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Un cuento de fútbol, desde Montañita, Ecuador.

Otro relato de www.te-fuiste.com.ar Un cuento de fútbol desarrollado en montañita, Ecuador. Para más relatos pueden ingresar a la página!

Cae el sol sobre el mar y la marea baja permite que el futbol se dé cita en la playa de la ciudad de montañita. Los límites de la cancha son: de un lado el mar y de otro lado la costanera. Arcos chicos de madera completan el rectángulo donde se desarrollará el encuentro. En el estadio no entran las 78.838 personas que entran en el Maracaná de Rio de Janeiro ni tampoco las casi 72.000 que entran en el Morumbi en San Pablo, solo los jugadores y alguna que otra persona que mira el partido desde las escalinatas de la costanera, pero el partido que se va a disputar no tiene nada que envidiarle a ninguno del mundial que se está jugando en Brasil. Parece que algunas gaviotas detienen su vuelo y se acercan a la orilla a mirar el partido. Se nota que el evento es importante.
Ya está todo listo para el inicio del partido. Los equipos se arman fácilmente, todos se conocen y saben quien quiere jugar con quien y con quien no . También en la convocatoría hay nuevos jugadores, un alemán de buen tamaño para un equipo y un argentino para el otro. Cuando la pelota empieza a girar, las diferencias de nacionalidad quedan fuera de los límites del campo de juego. Esa magia del deporte en general, que no entiende de nacionalidades ni de clases sociales, ni de nada. Si el pobre, el del tercer mundo, el marginado, le tirá un caño al rico, nada más va a importar. El rico será el humillado esta vez, todas las gastadas irán hacia él y por lo menos hasta que termine el partido, el pobre será el victorioso.
Cuando el partido comienza la desconfianza hacia los nuevos y desconocidos jugadores se hace notar. Los compañeros de sus equipo parecen no confiar en sus dotes futbolísticos y la pelota no llega mucho a sus pies. Ambos saben que lo único que puede romper esa desconfianza es un destello de talento si es que lo tienen: parar una pelota de pecho y cambiarla de frente sin que toque el piso, poner la pelota bajo la suela y tirarle un caño a un rival o barrerse recuperar la pelota limpiamente y entregarsela a un compañero.
En la cancha tenemos tenemos jugadores de todos los estilos: un nueve excedido de peso que parece que está en la cancha solo para escapar a su esposa, dos zurdo que muestran dotes de habilidad propias de un zurdo aunque no llegan a ningún final productivo, otro nueve alto y flaco con pocas luces, etc.. No son necesarias las camisetas, ni los nombres propios para reconocer a compañeros y rivales, cada uno tiene su apodo identificatorio. En la marrón arena del estadio hay lugar para todos los jugadores mundialistas. A un habilidoso le dicen "CR7", a un flaquito escurridizo "Di María", también esta Robben y Van Persie. Al argentino, que nunca le preguntaron el nombre, le corresponde el nombre de "Xavi Alonso" y al alemán que corrió la misma suerte le correspondió el nombre de "Miroslav Klose". La pelota sigue girando y los jugadores se van soltando. Los límites de la cancha también interfieren en el juego. Por un lado el mar: en él no se puede confiar, nunca va a dar la pelota, será cuestión de batallar, de gastar energía tratando de sacar la pelota de la zona conflicto apremiados por el rival que siempre parece estar más dispuesto a mojarse. Del otro lado, del lado de la costanera hay dos partes diferentes: por un lado la "vendida" pared, que pesar de ser traidora ya todos la conocen, muestra sus cartas apenas iniciado el juego, jugará para el jugador que la requiera en el momento dado devolviendo la pelota rapidamente, sin demorarse, dejando desairado al rival que no contaba con este jugador inesperado. No tiene escrúpulos y si es necesario jugará una vez para cada equipo. La última zona son las piedras. Ellas si no son de fiar, son mas desleales que la pared aún. Al rival parecen devolverle la pelota "redondida" al pie sin embargo cuando uno las requiere le devuelven la pelota 5 metros atrás o directamente se la dejan servidita al contrario. Ni hablar de "pifiar" y confundir pelota con piedra, eso ya es un problema aparte. A pesar de todos los inconvenientes, de que el sol ya no se asoma sobre el mar como en los primeros minutos, la pelota sigue girando, siendo solamente iluminada por las luces amarrillentas de la costanera.
Si me preguntan por el arbitro sinceramente parece no haber venido. Hubo dos faltas claras, una por cada bando, que no fueron pitadas. Incluso una pareció para amonestación y solo fue solucionado con carcajadas, agarrones, empujadas y chistes. A pesar de que es fútbol y que a nadie le gusta perder, el partido se da en un clima distendido.
Por suerte llegan los primeros goles, uno para cada bando. Cuando la gente ya empezaba aburrirse, unos de los zurdos habilidosos encontro el hueco en una defensa que pareció dormida y puso el 1-0. Ráoidamente llego el empate: el nueve del otro equipo, el gordito por el que nadie daba un mango, se iluminó: amagó a darle de primera, dejó pasar al flaco "Di María" y definió con completa tranquilidad.
El campo de juego no está en las condiciones adecuadas y el desgaste físico se hace notar. "¿Hace cúanto estamos jugando? ¿Un día, una semana o un año?"- piensa "Xavi". El cansancio provoca que algunos jugadores cambien de posición: El 9 excedido de peso parece haberse consagrado con su gol y ahora esta parado al lado de su arco y revienta todo lo que le pase cerca, hasta creo que falta uno de los flaquitos que pintaba para crack pero en el partido casi no apareció. Aunque la mayoría de los jugadores ya no tienen piernas ni ganas aparece una lluvia de goles, muchos de cada lado. El resultado es verdaderamente incierto y como arbitro brilla por su ausencia y el marcador electrónico no funciona, ninguno de los jugadores puede afirmar cual es el resultado parcial y parece que nadie sabe cómo ni cúando concluirá el partido. Por suerte del fondo de la cancha, probablemente del ex número nueve ahora numero dos, se escucha el famoso y salvador: "gol gana!".
El último gol llega algunos minutos después y es festejado por todos. Parece que ambos equipos ya querián irse a casa, el hambre que trae la hora de la cena a veces es más fuerte que la pasión del fútbol. Los arcos se desarman rápidamente, por hoy se término el deporte. Mañana quizá, si la marea lo permite, habrá una nueva fecha de este apasionante mundial.
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