Popular channels

Recuerdo latente

Hola mi buena comunidad, los saludo esperando que todos estén bien.
Este cuento es un poco largo, no sé si el formato funcione, inevitablemente parece que mis narraciones llaman al enfoque de la primera persona. La temática es nuevamente la soledad, las pregntas existenciales, el fin y el nuevo comienzo.
Si alguien lo termina, ojalá y me pueda dar sus opinión.

Recuerdo latente

Matías J. López Gómez

Desperté sudando en frío, con el pecho y la espalda baja húmeda y una sensación extraña en todo mi cuerpo, estaba en el mismo lecho en el que despertaba siempre, sin embargo, me sentí desorientado y desolado, permanecí inmóvil entre las sabanas, buscando en el interminable vericueto mental de mis ideas, la respuesta a la pregunta que aún no formulaba. Todo esto me llevaba a la desesperación, sentía una impotencia negligente que se negaba a revelarme los secretos de mi vida, esa vida olvidada en los límites del despertar.
No pude darle forma a mis pensamientos y, al final, no quise pensar en nada más, imaginé que de esa manera podría recordar espontáneamente aquel sueño que todavía estaba latente en el limbo de mi subconsciente. No funcionó. Tras unos minutos en ese estado de perplejidad e incertidumbre, fui dando poco a poco el paso a la tranquilidad. Había vuelto a tener aquel desaforado sueño. Eso es todo. Aunque ya lo había soñado tantas veces, me fue imposible recordar la unidad temática en él. No me acostumbraba a eso, el sueño desconocido no me martirizaba, sino la sensación que dejaba en mí.
Desesperado, decidí hacerlo a un lado para continuar viviendo el nuevo día.
Percibí que la mañana ya estaba entrada en horas por la luz del sol que se colaba amarillenta a través del ventanal central de la habitación, me incorporé y senté en la orilla de la cama, di una bocanada profunda de aire y al instante me tragué la soledad invasora que llenaba el espacio, sería quizás porque estaba solo, y la casa que me alojaba era muy grande para mí, desde aquel acontecimiento tan atroz en mi vida, un vacío amargo llenaba todo mi ser, irónicamente estaba repleto de una inmensa oquedad, y esa tristeza era como un gas que inflamaba mis interiores, presagiaba que algún día, la presión sería tal, que llegaría a explotar, destrozando mi alma y dejando mi cuerpo inerte.
Me levanté por fin, traía la misma ropa del día anterior puesta, no sabía porque estaba arrugada y tiesa, por más que hacia memoria, olvidé la manera en la que alcancé la cama.
Caminé hacia la puerta de la habitación para salir, pero el espacio entre ella y yo me pareció inacabable, era como si estuviera encerrado dentro de una burbuja con paredes sobrenaturales y frías. Finalmente llegué hasta ella. Al abrirla, las estridencias de las bisagras oxidadas llenaron todos los rincones, como si dicha esfera se reventara y los fantasmas dentro de ella atrapados se hubieran escapado chillando lamentos sepulcrales, salí y un pasillo estrecho, pletórico de sombras se tendía frente a mí, era el mismo que recorría todos los días, lo atravesé, pasando frente a las dos habitaciones que ya nadie ocupaba, el estudio con libros cubiertos de polvo, la cocina pestilente y revestida de cochambre, la sala y el comedor ya hace tiempo abandonados, tan sólo para llegar a aquel jardín que abrazaba la casa, que con sus hierbas ya crecidas tenía un aspecto solitario, yo era el único que lo acompañaba. Es decir, los lastimosos restos de un hombre.
Me gustaba permanecer allí, envuelto en el aroma de los tiempos viejos, y sentirme ínfimo en la amplitud del espacio. En cada día pasaba en él toda la mañana hasta llegar el ocaso, sintiendo los cambios del clima y viendo las nubes, buscando en ellas la añoranza de un cielo nebuloso, en la espera de sentir el hálito helado de la lluvia venidera. En algunas ocasiones tenía suerte, el viento soplaba chocarrero y silbante, y en mi piel sentía el escalofrió profético de la ulterior tormenta, me impresionaba ver la rapidez con que la nube negra se devoraba el fondo azul del horizonte convexo, hundiendo el área en una siniestra penumbra de extraños reflejos provenientes de las profundidades cósmicas. Llovía, y mi rostro se ataviaba de lagrimas artificiales que, pronto se convertían junto con las reales, en una mascara acuosa y helada, podía romper en llanto a placer, por eso nacía mi gusto a los días lóbregos, en ellos trataba de expulsar la profusa amargura de mi corazón, empero, al consumarse la jornada, terminaba aterido y exhausto y a diferencia de las nubes que podían descargar toda su naturaleza, yo cargaba con el anatema del llanto infinito.
Nadie me veía, nadie sabía lo que pasaba dentro de aquellas paredes de piedra que resguardaban la casa. Yo no sabía como confrontar la muerte, la ausencia de las personas a quienes amé me hacía daño, una nausea espantosa y permanente se alojaba en mi estomago, por no decir en mi espíritu, yo no era capaz de entender los arcanos del destino, de pronto, la voluntad de Dios se me hizo inexistente.
La cuarta dimensión me era indiferente, habían pasado tres meses, medio año o más, no sabía cuanto, no me percataba del tiempo, seguramente aunque a mí me hayan parecido mil eternidades, no fueron más que unos cuantos días, era lógico, un hombre no podría soportar tanto dolor, amargura y asco quemándole en las entrañas etéreas del alma, en donde el fuego nunca se apagaba y siempre estaba lacerante.
Cuando llegaba la capa negra de la noche y el inmenso espacio entre las estrellas me agobiaba, me resguardaba nuevamente en la acritud de la casa, era más bien un campo desolado; ante la entrada, como una boca enorme y obscura que emanaba un tufo lleno de nostalgias tristes, me sentía más miserable. Todo estaba empapado de recuerdos y de incomprensión, la vida se tornaba fútil e insípida, ya antes me había preguntado que haría yo en un caso así, pensé que lo soportaría, de hecho me aferraba a la idea de que nunca me pasaría, pero la imaginación y la realidad presentan en el hecho un contraste enorme.
Las miro en los recuadros suspirantes de mi mente, a veces las siento a mi lado, mas cuando doy la vuelta para verlas, desaparecen, hablo con ellas, y cuando el vacío no me contesta, me marchito aún mas.
Era feliz, eso es cierto, pero aprendí que todo se acaba, mi esperanza está en que también la amargura se acabe, las extraño tanto, anhelo estar con ellas, si no he apresurado mí final, es porque todas las ideas que se tienen respecto al más allá me aturden y me atemorizan.
Me alejo en el pasado de mis memorias, cuando pensaba en la muerte, no en la mía, sino en la de mis seres queridos, estaba rodeado de muertes, pues es un hecho natural de la vida, pero al pensar en ella y en lo que significaba, me daba miedo, no era un miedo por morir, más bien, un miedo al efecto de una muerte, porque conllevaba tristeza, alejamiento, ausencia, significaba lo desconocido, y creo que eso es a lo que más miedo le tiene el hombre. Ahora sé, que es ya no tener al ser amado, que aunque lo busque en todo el orbe y todo rincón jamás lo encontraré, porque ya no está, ha muerto, él ya no está en él y su cuerpo permanece vacío, listo para descomponerse.
Al sentirme caer en las profundidades de mí mismo, he estado tentado a terminar con mi vida. Pero sus voces retumban incesantes, en alguna parte en donde los ecos nunca acaban, y me dicen que no lo haga, me dicen que esa no es la respuesta, y que la falsa puerta siempre me llevará al lugar equivocado, al darles mis razones para querer estar muerto, ellas no entienden o quizá es que me estén guardando un secreto, sospecho que no me han dicho la verdad, les suplico para que me permitan ir con ellas, pero entonces callan.
Aún con la tristeza cotidiana de mi vida, hoy había algo más que me perturbaba, era ese sueño nunca recordado. Sentía como si estuviera viviendo la vida de alguien más, como si hubiera despertado una tarde en medio de otra dimensión con cierta conciencia pero nunca verdaderamente convencido, siempre dudando, pensaba que algún día viviría nuevamente como antes y, que todo lo pasado se iría como un mal recuerdo, me sentía contento y tenía miedo a la vez, pues las personas a las que amé pertenecían a éste mundo, aunque ya no estuvieran a mi lado, eran de aquí, me preguntaba si quizá ese sueño tan persistente, significaba algo o era una evidencia más de mis suposiciones y presentimientos de la otra vida.
Tenía tantas preguntas que nadie me contestaba, no sabía en dónde encontrar las respuestas, ese sueño que me era vedado recordar, allí seguramente encontraría algo, lo presentía, pero ¿cómo alcanzar lo imposible? ¿De qué manera se atrapan los sueños?
Desesperado, pensé una y otra vez, no tendría por que seguir así, no era otra vida la mía, sino ésta, cruda y amarga, un hombre que había perdido a su esposa y a su pequeña hija de cinco años, ellas estaban muertas y ya nunca más volverían.
Sentado en el viejo sofá de la sala recordé aquella noche en la que el teléfono sonó, nada ya tuvo sentido para mí, cuando recibí la noticia, no reaccioné, no sentí dolor, ni tristeza, no sentí nada, tal vez cierta incredulidad que murió en el instante y es entonces que mi cuerpo se vació, porque mi corazón supo que era verdad, el alma se me escapó para desaparecer y extinguirse en las desconocidas dimensiones de lo espiritual, simplemente dejé caer la bocina y no se volvió a levantar, aún hoy volteo hacia la repisa y el teléfono sigue descolgado, con la bocina tumbada en el mismo lugar en donde la dejé no sé hace cuanto tiempo.
Me puse de píe, el reloj marcaba la una de la mañana, no podía dormir, caminé de un rincón a otro, me sentí desesperado, la casa era tan grande, de paredes gruesas y techos altos pero ya deteriorada, cuando llovía, el agua se filtraba y se hacían grandes manchas de humedad. Yo, una vez más, después de recorrer toda la casa, me acerqué a una ventana y me quedé mirando fijamente hacia el exterior, mis ojos se posaron primero en el portón principal, era una entrada y a la vez una salida. Siempre habría una salida o una forma de salir. Después, pasé la mirada por todo el jardín hasta toparme con el gran árbol que se ceñía solitario en una esquina, justo en ese punto, al ver aquellas cuerdas que detenían el columpio donde jugaba mi hija, algo en mi mente resurgió, no eran tan sólo recuerdos, sino como una visión fugaz que no pude atrapar, en mi mente pesaba esa sensación, me di cuenta que era algo sobre mi sueño, no sabía qué, intenté indagar en mi memoria, cerré los ojos, pero sólo chispas blancuzcas, rojas y azulinas se pintaban en la obscuridad de mis adentros, no logré nada más que frustración.
Permanecí mirando por la ventana y la sensación de haber visto un fantasma sin rostro seguía conmigo, tenía un presentimiento, fui hacia la puerta y salí al patio, una luz tenue de un foco demasiado viejo iluminaba lo suficiente como para dejarme ver, un viento algo frío evidenciaba la hora, un silencio aturdidor me envolvió, caminé hasta encontrarme frente al árbol, sus hojas se movían como si algo estuviera acechando en sus ramas, el columpio se mecía levemente, era una cuerda muy gruesa con un pedazo de madera como asiento, con mi mano lo detuve, sentí la cuerda áspera, noté que en uno de sus tramos estaba muy gastado, no sé por qué la jalé, pero lo hice, en un comienzo débilmente, pero después apliqué más fuerza y dejé caer mi peso, la cuerda cedió y se rompió, la coloqué frente a mis ojos, pero no me significaba nada, desilusionado por no encontrar algún indicio exhalé el veneno de mis pulmones y me recargué en el tronco, al ver la casa, me parecía que estaba expectante por mi retorno, justo al partir, algo me llamó la atención. Una marca. En una parte limpia de tronco, sin corteza, ya seca, se dibujaban unas letras que apenas y se distinguían, para alguien totalmente ajeno a esos garabatos, hubiera sido indescifrable aquella leyenda, pero yo conocía lo que decían, incluso sin poder leerlos.
Quedé en silencio por un momento, en mi garganta un aire ardiente se alojaba no dejando pasar nada más, apunto de ahogarme, el aire se desplomaba hacia mis entrañas, mis ojos se anegaron, levanté la mano, y con la punta de los dedos repasé los contornos de las marcas, primero la “P”, después la “M”, enseguida la “Y” y al final mis dedos terminaron dibujando una “S”. Cerré el puño, y lo estrellé contra la superficie del tronco, enseguida los recuerdos se estamparon en mis ojos, y volví a vivir una trama ya estancada en el pasado.
Mecía a mi hija mientras ella sonreía, su alegría me hacía feliz, mi esposa, permanecía sobre el césped observándonos, su presencia era algo que nos tranquilizaba a ambos – ella sabía como curar nuestras tristezas –, después del juego comimos un pequeño almuerzo, mi pequeña se levantó y nos abrazó, en su mirada se veía todo el amor que nos correspondía, corrió hacia el árbol y nos pidió que la siguiéramos, mi esposa y yo nos levantamos para complacerla, tomamos nuestras manos y la seguimos, cuando llegamos a donde ella estaba, nos mostró unas marcas que había tallado, me sorprendí al verlas, pensando en cuándo las había hecho y cómo o con qué, no se lo pregunté, no quería echar a perder ese momento, no sabía que significaban aquellas grafías, pero inmediatamente supe que era algo especial para ella, hecho para nosotros, nos miro con sus ojos de arco iris y preguntó si queríamos saber que era, ambos respondimos que sí – y enseguida espetó – “Adivinen”.
Siguiendo el juego lanzamos algunas respuestas. Son las letras “P, M, Y y S”, pero no sabemos que significan y cómplices pedimos juntos – dándonos por vencidos – la respuesta definitiva, ella dio un saltito, y dijo en voz alta, significan “Papá Mamá y Yo Siempre”.
En un sólo segundo o menos, recordé aquel momento, como si la pretérita vida no se rigiera por el tiempo y el espacio. Sólo está en la mente. Ese lugar tan misterioso para mí. Así, naufragué nuevamente en la realidad, pero siempre con la estela dolorosa de mi antigua historia.
Esa cuerda en las manos, no me decía más nada, sin embargo, no la solté, regresé a la casa, la puerta tras de mi se cerró lentamente, el clima no cambió, adentro y afuera el mismo frío, o es que sería mi cuerpo el que no notaba los cambios, arrastré los pasos hasta la habitación, me tendí en la cama, y volví a pensar en ellas, siempre vuelvo a pensar en ellas, es angustioso, monótono, repetitivo, dicen que los hombres se adaptan a cualquier ambiente, yo no me adapto a éste, nunca lo haré. En mi mente, un micro fragmente de mi sueño navegaba en un limbo obscuro, como una mosca luminosa que vuela rápidamente, haciendo insoportable su recorrido, ese fragmento no lo podía enlazar a nada, no tenía más que eso, empecé a respirar con dificultad, a mis oídos llegaban los tumbos de mi corazón, mi sien palpitante era una bomba a punto de estallar, un ardor empezó a cubrirme desde el centro superior de mi cráneo, grité, me llevé las manos a la cabeza, entre mis dedos los cabellos se apresaban, tuve ganas de arrancarme hasta el cuero cabelludo, me sentí arder de rabia, angustia, incomprensión.
Silencio. Había dejado tirado en el suelo el columpio que arranqué en el jardín, lo miré y ya no le tomé importancia, me senté en el suelo, crucé las piernas, apoyando mis brazos en ellas, agaché la cabeza y me tallé los ojos con las palmas, quería sentir algún contacto, dejé el rostro oculto en la profundidad de mis manos. Obscuridad. Volví a respirar el aire caliente de mis exhalaciones, dejé caer mi rostro un poco más, las manos me llegaron hasta el pelo, estaba sucio, grasoso, con la punta de los dedos sentí una superficie reseca, inspeccionando más a fondo, descubrí costras, empecé a rascar, de mi cabeza caían escamas blancas sobre la negra tela de mi pantalón, al principio parecían como estrellas separadas ampliamente, para después convertirse en todo un firmamento, mientras más rascaba, más comezón me daba, con la uñas fui lastimando la piel de mi cabeza, hasta que me empezó quemar, me vi las uñas, y en ellas había una mugre blanca y sangre.
Evidentemente había descuidado mi persona, a tal grado indiferente llegué a ser, sin bañarme, cubierto de sudor, y expidiendo el mal olor de las transpiraciones humanas. Toqué fondo. Hoy sería el día. Todo lo que me hacía humano, se había drenado o evaporado a través de mis poros, yo era algo, pero no un hombre. Tal vez, sólo una masa de carne, con un escaso pensamiento, que iba apagándose como la llama de un cerillo.
Mi cuerpo me atrapaba, atrapaba a un pensamiento dubitativito ante el presente, ante la vida, quería escapar, desprenderme, pero el ancla carnal me detenía.
Me despojé de las dudas, el miedo no lo deseché, al contrario, lo hice más mío, fungiría como el motivo de mis acciones, ahora la pregunta era ¿cómo hacerlo?
No tenía ningún arma de fuego, de lo contrario me volaría los sesos, al igual que pasaba en la televisión, moriría al instante y no habría dolor, porque para ser sincero, quería morir así, rápido y sin dolor. Había sufrido demasiado, ya no importaba.
¿Sufriría después? ¿Eternamente? No estaba bien lo que planeaba hacer. Más miedo me invadió. Más dudas. Mayores motivos para morir. Mis circunstancias ejemplificaban a una asquerosa paradoja, me abrumaba la idea, tenía el valor para decidir suicidarme, pero eso me hacía un cobarde ante la vida.
Sudando intensamente, con la cara contraída y los dientes pelados seguí pensando. Tal vez por envenenamiento, con medicamentos o químicos, los tendría que ingerir. No, esa no era la forma pensé. Cortándome las venas y desangrarme tampoco, esos métodos tardarían demasiado. Entonces, ¿con qué lo haría?
Me levanté, el cuerpo me pesaba, pero lo hice, estaba tan abrumado, me ardía la piel, decidí refrescarme con agua, la puerta del baño de la habitación estaba entre abierta, fui, traté de encender a luz, y recordé que el foco se había fundido, no tuve la preocupación de cambiarlo antes, aún así abrí la llave, el agua estaba congelada, no me importó, me entumecía y cortaba las manos al contacto, al estrellarla en mi cara se escurría y el ardor desaparecía un poco, un escalofrío me recorrió la columna vertebral, extendí el brazo para alcanzar alguna toalla, no encontré ninguna, con las mismas mangas de la camisa me sequé, se alivió un poco el bochorno, al salir distraídamente me tropecé con algo, caí rudamente al suelo, sentí el golpe que aunque fue muy fuerte no me lastimó, pero la sensación de caída volvió a despertar en mí, el presentimiento de algo. Sí, en mi sueño caía, ¿que representaba eso? ¿Hacia dónde, al vacío? ¿Acaso así debería morir hoy?
Pensé en eso, ubiqué el lugar más alto de la casa, y me imaginé lanzándome, me estrellaría contra el pasto del jardín, si no me rompiera el cuello, lo más probable es que sobreviviría, entonces me pregunté si acaso el sueño no significaba nada, y si no existiera ningún sueño, y sólo fue un engaño mental. Suspendí mis pensamientos, temiendo encontrar en esas indagaciones, algo que no me llegara a gustar.
Sacudí la cabeza alejando a las ideas, la mirada se me posó en los pies, en mi tobillo se hallaba enredada la cuerda del columpio que me había dejado de importar, y que ahora captaba mi atención, con eso tropecé, me estaba deteniendo, pensé si acaso ellas, así trataban de impedir la ejecución de mi última decisión, no me importaron las jugarretas de mi mente. Están muertas, ya nada importa.
Permanecí concentrado en nada, nuevamente las preguntas rebotaban de un lado a otro provocando con sus choques nuevas preguntas. ¿Por qué este día? ¿Tendré libertad en mi destino? ¿Así debería de ser? ¿Y la angustiosa molestia de los sueños perdidos significará realmente algo o sólo será una desgraciada coincidencia? Detuve los pensamientos, al sentir el vértigo de la incomprensión.
Lo haría, simplemente lo haría, tal vez ese era el castigo de un suicida, el miedo y la desesperación al contemplar la idea, todos nacemos sin decidir cuándo ni dónde, vivimos para morir, lo sabemos, pero la mayoría de la gente no se la pasa obsesionada con esa idea, desconocemos también la hora de nuestra muerte, y quizá esa ignorancia sea un regalo.
Ahora que yo pondré fecha y hora de mi muerte, tiemblo de angustia por no tener un panorama certero, ¿es realmente mi decisión? ¿Éste es el castigo de un suicida? Si es así, creo que ya no sufriré más.
Me desenredé de la cuerda y eché la cabeza hacia atrás, el techo llamó mi atención, cuatro vigas reforzaban el sostén de la losa, y por debajo de ellas otras dos se cruzaban perpendiculares, visualicé mi cuerpo colgando, sin vida, como un péndulo moviéndose al ritmo lento de la muerte, ya no pensaría más, postergar el acto no me servía de nada.
Me iría sin saber el significado del misterioso sueño, que justamente hoy retumbó más en mi existencia, no me importaba nada.
El techo era muy alto, supe que no lo alcanzaría fácilmente, pensé rápido en la forma de lograrlo, miré a mi alrededor, aun subiéndome en la cama al menos metro y medio me faltaba para llegar, desesperadamente lancé un extremo de la soga hacia un espacio que había entre las vigas, tontamente pensé que funcionaría, y que por alguna ayuda macabra la cuerda se enredaría en lo alto para facilitarme la tarea, me di cuenta de que el pedazo de madera que servía como asiento del columpio me estorbaba, deshice los nudos y tiré el madero, enseguida volví a unir la cuerda, recordé que en la parte trasera de la casa había una escalera, eso sería más que suficiente para llegar a hacer una buena horca.
Ya no quería salir de la casa, pero no había otra opción, apresuradamente salí en busca de la escalera, casi corriendo, la encontré pegada a una de las paredes, abandonada en el jardín trasero, era pequeña como de dos metros, de aluminio y pude levantarla y llevarla con facilidad, en el retorno, sentía como si el cuerpo se moviera por una inercia infernal, muy pronto yacería sin vida alguna, inerte, sin mí en el interior, sólo materia, ¿Qué era yo al final de todo? ¿El alma? ¿La fuerza activa? ¿O la unión de dos entidades? no era el momento para filosofar, estaba sufriendo, como nunca antes había imaginado, pero en mi mente los pensamiento se condensaban pesadamente, que maldito destino es éste, hay cosas que elegimos y otras que no, ¿Quién ha descifrado mi vida de esta manera?
Fatigado por el esfuerzo mental y espiritual, llegué nuevamente a la habitación, alguna vez me dijeron, que si había pruebas difíciles en la vida, era porque Él confiaba en nosotros para superarlas, hoy he fracasado en las pruebas de la vida, ya no puedo más.
Dejé caer la escalera al suelo, en ese lugar estaba todo lo que necesitaba, una cuerda que parecía bastante resistente para soportar el peso de mi cuerpo, en el techo, las vigas que me sostendrían, la cama como un patíbulo, la escalera para prepararlo todo, y yo, la victima y el verdugo.
Acerqué la cama a una de las paredes, junto a la escalera, trepé en ella, con la cuerda en las manos e hice un fuerte nudo en uno de los maderos, en el extremo que colgaba improvisé una horca, no sabía hacer un buen nudo, y temí que se deshiciera, tuve la sensación de rememorar aquellas acciones, como si ya las hubiera hecho antes y conociera el futuro, me detuve expectante analizando el entorno, en la espera de una señal que confirmara mis sensaciones. No pasó nada. Use la cama como plataforma, caminé sobre ella como un condenado, tomé la cuerda, la pasé a través de mi cabeza, una vez colocada alrededor del cuello sólo faltaba dar el salto final, caería hacia lo desconocido, tal vez hacia el vacío con la única explicación de que más allá de la vida no hay nada, o quizá mi alma permanecería en penitencia eterna, me iría directamente al infierno, o por una milagrosa equivocación se me perdonarían todos los pecados para volver a estar con mis seres amados, en un santiamén pensé en tantas cosas, en un momento más sabría la respuesta, también volvió a mí la horrorosa primera idea de que hubiera simplemente nada, y eso me dio mucho más miedo que la muerte.
No podía dar el siguiente paso, estaba tan abandonado y consternado, lloré una vez más, y nuevamente no había nadie que me consolara, dejé de pensar, me moví sin voluntad propia, al instante no sentía nada, y la sensación fue la misma que me provocaba un sueño en el cual caía hacia el vacío, mi cuerpo ingrávido y un hueco que me oprimía las entrañas, por más que traté de abrir los ojos no pude, ya no era dueño de mi cuerpo material, sentí una fuerza que me presionaba y asfixiaba, como si me arrancara de este mundo, deje de luchar, ya no puse resistencia alguna y en ese momento pude ver, me vi a mi mismo inerte, colgado de una cuerda, a mi esposa e hija llorando con cuerpos casi transparentes, y yo, por encima de aquella tragedia, grité pero no oí sonido alguno, sólo aquella voz que retumbaba de mi pensamiento, traté de palpar mi cuerpo, pero yo era ahora una cosa desconocida, me miré y no vi nada, cerré los ojos y era como si no tuviera parpados, no tenía nada, me convertí en etéreo, tuve una sensación de espanto y nauseas, no por descubrir mi estado actual de vida, sino porque en el borroso contexto que me rodeaba, mi sueño antes ignoto me fue perspicuo, inmediatamente dirigí la mirada hacia donde estaba mi esposa y mi hija, ahora ellas me veían a mí, pero sus ojos estaban húmedos de tristeza y desesperanza, mudas, se abrazaron la una a la otra, inconsolables, se hundieron en sí mismas y dejaron de ser perceptibles en un breve parpadeo de un destello de luz que se deslucía.
Lo había entendido, lo que hice fue un error, el sueño que tuve eran reminiscencias de un ciclo interminable de agonía, estaba nuevamente solo y condenado por mi propia mano, ¿Cuántas veces había vuelto a vivir para acabar en el mismo punto? Eso no lo sabía, por eso estaban tan latentes en mi memoria todas las acciones que realicé, lo hice todo mal, sé que regresaré a vivir mi último día, en mi muerte viajo en una espiral cuyo fin se encuentra en su principio, es una condena indefinida, me pregunto si realmente aquellas escenas serán inmodificables, y si no tengo decisión en mis acciones.
Tal vez el retorno hacia el mundo en mi último día, más que una condena es una oportunidad, ¿Cuántas veces he fallado? La condena no es regresar y volver a sufrir, sino que es no tomar las correctas decisiones y ser un cobarde.
Estoy cayendo, volveré a olvidar y volveré a recordar, hay una oportunidad más, siempre la hay, ahora que he atravesado el umbral de la muerte, lo sé, sin embargo, al volver a vivir, olvidaré tantas cosas valiosas.

0
0
0
0No comments yet