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15 Costumbres Argentinas que perdí cuando me mudé a Urugua

(POR LORENA PRADO)

1. Reemplacé el che por el bo.
De la misma forma que los argentinos usamos el “che” para referirnos a otra persona, cuando tenemos confianza, en Uruguay se usa “bo”. Es una muletilla muy característica y exclusiva del paisito, usada por todos los estratos sociales. Muchos piensan que es una deformación de la persona “vos” (tú), característica del tuteo que usamos tanto en Uruguay como Argentina, y lo escriben como “vo”, pero no es así. Tiene su origen en la deformación de la palabra “botija”, que quiere decir “muchacho”.


2. Re-aprendí cómo tomar mate
Tuve que aprender una nueva forma de armar el mate a la que había aprendido en mi casa. En Argentina era mate, yerba, bombilla, agua y a tomar, así de simple. Ahora es un ritual: mate, yerba (armar la montañita de costadito), echar el agua del lado mas bajo de la montañita, esperar. Esperar un poco más. Seguir esperando… es que tiene que hinchar la yerba. Espero un rato más. Ahora sí, pongo la bombilla, y me cebo el primer mate. ¡Al fin! Si hay algo que a los uruguayos no les falta es paciencia.




3. Y dejé de hablar de calentar la pava.
“La pava es la esposa del pavo” me dijeron miles de veces, ya que en Uruguay se usa la caldera para calentar el agua. Al principio cada vez que escuchaba la palabra caldera, me imaginaba tanques inmensos calentando algo y echando vapor.



4. Me enamoré del Carnaval.
En Argentina, el carnaval bonaerense y porteño tiene que ver con murgas de arlequines saltando sin mucha coreografía, al ritmo de algún redoblante. O, como mucho, con el desfile de comparsas con carros alegóricos, que la verdad nunca me llamó la atención.

En cambio, el carnaval uruguayo es una explosión cultural de la herencia española y, sobre todo, africana. Re-descubrí las murgas por llevar un canto protesta de tablado en tablado, entre túnicas voluptuosas adornadas de colores y caras maquilladas. Las murgas hacen un repaso de los eventos nacionales e internacionales del último año, adaptándolos al formato regulado de esta categoría. Sí, es que además compiten. El carnaval uruguayo es una linda fiesta para disfrutar en familia… ya se volvió un clásico del verano para mí.



5. Aprendí a exagerar las distancias.
Para el uruguayo más de cinco cuadras es un montón. Incluso son capaces de tomarse transporte público antes de caminar esas cinco cuadras. Así que ante la duda, cuando me preguntan, siempre digo “¡Uh! Pero ese lugar queda lejos”.


6. Comencé a ser muy consciente del calzado que uso.
Los uruguayos usan “championes” (calzado deportivo). Puedo referirme al calzado de otro uruguayo como championes, eso está bien, ya me acostumbré. Pero en lo que a mí respecta, nada de eso: yo uso zapatillas, bo.



7. Reemplacé el carbón por la leña.
Del otro lado del río, estamos acostumbrados a que nos den todo medio listo a la hora de hacer un asadito… hasta la leña ya nos la venden hecha carbón. En cambio, en Uruguay se hace el asado con leña. Se juntan incluso ramitas caídas en el patio para prender el fuego. Según dicen ellos, queda distinto, más sabroso y ahumado. La verdad es que no me doy cuenta, pero si les gusta con leña, compro leña para el domingo y listo, supongo que es una forma de separar este ritual, tan parecido entre los rioplatenses.


8. Soy una cholula del Pepe.
Cuando viajo y cuento que soy una argentina que vive en Montevideo, la primera pregunta que recibo es sobre José “el Pepe” Mujica (lo cual es bueno, porque si me preguntaran por Cristina no sabría qué responder). El ex-presidente uruguayo genera mucha curiosidad por las conferencias que dio en la ONU y por su forma austera de vivir. ¿De verdad es pobre? ¿De verdad tiene un perro con tres patas? ¿De verdad trabaja su chacra y anda en tractor? Al parecer, ahora que vivo en Uruguay lo tengo que saber todo de Pepe Mujica, a donde vaya me van a preguntar por él. Hasta debo saber responder a las preguntas “¿Qué piensan los uruguayos? ¿Lo quieren como Presidente de la Nación?”. Como si pudiese meterme en la mente colectiva charrúa y tomar una opinión formada para satisfacer curiosidades ajenas…



9. Ya no puedo enojarme más a la argentina.
Cambié el uso de algunos adjetivos (des)calificativos: tarado por vejiga, grasa por terraja, pesado por ladilla, tonto por abombado, pollerudo por palomo. Así que cuando realmente alguien me saca de las casillas, es porque ese palomo terraja es un vejiga abombado, ¡un ladilla total!


10. Ahora llego 15 minutos tarde y no hay problema.
La impuntualidad es una característica de los uruguayos. Y si digo quince minutos tarde es porque estoy siendo optimista. En general, en las reuniones de amigos, es normal llegar una hora después de la pactada.

Me molesta un poco eso de llegar a un lugar y esperar al menos media hora hasta que alguien más llegue. Me costó mucho aceptar la costumbre. Ahora calculo el tiempo aproximado para no tener que esperar tanto: “Nos vemos a las 12.30” es el equivalente a “Con suerte llego a la una”.


11. Conduzco respetando las señales de PARE.
Lamentablemente los argentinos no respetamos algunas señalizaciones de tránsito como deberíamos. En Uruguay, la señal de PARE es respetada a rajatabla y los conductores frenamos en las esquinas dando prioridad a la calle transversal. Al principio, manejaba con tanto miedo de pasarlas por alto que terminaba toda contracturada.



12. Y también cruzo la calle con tranquilidad.
Para sobrevivir en Argentina es imprescindible cruzar atento hasta en los semáforos que TE DAN el paso. En Uruguay, donde hay cebras peatonales todos los conductores frenan ante la intención de cruzar DEL PEATÓN. Me costó acostumbrarme: al principio bajaba tímida solo un pie a la calle y esperaba que efectivamente frenasen antes de empezar a cruzar. La verdad que todavía les tengo un poco de miedo a los taxistas, que parecen regirse por leyes de tránsito paralelas y manejan jugando carreras.



13. En la panadería compro los bizcochos por kilo.
A las “facturas” (masitas de manteca o grasa) para el mate, ahora las llamo “bizcochos”, y las compro por kilo. Atrás quedaron los días donde iba a la panadería a comprar facturas de dulce de leche o crema pastelera por docena. En Uruguay, como en muchas partes del mundo, no existen las “facturas” como un snack dulce para el te o el mate… lamentablemente, las únicas facturas son las que documentan las compras.



14. Me amoldé a los tiempos y distancias uruguayos.
En Buenos Aires, cada vez que tomaba el transporte público (sobre todo el ómnibus/colectivo), el viaje duraba una hora como mínimo. Lo más probable es que fuera parada todo el trayecto. En esa hora, aprovechaba a leer o dormitar. En cambio, desde que vivo en Montevideo los tiempos son mucho más cortos. Más de una vez me pasó de subirme al ómnibus, sentarme, sacar el libro y ponerme a leer, y al levantar la vista estar en el medio de la nada, fuera de la ciudad.



15. Veo famosos todo el tiempo.
A diferencia de Argentina, donde los famosos locales e internacionales se esconden de sus eufóricos fans, en Uruguay me los encuentro por todos lados, y no necesariamente porque frecuente lugares fancy. Futbolistas, el presidente mismo, vedettes, actores, cantantes… hasta Keanu Reeves paseó tranquilo por la rambla de Pocitos sin mayores inconvenientes. El uruguayo es humilde y respetuoso.
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