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Los viajes largos en colectivo: el compañero define todo.

Los viajes largos en colectivo: el compañero de asiento define todo.



Viajar en colectivo diez horas o más es toda una experiencia, que en realidad no depende tanto -salvo quedadas en ruta y roturas de acondicionador de aire- de la calidad del servicio de transporte, como de las características del ente que el azar nos pone en el asiento de al lado.

Veamos los casos:

Hormiguero en el orto:



Si uno ocupa el lado de la ventanilla, es prácticamente inofensivo. Pero si te toca el lado del pasillo, con este especimen vas a parir.

Se levanta ocho veces cada cien kilómetros, casi todas para ir al baño, con lo que tenés que retorcerte en el asiento para que el idiota pueda pasar, o levantarte una y otra vez, incluyendo -claro- la cortada de sueño si lográs dormirte.

¿Qué le pasa al pelotudo?¿Se cayó adentro de un tanque lleno de Activia antes de subir al cole?

El que no daña la capa de ozono:



Claro, pero no la daña a costa de no usar desodorante. El hijo de puta empieza el viaje con una baranda nivel amarillo, que pasa a naranja luego de los primeros 400 kilómetros y entra en zona de alerta roja en el interminable tramo final.

El chofer que reparte los sánguches, cuando pasa, te mira con un gesto de infinita piedad.

El que vio "Antes del amanecer":



Sujeto que es padecido por mujeres. El vago vio la pelìcula "Antes del amanecer", donde dos pibes se conocen en un viaje entre dos ciudades europeas y en un parada deciden recorrer juntos el lugar de destino de él. Luego ella seguirá hacia París. Resultado: son los amores de sus vidas.

Bueno, éste intenta por todos los medios repetir la historia, y castiga a la pobre infeliz con el relato de mil anécdotas absolutamente porongosas sobre su vida, que él cree interesantes, en un inacabable intento por impresionarla y mostrarle lo maravilloso que es él.

Al llegar, le pide desesperadamente su número de celu. Ella se lo da, obviamente que cambiando todos los dígitos.

El gasoducto:



Variante tenebrosa del Hormiguero en el Orto. A este algo grave le pasa, o simplemente es un turro de mierda.

Al principio, vos no lo podés creer, y pensás que la fetidez que percibe tu nariz viene del baño, o de algún matadero de vacas junto a la ruta.

Pero la reiteración del episodio te hace confirmar que es lo que temías: el de al lado se está rajando una clase de pedos que están prohibidos hasta por la Convención de Ginebra.

De yapa todos los de alrededor creen que sos vos, y la bola va corriendo, hasta que alguien desde el fondo, asignándote como nombre el color de tu chomba, grita desde el anonimato: "¡Che, Azul, cerrá el culo quenostamomuriendo, conchadetumadre!".

El que de pibe quería que le regalen un asiento reclinable:



O por lo menos eso cree uno, porque el pajero que va delante no deja de inclinar y luego volver a enderezar su asiento. En cada ciclo obviamente te revienta las rodillas, porque lo hace a lo bestia.

Aunque con la acción terminás de hacértelas mierda, lo que vos hacés en venganza es asumir la heroica actitud de clavarlas en el respaldo de él para que no pueda reclinar más la butaca y no le quede otra que dejarla en la posición vertical.

Generalmente, el forro lo advierte, y de allí en más lanza ataques sorpresivos, gatillando el reclinador con una velocidad de cowboy, pero el estar alerta te permite frustrar cada intento y lentamente ver cómo la bestia se va domando y rindiendo a la superioridad del ser humano. Eso sí, vos pagás el precio de quedar semi lisiado de por vida.

Los conversadores:



Dupla que va detrás o delante, y que habla las doce horas de viaje, en un tono tal que no podés dejar de escuchar absolutamente todo.

Siempre en estos casos -pero siempre, eh- la conversación es absolutamente pedorra.

Llegás a destino sabiendo perfectamente cuánto medía el pedazo de intestino que le sacaron al tío Tito, cómo fue toda la operación, y de qué tamaño y forma le salen ahora los soretes como resultado de la cirugía.



Y habría más para contar, pero lo dejamos para ustedes, sin olvidar, por supuesto, el suplicio que implica el gusto de las empresas de colectivos para elegir la pelìcula que van a pasar en el viaje. Después de verlas, Duro de Matar IV te parece una de Bergman.

Y pa' colmo, luego de sobrevivir a la proyección de la última de Steven Seagal, el de al lado te dice: "¡Qué peliculón, eh!"



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