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Me quedé en un hotel tradicional japonés

Para el 2017 organicé un viaje masivo a Japón. Eramos ocho personas que estaríamos explorando las costumbres japonesas y las diferentes ciudades (principalmente las de la región de Kanto). Calculando que para la mitad del viaje estaríamos un poco tensos de haber compartido 15 días en dos departamentos mínimos, propuse hacer un impasse en la península de Izu, que además de ser famosa por tener las mejores zonas de aguas termales, nos quedaba exactamente a la mitad de nuestro traslado de Tokyo a Osaka.

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Una de las cosas a cumplir en nuestra lista de exploración del lejano Este, era probar el típico onsen (baño de aguas termales). Existen onsen públicos, pero como varios estaban tatuados, optamos por ir a alguno privado (tradicionalmente los miembros de la yakuza están tatuados y es por eso que muchos japoneses reniegan de la idea de las personas mostrando sus tatuajes en zonas públicas).

Pero ¿valía la pena ir a un onsen para estar unas horas y volver? Claramente no. Y es así como nos decidimos por quedarnos un día en el Bousui Ryokan.

Un Ryokan es un hotel tradicional japonés, donde hay tatami por donde se mire y se le pide a los invitados que anden por ahí en paños menores y yukatas. Las paredes son de papel y todo está separado por puertas corredizas.

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*Este no es el Bousui Ryokan, pero se ve más tradicional.

Voy a admitir que al llegar a la zona del ryokan, me puse nerviosa. Este hotel, que reservé vía Booking.com, era precioso; pero la zona que lo circundaba era una zona residencial casi vacía, que bordeaba estrechamente al mar. Al llegar, la recepción parecía tener manchas de humedad en el suelo, aunque todo el resto era bastante lujoso: un bar para los recién llegados, una persona quién nos acomodó y nos trajo una especie de sopa para calentarnos (había comenzado a llover y nos habíamos mojado antes de llegar). Un ventanal nos dejaba ver directo hacía el mar.

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Las personas que nos guiaron a la habitación nos llamaban "hime-sama" o "hiko-sama" que es una manera altamente honorífica de dirigirse a alguien (casi como si te trataran de "Su Alteza").El lugar estaba en absoluto silencio y era muy cómico como la hilera de los ocho monchos que eramos seguía a la hostess con miedo de romper algo.

La habitación principal tenía una antesala donde dejar el calzado (no se puede llevar zapatillas en la esterilla). Abriendo la puerta corrediza, estaba la zona común: una mesa baja de madera oscura y un ambiente amplio decorado tradicionalmente a lo japonés.

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Un poco más a lo lejos, había un mini living con una vista directo hacia el mar. A un costado el staff nos había preparado una bolsa personalizada con la muda que debíamos usar para andar por el hotel.

Al cabo de unas horas de investigar, abrimos unas cervezas artesanales (que no tenían mucho de exótico) y brindamos por lo increíble de la experiencia con mi mejor amigo. Nos sentamos en un apartado del living, con vista en directo al mar.

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El baño tenía tres partes: el lavamanos, la zona del baño (con inodoro inteligente, claro), y un ofuro personal (una especie de bañera con la mitad de tamaño pero el doble de profundidad). En la sala de madera donde estaba el ofuro, había un banquillo donde hay que enjuagarse antes de entrar a la bañera.

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Luego de que cada uno pudiera bañarse, alguien tocó la puerta. Nos quedamos congelados. ¿Habíamos roto algo? ¿Las cámaras escondidas se habían dado cuenta que habíamos tenido que buscar tutoriales para saber cómo ponernos las yukatas? No. La hostess traía una bandeja para hacernos una ceremonia personal de té.

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Cuando finalizó, era nuestro turno para ir al onsen. El que le había tocado a mi habitación tenía una antesala enorme con sillones y dos jarras en forma de pez (con té y agua fría). A la izquierda había otro salón para enjuagarse.

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La habitación del onsen era hermosa y tenía vista directa al mar. Como gaijines no acostumbrados a la temperatura, pudimos pasar relativamente poco tiempo del turno de 1hora. Si bien ya había probado aguas termales en Mendoza, por alguna razón no pude aguantar la temperatura intensa.

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Al volver, alguien había retirado la mesa y había dejado listo los futones, además de dejarnos una muda fresca de yukatas. La noche era extremadamente silenciosa y solamente era interrumpida por las olas del mar.

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La hostess vino a despertarnos a las siete de la mañana y nos guió hasta un comedor privado. Cada uno tenía un set enorme de desayuno, incomparable al desayuno continental. La hostess puso un set de pescado en una mini hornalla que cada uno tenía en su lugar. El set tenía tofu, tres variedades de pescado, sopa, té verde, jugo y otras cosas que mi estómago argento no estaba acostumbrado (a decir verdad, después de medio mes desayunando a lo japonés, quería un mate y un par de medialunas. Qué se le va a hacer, uno nunca se puede sacar lo porteño clase media de adentro).

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Brevemente después del desayuno, revisar la cuenta por agregados misteriosos en la cuenta de nuestras habitaciones y las conversiones enormes para calcular cuántos yenes teníamos que pagar, se terminó nuestro turno. El staff se despidió de nosotros en la puerta y la combi del hotel nos llevaba a la estación de tren bala a donde seguiríamos el viaje.

¿Volvería a repetir la experiencia en un ryokan tan caro? Quizá sí...si fuera con mi pareja. El ryokan estaba colmado de parejas mayores pasando el fin de semana y, a pesar que fuimos extremadamente cuidadosos, creo que irrumpimos bastante en la cotidianeidad del Bousui Ryokan.

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