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Norte Argentino, de Salta a la Quiaca.

Les dejo un nuevo relato de www.te-fuiste.com.ar, tres amigos viajando por sudámerica. Esta vez una de sus primeras crónicas por el norte argentino.

Luego de días de acomodarnos en Salta volvemos a las rutas montaña arriba. Siguiendo las recomendaciones de los lugareños, paramos a comprar coca y con media boca llena de hojas seguimos viaje.
Vamos rumbo a San Antonio de los Cobres, pueblo que es conocido por ser la ultima estación del tren de las nubes. Es un camino de ripio que se dibuja en un valle. La ruta, las viás del tren que la acompañan y el río conforman un pintoresco enrredo del cual las montañas son testigos ininmutables. Y en esta oportunidad nosotros también.
Alejandonos del río, el valle va quedando atrás y la maguita tiene que afrontar cuestas complicadas. Cuando el camino sube, la adrenalina también y solo el sonido del motor se percibe dentro de la camioneta.
Días atras compartimos mates con un muchacho que trabajaba como auxilio mecánico del Automovil Club en Cafayate. Nos contó de momentos adversos arriba del camión y de diferentes rescates en rutas complicadas de la cordillera. En lo único que él pensaba en estos momentos dificiles es: "Vamos a llegar, vamos a llegar, vamos a llegar". Esta buena costumbre, personalmente, ya la he puesto en práctica en algunos caminos complicados que hemos atravesado.
El camino de ripio, se transforma de asfalto y luego vuelve a ser de ripio. El serrucho o "calamina" en el camino es una tortura para la maguita y nos obliga a viajar muy lento.
Luego de un rato de piedras llegamos a San Antonio de los Cobres, un cielo celeste nos recibe sobre un pueblo que muestra una tranquilidad digna de los pueblos del norte. El dolor de cabeza y el malestar general nos hace sentir los más de 3800 mts de altura en que nos encontramos. Paramos en la plaza, que de verde tiene poco, donde se puede apreciar una vieja iglesia, que parece estar ofreciendo misa en su interior. Unos chicos a los que les ofrecemos galletitas dulces nos cuentan que acá también los maestros estan de paro.
Ya el sol está cayendo detrás de una montaña que en piedras tiene inscripto el nombre del pueblo. Dormimos frente a la oficina de turismo, el malestar general continúa, por lo cual nos dormimos muy temprano.
El próximo día amanece tan claro como el anterior. La noche fue fría y algunos de los arroyos que bordean los caminos se pueden ver congelados. Vamos camino a "la polvorila", el atractivo principal que nos trajo hasta San Antonio de los Cobres. Se trata de un viaducto que se encuentra a 18 km del pueblo, de más de 60 metros de altura que es utilizado por el tren de las nubes para pasar de una montaña a otra. Esta vez la suerte nos acompaña ya que es sábado y es el único dia de la semana que el tren funciona. Actualmente solo con fines turisticos y mayormente esos turistas son extranjeros ya que su precio es muy elevado.
Llegamos temprano a los pies del viaducto, después de acomodar el interior de la maguita nos disponemos a esperar el paso del tren. Nos acomodamos dos de nosotros sobre el nivel del puente y otros dos abajo para no perdernos ninguna foto. A medida que se acerca la hora de la llegada del tren van llegando diferentes lugareños de parajes cercanos a vender sus artesanías. Puntualmente a la hora indicada el tren aparece detrás de una montaña. Una imagen dificil de transmitir solamente en palabras, que tratamos de retratar en fotos de la mejor manera.
Luego del paso del tren, volvemos a la ruta. Esta vez vamos camino a las Salinas Grandes, esperamos hacer 80 km de ripio antes que se haga de noche, sacar unas fotos en las salinas y llegar a Purmamarca con la caída del sol, pero esta vez los planes no podrán ser cumplidos con exactitud aunque la verdad que mucho problema no nos hacemos.
El estado de la ex ruta 40 que nos lleva de San Antonio de los Cobres hacia las Salinas es pésimo y tardamos casi 5 horas en hacer 80 km. El sol se vuelve a perder detrás de una montaña que hace de fondo a las salinas que por el momento se ven chicas y lejanas. Dos o tres autos que nos cruzamos, algunos burros y otras llamas, solo nos acompañan en esas 5 hs. Envueltos en la noche llegamos a las salinas, detenemos la maguita a orillas de la ruta 52 que lleva a camiones de diferentes patentes a la frontera con chile. Improvisamos un fuego y una polenta de escasa consistencia y gusto y volvemos al interior de la camioneta a dormir.
Al otro día amanecemos sobre el horizonte blanco, nos preguntamos cuanta gente habrá pasado la noche en ese lugar casi desierto. Luego de una gran cantidad de fotos seguimos camino rumbo a Purmamarca. Transitar de nuevo en asfalto es un gran placer.
Llegamos a Purmamarca, tras atravesar la cuesta de Lipán, al medidodía. El fin de semana se hace notar en un pueblo lleno de turistas donde se puede observar el cerro de los 7 colores haciendo de fondo. Después de un par de días de comer mal, nos sentamos en un comedor regional para llenarnos el estomago. Volvimos a bajar a unos 2400 metros sobre el nivel del mar y todos ya nos sentimos mejor. Recorremos cada puestito de la plaza principal, todos venden artículos autóctonos similares pero cada uno merece su exploración. Entrada la media tarde salimos para Tilcara. Son solo 20 km dentro de la quebrada, de una ruta de subidas y bajadas en perfectas condiciones. Tilcara es ese pueblo de la quebrada que no se puede dejar de visitar, transitando por la calles de baldosas hexagonales, entramos hasta la plaza principal del pueblo que también cuenta con una gran feria. Después de consultar en turismo decidimos hacer la caminata hacia "La garganta del Diablo". Una hora de caminata nos lleva llegar hasta el pie de una cascada de 10 metros de altura en el centro de la montaña. La travesía nos cansó mas de lo que pensabamos. Otra hora de caminata de vuelta y estamos en el pueblo en busca de una ducha de agua caliente. Por 10 pesos conseguimos bañarnos en un camping y renovamos energías. De nuevo la noche cae fría y clara. Nos sentamos en un restaurante en el que un jujeño brinda un ameno show musical. Logramos volver a comer a gusto y volvemos a dormir en la maguita que quedo estacionada frente a la plaza principal. La noche no supera los 5 grados, por lo cual nos abrigamos lo mas posible con todo lo que tenemos en nuestras cajuelas antes de dormir. La mañana siguiente llega tan fría como la noche que se fue, pero a medida que el sol va tomando posición el calor se hace notar. Tomamos mate en la plaza mientras llegan los primeros puesteros a armar la feria. Luego de conectarnos con nuestros familiares, seguimos camino hacia Humahuaca, a solo 40 km por la ruta 9. Con la aprobación de la gendarmería que nos detiene antes del ingreso a Humahuaca entramos al pueblo. Humahuaca es otro pintoresco pueblo de la quebrada, parecido a los 2 que visitamos anteriormente. Identificado por su monumento a la independencia situado en el centro, no posee una feria concentrada como Tilcara y Purmamarca, sino que cada callecita angosta tiene diferentes puestitos de artesanías. Las casas de adobe y el polvo son los principales actores del pueblo, junto a los lugareños que se ofrecen serviciales ante cualquier pedido que realizamos. La tranquilidad es perturbada por los diferentes micros repletos de turistas que irrumpen las calles angostas que claramente no fueron diseñadas para su paso.
Compramos empanadas para el viaje, y seguimos camino rumbo a Iruya. Luego de 20 km de asfalto por la 9 salimos por el desvío que nos dirige hacia este pueblo de montaña del que tenemos buenas referencias. El estado del ripio por el cual nos dirigimos nos hace dudar si seguir camino o retomar para resguardar la integridad de la maguita. Tomamos la decisión de seguir ya que todos hablan muy bien del pueblo. El camino mejora levemente, vuelve a tomar altura hasta los 4000 metros y luego comienza un descenso de pendiente pronunciada en que la maguita baja en primera o en segunda. Seguimos bajando en un camino en forma de caracol que desaparece detrás de las curvas y vuelve a aparecer. La tensión vuelve a subir dentro de la camioneta ya que el camino es de cornisa, de una sola mano y a esto hay que sumarle el colectivo de linea que realiza su recorrido habitual entre Humahuaca e Iruya. Bajamos pensando en lo que nos va a costar volver por el mismo camino hacia la Quiaca al día siguiente. El camino vale el riesgo, los paisajes que se pueden apreciar en esta ruta no son fáciles de encontrar.Cuando pensamos que estamos ya cerca de nuestro destino, sufrimos un piquete. Un nene de no más de 10 años se interpone en el medio de la ruta haciendonos señas. Luego de detener la camioneta nos pide alguna galletita dulce. Llegan dos nenas más chicas que se paran atrás de su hermano mayor, una de ellas con un pequeño gato en brazos. Les preguntamos sus nombres, les convidamos un alfajor a cada uno y seguimos viaje.
Llegamos a Iruya a las 4 de la tarde encantados con todo lo que nos rodea. El pueblo se encuentra sobre la ladera de una montaña, a orillas de un río que en esta época del año esta casi seco. Las calles son empinadas y se puede ver una multitud de chicos con sus guardapolvos blancos que salen de las escuela. En la entrada del pueblo los docentes reclaman con carteles en una protesta que probablemente no llegará a ningún diario de la capital.
La maguita da la vuelta a la plaza principal que cuenta con una canchita de fútbol, algún sube y baja y un tobogán que llama poderosamente la atención debido a su altura. Apenas nos detenemos se nos acercan chicos con una pelota que se asombran al notar que la camioneta tiene 4 camas y que vivimos adentro de ella. Luego de un par de preguntas jugamos un partido de futbol muy distentido. Ellos corren con toda normalidad, a nosotros cada pique nos deja completamente agitados debido a los 2700 metros de altura en que se encuentra el pueblo. El partido termina y salimos a caminar calles empolvadas de grandes pendientes. Es temprano pero una montaña tapa el sol, por lo cual la tarde refresca. El pueblo es chico y no tiene demasiadas atracciones. Simplemente el lugar en que se encuentra lo hace único y de visita obligatoria. Nos alegramos al notar que no hay demasiados turistas en esta época del año. Cenamos en un comedor en el cual somos los únicos comensales que solo cuenta con 2 o 3 mesas y volvemos a dormir. La maguita vuelve a pasar la noche enfrente de la plaza principal del pueblo.
Al otro día amanecemos temprano, consultamos en información turística y nos recomendaron una caminata a un pueblo llamado San Isidro al que solo se puede llegar de forma peatonal o a lomo de mula después de andar dos horas y media. Llenamos las mochilas con las provisiones necesarias y salimos rumbo a ese pueblo. El camino bordea el río que baja al lado de Iruya hasta que encara por otra quebrada montaña arriba. Cruzamos el río caudaloso de un lado para el otro muchas veces, solo nos cruzamos con algunos turistas que estan realizando la misma travesía y algún que otro lugareño. Pasado el mediodía llegamos a San Isidro, el pueblo se encuentra a 2900 metros sobre el nivel del mar y solo es habitado por 70 familias. Almorzamos en el comedor de una casa de familia que se abre solamente para nosotros cuatro. Con la panza llena, volvemos hacia Iruya en una caminata que nos lleva 2 hs nuevamente. Ya de nuevo en el pueblo, transpirados y cansados bañarnos se vuelve una necesidad imperiosa, por lo cual salimos a recorrer el pequeño Iruya preguntando en todos los lugares que ofrecen alojamiento por el alquiler solo de una ducha con agua caliente. Conseguimos después de mucho buscar una señora que se apiada de nosotros y nos ofrece el baño de su hostel por solo 15 pesos cada uno. Dos nenas que nos miran timidamente juegan en el patio, en el que una parra hace de techo. Después de bañarnos, cargar los termos con agua caliente y robarnos un par de uvas de la parra, volvemos a la maguita para tomar unos mates. Decidimos sacar a la camioneta del pueblo antes de que se vaya el sol asi a la mañana nos podemos ir temprano. Estacionamos entre la ruta y el río a la salida del pueblo y comemos arroz con pollo que es cocinado por Rodro y Lucho. El hambre después de la larga caminata es mucha, asi que vaciamos nuestros platos rapidamente apagamos las luces y volvemos a dormir.
La mañana llega un poco más fresca que la anterior, luego de desarmar las camas volvemos a la ruta. Esta vez tenemos que subir lo que bajamos dos días antes, sobre un camino de ripio empinado. La maguita hace fuerza en primera y deja atras todas las cuestas lentamente. Un auto de patente europea y dos o tres autos de lugareños es lo único que nos cruzamos en todo el trayecto. Pasando la cota de 4000 metros que alcanza la ruta, volvemos a bajar. Del paisaje que vimos en Iruya solo queda el polvo. De este lado de la montaña no se ve el agua, ni el verde ni los campos sembrados, solo un grupo numeroso de ovejas que son controladas por un perro que no deja que ninguna se le escape. Son algunos km mas de ripio en no muy buen estado hasta que llevamos al asfalto de la ruta 9 que nos lleva hasta la frontera con Bolivia


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