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Tlahuicochi (cuento propio: final)





TLAHUICOCHI

-Cuarta parte-


-V-

Durante el trayecto de regreso a la carretera, César apenas nos dirigió la palabra. Era evidente que estaba molesto con nosotras, pero su preocupación parecía anteponerse a su enojo, porque no dejó de protegernos, o extendernos la mano cada vez que sentíamos que íbamos a desfallecer. No volvimos sobre nuestros pasos, porque aún existía el riesgo de toparnos con los talamontes, o los patrulleros que los protegían. Por lo que dimos todo un rodeo.

Para mí, cada punto se veía exactamente igual que el anterior, pero parecía que César sí sabía dónde estábamos en cada momento. Su orientación ya nos había sido útil, por lo que no vi por qué dudar de él.

Ya casi eran las cuatro de la mañana, y para nuestra sorpresa seguíamos con vida. Para él, ya sólo faltaba unos cuantos minutos para estar a salvo. Para mí, aún corríamos el riesgo de morir por hipotermia, ante la neblina mañanera y el deshielo. Paola no decía nada, sólo seguía el camino como ausente.

Entonces oímos un grito desgarrador que nos heló la sangre, estremeció los huesos y erizó cada pelo del cuerpo. No podíamos distinguir si se trataba de un animal, una persona o ambos, pero consiguió detener nuestra marcha y silenciar a los grillos, al menos por unos minutos.

Sin darnos cuenta, los tres terminamos abrazados y muertos de miedo. No podía creer que en mi cabeza se estuviera barajando la posibilidad de que el mito de Tlahuicochi fuera algo más que eso, pero aquel grito había sido demasiado aterrador. De cualquier forma, seguimos avanzando sin soltarnos ni un solo momento, hasta que encontramos la carretera, y un camión, de los que recogen a los vehículos que se quedan varados a medio camino, nos llevó de nuevo a la ciudad, a cambio de un poco más de lo que gano en una quincena. Ahora me duele el bolsillo por eso, pero entonces me pareció barato.

-VI-

Cuando llegamos a la ciudad, los tres ya estábamos mucho más tranquilos. Incluso llegamos a hacer bromas de lo ocurrido, y de lo cerca que estuvimos de acabar como aquel inspector. Sobre el otro asunto no hicimos ningún comentario, no era necesario especular con algo que no éramos capaces de comprender.

Para mí aquel grito pudo haber sido cualquier cosa, desde un cerdo perdido hasta una ilusión auditiva provocada por los árboles, el viento y nuestro propio nerviosismo.

Independientemente de lo que pudo haber sido, el miedo que sentimos al escucharlo fue real. Después de todo, por más poderosos que nos podamos sentir con nuestras grandes ciudades, supercarreteras y autos veloces, no somos más que un puñado de asustadizas criaturas, ante la oscuridad de la noche y las fuerzas de la naturaleza.

-VII-

El reportaje salió mejor de lo que habíamos pensado, limitándonos a los talamontes y reservándonos el asunto de Tlahuicochi para nosotros. No sólo teníamos la crónica y una experiencia que habría de marcarnos para siempre, sino también contábamos con evidencia gráfica, porque aquel “flashazo” delatador no había sido en vano, y teníamos pruebas de las actividades ilícitas de los leñadores y de su colusión con la policía, con una imagen donde se podía ver desde las placas de los vehículos de los delincuentes, hasta los números de la patrulla que los solapaba.

El jefe estaba muy contento y no nos reprendió demasiado por haber sido tan poco precavidos. También las cosas entre Paola y César cambiaron, al parecer era falso el rumor que se corría sobre él, porque de un día para otro ya eran pareja. Se la pasaban peleando todo el tiempo y por cualquier cosa, pero eso no excluía que tuvieran planes de vivir juntos y hasta casarse.

Por desgracia, ni a los talamontes, ni a los patrulleros los pudieron remitir a las autoridades federales. No es que no pudieran dar con ellos, más bien “algo más” los encontró antes. Pues los hallaron muertos muy cerca de la cima de un cerro. La versión oficial dice que los ejecutaron, quizás algún grupo rival. La otra teoría es mucho más inquietante y difícil de testimoniar, sobre todo ante una grabadora encendida.

Según uno de los oficiales que estaba a cargo del caso, y que amenazó con retractarse si llegaba a salir su versión publicada en el diario, los talamontes fueron encontrados muertos sin una sola herida de bala, aún aferrados a sus rifles y motosierras, en torno a una gigantesca roca, y sin una sola gota de sangre en el cuerpo. La única herida visible la tenían en la boca, por donde, según el forense, se les había extraído el corazón.


-FIN-





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