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Jenny no le rompio el corazon a Forrest Gump y te lo muestro



En el cine hay personajes que nos son indiferentes, otros están hechos para ser odiados; hay personajes que amamos odiar, algunos están hechos para que los amemos pero terminamos odiándolos. Hay personajes de los que nos enamoramos inmediatamente, hay otros que con el tiempo construyen su nicho en el templo de nuestros afectos. El catálogo es amplio, y cada uno de estos arquetipos son piezas fundamentales en la narrativa del cine.

Típicamente, Hollywood construye historias que dejan poco espacio para la ambigüedad en cuanto al carácter y la moral de los personajes; los malos son malos y los buenos son buenos, y todo está acomodado para que el público se identifique o no según el punto en que se encuentren en este espectro de valores. Sin embargo, a veces aparecen personajes que, intencionalmente, generan por igual manifestaciones de amor en algunos y odio en otros. Los argumentos van desde lo visceral hasta lo agudamente analítico, pero todas pasan siempre por el filtro de la identificación entre espectador y personaje. En el cine contemporáneo apareció un personaje femenino que desató el maltrato inmediato del público: Jenny Curran, el gran amor de Forrest Gump.



“Forrest Gump” (Robert Zemeckis, 1994) es un gran clásico del cine norteamericano contemporáneo, la película está hecha para que amemos al protagonista. Forrest se gana nuestros corazones por su inocencia, el afecto incondicional hacia su madre y el sufrimiento que debe sobrellevar desde su niñez al ser víctima de la burla y el acoso constante. El afecto que sentimos se ve potenciado cuando lo vemos interactuar con el resto de los personajes: Jenny, Bubba, el teniente Dan. Identificamos en él un ideal de pureza infantil del que nos gustaría ser partícipes, con el que quisiéramos enfrentar este mundo hostil y complejo. En Forrest se manifiesta la premisa de la película, la aparente dicotomía entre el destino que nos impone hacer lo que nos toca y el azar que lleva a la pluma a volar por el viento. Forrest parece destinado a hacer lo que hace, a aparecer en el lugar indicado en el momento indicado, a echar a correr cuando la ocasión lo amerita; pero es su carácter el que lo hace parecer la pluma en el viento, no alcanza a comprender la dimensión real de sus acciones y lo que éstas desencadenan. Con todo el afecto concentrado en el adorable Forrest, es lógico reaccionar con disgusto ante las adversidades que enfrenta. Aquí es donde Jenny Curran comienza a ser malinterpretada.



Forrest conoce a Jenny en el autobús escolar. Ella es la única que comparte el asiento con él, y a partir de ahí el flechazo en instantáneo. Forrest desarrolla una lealtad indestructible hacia Jenny, siente una inmensa necesidad de protegerla ante cualquier cosa. Esta necesidad se manifiesta en todas las oportunidades en las que ambos se encuentran a lo largo del tiempo, muchas veces producto de la inocencia de Forrest al malinterpretar alguna situación —como la escena en la que ella está con su novio en el auto, fuera del dormitorio universitario—; otras son genuinas reacciones de defensa contra alguna agresión hacia ella —como ocurre con el activista en la reunión de las Panteras Negras. Pero algo que quizá no es tan evidente es que desde un primer momento Jenny Curran también desarrolla un gran apego hacia Forrest. Si bien ella no tiene los mismos problemas que él, ambos son una suerte de parias que hallan en el otro el único refugio en un mundo que constantemente los hiere y los margina, este es un elemento clave para entender a Jenny.



Al conocer todos los hechos a través de la ingenua visión de Forrest, no se dice abiertamente lo que es evidente a través de la narración visual: en su niñez, Jenny fue víctima de abuso sexual por parte de su padre alcohólico. Esto la marcará de por vida y será, en gran medida, el hecho que determinará la forma en la que se relaciona con su entorno. Obviar este detalle la despoja de toda su profundidad. Jenny no es un personaje de relleno, plano; sufre, actúa y toma decisiones equivocadas o no en consecuencia de ese sufrimiento, y culmina entendiendo la naturaleza de su experiencia, con lo cual se redime. La muerte es inevitable, pero antes de que ocurra, Jenny se reconcilia consigo misma. La Jenny que se encuentra con Forrest fuera del dormitorio universitario no es la misma Jenny que se casa con él. Hay en ella un arco evolutivo que ni siquiera se da en el personaje principal: ella se equivoca innumerables veces, sí, pero al final materializa el aprendizaje cuando entiende que debe reunir a su familia —Forrest y su hijo— antes de que sea demasiado tarde.



Muchas interpretaciones han surgido en cuanto al comentario que hace la película sobre el siglo XX estadounidense. Se ha dicho, por ejemplo, que es una película reaccionaria, ya que Jenny —quien representa las corrientes contraculturales— muere en la aparente ruina; mientras que el inocente, bonachón y correcto Forrest logra una notable vida de éxitos al mantenerse en el marco de una moral intachable, e incluso le otorga a Jenny la oportunidad de morir dignamente. Esta lectura, si bien tiene cierto sentido, resulta sesgada ya que pasa por alto lo que ya hemos dicho: la humanidad de Jenny, su desarrollo a través de la historia y el hecho de que su muerte, si bien es una consecuencia de sus decisiones, no la exime de redimirse antes del final.



Jenny Curran no fue hecha para ser odiada, ha sido malinterpretada. ¿Las razones? No se sabe, puede haber una por cada persona que haga esa interpretación, las lecturas son libres. Lo que queda claro es que nuestra Jenny es un personaje profundamente humano, falible, que tiene todo el derecho de rectificarse, de diferenciarse de Forrest —quien aunque es adorable, por momentos raya en lo fantasioso. A él, el personaje inverosímil, no se le juzga; a ella, con sus imperfecciones humanas, sí. Tal vez se trate precisamente de eso: los juicios tienen más que ver con nosotros mismos que con el objeto de nuestro cuestionamiento.








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