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Pabo (Cuento propio)








Pabo

(Cuento propio)



-Buenas noches, busco a Mónica. Vive aquí.

Los dos muchachos que están fumando en la entrada de la casa donde se da la fiesta me miran de arriba abajo, primero de ida y luego de vuelta. Después asiente uno de ellos, y el otro se saca el cigarro de la boca y me dice:

-Pasa, estaba en la cocina hace rato. Pregunta por ella.

Me toco el borde del sombrero con el dedo índice, agradeciendo, y paso junto a ellos.

Debemos tener poco más o menos la misma edad, 25 años, pero hay diferencias en cómo estamos vestidos. Mientras ellos usan el uniforme oficial de reguetón, con gorras de viseras planas y piercing en los labios y nariz, yo uso un zoot suit blanco hueso con solapas anchas en azul celeste, pantalón angosto de abajo, hombreras, zapatos cubanos de dos colores, leontina, reloj y chaleco, sombrero con pluma, y un bigote pulcramente recortado…

La fiesta (la Posada de Navidad, diría precisando) está iniciando en el patio; varias personas están levantando mesas y sillas donde acaban de cenar, juntando la basura de los restos de las piñatas que han roto los niños hace apenas un momento, haciendo el mayor espacio posible para el inminente baile. En un costado del patio, está puesta una gran mesa con el sonido, que está sonando a medio vapor, amenizando la cena. Es el Sonido Ricachón Music, de mi gran amigo Herminio Torres que está musicalizando la fiesta, y desde lejos nos saludamos (¡Años de no vernos, carnalito!), mientras dirijo mis pasos hacia la cocina de la casa, pasando entre los niños que disfrutan de su botín de frutas y dulces.

Entro, pero no veo a Mónica. Están aquí dos tías suyas, un primo, un hermano menor de ella, que me abrazan y saludan con afecto. Y Malena, la mamá de Mónica, que al verme deja la estufa por un momento, se quita el delantal y se acerca a mí y me besa y abraza emocionada.

-¡Hijo, cómo estás! Dichosos los ojos que te miran…

-Por aquí estoy, Malenita, de visita. ¿Cómo han estado?

-Nosotros bien, hijo. Ángela, tu cuñada se casó hace un año y vive en Pachuca; está esperando bebé ahorita. Roberto acaba de entrar a Bachilleres, y va muy bien el chamaco; no sé si sepas que tu suegro murió medio año después de que te fuiste.

-Sí, lo supe, Malenita. Mónica me lo dijo por teléfono. Lamento mucho lo de don Ignacio.

Siento que alguien me tira del pantalón, con insistencia, y volteo.

Es una niña hermosa morena de unos cinco años, cargando un cuerno de cartón de piñata atiborrado de naranjas, trozos de caña de azúcar, tejocotes y dulces. Tiene un rostro moreno que es como un eco infantil del rostro de mi suegra. Me mira con insistencia, señala la pluma de mi sombrero, y grita emocionada:

-¡Pabo! ¡Pabo!

Me agacho y la levanto con todo y cuerno de piñata, feliz de verla. De verdad, sintiéndome muy feliz de tenerla otra vez entre mis brazos y abrazarla así de fuerte.

-¡Sonia, cómo has crecido, y que linda estás! ¡Eres el retrato de tu madre!

-Esta niña se la pasa preguntando por ti todo el tiempo; que si Pabo por aquí, que si Pabo por allá. Mira un sombrero que dejaste sobre el ropero y te recuerda mucho. Y se lo pone, la traviesa, y baila con él.

-Y yo la recuerdo a ella, a Mónica y a ustedes, Malenita. Son buenas gentes todos ustedes, y sabe usted que siempre he pensado así.

La buena señora se separa y me toma del antebrazo y me aprieta con calidez, y con ansiedad.

-Ay, hijo ¿vienes a hablar con Mónica? Ella ha estado sola todo este tiempo… eran ustedes una bonita pareja.

-Malenita, me encontré de pura casualidad a Mónica en el Centro, durante un minutito, y me invito a la fiesta, nada más. Vine de vacaciones a México (¡al fin!), y pensaba venir de todos modos a visitarlos, cuando me voy encontrando de compras a Mónica y Leticia, así, un momentito al trasbordar en el metro. No puedo hablar de algo más serio, por ahora.

-¿Ya te casaste? ¿Te casaste en Gringolandia?

En eso empieza a sonar la música del Ricachón Music, y jalo a mi ex-suegra al patio, mientras cargo a Sonia.

-Venga y deje de interrogarme, ¿qué, es policía o qué? ¡Jajajaja! Ande, vamos a bailar.

Salimos al patio, y al verme Herminio, quita discretamente la cumbia que estaba sonando, y pone Salón México, mientras habla al micrófono:


link: https://www.youtube.com/watch?v=1kkW_gwj8rs


-Le mandamos un caluroso saludo a nuestro buen amigo Pablito, que al fin regresa de Tijuana acá para la capirucha, y le dedicamos el danzón del recuerdo, para iniciar el baile… Y claro está, también lo dedicamos a nuestra anfitriona, doña Malena… un abrazo para ti, querido hermano, y ya no te desaparezcas, que alguna linda damita suspira y llora por tí… Esto es ¡Sonido Ricachón Music!

Y empiezo a bailar con mi maravillosa Sonia en brazos (con todo y dulces y fruta de la piñata), y con la buena de doña Malena. Algunas parejas de adultos se agregan a la pista, algunos sólo nos graban con sus teléfonos mientras bailamos. Porque este baile, el danzón, es hermoso, es lo mejor que hay en el mundo. Bueno, casi lo mejor. Pero está muy cerca de serlo.

Apenas llevaremos un minuto bailando, cuando a mi espalda siento que alguien se acerca con una escoba que le pone entre las manos a doña Malena, así como me quita a la niña de los brazos y se la da a doña Malena, las saca a ambas de la pista y me toma como pareja de baile. Ella es Mónica, y está vestida y maquillada espectacularmente.

-Vaya, pensé que ni te interesaría mi invitación y no vendrías, Pablo. ¿Cómo estás?

-Pues aquí, aburrido, mi linda hermosa, esperando que pongan reguetón y banda, para bailar de a deveras.

-¡Jajaja! No te imagino bailando eso, tú heredaste lo pachuco de tu abuelo.

-De mi abuelo, o mi bisabuelo o mi tatarabuelo o de Tin-Tán; quién sabe.

-Ya en serio, dime, ¿Cómo has estado?

-Bien, mujer hermosa. Trabajando duro, estudiando más.

-Y bailando danzón cada vez que puedes.

-Sí, bueno, también eso. Pero ya casi nunca, la verdad. Practico en casa, bailando yo solo. No suele gustar mucho el danzón a la gente ahora, ni hay muchos lugares para hacerlo. Mi traje huele a la naftalina de donde lo he tenido guardado.

-¿Y sigues igual de conquistador que antes, Pablito?

-¿Cuál conquistador? ¿Yo? Para nada. Yo no busco a nadie. Cero maldad.

-Sí, a ver quién te cree eso. Claro, si tú no buscas; las cuzcas son las que te buscan. Y seguro que más las gringas.

-De veras que no, tú me conoces.

-Por eso lo digo, sigues teniendo tu carita de mosca muerta, que…

-Cuál; son chismes, habladurías de la gente…

Dejamos de hablar, y bailamos; muy juntos por momentos; en otros más separados, marcando los pasos, girando y dando lentas vueltas. Yo hace años enseñé a Mónica a bailar danzón, y aún lo baila como a mí me gusta: despacio, sensualmente, reconociendo qué movimiento voy a hacer, qué giro sigue, si hay que separarse, o por el contrario, si nuestros cuerpos se deben juntar por un segundo, como si fuéramos dos amantes que tienen un encuentro a hurtadillas.

Conocí a Mónica hace cuatro años, en la zapatería a donde entré a trabajar de ayudante y ya estaba ella ahí. Ella estaba embarazada, y así la habían abandonado a sus 18 años.

Yo amo este baile, amo esta estética y estos trajes; esta forma de vivir. Pero hay otra cosa que amo, y que quizás es algo más culpable y morboso para muchos, no lo sé. Adoro a las mujeres embarazadas. Si hay algo mejor para mí que bailar un danzón o mambo, es el tener contacto íntimo con una mujer embarazada; es el besarla, es el acariciarla toda; es hacerle el amor, con calma y ternura y mucho, mucho cuidado. Es el tratarlas con toda la dulzura del mundo y hacerlas disfrutar… y que alguien más, dentro de ella, se dé cuenta de ello, y quizás lo disfrute también, a su manera. Y su embarazo fue lo que me flechó de Mónica, y por lo que vivimos juntos durante casi tres años; casi todo su embarazo, y los dos primeros años de la vida de Sonia. Las amé mucho, las quise mucho a ambas; con Sonia creo que tuve más amor que el que seguro tuvo su padre biológico; hablé con ella durante todo su desarrollo, aún antes de que naciera; platiqué con ella mientras su madre reía de mis locuras, mientras recibí sus pataditas a través de la piel del vientre de su madre...

Pero me salió una oferta de trabajo en Tijuana por tres meses, relacionada con mis estudios, y que por mi buen desempeño se ha prolongado estos casi tres años. Me tuve que ir y dejé de verlas, pensando regresar pronto; y les mandaba dinero todo el tiempo que me fue posible, por lo menos mientras se sobreentendió que éramos pareja, porque el tiempo se alargaba interminablemente.

Hasta que por mi titulación tuve que usar todo el dinero de que disponía durante bastantes meses, y dejé de enviar dinero, y me dio vergüenza seguir buscando por teléfono a Mónica, ya no quise seguir considerando que seguíamos juntos, y cobardemente y sin decirlo (porque no me atreví a decirlo), le di la libertad de buscar con quien ser feliz…

Adoro el movimiento leve, apenas insinuado de los músculos de la espalda de Mónica, el desplazamiento sensual de los brazos y sus manos, su cintura y cadera que tienen el movimiento lánguido de un pez, pero también su velocidad si es necesario… recuerdo a Mónica haciendo el amor, entregada a mí totalmente; y siento muy vivo el recuerdo de nuestras noches, recuerdo haber bailado con ella una noche, muchas noches, ambos desnudos, tan hermosa como ahora, los pezones intensamente oscuros, los pechos crecientes y pródigos, el abdomen grávido que crecía casi a ojos vistas, maravilloso; bailando tan juntos como lo están a veces los boxeadores en una pelea, así de unidos uno al otro, pero la única batalla que librábamos era la del Amor…

-¿Qué estás pensando, Pablo? Qué carita tienes…

-Pensaba en ti, hermosa. Que te ves muy linda esta noche.

-Eres un Cochinote, eso es lo que eres.

-No, no pensaba de esa manera. Para nada. Pensaba en ti de una forma… espiritual.

-Sí claro, monseñor obispo.

Acabó el danzón, y nos retiramos de la pista; Herminio puso a La Mamá de los Pollitos, la Sonora Matancera, y la voz de Bienvenido Granda atronó en la noche fría de diciembre: respiré el aroma de la noche con Mónica aun tomada por la cintura y la noche estrellada allá arriba y la mesita donde nos sentamos, a un paso de las parejas que bailaban salsa.

-Sonia es igualita a ti. No sabes cuántas ganas de verlas tenía.

-Uy sí, claro, lo supongo. Se nota.

-No me crees.

-No. Pero da igual lo que yo crea. Tú, tu vida; nosotras la nuestra. Así debe de ser.

Me quedé callado, sin saber qué decir. Por hacer algo, saqué la cajetilla de cigarros del bolsillo de mi saco, le ofrecí uno a Mónica, quien tomó uno en silencio; tomé uno para mí, saqué el encendedor que ella me regalara para un cumpleaños, y di fuego para ambos. Con la primer fumada exhalamos un humo gris que se quedó como petrificado en el centro de la mesa, inmóvil como un árbol etéreo de neblina.

-Y aparte del trabajo y la escuela y bailar, qué has hecho, Pablo? ¿Ya te casaste con alguna gringa? Seguro que sí. No te imagino lejos de una mujer. Nunca. Nunca con tu carisma.

Me llevo el cigarro a los labios y aspiro el humo bronco, picante, del tabaco. No contesto, sólo la miro y ella a mí, y luego a los bailarines. Simplemente niego con la cabeza. Veo salir a Malenita de la cocina con una charola, y venir a la mesa donde nos encontramos. Me quito el cigarro de los labios y lo pongo en la muesca del cenicero; el humo se eleva en ondas gráciles, consumiéndose a sí mismo. Miro a Mónica y ella a mí, y guardamos silencio ambos.

Llega entonces mi ex-suegra, y de la charola nos sirve con rapidez dos platos con sopes calientitos, vaporizando su rico aroma de crema, salsa verde y queso panela, unas quesadillas en un plato alargado, un par de botellas de cerveza, limones cortados, una botellita de tequila, dos caballitos de vidrio, un salero, servilletas de papel, un cenicero de barro…

-Mónica, cenen primero, antes de ponerse a fumar. No le has ofrecido nada de cenar a Pablo.

-Uy, má, perdón, se me pasó. Igual y no trae hambre ni ganas de comer. Quizás cenó con alguna amiga…

-Muchas gracias, Malenita. ¡Ah, qué rico huele esto! Qué delicia! Aunque alguien ya haya cenado, esto huele tan rico que vale la pena cenar de nuevo, Malenita; muchas gracias!

Malenita aguanta una carcajada, y sonríe; atrás de ella, escondiéndose pero asomándose para verme, viene Sonia, ya sin fruta. Discretamente apago el cigarro, tomo medio limón y lo chupo, para quitarme un poco el olor a tabaco, y le tiendo los brazos a la niña.

-Ven preciosa, yo también te he extrañado!

La niña duda un momento, pero luego ante la aquiescencia de Malenita, se lanza en mis brazos, y me aprieta con fuerza el cuello, mientras la beso y la abrazo.

-¡Chulada de mujer, cómo te he extrañado, condenada! Dime, ¿ya vas a la escuela?

La aparto un momento de mí, movimiento en el cual ella aprovecha para quitarme el sombrero y ponérselo firmemente en la cabeza, tocando una y otra vez la pluma.

-Sí.

-¿Es el kínder, verdad?

-Sí.

-¿Y te gusta la escuela, y tu maestra?

-Sí.

-¿Qué más te gusta, Sonia?

-Sí.

-Bendita mujer, es tan ranchera como su mam… ejem, ejem.

Malenita no para de reír, y hasta a Mónica le ha costado trabajo mantener la cara seria con la que ha estado todo este rato.

-Ya mijita, devuelve el sombrero a Pablo.

-Déjeselo Malenita; no importa.

-No, ella usa el otro, que te lo devuelva. Vámonos, mijita, que están platicando y los venimos a interrumpir.

Y no de muy buen modo, Sonia devuelve el sombrero y se aleja de la mano de su abuela. Yo me pongo el sombrero y me giro hacia Mónica, le sonrío y tomo una de las botellas de cerveza por el cuello.

-¿Dejamos la pelea para después, hermosa? Porque Malenita y sus primorosas manos no las hay en Tijuana, ni en San Diego, ya no digamos en los Ángeles o Rosarito siquiera, y desaprovechar estas maravillas y dejar que se enfríen es un pecado capital. Así que con tu compermiso, yo voy a cenar. Y si tú no agarras, te los pierdes; todo para mí.

Y después de beber un largo trago de cerveza insuperable, me lanzo a comer de estas deliciosas viandas, ante la mirada ceñuda de Mónica que cada vez se va suavizando más, hasta que me mira comer con una sonrisa entre los labios, divertida.

-Eres todo un caso para análisis. Uno de los graves.

-No me psicoanalices, no me vengas con análisis ahora; mejor harías averiguando en la cocina si Malenita preparó algunas de esas tostadas de tinga con carne deshebrada de res que son su especialidad, que son un manjar de los dioses. Ponles de una vez mucha salsa de chipotle, si no fuera mucha molestia.

-Sí patrón, creo que sí las hizo, pero son para la familia, nada más. Qué bien conoces a tu víctim… que diga, a mi mamá.

-Ay, ya chole; ya entendí la ironía de que son nomás pa’ la familia ¿puedes entonces ir a la cocina, y robarte dos? ¿O darme dos de las que te tocan a ti, si no fuera mucha molestia?

-Yo supuse que en la distancia te habrías curado del cinismo, pero por lo que veo has empeorado.

-Tú ve por las tostadas que te digo, que voy a necesitar energía para pelear contigo después, y no quiero que me agarres con la batería baja y la panza vacía. Anda, ve ya.

Mónica repite: “Eres todo un caso”, pero se levanta y llevando el platón vacío, va a la cocina. Miro su perfil sinuoso y luego su espalda, su cintura, sus caderas, los muslos, las piernas que tanto besé, su caminar a la orilla de la gente que baila, el bamboleo sensual que me hechizó durante tres largos y añorados años…

Herminio deja su trono de rey del Sonido y viene a mí, armado con un platón de viandas pues también está cenando; nos abrazamos como grandes amigos y nos hacemos las preguntas de siempre, de toda la vida cuando encuentras a un amigo: cómo estás, cómo te ha ido, sabías de tal amigo, o de tal amiga, o de este trabajo, sabías que tal se casó, o que éste ya es papá, que aquélla está viviendo en otro lado; nuevas de amigos, de vecinos, de conocidos; noticias desde la Muerte y desde la Vida contadas por un amigo que se retira discretamente cuando ve regresar a Mónica de la cocina, saludando y diciendo que nos vemos luego, que hay que poner la siguiente rola; Mónica pone el plato en la mesa con las tostadas y el aroma de la salsa de chipotle que sube de las tostadas que adivino crujientes y amorosas. Me como las dos, así calientes, con la especialidad de Malenita que es la salsa endiablada y aromática del chipotle; bebo un sorbo largo de cerveza más, hasta vaciar la botella de la última gota de espuma. Herminio se apodera de sus cintas y sus tornamesas y empieza a sonar Nereidas, y la pista se vacía de bailadores de salsa. Me levanto, y le pido a Mónica que me acompañe a bailar, y acepta en silencio. Bailamos casi sin movernos, muy juntos.


link: https://www.youtube.com/watch?v=vBDF4kjLZ5o

Oigo aplausos para nosotros. Roza su mejilla con la mía y me pregunta al oído:

-¿Y qué cuentan las embarazadas tijuanenses? ¿Te siguen gustando mucho?

Nos miramos fijamente. Noto un brillo en los ojos de Mónica. Una lágrima quizás, provocada por el humo picante del cigarro, por la noche fría, por la nostalgia del tiempo y de la noche, por el futuro y el Amor, por el pasado quizás, por la Vida misma. Una lágrima que riela como el brillo de una estrella perdida que hubiera caído en sus ojos y hubiera anidado ahí, perdida, alejada de su mundo sideral. Bailamos en silencio durante todo el danzón, mirándonos ocasionalmente, sin decirnos nada.

Nereidas acaba y seguimos mirándonos en medio de la pista, sin movernos de aquí, sin que nos importe nada de lo que pase a nuestro alrededor. Y Herminio me hace el favor, el gran favor, el inpagable favor de poner Bonita, con Luis Arcaraz y su Orquesta, mientras los aplausos de todos los asistentes vuelven a rodearnos. Sólo los aplausos, y vivas, porque nadie más baila, todo el mundo nos mira y graba y aplaude. La atraigo a mí, con ternura, y poco a poco la hago bailar conmigo nuevamente.


link: https://www.youtube.com/watch?v=CyeKZYcbZgA

“Bonita, como aquellos juguetes,
que yo tuve en los días infantiles de ayer.”


-Confieso que sí, la verdad es que me siguen enamorando las embarazadas. Es un vicio y una perversión que morirá conmigo, mi hermosa. Aunque tengo el deseo de que ahora, y para variar una sola vez, me enamore de una chica embarazada por mí. Habrá que saber qué es lo que tú piensas de ello, y si me lo permites.

“Sabes mi ansiedad y haces un placer
de las penas que tu orgullo forja para mí…”


-Claro, señor Don Pablo, lo que usted guste y mande; ¿y te irás después corriendo, no es eso? Sólo eso quieres. Como todos. Como siempre.

“Bonita, como el beso robado,
como el llanto llorado por un hondo placer.”


-Sí, la verdad es que me iré, Mónica… Me iré. Pero me las llevaré a las dos conmigo, a Sonia y a tí. Bueno, a los tres, venga quien venga. Juntos nosotros. Para siempre.

Dos son ahora las estrellas en los ojos de Mónica; dos estrellas que se vuelven dos arroyos sin fin y unos labios entregados totalmente y un cuerpo apretado al mío, muy unido otra vez al mío, centímetro a centímetro, piel a piel que se reconocen y se abrazan con todo el gusto del mundo. Mónica deja mis labios y busca mi oreja y me susurra, con una sonrisa que adivino sin poder verla:

-Déjame ir a la cocina un momento; te traeré las demás tostadas que me tocan, si es que vamos a pelear como peleábamos antes...


26-septiembre-2017






¡Vamos todos a leer!


Pabo (Cuento propio)

3 comentarios - Pabo (Cuento propio)

roy_vader +1
Pabo (Cuento propio) Pabo (Cuento propio)
decanjas +1
Excelente cuento Efrain Bonito final, con un buen toque de humor. Gracias por compartirlo, saludos
redblak_monster +1
Muchísimas gracias, mi estimada María; que tengas un buen inicio de semana.
roy_vader +1
Muy bello tu cuento, mi estimado Efraín. ¡Qué bien lo llevaste de inicio a fin!
Y además escuchando esos sensuales danzones, me imaginé al pachuco "Pabo" y Mónica atrayendo todas las miradas y haciéndose los demás a un lado para ver a los que SÍ saben bailar.

Creo que retrataste muy bien algo que pudo haber sucedido en casi cualquier rincón mexicano aún hoy en estos días de reguetón y música grupera
redblak_monster +1
Este cuento tiene mucha historia para mí, mi buen Roy: leyendo un libro que habla del baile en los años dorados de los grandes salones de baile, leí una entrevista de un muchacho fanático del baile de alta escuela. Luego lo uní con algunas perversiones mías, y creo que quedó un cuento que me dio muchas satisfacciones.

Muchas gracias, mi buen Roy.
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