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Siete Tesoros

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Bueno ante todo, es un gusto volver por acá, siempre me encantó poder compartir algunas historias con ustedes, aunque ya no lo haga casi nunca. Hoy les traigo una historia corta de aventauras, espero que la disfruten.




Siete tesoros



William solía ser un niño, heredero de una gran fortuna, hijo de una de las familias de la elite de Inglaterra, y aunque huyo de esa vida con su pequeño velero para convertirse en un pirata, con el correr de los años descubrió que eso no era lo suyo, saquear, emborracharse... No, el disfrutaba más de las aventuras cuando estaba lucido, y cuando podía no hacerle daño a nadie, el disfrutaba de la aventura, había encontrado ya varios tesoros cuyo valor era cuantificado según la emoción de la aventura, dejando siempre el peso del oro en el último plano. Pudo haber comprado una flota de barcos con todo el dinero que encontró, sin embargo un barco más grande significaba más tripulantes, y él era una flota de un solo hombre. ¿Qué hacía con los tesoros? Cambiarlos por información, esas pistas que lo llevarían a su siguiente aventura.


Fue a un puerto abandonado en el medio de la nada, le vendría bien para abastecerse de provisiones, solo un cofre de oro, y el ojo de cristal hallado en el mar de arenas movedizas de la jungla de borneo, en ese pequeño muelle, en esa pequeña isla, solo habitaba un solitario anciano, solitario como él, moreno, con una barba blanca enmarañada, y un parche en el ojo, su presencia intimidaba a William incluso antes de decir una sola palabra.


-Ven a mi tienda- Dijo el anciano- Puedes tomar todo lo que quieras.

-Gracias, Oiga, déjeme ver ese ojo- Dijo William mientras se adentraban en la obscura tienda.


El anciano se quitó entonces el parche, mostrando la cuenca vacía de su ojo izquierdo. No era para nada una casualidad que William fuese a parar a esa pequeña isla, la pista que le habían dado era real.


Toma esto, anciano- Dijo William dándole el ojo de cristal que había hallado en la lejana jungla- El anciano se lo colocó en la cuenca del ojo, ahora podía ver nuevamente, como si fuese magia pura -Gracias- dijo el anciano- no sabes por cuanto tiempo estuve esperando este momento, me pregunto qué puedo hacer para agradecerte.


-Mmm ya se, ¿qué te parece si te hago un tatuaje?
-¿Un tatuaje?- Preguntó curioso.

-Sí, será uno muy especial ¿acaso no te gustan las aventuras? ¿Qué daño te hace correr un riesgo más?

-Está bien- Dijo William sintiéndose atraído por el misterio.


Entonces el anciano apoyó sobre el mostrador de su tienda, 8 frascos de tintas que parecían hechas con pigmentos de flores silvestres.


Le pidió que apoyara el brazo en el mostrador, y sacó una aguja gruesa, que humedeció en la tinta negra, la aguja entraba y salía a presión de la piel de William, era un dolor inmenso, y sin embargo William quería ver la habilidad del anciano, finalmente dibujó una hermosa sirena, luego humedeció la aguja en cada una de las tintas de colores, pintando la cola de la sirena como si fuese un arcoíris, William suspiró, la tortura había terminado. El dibujo, los trazos, los colores, pocas obras de arte similares había visto entre todos esos tesoros que alguna vez había conquistado.


-¿A dónde vas?- preguntó el anciano- Aún no he terminado contigo.


Volvió a humedecer la aguja en la tinta negra, y debajo del tatuaje, como si fuese a modo de firma, dibujó unas coordenadas marítimas


-Ahora si puedes irte, te aconsejo que lleves un abrigo- le dijo.


William se montó en su velero, cargado de provisiones, con los abrigos preparados como el anciano le indicó, aunque el viento no soplaba y el barco se movía lento, la isla se alejó a toda prisa, pero después de todo lo que había visto William en su vida de aventuras, esto no le parecía algo tan fantástico, después de todo, eran estas cosas sin sentido lo que le daba sentido a su estilo de vida. El viento comenzó a soplar, tomó un mapa y lo comparó con las coordenadas de su tatuaje, el anciano tenía razón con lo del abrigo, el sitio indicado en su piel se hallaba en el norte, muy al norte. Fueron días y días de viaje a toda vela. William dormía poco, y apenas comía, esa sirena era tan real... A pesar de ser un simple dibujo. No tenía nada que envidiarle a las sirenas reales que Will había visto en más de una oportunidad, pasaba horas y horas viendo su tatuaje como si se tratara de la más seductora y mortífera de las sirenas, y otras horas más imaginando en como seria su canto si esa sirena existiera. En las pocas horas en las que se quedaba dormido hasta soñaba con ella, como si hubiese sido víctima del encanto de un ser que no existía.


Finalmente llegó al norte, ahí donde podía ver su aliento, ahí donde no se hablaba de noches frías y días cálidos porque todo era lo mismo. Sin embargo, llegó en una noche muy brillante, fue recibido por una aurora boreal, con el más intenso de los verdes esmeralda. William había visto muchas cosas en su corta vida, pero pocas lo conmovían más que una aurora boreal, y de verdad, que para él era un fenómeno muy simple en comparación a algunas criaturas que había avistado, u otros fenómenos naturales casi nunca vistos que él había conseguido presenciar. Llegó a las coordenadas indicadas y el viento gélido se detuvo por completo, como si el universo quisiera que el velero se detuviera ahí. Él tan solo se sentó y se puso a observar la aurora, cuando quiso acordarse la sirena en su brazo ya no le importaba, esa bella sirena que lo había estado volviendo loco, no era nada en comparación a esa inmensa aurora. Se dejó conmover y llenar por ella, hasta se permitió dejar caer una lágrima de emoción.


Esa lágrima, esa única lagrima no llegó a tocar el suelo, William pudo ver como esa lágrima, ahora una pequeña esfera de agua, se quedó flotando en el aire, dejándose atravesar por la luz de la aurora, para luego comenzar a absorber esa misma luz verde, primero solo un poco, y luego, toda la aurora comenzó a descender hasta esa lagrima, el cielo se obscureció. Y esa lágrima era la pequeña esfera de luz verde más brillante del mundo. Hubiese servido para iluminar todos los glaciares del norte. Esa lágrima se apoyó sobre la figura de la sirena en el brazo de William que comenzó a gritar de dolor, como si le estuviesen arrancando el brazo entero.


La luz verde, ardiente e intensa comenzó a delinear e iluminar el contorno de la sirena y el tatuaje comenzó a desprenderse de su brazo como si se tratara de una calcomanía. Una vez fuera de su cuerpo la figura comenzó a crecer, hasta alcanzar el tamaño de una sirena de verdad, y cuando quiso darse cuenta, William estaba oyendo el canto más bello de una sirena que había cobrado vida frente a él.


-¿Vas a matarme? -.Preguntó cautivado por la belleza de la sirena y de su canto.

-Tal vez seas tú quien lo haga, pero hoy, empiezas a vivir realmente William.

-¿Qué?


La sirena se elevó lentamente hasta el cielo sin dejar de cantar, él no podía dejar de mirarla, de desearla. Finalmente estalló en un muy fuerte estruendo y en siete colores, creando una aurora arcoíris, y este si que era realmente el fenómeno más único y bello que William jamás había visto en toda su vida, una aurora que no solo era verde, tenía siete increíbles colores. De pronto los colores de la aurora se separaron, cada uno en un pequeño haz de luz de color, y partieron en siete direcciones, una vez más el cielo se obscureció, y William se quedó dormido, lo despertó la luz del alba, él tan solo miró su brazo para confirmar que no había sido un sueño, la sirena ya no estaba, las coordenadas tampoco, pero había un tatuaje, en un lenguaje de símbolos de una lengua muerta que William conocía, la inscripción decía.


Siete mares.

Siete colores.

Siete tesoros.

2 comentarios - Siete Tesoros

rubenkpo01
juau, fue le primer tema que me llamo por su nombre, me justo mucho y al pasar la historia en un ritmo rapido me atrpado hasta el fial, muy bueno
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