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Warcraft Review



La extrañamente tardía adaptación de uno de los videojuegos más famosos de todos los tiempos, que ya había contado con una diversificación incomparable, llega a los cines de la mano de Duncan Jones, en lo que promete ser el discreto primer paso para una saga.

El director británico ha abandonado el género en el que parece sentirse más cómodo, la ciencia ficción, para afrontar este reto con resultados medianos, pese a que en Warcraft no haya hobbits; ba dum tss. Antes de encabezar la recreación de esta historia llena de soldados humanos, brujos y orcos con muy malas pulgas, Jones se había estrenado como realizador de largometrajes con Moon (2009), una sobria intriga lunar bastante decente pero algo sobrevalorada, y continuó con Source Code (2011), un thriller de viajes en el tiempo más energizado, que acaba siendo claramente traidor a su propia premisa con una trampa final imperdonable.



Por suerte para ellos, los más de cien millones de jugadores que se pasean por el universo virtual de Warcraft en la actualidad no deben temer ninguna traición a sus veintidós años de trayectoria, que han dado para convertirlo en un ingrediente más de la cultura popular. Sin embargo, lo que tampoco pueden esperar ni los más fanáticos es que les haga alcanzar el éxtasis durante sus más de dos horas de duración, dado que ellos son espectadores con las mismas necesidades que el resto de nosotros como tales, y Jones no ha conseguido que nos impliquemos lo suficiente en lo que ocurre en pantalla y arrancarnos así ni tan siquiera algo de inquietud.

No obstante, aunque se supone que es Jones quien manda, hay que dejar claro que la responsabilidad de esto no es únicamente suya, y no sólo porque en una adaptación como la presente, tan esperada por los fans del videojuego, las directrices de los productores habrán sido bastante estrictas y poco liberales. Además, en este, su tercer filme, tampoco nos ha ofrecido composiciones con rasgos propios que nos permitan identificarlos como los de un indiscutible autor cinematográfico. Así que, por ahora, nos conformaremos con considerarle un narrador audiovisual más o menos hábil que no se ha lucido mucho en esta película.



No queda más remedio que certificar que Warcraft palidece si la comparamos con otros hitos de la épica fantástica, como la inmensa trilogía de The Lord of the Rings (Peter Jackson, 2001-2003), y no ocurre esto sólo por la falta de virtuosismo en la hechura de Jones, al que le basta entregarnos una narración funcional, sin una pizca de alardes ni de inventiva, ni por su falta de destreza en la dirección y el rodaje de las coreografías de lucha, lentas, vulgares y enfocadas y montadas con poco conocimiento, sino también porque de la banda sonora compuesta por Ramin Djawadi no se recuerda ni un fragmento al abandonar la sala de proyecciones, siendo que las melodías en el cine de aventuras que aspira a exhibir secuencias heroicas son fundamentales para conducir el ánimo del espectador, y que las contemple con enardecimiento y el alma en vilo o sienta la fatalidad; sobre todo si la composición audiovisual no tiene la fuerza justa para mantenerse por sí sola, como es el caso.

No hay posibilidad alguna, eso sí, de decir un solo pío acerca de la producción, que es todo lo vistosa que merece un filme de estas características, y los efectos visuales en conjunto cumplen muy bien con su cometido, por lo que, en ese aspecto, el mundo de Warcraft se nos antoja por completo logrado, creíble y satisfactorio para cualquiera, incluidos los jugadores que lo aman.

Pero algo distinto hay que apuntar del reparto de la película, que no sabemos si está mal seleccionado, dirigido de forma deficiente o, en verdad, la manera en que la cámara trata a los actores no les favorece, por lo que todos ellos, incluso los que se esconden bajo las capas digitales, sufren una falta de carisma que añade peso muerto al resultado, hasta los que encarnan a los personajes que debieran sobresalir en fuerza.


link: https://www.youtube.com/watch?v=aRbRq01DeVg

De todos modos, los intérpretes hacen lo que buenamente pueden con sus papeles, cuya profundidad no es demasiada, y sería injusto denigrar el trabajo de Travis Fimmel como Anduin Lothar, ni el de Ben Foster como Medivh o el de Paula Patton como Garona ni el de los demás, pero tampoco habría que colocarles laureles en la sienes respectivas. Y es precisamente la última quien podría resultar el personaje más sugestivo por su ambivalencia, pero Jones y su coguionista yanki, Charles Leavitt, no la aprovechan de veras todo lo que deberían encontrándose más inspirados.

O quizás estén esperando a las continuaciones para explotar estos extremos, cosa propicia dada la situación en que han dejado a algunos de estos seres de ficción, y para que la saga tenga un futuro más interesante. Pero algo debe significar que uno no sienta lo que debería en momentos que se suponen trágicos para los mismos; al menos, que todos los que figuran en la ficha artística del filme se esfuercen más en las próximas peripecias en el reino de Azeroth.

Conclusión



Tendrán que ponerse las pilas para que la siguiente entrega de Warcraft sea mejor y más enérgica en vez de pasable, como esta primera, pese a la lujosa producción y lo reconocible que es el mundo trasvasado desde el videojuego; y no conformarse con un trabajo aseadito y funcional, pues los de esa clase no los recuerda al poco tiempo ni el espectador menos desmemoriado.




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