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20 de junio: el día de los tres gobernadores

La muerte de Belgrano no ocurrió en un día común y corriente. Ese 20 de junio Buenos Aires vivió una de las jornadas más oscuras de la historia argentina con la sombra de la anarquía sobre su cielo y el rumor de una guerra civil inminente.

Fue el día de los tres gobernadores, una crisis solo semejante a los días de 2001 y la semana de los cinco presidentes, con vacío de poder y lucha entre los sectores más enfrentados de la vida política nacional.
El interior, olvidado y postergado, identificado en los caudillos como el supremo entrerriano Francisco Ramírez y el santafesino Estanislao López habían puesto ese año de rodillas a la orgullosa sociedad porteña que con su política proteccionista y centralista abandonaba a su suerte al resto del país.
Tras la batalla de Cepeda y las consecuencias directas del Tratado de Pilar, la historia iniciada el 25 de mayo de 1810 y con el Congreso de Tucumán se cerraba definitivamente dando lugar a una nueva etapa de la historia nacional.
20 de junio: el día de los tres gobernadores
Mientras Belgrano moría, pobre, sin dinero para pagarle a su médico personal, por las deudas que el Estado tenía con sus sueldos atrasados como militar, en Buenos Aires renunciaba el gobernador Manuel Sarratea, un hombre defendido por los caudillos y era elegido por la Junta de Representantes Idelfonso Ramos Mejía quien por la presión, duró horas en el cargo y le entregó el mismo al Cabildo que se convirtió en “Cabildo Gobernante” quien ofreció el poder a Soler;quien no aceptó asumir el mando hasta el 22, cuando fue ratificado por los miembros de la Junta de Representantes.

La noche del 20 de junio se había cerrado y nadie se enteró de la muerte del vencedor de las batallas de Tucumán (1812) y Salta (1813), del impulsor del Éxodo Jujeño para escapar de los realistas y del severo y justo líder del diezmado Ejército del Norte.

Para su lápida se uso el mármol de uno de los muebles de su casa y sin dinero para el féretro, el ataúd de pino fue donado por un amigo que quiso mantenerse en el anonimato.
Nadie se percató de su desaparición hasta un año después, cuando el nuevo gobierno de Martín Rodríguez, un hombre del riñón de Juan Manuel de Rosas puso cierto orden a la conflictiva provincia de Buenos Aires, decidió rendir un homenaje póstumo al hombre de derecho que nació en 1770 y cuyas última palabras fueron para lamentar la suerte de su querida tierra:"Ay patria mía...!".

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