Chicas muertas

Yo estaba en la primaria –quinto grado—y durante algún tiempo –no sé qué tiempo—estuvimos a cargo de la directora hasta que encontraron una suplente.

La directora era una monja –rígida, alemana–, que siempre se las arreglaba para adoctrinarnos con cualquier asunto.

Una vez –no recuerdo por qué—salimos de la escuela y fuimos de visita a algún sitio, y al regreso, caminando, la monja empezó a contar anécdotas –no eran relatos zonzos, inconducentes–, y de algún modo se las ingenió para acabar diciendo aquella frase que hasta hoy recuerdo.

“Las chicas –dijo, con ese tono de sentencia que usaba—tienen que evitar andar en bicicleta o subirse a caballo, porque si lo hacen, se les rompe una telita que tienen”.

Ninguno preguntó a qué telita se refería: en aquella escuela, en aquél tiempo, se nos enseñaba y se nos adoctrinaba y estaba demás preguntar por qué.

De modo que amanecíamos a la vida envueltos en muchos mitos, sinsentidos, tabúes, frases hechas, territorios sin descubrir.

La secundaria, en una escuela pública, no sería muy distinta.

Las chicas no usaban pantalones, los chicos no usaban pelo largo, debíamos llevar corbata –¿corbata?—y nadie hablaba de educación sexual y esas cosas: esas cosas se charlaban –se confundían—en las clases de Ciencias Naturales.

Entonces las cosas transcurrían naturalmente así.

Selva Almada escribió “Chicas muertas”, y en “Chicas muertas” cuenta la historia de una muerte que nunca se aclaró, la de Andrea Danne, en San José, Entre Ríos, y las historias que se elucubraron alrededor de la muerte de una chica.

El libro, una no ficción peculiar, rescata una anécdota: la hermana de Andrea Danne, que siempre había compartido con ella habitación en la casa de San José, nunca más volvió a dormir en la casa de sus padres desde aquella vez que ocurrió la muerte.

De algún modo, todos aguardaban que las muertas explicasen sus muertes, pero las muertas ya nada podían explicar, y así las historias se enredaban hasta lo insólito.

Durante mucho tiempo yo seguí pensando en aquella anécdota de la monja y la telita de las chicas.

De Andrea Danne no se siguió hablando demasiado tiempo más allá de San José.

Entonces nadie hablaba de femicidio, el caso no ocupó las portadas de los diarios ni interesó a la tele, porque entonces, mediados de la década de 1980, no había una sociedad tan mediática, tan de las redes sociales, tan de la inmediatez, y el lugar común trataba de explicarlo todo.

El caso se cerró con el silencio.

Nunca se supo quién, por qué, de qué modo mató a Andrea Danne, 19 años, una chica muerta.

Ahora, en este mundo de la instantaneidad, de las redes sociales, la desaparición y muerte de otra chica, Priscila Hartman, 22 años, desató la angustia colectiva, el pedido de justicia, la bronca, el miedo, la impotencia, unos cuantos porqués.

Otra chica muerta, sólo que ahora es otro femicidio, otro más. Otra muerte más.

La chica desapareció el jueves a la noche, y apareció muerta en la tarde de este domingo, en San Benito.

La perplejidad es la misma, el espanto, siempre.

Fernanda Aguirre desapareció en San Benito y nunca apareció. Fue el 25 de julio de 2004, tenía 13 años. La única condenada por esa desaparición, Mirta Chavez, fue liberada por la Justicia en julio último.

Como pasó con Andrea Danne, nadie sabe nada de ese caso: qué pasó, quién se la llevó, donde está, si está viva o está muerta. Nada.

Las chicas mueren, siguen muriendo.

En 2013, cada 30 horas una mujer murió por violencia sexista en el país, y Entre Ríos, provincia atávica en muchos sentidos, el índice de femicidios la ubica en cuarto lugar en un triste ránking nacional.

En el primer lugar está la provincia de Buenos Aires, con 51 femicidios; le sigue Santa Fe, con 16; en tercer lugar está Córdoba, con 13; y la cuarta es Entre Ríos, con 13, según los números del año último.

Mientras, mientras ocurren las muertes, se arman seminarios, se organizan foros, se crean secretarías, se suman subsecretarías, se conforman comités, se diagraman estrategias, se habla mucho y bastante.

Se habla.

Mientras, hace quince días una chica murió por un parto mal atendido en un hospital público. Y una beba alumbró a la vida –a este mundo—del peor modo: sin madre.

Otra muerte más.

Ahora anuncian que habrá una conferencia de prensa para explicar la muerte de Priscila Hartman.

El morbo, a veces, suma.