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En Donde No Dormía Nadie

EN DONDE NO DORMÍA NADIE.


Una de las cosas mas aterradoras que vi en mi infancia fue una especie de piña con ojos que me miraba fijamente bajo el piso de madera de la casa. Tendría yo 5 o 6 años y estaba parado en la entrada del cuarto donde no dormía nadie en la casa. Dentro del cuarto se encontraban un par de obreros y mi papá levantando el piso de madera, ya que algo lo estaba pudriendo desde abajo. Recuerdo a don Pedro, un anciano maestro de obra de carácter jovial y cuyo rostro me recordaba a Jaimito el cartero. Usaba un overol de color gris azulado tan viejo como el. También se hacía sombreros de papel periódico tan grandes que parecía una nave de sankukai o un robot de los que salía en Mazinger en la tele. Don Pedro nos hacía sendos sombreros a Ein Pax -mi hermano menor- y a mi. Luego el se ponía su gorro de papel periódico y con una guitarrita de juguete de esas que aún venden en la plaza del Restrepo nos cantaba una alegre canción que creo que se llamaba la titarrita, ya que era lo único que don Pedro repetía alegre mientras bailaba y cantaba parado sobre una butaca de madera en la sala de la casa. –La titarrita, la titarrita- cantaba esa tarde don Pedro nervioso, tratando de distraerme mientras mi papá y el otro señor trabajaban en el cuarto donde no dormía nadie.



No se porque, pero en ese cuarto no dormía nadie. Era un cuarto amplio y luminoso, tenía una cama muy alta con un colchón gordo y un ventanal grande lleno de ventanas mas pequeñitas que daban a la calle. Tenía un closet muy alto y grande, y en su interior se guardaba la caneca de la ropa sucia, la cual con el tiempo convertimos en nave espacial. La cama tenía en su base unos cajones inmensos donde mi mamá guardaba cobijas, sábanas limpias, toallas y toda la ropa de la casa que por algún motivo no se usaba. Recuerdo que ella se sentaba a planchar unas montañas inhumanas de ropa y pasaba tardes enteras planchando, escuchando radionovelas y música romántica mientras yo la acompañaba pajareando por ahí. Recuerdo que una vez, en un ataque de cariño le pedí que me dejara planchar una de las mediecitas de Ein Pax y me metí un quemonazo tremendo en la mano izquierda. La cicatriz que me dejó la plancha me acompaña aún hoy día. También recuerdo que otra vez me metí en uno de esos cajones de la cama atraído por lo calentita que quedaba la ropa después de plancharla y me quedé dormido ahí, sin hacer ruido, respirando suavecito como respiran los niños. Cuando mi madre terminó de planchar el arrume de trapos se extraño por el silencio que inundaba la casa. Ella me buscaba y me llamaba pero yo no respondía. Se asomó a la puerta a ver si era que me había salido pero no, la puerta sonaba duro cuando uno la abría. Pasó unos 10 minutos eternos hasta que se le ocurrió buscarme dentro de los cajones. Un buen susto se pegó mi mamá ese día, así como el susto que me dio a mi ver ese extraño y malmirado ser que habitaba debajo de la casa, en el cuarto en donde no dormía nadie.



El recuerdo de la mirada profunda de aquel escamoso ser quedó plantado en mi, así como la cicatriz de mi primera planchada. También conservo una cicatriz que me dejó un tinto hirviendo que se me regó sobre la pierna izquierda cuando tenía unos 8 años y una protuberante cicatriz que me hice a los 13 o 14. Me corté detrás de la rodilla izquierda sobre los gemelos con un alambre de púas mientras intentaba rescatar una pelota de tenis en el parque del barrio donde vivíamos. Mi lado izquierdo no ha salido muy bien librado, será torpeza o simple mala suerte? Recuerdo que la aparición del monstruo subterráneo ocurrió después de la navidad del 80. En esa navidad un volador se entró por la ventana del segundo piso a la casa de un vecino y armó un incendio que se tragó todo ese piso de esa casa. También recuerdo los carritos de impulso que nos regalaron a Ein Pax y a mi. Mi carrito era anaranjado, parecido al general Lee de los duques de Hazzard. El de Ein era muy parecido, solo que un poco mas pequeño y azul. Nos gustaba jugar en el patio de la casa que era muy luminoso, ya que el techo era una marquesina de cristal que se levantaba a unos tres metros de alto. Los domingos en la mañana la luz inundaba la casa y el piso de baldosas amarillas con rombos blanco y negro brillaban relucientes. La sensación de pureza era como cuando muestran la luz filtrándose por entre los arrecifes de coral bajo el agua en san Andrés o en Australia. Esas mañanas de domingo en la casa de Tunjuelito los tengo muy vívidos, como si aun viviera allí. A mi hermano y a mi nos gustaba hacer rampas con cajas de cartón y con pedazos de madera para hacer saltar los carritos como veíamos en el televisor de blanco y negro en donde también veíamos Heidy y Plaza Sésamo.



Solos, como debía vivir ese engendro debajo de nuestra casa, aprendimos y olvidamos muchas cosas. Ein Pax aprendió a leer solo mientras veía a la rana René, a Enrique y a Beto deletrear palabras y jugar con las vocales mientras yo me divertía haciendo dibujos y juguetes con cajas de cartón y cualquier otro tipo de basura que encontraba por ahí. De niño yo tenía un don especial y consistía en que era capaz de copiar cualquier dibujo que viera. Solo con verlo era suficiente. Ese don comencé a perderlo como en tercero de primaria cuando le mostré un dibujo a mi profesor y el dijo que lo había calcado. Al otro día llevé la revista de donde lo había sacado y le mostré que el original era más pequeño que mi copia, a lo que me dijo que de seguro había usado una cuadricula. Le pregunté que era eso, pero ese gafufo inmundo me despreció dándome la espalda así como lo han hecho muchas personas en la vida. Al contrario de mi hermano yo fui perdiendo habilidades con el tiempo debido a mi falta de juicio, a mi debilidad de carácter y a un desinterés por mi vida que aún hoy en día me carcomen. Mi papá en cambio era otra cosa. Era un tipo enérgico y trabajador. Cada noche llegaba con un par de paquetes con mercado para la casa. Cuando lo oíamos llegar salíamos corriendo con Ein a saludarlo y a recibirle los paquetes, al principio por recomendación de mi mamá que nos decía que el llegaba cansado de trabajar, pero ya luego lo hacíamos por cariño, por iniciativa propia. La entrada de la casa era un corredor largo y relativamente oscuro que conectaba con el patio. Por ese corredor pasaba un tubo de metal por el que entraba el agua a la casa, y cuando uno lo pisaba y lo soltaba emitía un sonido parecido al que hacía el hombre nuclear al correr o saltar. Con Ein jugábamos al hombre nuclear, y mientras uno de los dos hacía sonar el tubo, el otro corría despacito, como en cámara lenta hasta recorrer todo el pasillo.



Ese día don Pedro convirtió la aparición del monstruo en un juego, pero aunque me distrajo momentáneamente nunca pude olvidar ese evento. Hay cosas que uno de niño no entiende pero que no olvida. Por ejemplo la sensación de paz y tranquilidad que se respiraba en la casa los domingos en la mañana en compañía de mi papá, o las muchachas que ocasionalmente ayudaron en la casa con el oficio y haciéndonos compañía a mi hermano y a mi. Recuerdo especialmente una que se llamaba Olga, pero con Ein le decíamos jiribitis. Era una muchacha de edad indescifrable, fea, bajita y con una prominente joroba que se asomaba opulenta por entre su saco verde y su chal rojo. Era una persona huraña, de mal genio. Era todo eso o que talvez por su aspecto físico nunca fuimos muy afectos a ella. Su presencia nos resultaba incomoda, misteriosa y atemorizante. No duró mucho tiempo en la casa aunque no podría decir exactamente cuanto porque de niño el tiempo se me pasaba mas despacio. Luego llegó otra muchacha alegre y llamada Rubiela. De ella recuerdo claramente una tarde en la que con Ein nos dijo que iba a hacernos una magia. Tomó en sus manos un muñeco del chavo del 8 de esos que salían en los paquetes de Yupis y nos pidió que nos paráramos en frente de ella con los ojos cerrados y que contáramos hasta 3. Nos advirtió que por ningún motivo abriéramos los ojos antes de llegar a 3 o la magia se arruinaba. Nosotros hicimos lo que nos pidió. No sentimos ningún ruido, ni pasos ni nada. Al abrir los ojos nos encontramos con la muchacha igual que antes. No se había movido. Pero ya no tenía el muñequito en sus manos. Ella nos dijo –búsquenlo a ver a donde se fue-. Con Ein revisamos la mesa del comedor que era el mueble mas cercano, la entrada de la cocina, entre las matas y nada, no aparecía. Ella no se movió de su puesto mientras nosotros buscábamos. –¿Se rinden?- preguntó con una sonrisa en la boca. –Miren allá- nos dijo señalando con un dedo la marquesina de cristal. Según esta chica el muñequito había caminado solo hasta el borde de una teja en el extremo opuesto del patio, en donde se sostenía de pie y mirando al frente, no como si lo hubieran lanzado, mas bien como si hubiese caminado hasta allá. Repitió la magia 4 veces, y cada vez el muñequito iba y volvía obediente, de las manos de la chica al borde de las tejas. No se como lo hacía porque esas tejas eran muy altas, además en la parte donde aparecía el muñeco no había como treparse uno a la marquesina. Hasta hoy no he podido entender en que consistía la magia, pero si se que desde ese día encuentro los muñequitos de yupi satánicos. Me dan miedo.



A veces dudo de la veracidad de lo que vi bajo el piso de la casa, pero lo que sentí ese día permanece vivo en mi, no se va. Los recuerdos nos hacen lo que somos y olvidamos lo que pudimos ser. Hoy quisiera ser otra persona, por eso quiero recordar, para tratar de entender porque soy como soy. Un tipo tímido a quien lo asusta el futuro y lo avergüenza el pasado, lleno de defectos y temores que no he podido superar. Tal vez por eso nunca olvidé esos ojos, ese terror paralizante que vivía debajo de mi casa, en el cuarto en donde no dormía nadie.

asta la Proxima Comu ! ...
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