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Un caramelo (cuento propio)

Un caramelo

Por Leandro Poirot


-Te contaré una pequeña historia que le sucedió a un amigo, cuyo nombre cambiaré.- le decía un joven a otro, ambos primos, mientras disfrutaban de una tarde de verano cuando el sol desaparece en el horizonte, donde las estrellas se dejan ver con suma timidez y el viento fresco abraza con suma dulzura todo a su alrededor, una tarde de aquellas que sólo se dan en el sur de Sudamérica.
- Jerome se llama nuestro amigo, tiene mi edad, y hasta el día de hoy me pregunto cómo se puede ser tan tarado en la juventud.
Realizando una rápida mirada rápida a su primo, quien tenía las manos y boca de color morado oscuro producto del Maqui que comía, le preguntó – Cuéntame, ¿de qué se trata? – Mientras su primo, el amigo de Jerome, le ofreció Maqui de la rama del arbusto que había cortado.
-Resultó así – Le dijo mientras pasaba el Maqui - Ya han pasado dos años de ésto.
-Jerome se dirigía a la biblioteca de la ciudad para realizar sus deberes académicos siempre que lo viese necesario después de clases, pues a pesar de no tener metas claras en lo que a su futuro respecta, realizaba sus obligaciones de forma diligente y prolija.
Aparte de estar casi siempre vacía, en la biblioteca aparecían los típicos estereotipos de señores y señoras que leen, quién sabe qué, y una que otra madre con su hijo de primaria solicitando el libro de lectura bimensual.
Ubicado en su pupitre, y con los libros necesarios, Jerome comenzaba a leer un libro de historia mientras registraba las respuestas en su cuaderno y algún que otro detalle que utilizaría en la sección “Reflexiones” de su tarea.
Cuando faltaba poco para marcharse, alquilen le dejó un caramelo, un coyac, en su escritorio.
-¡Hola!, no quiero molestar. Tómalo, es para ti – Y empujando un poco el caramelo, Jerome se percató de quién era. Una joven, de labios levemente gruesos, pelo oscuro como la más abrumadora noche, ojos levemente almendrados y un tono de tez, que a lo igual que sus rasgos, reflejaban el más puro mestizaje que se vivió en la Colonización española de América.
-Jerome me decía que “si un ángel tomase forma de mujer, sería como aquella muchacha”, y como suelen hablar aquellas personas que les gusta leer, me dijo; “hasta me sorprendió el hecho de no quedar ciego por tres días como el Apóstol Pablo” – Le decía un joven a otro mientras la luz del atardecer desaparecía.
-Jerome me decía que solo la volvió a ver dos veces más en la biblioteca, y no sabía por qué en aquellas ocasiones solo se limitaba a saludaba, y nada más.
Lo que el amigo de Jerome ignoraba, y seguía ignorando, era que Jerome nunca había sentido una sensación igual para con una mujer. Sus piernas le temblaban, el estómago se le comprimía y el corazón le latía tan fuerte que podía sentirlo cómo chocaba contra sus costillas. Pero claro está, ésto un hombre nunca lo rebela.
-Pasaron los años - Me contaba Jerome - y nunca más volví a ver a la muchacha, pues en una ciudad grande como lo es Valparaíso, uno vee rostros nuevos todos los días.
Todas las vacaciones Jerome se dedicaba a trabajar un par de semanas en el negocio familiar, y de esta forma reunir dinero predestinado a cubrir sus futuros gastos académicos y comprar algún regalo a su hermano menor. “Los Andes” se llama el restaurant donde trabaja, y en donde año tras año, en vacaciones, atendía al público por las tardes y los fines de semana, pues en enero son bastantes los argentinos que llegan a la costa de pacífico.
Una de las mejores amigas de Jerome, si es que no la única, solía ir a comprarle los sábados y domingos. Franchesca, una muchacha de estatura promedio, pelo castaño y ojos pardos, bastante elegante y aplicada, hay que decirlo.
-Ella siempre resultó muy atenta para conmigo – Me comentaba Jerome – Tanto era así, que pude darme cuenta que Franchesca sentía algo más allá que una siempre amistad para conmigo, y yo, yo no podía darle algo más allá que una amistad. “Si supieras todo lo que pueden revelar un par de ojos de una mujer enamorada”, pero de esto yo me percaté un día que decidimos ir a tomarnos unos helados juntos con Luis, otro amigo. Pues si fuese solo Franchesca y yo, habría rechazado la invitación como la última vez diciéndole que debía hacer tal o tal cosa, pues no quería lastimarla formando falsas ilusiones.
Después que nos bajamos del Trolebús en el mejor mirador (lugar donde se disfruta de la vista al mar y a los cerros porteños) de Valparaíso, me llevé la sorpresa.
Ese día Franchesca había invitado a un amigo y a una amiga al mirador. No sabía si estaba soñando o era una ilusión lo que estaba viendo, pero aquella amiga de Franchesca era la misma muchacha de la biblioteca de hace un par de años. Quedé aturdido como si me pegasen un mazazo. Nos reunimos los cinco en el mirado contemplando Valparaíso mientras charlábamos de frivolidades. – Hola, me llamo Millaray – Me lo dijo de una forma tal, que pareciese que nunca en la vida me había visto. Vestía una especie de polera unida a una falda que le llegaba un poco más arriba de las rodillas, era una prenda de vestir de una sola pieza donde se podían ver todas las flores del del Edén en un fondo blanco, sobre aquella prenda, llevaba una chaquetilla de jeans, bastante ochentera, con una cartera minúscula que le cruzaba el torso. Sabía que era ella, y ella, espero que así sea, sabía quién era yo, pero ninguno de los dos habló si nos habíamos vistos alguna vez.
Fue en ese entonces que me percaté que le gustaba a Franchesca. No hace falta ser un “experto” para darse cuenta cuando alguien siente algo por uno, pues son mensajes constantes enviados de forma indirecta a su receptor, algo así como regalar un caramelo a una persona bien estudiada entre un millón, y era ésa la cuestión, para mí no existía nadie más aparte de Millaray, a quién yo había elegido entre un millón.
Antes de irnos a nuestras casas, me decidí en comprar unos refrescos para todos. Fue así como fuimos bajando del cerro hasta el Ascensor Concepción que nos dejó a unos pasos de la locomoción municipal. Ya en el Trolebús, en dirección a Viña Del Mar, fuimos hablando de algunos proyectos a futuros y dando nuestra opinión de la gran cantidad de extranjeros que han llegado al país.
Nos fuimos bajando uno a uno, los primeros fueron Franchesca con Luís, luego el amigo de Millaray y Franchesca. Ahora me tocaba bajar del Trolebús, pero antes de bajarme, le regalé un caramelo a Millaray de los mismos que me regaló ella en la biblioteca, uno que había comprado junto con los refrescos. Me miró y solo me dijo; “gracias”, solo éso. A punto de bajar, le dije; “fue un gusto” y me respondió; “si, igualmente”, momento en que Millaray volteó la vista al frente y luego a la izquierda, mirando por la ventana del Trolebús o no queriendo que Jerome viese sus ojos. Justo en el momento que Jerome bajó y se volvió a mirarla por las puertas de vidrio del Trolebús, vee que Millaray tenía una mano en su rostro.
Mientras caminaba en dirección a mi casa, entendí la situación. Una tristeza brutal sacudió mi cuerpo de pies a cabeza, aquella melancolía que no sabes de dónde surge, pero que te descuartiza el cuerpo entero, aquellos sensaciones que dejas revelar cuando tus ojos se humedecen y brotan gruesas lágrimas.
No quise entrar en casa pues estaba mi madre y me era imposible que me viese tan desbastado, por lo que seguí caminando hasta la plaza más cercana para recobrar el aplomo que me fue arrebatado cuando asimilé que no volvería a ver a Millaray nunca más, pues como nos dijo en el mirador, se iría a Setúbal, Portugal, en un par de días más.
- Luego, conversando con Franchesca y Luís unos días después en el negocio familiar, éste le preguntó de dónde había conocido a sus amigos del otro día, Franchesca dijo que el muchacho lo conoció en un taller de vóleibol comunal y a la muchacha la conoció un día que una excompañera de colegio de su mamá llegó a la casa con su hija.
- ¿Hace cuánto tiempo que conoces a ambos? – Preguntó Luís, para conocer mejor a Franchesca
– A Joaquín, hace poco menos de un año, y a Millaray, hace dos meses – Contestó Franchesca.
-Entonces deben de ser personas de confianza. Una lástima que Millaray se tenga que ir tan lejos
-Si, no invito a cualquiera para que comparta con nosotros – Dijo Millaray mientras leía la portada el periódico de la ciudad.
- Lo que no entiendo es lo que me dijo Millaray aquél día en el mirador, me dijo “Amiga, será mejor para ti si yo me voy a Europa”, le dije “¿Por qué?”, me dio una respuesta convincente en su momento, pero ahora tengo duda de su veracidad… No, no lo creo, espero no volverme una vieja chismosa – Dijo Franchesca apoyando su cabeza en su mano sobre la mesa como si aquello fuese lo peor que le pudiese pasar en un futuro.
-No, no lo creo, tú no eres de ese tipo de mujer, eres… ¡PEOR!... Jaajjajajajjaja, es broma mujer – Dijo Luis de forma sarcástica para sacarnos unas sonrisas.
Momento en que Jerome caminó a paso rápido, casi corriendo, al baño del local, pues comprendió a la perfección las palabras que Millaray le había dicho a Franchesca.
-Esta historia, según me dijo Jerome, me la contó solo a mí, a nadie más. Ni siquiera sus padres u otro familiar saben de ésto – Le dijo el amigo de Jerome a su primo – Espero que Jerome no siga igual de tarado.
El joven, que escuchaba a su primo, se levantó del césped, y sin decir una palabra, caminó a la casa mientras ya era de noche.

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