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Diez apuntes sobre "Relatos salvajes", la película.



Por Maximiliano Tomas. Para LA NACION.



Once años después de la intrigante y sutil El fondo del mar, y nueve más tarde de la muy divertida Tiempo de valientes, Damián Szifrón, el responsable de éxitos televisivos como Los simuladores y Hermanos y detectives, vuelve a estrenar una película. Se llama Relatos salvajes, tiene un elenco tan sólido como numeroso, fue estrenada en el festival de Cannes y detrás de ella se ubican tanto la fuerza publicitaria de Telefe y la venia de Pedro Almodóvar como el capital, no tan simbólico, de varios productores asociados. Desde hace un tiempo se asegura, en artículos de prensa y promociones, que se trata de la película argentina más esperada del año. Nadie sabe exactamente qué significa eso, pero probablemente lo sea. Se estrena dentro de dos semanas.

¿Es Relatos salvajes una película, en el sentido convencional del término? Lo que se ve, desde que el personaje del primer episodio llega a un aeropuerto, son seis cortometrajes, uno detrás del otro e independientes entre sí, a veces separados por un fundido a negro y otras no. Al parecer, Szifrón declaró que originalmente fueron pensados como capítulos de una serie de televisión. Tal vez por eso no exista una relación concreta entre ellos ni tampoco voluntad de unidad o integración. Sus tramas no se tocan, no hay tráfico de personajes de uno a otro. Los dos primeros narran venganzas personales. El tercero es una suerte de slapstick ultraviolento y mortal: el Gordo y el Flaco en clave La naranja mecánica. Después aparece Darín luchando contra la burocracia municipal y la corrupción del sistema. Y, en el siguiente, Oscar Martínez corrompiendo al mismo sistema desde adentro. Al final, en el que quizá sea el mejor de todos los episodios (el único con estructura y ritmo de largometraje), se muestra el devenir de una boda en la que todo sale mal. En literatura hablaríamos de Relatos salvajes como una antología de cuentos. No sé si hay una palabra parecida aplicable al cine.


Relatos salvajes va a ser un éxito. Casi nadie duda de ello. Szifrón es un buen director, con ideas efectivas y una gran sensibilidad para saciar el gusto popular sin, por eso mismo, verse en la obligación de rebajar la calidad de sus productos: una suerte de Campanella joven y refinado. El casting parece diseñado para batir récords: Darín, Martínez, Leonardo Sbaraglia, Rita Cortese, Erica Rivas, Darío Grandinetti, Nancy Dupláa y Julieta Zylberberg, entre muchos otros. Y las historias que se narran en cada uno de los capítulos podrían haber sido el resultado de un focus group sobre las situaciones que sacan de quicio a los argentinos: la vulnerabilidad del ciudadano frente al poder estatal, la desigualdad en que a veces incurre la justicia cuando debe juzgar a miembros de diferentes clases sociales. No hay forma de que los espectadores permanezcan ajenos a las cuestiones que se plantean en la pantalla: es evidente que el guión busca tender un lazo de empatía e identificación con el espectador. Lo dejó en claro el propio Szifrón, en una entrevista publicada el fin de semana pasado: "Yo siempre escribo con el espectador en la cabeza". Lo dicho: Relatos salvajes será, muy probablemente, un éxito de público.

Entonces: Relatos salvajes vendría a ser algo así como una antología de cuentos. Pero toda antología propone un recorte, se articula alrededor de un núcleo organizativo. ¿Es esta una antología temática? Es lo que parecen proponer los autores de la película. ¿Y cuál sería el tema? Se supone que la violencia inherente al ser humano y a la sociedad. La bajada del título, en la que resuena aquel Día de furia de Michael Douglas, refuerza la idea: "Todos podemos perder el control". ¿Pero qué relación hay entre la violencia ejercida por un enajenado mental (episodio uno), la violencia entendida como venganza frente a un ultraje (episodio dos), la violencia derivada de una riña callejera (episodio tres), la violencia ciudadana que responde a la violencia aplastante del Estado (episodio cuatro), la violencia intrínseca de un homicidio culposo (episodio cinco) y la violencia física derivada de un engaño (episodio seis)? La película no responde esta pregunta. La falta de coherencia entre los episodios impide ver a Relatos salvajes como una reflexión. Se trata apenas de una ilustración. ¿Pero de qué?

Es falso que no exista un elemento que atraviese los seis capítulos, más allá de la violencia. El bordado que une todos los episodios de la película es, claramente, un tono: el humor. Relatos salvajes es una comedia. Una buena comedia. O, para ser más precisos, varios tipos de comedia al mismo tiempo. En ese sentido es una película que cumple lo que promete. A pesar de que las cosas que suceden no siempre son divertidas (la muerte violenta está demasiado presente en cuatro de los seis capítulos), las dos horas del film se consumen rápido, y lo más probable es que la música de fondo de las salas de cine vaya a estar compuesta por risas y carcajadas. Pero en la fortaleza siempre hay debilidad: no todas las actuaciones de Relatos salvajes son buenas, y hay momentos en que el guión flaquea. Sobre todo durante los tres primeros capítulos. En realidad, el problema de la primera mitad de la película es que las historias del comienzo son poco menos que meras ocurrencias: buenas ideas, pero no más complejas que una broma. Y a veces las bromas son solo eso, se cierran sobre sí mismas, y no contienen la potencia para convertirse en relato.


Después está el factor sorpresa: su ausencia. Relatos salvajes puede divertir, puede entretener, pero rara vez sorprenderá (salvo, claro, a un espectador muy joven o no acostumbrado a ver cine con cierta frecuencia). Y si no sorprende es porque el esquema narrativo utilizado en los seis episodios es muy similar: se instala a uno o a varios personajes frente a una situación cotidiana que será fracturada por la irrupción de un elemento inesperado. Así, una y otra vez. Y una vez más. Lo que hace entonces Szifrón es imaginar para sus personajes un único destino posible: frente a cada desafío, se empujarán sus reacciones y sus límites al extremo. Pero el realismo, aún el más delirante, tiene sus bordes. Entonces la película se vuelve previsible, y el espectador entrenado intuye cómo se resolverá cada escena, cuál será el final de cada capítulo. "El cine es el arte más transformador que existe y en mi vida así lo fue. Entrás al cine siendo una persona y salís modificado. Yo puedo ser amante de un libro o una pintura, pero con el cine estoy casado y firmo esa relación hasta que la muerte nos separe", confesó Szifrón en la misma entrevista. Lo que no queda del todo claro es cuál es el poder transformador de Relatos salvajes.

¿Hace falta mencionar que hay actuaciones sobresalientes (Darín y Erica Rivas, por poner dos ejemplos), que la fotografía y el manejo de las cámaras evidencia una destreza pocas veces vista en el cine argentino, que incluso hay un uso de la tecnología y de las posibilidades digitales capaces de llamar la atención de un espectador acostumbrado a los efectos especiales? Bueno, efectivamente hay todo eso. Y también referencias y homenajes a otros directores (Spielberg, Wilder, Tarantino) y guiños al espectador cinéfilo. Y algo más interesante: la voluntad de filmar la ciudad de Buenos Aires por fuera de sus tópicos, e incluso de reflejar fielmente el habla de los porteños. No se borran ni disimulan acentos ni jergas pensando en un mercado global, o en un espectador europeo o estadounidense. Todo lo que no alcanza para convertir a Relatos salvajes en una gran película, y quizá ni siquiera en una muy buena. Lo que es seguro es que no será la mejor de la prometedora obra de Szifrón, que recién comienza.

También hay remates que subrayan demasiado lo que quieren decir y algunos gags que buscan la reacción y el efecto inmediato del espectador, y que pueden acercan peligrosamente a Relatos salvajes al costumbrismo de un Guillermo Francella o un Adrián Suar. Pero, a decir verdad, son los menos. El tono es decididamente otro. Suar no podría filmar como Szifrón ni aunque reencarnara dos o tres veces. Y Darín y Sbaraglia ni siquiera comparten la misma galaxia con Francella.


Hay dos clases de películas. Las que crecen desde el momento en que uno deja la sala, y con el correr de las horas y los días se complejizan y cobran nuevos sentidos. Uno las piensa en la ducha y antes de dormirse, necesita hablar sobre ellas, recomendarlas, volver a verlas. Y están las otras: las que se difuminan, se vuelven borrosas, las que nos abandonan más rápido o más despacio pero de manera inexorable. En algunos días o semanas no queda rastro de ellas, y si alguien no las menciona en una conversación al pasar ya no volvemos a pensar en ellas. Relatos salvajes no parece hecha para que su destino sea el de integrar el primer grupo.

Relatos salvajes no es una película renovadora pero cumple perfectamente con una de las funciones, y no la menos digna, del cine: entretener, generar conversaciones de sobremesa, asegurar un pasatiempo agradable. La última película argentina que manifestó un grado de ambición casi delirante y que evidenció una apuesta que hasta ahora no fue superada no tenía en cuenta ninguno de estos aspectos y es homenajeada por Relatos salvajes desde su título, no sabemos si de manera consciente. También era episódica, pero sus capítulos se acumulaban como capas para conformar una trama total, y estaban amalgamados por una voz en off que recorría las cuatro horas de su duración. Fue venerada, fue detestada. Se llama Historias extraordinarias, la dirigió Mariano Llinás, duraba cuatro horas y se estrenó hace ya seis años, en octubre de 2008.
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