenso, poseído, duro, con los ojos abiertos y los brazos firmes colgando a los costados del cuerpo, y les dije:

–Lo único que quiero es que llamen a mi vieja para que me interne, alguien me tiene que ver.

Esas palabras, y seguramente mi pose, mi cara y mis gestos, calaron hondo. Todos se empezaron a preocupar en serio. Lo vi en sus rostros. De a poco fueron creyéndome. Algunos –me contaron después– vieron como opción la posibilidad de levantar el teléfono y hacer el llamado. Por suerte, uno de ellos, que tenía más experiencia en este tipo de situaciones, tomó la posición de poder y me pidió que lo acompañara.

Lo primero que dijo fue que me tranquilizara y que me callara. Si bien al principio casi no le prestaba atención –y le hablaba encima– luego comencé a escucharlo y a calmarme. Le hice caso y me acosté en la cama, boca arriba, con los ojos bien abiertos, y miré el techo durante un largo rato esperando que el milagro sucediera. Me recordó que hacía más o menos cinco, seis horas habíamos tomado una pepa, que estábamos en su casa, que estábamos en octubre; y me empezó a contar historias parecidas a la mía, que le habían pasado a él o a amigos suyos.

Todas eran más o menos similares. De a poco, muy de a poco, fueron apareciendo algunos claros en el camino de vuelta a la realidad. Algunos segundos de limpieza mental, de paz interior, de reordenamiento de ideas. Y por más que los flashes volvían, y todo se hacía oscuro de nuevo, las cosas empezaron a equilibrarse.

Comencé a aliviarme a los pocos minutos, y me sentí relajado de nuevo. Los músculos tensos de todo mi cuerpo se aflojaron y volvió la sonrisa. Todavía no estaba 100% curado, pero ya podía sentir algo de realidad. La conciencia volvió a su lugar y yo, a tener el control de mis actos. Volví a escucharme o a dejar de escucharme. Todavía no lo sé muy bien. Lo que sí me acuerdo es que los distintos pensamientos que iban y venían de alguna forma los podía llegar a controlar. Muy de a poco. Pero con una sola pizca me bastó. Porque no importaba tanto el qué hacemos, como la dirección de ese “qué”. El movimiento siempre está, solo hay que saber conducirlo. Ahora nada más era cuestión de tiempo. Otra vez volví al living y con una expresión de felicidad les dije a todos:

–¡No estoy loco para siempre! Era la pepa.

Nos abrazamos y festejamos. ¿Qué festejamos? La vida misma, la salud, la amistad, el placer de poder disfrutar el sinsentido de la vida, que no difiere mucho del terror de no poder disfrutarlo pero sí es mucho más fácil y mucho más cómodo y es donde todos queremos estar.

Afuera, pasando el restaurant de mariscos ya no había gallinitas, ni bichos, ni nubes, ni nada. Amanecía. Eran cerca de las 7 de la mañana del miércoles 27 de octubre. Y como había un aro y una pelota nos pusimos a jugar al basquet. Volvimos a reír pero con inocencia. Todo el terror había quedado atrás. Después, nos sentamos un rato a tomar agua y nos fuimos a dormir. Pero no me fue tan fácil conciliar el sueño, necesitaba contar una y otra vez todo lo que había pasado. Cómo me había sentido. Cómo descubrí que era mentira. Y cuando nadie escuchaba, muy de a poco, con música tranquila, con todos dormidos, me relajé y sin miedo, cerré los ojos. Y volví a nacer y mi mente me dejó en paz y yo hice lo mismo con ella: no pensaba volver a maltratarla.

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Nazareno Petrone nació en Ituzaingó, en enero de 1988, y vivió casi siempre en el Oeste del Gran Buenos Aires. Su primer recuerdo con la lectura es de cuando aún no sabía leer: caminaba de la mano de su abuelo y elegía un libro para que se lo contara. Ya adolescente se fascinó conFontanarrosa. Nazareno estudió Comunicación en la Universidad de La Matanza y publicidad en la Asociación Argentina de Agencias de Publicidad. Concurrió al taller de escritura “Narrar lo extraño”, donde comenzó a escribir cuentos fantásticos. Administra la fanpage de micro-relatos: “El fulbito de lunes y jueves” y usa Twitter como: @nazareeee. Disfruta de la música, pero su pasatiempo predilecto es todo lo que gira en torno a una pelota de fútbol, ya sea jugando o como hincha cuando va a ver a Deportivo Morón.
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