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Julio A. Roca, el Mauro Icardi del S.XIX



Ese hombre, ese tucumano, ese gran estadista que tenía el empaque de un archiduque, y la astucia de un cacique ranquel, era por sobre todas las cosas un hombre práctico. En todo lo que emprendió le fue bien, todo lo hizo a su tiempo y sin equivocarse, en su existencia no hubo nada de exilios, ni luchas contra el poder, ni muertes en la indigencia.



Se casó con una dama de la sociedad cordobesa, la señora Clara Funes, con la cual, si bien nunca estuvieron enamorados, se las arreglaron para estar juntos, hasta que la muerte los separó. Siendo aún jóvenes, ella enfermó súbitamente y en muy poco tiempo lo dejó solo.

Bueno…lo de “solo” es una forma de decir. Antes de morir Clara, grandes temporadas pasaba el joven General en campaña, y la niña en casa de sus padres. Él gozaba de esas libertades que, en alguna oportunidad, hicieron peligrar la unión, a tal punto que en una ocasión hizo falta la mediación de un obispo para evitar la inminente separación. De todas maneras, él, más allá de sus aventuras, en su fuero íntimo parece haber sentido por ella una gran estima y respeto.

En carta a su hermano Alejandro, luego de la muerte de Clara, confiesa desconsolado: “Ya te debes imaginar cómo estará esta casa, faltando ella, que era un modelo de madre y esposa (…) ¡Pobre Clara! Me ha desgarrado el alma verla morir. Ha muerto como una santa y más linda que nunca…”



Sin embargo, ya desde sus años de mozo, al “Zorro” se le conocen ciertas aventuras.
En 1869, siendo todavía soltero, y estando en Tucumán, conoció a Ignacita Robles, una joven “de buena aunque modesta familia”. Lo cierto es que se enamoró perdidamente a los veintiséis años. La madre de ella los vigilaba a sol y sombra. Un día, él se hartó y raptó a su amada.

Estuvieron unos días juntos. Como, aparentemente, no había planes de matrimonio, la familia de ella decidió tapar el asunto. Al tiempo, Ignacia Robles tuvo una hija, a la cual se conocería como Carmen Roca o Robles de Ludwig. Esta supuesta hija extramatrimonial se presentó en la sucesión de Roca pidiendo ser reconocida como hija natural del causante, lo que motivó un sonado juicio de filiación, que terminó con el rechazo de la pretensión.



Sin embargo, se comprobó que Roca siempre había favorecido con asistencias y auxilios a su supuesta hija. En su declaración testimonial, Clara, la hija menor de Roca menciona que en el velatorio de su padre vio a una joven llorar desconsoladamente, y le preguntó a su hermana Agustina quién era, a lo cual le respondieron: “Es una hija de papá”.

El verdadero amor le llegó tarde al General. Guillermina de Oliveira Cézar de Wilde era una hermosa joven de la sociedad porteña. Casada a los quince años con un hombre que, sobradamente podría ser su padre, el doctor Eduardo Wilde, el cual, al momento del casamiento ya era viudo y contaba cuarenta y un años. Roca, que por aquellos tiempos era Presidente de la Nación, apadrinó la boda, y fueron testigos Pellegrini y Victorino de la Plaza.



Sin embargo, los futuros amantes se habían conocido poco antes, en una fiesta que se dio en Buenos Aires en honor al duque de York, quien reinaría luego en Inglaterra con el nombre de Jorge V. Guillermina estaba espléndida, y esa noche bailó un buen rato con el futuro rey. Pasaron algunos años, incluso ella, junto a su marido, vivieron en París un tiempo. No tuvieron hijos. Su esposo tenía una extraña manía: gustaba de mostrar su esposa a sus amigos mientras ella dormía…

Se decía que ambos constituían un “matrimonio blanco”. Cuando la pareja regresó a Buenos Aires, el General, que ya era viudo, quedó deslumbrado por esa hermosa dama. La relación prohibida surgió como algo que no pudieron evitar. Él tenía cincuenta años y ella veinticinco. El marido, un hombre puramente racional y desapasionado, fingía no advertirlo…

Si alguna vez en la vida Julio Argentino Roca se enamoró fue de la dulce Guillermina. Como dato ilustrativo podemos agregar que a la gestión incansable de la hermana de Guillermina (Ángela Oliveira Cézar de Costa), los mendocinos debemos la existencia del Cristo Redentor.
El romance escondido contaba con la complicidad de la hermana de ella y su esposo, amigo del General.



La situación comenzó a complicarse, pues era la comidilla de la sociedad de la época; al cuerpo de Coraceros, que eran la escolta del Presidente, la gente les llamaba “los guillerminos”. De tal manera, y con todo el dolor del alma, él decide abandonar la relación para siempre. Envía a Wilde como ministro a Washington, y luego a la legación argentina en Bélgica y Holanda. “Caras y Caretas” publicaba una caricatura donde Figueroa Alcorta hablando con Roca criticaba la designación de Wilde en Holanda, y el Presidente le contestaba: “Confío en que ha de serle grato a Guillermina…”. La ironía era genial, Guillermina se llamaba también la reina de Holanda.



Aunque continuaron escribiéndose, y volvieron a verse alguna vez, el idilio estaba terminado. Ella, no obstante su desliz, fue una mujer tímida que ni aún en sus cartas a él revelaba sus verdaderos sentimientos; él parece haber estado más enamorado que ella. La llamaba “Querida ausente”.

Guillermina quedó viviendo en Europa, se dedicó a actividades de beneficencia y allí enviudó, luego regresó a Buenos Aires y murió en 1935.

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