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malvinas, punta de lanza para la patagonia y la antartida

Informe del analista Horacio Calderon sobre la militarización del Atlántico Sur por parte de Gran Bretaña y sus motivos

malvinas, punta de lanza para  la patagonia y la antartida


La Argentina sufre desde años una serie de provocaciones de todo orden, pero muy especialmente militares, en torno al Archipiélago de las Malvinas, ocupado de manera violenta por Gran Bretaña[/color] en 1833. Dicha ocupación se extendió además a las Islas Georgias del Sur y Sandwich del Sur y espacios circundantes, que pertenecen a las Antillas del Sur Subantárticas.

Desde esos tiempos ya remotos y hasta el presente, pasando por el desembarco en nuestro Archipiélago y la guerra mal planificada de 1982, en la que nuestro país fue derrotado por las fuerzas británicas, la Argentina jamás dejó de reivindicar sus derechos históricos y títulos jurídicos sobre las regiones insulares y marítimas, tanto ante la Organización de las Naciones Unidas (ONU), como en otros organismos mundiales, internacionales y regionales

No es parte del objeto del presente artículo abordar una vez más nuestros derechos y títulos jurídicos sobre nuestras islas y mares bajo el dominio británico, sino alegar nuevamente que la “militarización del Atlántico Sur”, no es sino un capítulo más de las tantas realidades tangibles de la transformación del llamado “colonialismo residual” heredado de tiempos remotos, en una especie de rediseño colonialista global del siglo XXI. Este último se caracteriza por su extrema agresividad, y el desdén por la Ley y el Derecho Internacional del que hacen gala las grandes potencias con poder de veto en el Consejo de Seguridad de la ONU: los EE.UU., Gran Bretaña, Francia, China y Rusia. Los componentes de esta suerte de oligarquía nuclear utilizan su poder en el alto organismo mundial según sus propios intereses nacionales y agendas, eventualmente en comandita con otros miembros permanentes de dicho Consejo, de acuerdo a las prioridades geopolíticas y geoestratégicas de cada uno de ellos. Casos como los de Irak, Libia, Costa de Marfil y Siria, entre otros, demuestran el múltiple estándar de conducta de los grandes decisores de la política global e internacional, observado en las crisis más importantes del presente siglo.

El nuevo colonialismo del siglo XXI surge en las postrimerías de un final de ciclo histórico, acompañado por un cambio generacional con estallidos muchas veces violentos. Esta nueva era, que combina relativismo y nihilismo por un lado, con extremismos religiosos por el otro, vio su comienzo con la demolición de los viejos paradigmas que rigieron hasta hace poco la política internacional. Especialmente, a partir del derrumbe del imperio comunista soviético y de los ataques del 11 de septiembre de 2001 en los EE.UU., pero continuando con la crisis económica global, y el resquebrajamiento paulatino pero aparentemente inexorable de un bloque regional como la Unión Europea (UE). Además, el resurgimiento de viejas reivindicaciones también imperiales, aunque con otras claves religiosas y geopolíticas que se arrastran desde un pasado remoto, al estilo de Irán y Turquía, sucesores de los extinguidos imperios persa y otomano. Asimismo y en tiempo más recientes, el resurgimiento de Rusia bajo la conducción de Vladimiro Putin, que opera para asegurar su influencia en las zonas estratégicas de amortiguación constituidas por aquellos países vecinos y circundantes que formaron parte de la “esfera de influencia” comunista soviética.

Si bien se sabe cuál es el mundo que va quedando atrás, no se perciben aún con demasiada claridad cuáles podrían ser los escenarios más probables a escala global, tanto en los tiempos venideros como a mediano y lejano plazo.

Es posible sí aproximarse a un escenario caracterizado por la magnitud del proceso de agotamiento a escala global de los recursos naturales del planeta, que son la presa predilecta de las grandes potencias.

Es precisamente en dicho marco global, caracterizado por el uso del poder duro, blando o combinado por parte de las grandes potencias en otros teatros geográficos, que los reservorios de las incalculables riquezas naturales de la Argentina y de sus adyacencias geográficas, constituyen un botín altamente apetecible.

Sólo cabría agregar, en consecuencia, que tarde o temprano vendrán por recursos naturales, y que la Argentina debería reformular urgentemente su política doméstica y exterior para enfrentar tales amenazas.

La exploración y explotación de recursos petrolíferos, y la depredación de los recursos ictícolas por parte de barcos de terceros países que operan en aguas que la Argentina reclama como propias, constituyen tan sólo una parte menor de las pretensiones británicas en la región.

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Plataforma británica en Malvinas

El ministro de Defensa argentino, Ing. Arturo Puricelli, declaró días atrás que la Argentina se defendería en caso de un ataque contra el espacio continental. Dejando al margen el estado de la capacidad militar de nuestro país para defenderse de un ataque británico, que en caso de desencadenarse podría ser acompañado por potencias aliadas como EE.UU., las palabras del ministro Puricelli demuestran la probabilidad de ocurrencia de escenarios contemplados desde hace tiempo por algunos analistas, entre quienes se cuenta el autor de estas líneas.


Las inmensas riquezas que podrían esconder el territorio antártico, y el conjunto de islas que lo circundan y por las cuales compiten el Reino Unido, la Argentina y Chile, con todos sus reservorios, constituyen un botín que las grandes potencias nucleares jamás dejarían al margen de sus planes de conquista futura. No se trata exclusivamente de petróleo, gas y agua, sino también de minerales estratégicos, y de recursos ecológicos, económicos y científicos propios de la biodiversidad.


Es por todo lo expuesto que la “militarización del Atlántico Sur”, liderada actualmente por el Reino Unido pero que muy probablemente sea respaldada en un futuro por los EE.UU. y Francia, no es en este momento sino la primera fase de una escalada que a largo plazo no tiene otro objetivo que utilizar a las Islas Malvinas, Georgias del Sur, Sandwich del Sur y los espacios marítimos circundantes arrebatados a la Argentina, para proyectar poder hacia la Antártida, Tierra del Fuego y la Patagonia argentina y tal vez también hacia la subregión patagónica chilena.

Gran Bretaña despliega en las aguas de Malvinas destructores ultramodernos como el “HMS Dauntless”; submarinos a propulsión nuclear como el “HMS Sceptre” de la Clase “Swiftsure” enviado a Malvinas en marzo de 2010, seguido tal vez en 2012 por el “HMS Vanguard” de la clase del mismo nombre, armado con 16 misiles nucleares “Trident 2 D5”, que tienen un alcance superior a 4.000 millas; aviones “Typhoon Eurofighter”; y también ha realizado ejercicios terrestres y navales con munición de guerra. A esta cadena de provocaciones se suman las visitas de ministros y legisladores británicos y, como remate de las mismas, el arribo a las islas Malvinas del príncipe Guillermo Mountbatten-Windsor, segundo en la línea de sucesión al trono, como parte de un programa de entrenamiento en su carrera como oficial del Reino Unido.

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Destructor “HMS Dauntless”


¿Deberían considerarse tales acciones como preventivas de una amenaza inexistente, o son parte de una brutal escalada con otros objetivos ulteriores, casi velados hasta hace poco tiempo? La respuesta vuelve a apuntar a ese objetico señalado, que es la Antártida; y no solamente el Sector Antártico Argentino, sino a todo el territorio que pudiera conquistarse en un futuro total o parcialmente.

La militarización más avanzada del Atlántico Sur, a partir de la consolidación del poder bélico británico en las Islas Malvinas durante los próximos años, so pretexto de una amenaza por parte de la Argentina, podría incluir el despliegue de las fuerzas navales de superficie y submarinas, aéreas, militares y misilísticas necesarias, para avanzar posteriormente con sus aliados sobre la captura de gran parte del territorio antártico. La justificación británica para robustecer el poder bélico de Gran Bretaña en la región, requiere como conditio sine qua non de la existencia de una suerte de estado prebélico, aunque más no sea creando públicamente la falsa percepción de que la Argentina amenaza la seguridad de los Kelpers. Esto, a pesar de que ni el Gobierno Nacional tiene la intención de reiterar lo sucedido en 1982, ni nuestras FF.AA. cuentan con la capacidad bélica mínima como para desembarcar y sostenerse en el Archipiélago de Malvinas.

En caso de reiterarse una aventura bélica como en 1982, no solamente seríamos pulverizados desde el punto de vista militar por Gran Bretaña. Debe recordarse al respecto que la Unión Europea reconoce a las Islas Malvinas como territorios de ultramar de Gran Bretaña. Un casus belli semejante daría el pretexto para que el aparato militar de la OTAN fuera desplegado en el Atlántico Sur, y los EE.UU. plantaran nuevas bases en la región, como pretende desde hace mucho tiempo.

La explotación de los recursos naturales antárticos y de los espacios insulares y marítimos que van desde las Malvinas hasta esos espacios helados, requeriría de una formidable línea de defensa naval y de abastecimiento, con puntos de apoyo en islas y espacios continentales cercanos. No bastaría sin duda, por su limitada capacidad, el contar como trampolín con las islas de Ascensión, de Santa Elena, y de otras que pudieran sumarse a las Malvinas, Georgias del Sur y Sandwich del Sur, para controlar un mayor espacio marítimo, como la de Diego García en el Océano Indico, llegado el caso.

Los espacios insulares y continentales más importantes para los fines señalados, no son otros que Tierra del Fuego y la Patagonia argentina y chilena, así como los estratégicos Estrecho de Magallanes y Canal de Beagle. Para información de quienes cuestionen estas hipótesis de conflicto, para nada extraños a los planes colonialistas británicos de vieja data, caben destacar los hechos que tomaron estado público de manera escandalosa en 1908, cuando fue publicada una Carta Patente que destacaba como dominios británicos no sólo a las Malvinas, Georgias del Sur, Sandwich del Sur y Orcadas del Sur, sino también a las regiones argentinas y chilena de Tierra del Fuego, el sur de Santa Cruz y el territorio patagónico del país trasandino…

Existen antecedentes históricos de enfrentamientos armados menores en la Antártida a comienzos de la década de 1950, que tuvieron lugar entre marinos ingleses y militares argentinos como resultado de una provocación de los primeros. Sería por lo tanto imprudente excluir que tales episodios pudieran repetirse en un futuro, más allá de la prohibición expresa de actividades militares que contiene el Tratado Antártico.

Como parte de los escenarios más probables contemplados, podría desaparecer aunque que más no sea de facto el Tratado Antártico, que ampara derechos argentinos adquiridos y posterga reclamaciones sobre otros territorios, al igual de lo que sucede con los del Reino Unido y Chile, que se encuentran vecinos e/o intercalados con nuestro sector. Este escenario podría materializarse como fruto de negociaciones entre las grandes potencias, con el objeto de repartirse las riquezas naturales que contiene el “sexto continente”. A título de ejemplo muy reciente, podría citarse el reparto de las riquezas del Mar Ártico, pactado entre los EE.UU., Rusia y un pequeño grupo de países, aunque no fue concretado de manera violenta como se especula podría suceder en la Antártida.

Cualquier lector que consiga la ayuda de un mapa, comprobará que el Archipiélago de Malvinas conecta a su vez con las Islas Georgias del Sur, Sandwich del Sur y Aurora. Estas tres últimas islas, excluyendo a las Malvinas, forman parte del conjunto conocido como Antillas del Sur Subantárticas. Todas las islas mencionadas forman parte de los reclamos de soberanía por parte de la Argentina y están actualmente bajo control británico.
A las islas arriba mencionadas se suman las Antillas del Sur Antárticas, como las Orcadas del Sur, Shetland del Sur, Adelaida (o “Belgrano” para la Argentina), Alejandro I, Charcot, Latady y el Archipiélago Palmer. El Tratado Antártico ha postergado cualquier tipo de ejercicio pleno y efectivo de soberanía por parte de la Argentina y Chile sobre dichas islas y sectores marítimos específicamente antárticos, mientras que las pretensiones del Reino Unido alcanzan la totalidad de los mismos.

Por último y con respecto a Tierra del Fuego y a la Patagonia argentina y chilena, y el peligro que se cierne sobre estas regiones, cabría recordar una famosa frase atribuida a Henry Kissinger, quien habría afirmado que la Patagonia chilena, y por extensión también la argentina, es una daga que apunta hacia la Antártida.

Pocas dudas caben que en caso de un asalto colonialista a la Antártida, lo primero que se procurará es que esa “daga” desaparezca de manos argentinas y/o chilenas.


Antartida

Enfrentar las amenazas ya tangibles identificadas en el presente artículo, requiere sin duda la construcción de una política de Estado a corto, mediano y largo plazo por parte de la República Argentina, pero también la de una poderosa alianza política y diplomática regional, con la intención y la capacidad de impedir, a cualquier costo, que esta nueva forma de colonialismo global del siglo XXI pueda hincar sus dientes y arrebatar las inmensas riquezas naturales que encierran los espacios terrestres y marítimos soberanos de los Estados de América del Sur.[/color] [/size]



(*) Horacion Calderón es escritor y analista internacional, considerado experto en asuntos del Medio Oriente y África del Norte, y especialista en asuntos de seguridad internacional como terrorismo global y crimen organizado transnacional.



link: http://www.youtube.com/watch?v=9rmRqDIY6kE

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