epelpad

Un cuento para angustiarse.

Hasta el último momento.


Soñar. Fantasear y volver a sus años adolescentes. Dejarse cartas arriba de la mesa y reírse pícaramente al leer lo que se escribían... así vivían Clara y Germán.
Y el punto de encuentro de ambos estaba en sus mentes dormidas. Cerraban los ojos y cuando el entorno dejaba de atormentarlos, se buscaban mutuamente en los sueños. En aquellas mentiras imaginarias que muchas veces generaban gracia contarlas al otro día, o también, angustia.
Se conocían de muy jóvenes y siempre habían jugado a encontrase allí.
- ¿Hoy venís? – le decía ella con una sonrisa amartelada, sabiendo de qué hablaban.
- Si vos me dejas pasar... – le contestaba él.
- Claro que sí. Entrá sin golpear.
Todos los que los veían juntos decían que iban a terminar casados, con hijos. Y no se equivocaron.
Ella, morocha de pelo ondulado, con pecas y mejillas rellenas de nubes. Él, rubio de ojos claros de tez muy blanca. Pero, claro está, a lo largo de los años, esos colores fueron perdiendo fuerza y fueron muriendo de a poco.
Ambos soñaban largas horas un mundo solo para ellos. Un mundo donde nadie más existía; sólo ellos y el amor.
Él siempre la esperaba en una de las esquinas del sueño, y hasta que los dos no entrecruzaban sus miradas, el sol no se encendía.
Sus manos arrugadas y avejentadas seguían teniendo la suavidad de la adolescencia, y se tomaban firmemente hasta el final del camino anaranjado por las hojas secas.
Caminaban juntos, hacia un lugar del cual retornaban cuando alguno se despertaba. A paso agitado, con ínfimas conversaciones entre medio, convertían a sus sueños en postales inolvidables.
Ella decía siempre que soñar a la par de él era como una pintura abstracta, con pinceladas improvisadas que sólo ellos llegaban a comprender.
Sus sueños diarios eran sucesiones de los anteriores, amalgamándose todos en una historia de amor eterno, olor a perfume y susurros al oído.
Un camino de tierra rojiza, cercas a los costados, árboles frondosos y atardeceres interminables, se reflejaban en sus pupilas a la par.
Teniendo setenta años ella y aún más él, la vida les seguía dando todo aquello que en su juventud habían disfrutado. Ellos elegían vivir todos los días como en esos tiempos de escuela.
Se los veía pasar tomados del brazo y nadie disimulaba una expresión de cariño. Pero no por pura hipocresía, sino porque verdaderamente era bello verlos.
Hubo un día en que se fueron a dormir temprano, no habitual en ella, pero sí en Germán. Era bastante más grande, y sus múltiples deficiencias físicas lo obligaban a acostarse un poco antes que Clara. Eso sí, jamás se dormía en solitario; siempre la esperaba.
Al rato de que ella se tapara con el acolchado junto a él, se durmieron. Pero mientras que un sueño típico de ellos se desarrollaba, allí mismo se desató una inesperada tormenta, con la fuerza de un cincel contra una piedra, y con el ruido de no traer buenas noticias.
De repente, dejaron de tomarse de las manos, sus miradas dejaron de reflejarse una en la otra, el sueño se apagó y Clara lo perdió de vista.-

Un cuento para angustiarse.

1 comentario - Un cuento para angustiarse.