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Otras violencias


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—Tenga cuidado usted, no vaya a ser cosa que por repudiar la violencia de unas pintadas en la pared de una iglesia, termine justificando la violencia de un grupo de confesos neo-nazis y policías armados con escudos y escopetas.


Hace algún tiempo hubo una moda en Hollywood de hacer películas de guerra narradas desde la perspectiva del “otro”. Una de las que recuerdo es “Cartas desde Iwo Jima”. Parecía todo un descubrimiento para los yankees darse cuenta de que los japoneses que en tantas pelis de la guerra del pacífico hemos visto gritando desencajados, eran personas.

Claro, la peli es de 2006. Año en el que el —militarmente— inofensivo Japón no representa una amenaza, por lo que podemos hacer el descubrimiento de que sus habitantes son personas. No así con los coreanos, que en pelis recientes vemos también como asesinos inhumanos y despiadados. En resumen, el enemigo de turno (en su momento vietnamita, islámico, comunista, alemán), no es humano. Aparece siempre emitiendo sonidos guturales en un idioma extraño e incomprensible. Aparece deformado por la furia y la pasión desmedida, insensible, irracional, cruel, despiadado. El enemigo, es siempre un “otro” absoluto. ¿Qué es un otro? Lo que se opone completamente al “nosotros”. Esta oposición absoluta del otro es sumamente útil, porque ayuda a definir a ese “nosotros”. ¿Qué es un nosotros? Pues, lo que no es ese otro.

Desde luego, el otro y el nosotros son dos completas ficciones, fabricadas por un discurso que busca legitimarse continuamente. No somos más distintos a un granjero de japón en 1944 que lo que podemos ser de alguien que trabaja en el mismo lugar que nos.

Pero lo que interesa al discurso hegemónico de ese “nosotros” fabricado, no son las preguntas ontológicas que pueda generar el concepto, si no la formación de un concepto de normalidad. Y que mejor y más práctico para construir una norma que demonizar todo lo que aparece por fuera de ella, convertirlo en una amenaza, en un “otro” absoluto, incomprensible, inabordable.


Transformar lo que está fuera de la norma en un “otro” absoluto, bloquea todo intento de comprenderle. Para el poder es necesario este bloqueo: porque no hay nada que el poder tema más que la idea de comprender al “otro”. A la amenaza. Porque, ¿que pasaría si de repente, los gritos inhumanos que profiere ese “otro” se transformasen en algo con sentido? Algo cierto. Algo que nos identifique. ¿Qué pasa si de pronto nos damos cuenta de que los intereses de ese “otro” están más cerca de nosotros que aquellos intereses que nos propone la estructura de poder? Quizá nos haríamos un par de preguntas incómodas, como ¿por qué y a qué adscribimos?

El poder tiene que, por todos los medios, hacer incomprensibles y demoníacas las demandas y las razones de ese otro. Hacernos creer que no existen tales razones. Que es pura furia irreflexiva, violencia y pasión desenfrenada.

*

Dice Shylock:


—If you prick us, do we not bleed? If you tickle us, do we not laugh? If you poison us, do we not die? And if you wrong us, shall we not revenge?

(Si nos pinchás, ¿no sangramos? Si nos hacés cosquillas, ¿no nos reímos? Si nos envenenás, ¿no morimos? Y si nos hacés daño ¿no nos vengaremos?)


Los personajes perversos de la obra de Shakespeare son los que considero más humanos. Percibo mucho más humano al Shylock resentido que al Próspero que perdona sin ningún motivo. A veces, en pos de ideas que son muy bonitas cuando uno tiene comida caliente y una cama en que dormir, pero absurdas en el mundo real, nos parece que es más humano perdonar que odiar. Es muy fácil tener buenos sentimientos cuando se está bien. Y aún así, quienes estamos bien, nos permitimos odiar a lxs “otrxs”. ¿Qué tanto más, y con cuanta razón, nos odiarán a nosotrxs esos otrxs?

Un efecto más de la otrificación es olvidar las tensiones a las que está sometido cualquier ser humano, porque no percibimos al otro como humano. Solo nosotros nos reservamos la esfera del sentir humano. La expropiamos.


¿No es esperable que lxs oprimidxs se rebelen? ¿No es justo que lxs oprimidxs se rebelen? ¿No es necesario que lxs oprimidxs se rebelen?

Si no podemos comprender (y en ese “comprender” no escribo necesariamente “justificar”) la violencia de lxs otrxs, es que les seguimos viendo así: como otros. Como esxs no-humanos que gritan. Ese enemigo anónimo al que se puede matar sin culpa, carne sin alma.

No sé qué opino del ejercicio de violencia. Me gusta considerarme un pacifista, me gusta decir que la violencia es redundante, pero sospecho que no pensaría igual si tuviese verdaderos motivos para ejercer violencia. Pero suspendiendo la discusión platónica sobre el bien y el mal, y asumiendo a la violencia como real, sí puedo dar una opinión: no podemos, de ninguna manera comparar la violencia ejercida desde el poder, con la violencia ejercida por quienes sufren la opresión.

Sabemos que la violencia engendra violencia y venganza. Entonces, sabemos que ejercer violencia es arriesgado. De esa forma, el “pacifismo” de muchas personas (entre las que me incluyo quizá) se explica antes con cobardía que con buenas costumbres. Luego, quienes detentan el poder, tienen carta blanca para ejercer la violencia, porque gozan a su vez de una infraestructura que les protege de esa violencia y esa venganza.

Cabe entonces hacerse la pregunta: ¿Por qué ejercen violencia lxs vulnerables? ¿Por qué corren ese riesgo? ¿No será que tienen algo que decir? ¿No será que eso que tienen para decir es tan importante, que arriesgan sus vidas para decirlo? ¿No será que ya no aguantan más?

Fuente: https://putxrevista.wordpress.com/2015/10/14/otras-violencias/
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