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La esfinge (relato e imagenes)

La esfinge (relato e imagenes)


Arena gris amarillenta. Cielo completamente azul. A lo lejos el triángulo de la Pirámide de Kefren, y cerca de mi esta enorme y extraña cara con la mirada perdida a lo lejos.

Acostumbraba ir con frecuencia del Cairo a Gizeh, sentarme en la arena frente a la Esfinge, quedarme mirándola y tratar de comprenderla de comprender la idea de los artistas que la erigieron. Y en todas y cada una de las ocasiones experimentaba el mismo miedo y terror de aniquilamiento. La mirada de la Esfinge me absorbía, una mirada que hablaba de misterios fuera de nuestra facultad de comprensión.

La Esfinge se encuentra en la meseta de Gizeh, en la que se encuentran las Pirámides y donde se levantan muchos otros monumentos, unos ya descubiertos y otros por descubrirse, y un buen número de tumbas de diferentes épocas. La Esfinge se encuentra en una depresión del terreno, de la que salen sólo la cabeza, el cuello y parte de la espalda.

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Por quiénes, cuándo y por qué la Esfinge fue erigida, son datos que se ignoran totalmente. La arqueología de nuestros días considera a la Esfinge como un monumento prehistórico.

Esto quiere decir que hasta para los más antiguos de los antiguos egipcios, los de las primeras dinastías seis mil o siete mil años antes del nacimiento de Cristo, la Esfinge era el mismo enigma que es hoy para nosotros.

De la tabla de piedra, grabada con dibujos y jeroglíficos, encontrada entre las garras de la Esfinge, partió alguna vez la suposición de que la figura representa la imagen del dios egipcio Harmakuti, “El Sol del Horizonte”. Pero desde hace mucho tiempo se ha concluido que ésta es una interpretación absolutamente sin base y que la inscripción probablemente se refiere a alguna restauración parcial hecha relativamente en fecha reciente.

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En realidad la Esfinge es de mayor antigüedad que el Egipto histórico, de mayor antigüedad que sus dioses, de mayor antigüedad que las Pirámides, las que, a su vez, son de mayor antigüedad que lo que se piensa.

La Esfinge es indiscutiblemente una de las más notables, si no la más notable, de las obras de arte que existen en el mundo. No sé de nada que pudiera compararse a ella. Pertenece sin duda a un arte totalmente diferente del arte que conocemos. Seres como nosotros no podrían erigir una Esfinge. Nuestra cultura tampoco puede producir algo como esto. La Esfinge parece ser indudablemente una reliquia de otra cultura, de una cultura muy antigua, dueña de conocimientos más amplios y profundos que los nuestros.

Hay una tradición o teoría según la cual la Esfinge es un gran y completo jeroglífico, o un libro escrito sobre piedra, que contiene toda la sabiduría antigua, y que la revela al hombre que puede leer este gran enigma que se encuentra en las formas, en las correlaciones y en las dimensiones de las diferentes partes de la Esfinge. Este es el famoso enigma de la Esfinge que desde los tiempos más antiguos han tratado de resolver los hombres más sabios.

Algún tiempo antes, al leer las obras que hablaban de la Esfinge, me había parecido que seria necesario acercarse a ella con todo el equipo de un conocimiento diferente del nuestro, con alguna nueva forma de percepción, con cierta clase especial de Matemáticas, y que sin el auxilio de estos elementos seria imposible descubrir algo en ella.

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Pero cuando vi la Esfinge con mis propios ojos, sentí en ella algo de lo que nunca había leído u oído, algo que inmediatamente la colocó, ante mis ojos, entre los más enigmáticos y al mismo tiempo fundamentales problemas de la vida y del mundo.

La cara de la Esfinge lo maravilla a uno desde la primera mirada. Antes que todo, es una cara completamente moderna. Con la excepción del tocado no hay nada de “historia antigua” en ella. Por alguna razón me había temido que la habría. Yo había pensado que la Esfinge debería tener una cara muy “extraña”. Pero este no es el caso. Su cara es simple y comprensible. Lo único extraño en ella es la forma en que mira. La cara se encuentra muy desfigurada. Pero si uno se aleja un poco y mira por algún tiempo la Esfinge, se ve como si cayera un velo de su cara, los triángulos del tocado detrás de las orejas se hacen invisibles, y ante uno aparece con toda claridad una cara completa y con perfectas facciones con unos ojos que miran sobre y más allá de uno hacia la distancia desconocida.

Recuerdo haberme sentado en la arena frente a la Esfinge en el sitio desde el cual la Segunda Pirámide a lo lejos forma un triángulo perfecto detrás de la Esfinge —y haber tratado de comprender, de leer su mirada. Primero vi sólo que la Esfinge miraba sobre mí a lo lejos. Pero pronto empecé a experimentar una especie de vaga y creciente inquietud. Un momento después sentí que la Esfinge no me estaba mirando, y no sólo que no me miraba, sino que no podía mirarme; y no porque fuera yo muy pequeño en comparación con ella o demasiado insignificante en comparación con la profundidad de la sabiduría que contenía y guardaba. De ningún modo. Eso habría sido natural y comprensible. El sentido de aniquilamiento y el terror de desvanecimiento provenía del sentimiento que yo tenia de ser en alguna forma demasiado accidental y transitorio para que la Esfinge pudiera notarme. Sentía que no sólo estos fugaces momentos u horas que yo pudiera pasar ante ella no existían para la Esfinge, sino que si pudiera yo permanecer bajo su mirada desde mi nacimiento hasta mi muerte, mi vida entera pasaría tan fugazmente para ella que no me notaría. Su mirada estaba fija en otra cosa. Era la mirada de un ser que piensa en siglos y en milenios. Yo no existía ni podía existir para ella. Y yo no podía contestar mi propia preguntare ¿existo yo para mi mismo? ¿Existo, en realidad, en alguna forma, en relación con alguna extraña cosa? Y en este pensamiento, en este sentimiento, bajo esta extraña mirada, había una frialdad de hielo. Estamos tan acostumbrados a sentir que somos, que existimos... Y sin embargo aquí, de pronto, sentí que no estaba yo, que no existía, que no podía ni siquiera ser percibido.

Y la Esfinge que se encontraba ante mí miraba a lo lejos, sobre mí, y su cara parecía reflejar algo que ella veía, algo que yo no podía ni ver ni entender.

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¡Eternidad! Esta palabra penetró en mi conciencia y atravesó todo mi ser con una especie de frío estremecimiento. Todas las ideas acerca del tiempo, acerca de las cosas, acerca de la vida, se hacían confusas. Sentí que en estos momentos en los que me encontraba ante la Esfinge, ésta vivía en todos los acontecimientos y en todos los sucesos de miles de años, y que por otra parte muchos siglos pasaban ante ella como simples momentos. Cómo podía suceder esto era cosa que yo no comprendía. Pero sentía que mi conciencia se asía de la sombra de la exaltada fantasía o clarividencia de los artistas que habían erigido la Esfinge. Yo palpaba el misterio pero no podía ni definirlo ni formularlo.

Y sólo más tarde, cuando todas estas impresiones empezaron a unirse con aquéllas que ya antes había conocido y experimentado, los bordes de la cortina parecieron levantarse, y sentí que empezaba, lenta, lentamente, a comprender.

El problema de la Eternidad, del que habla la cara de la Esfinge, nos lleva al reino de lo Imposible. Hasta el problema del Tiempo es simple en comparación con el problema de la Eternidad.

Datos para la solución del problema de la Eternidad pueden encontrarse en los diferentes símbolos y alegorías de las religiones antiguas, y en algunas de las modernas, a la vez que de las antiguas filosofías.

El círculo es el símbolo de la Eternidad. Una línea que atraviesa el espado y que vuelve a su punto de partida. En el simbolismo es la serpiente mordiéndose su propia cola. ¿Pero dónde está el principio en un círculo cerrado? Nuestro pensamiento, encerrado en un círculo, tampoco puede salir de él.

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Es necesario un esfuerzo heroico de la imaginación, un completo rompimiento con todo lo lógicamente comprensible, natural y posible, para poder descubrir el secreto de este circulo y para encontrar el punto en el que el fin se une con el principio, donde la cabeza de la serpiente muerde su propia cola.

La idea del eterno retorno, que para nosotros se encuentra conectada conectada con el nombre de Pitágoras y en los tiempos modernos con el de Nietzsche, es precisamente el impacto de la espada en el nudo del carro gordiano.

Ouspensky
Alejandro cortando el nudo gordiano, de Jean-Simon Berthélemy (1743–1811)


Sólo en la idea de retomo, de repetición sin fin, podemos comprender e imaginar a la Eternidad. Pero debe recordarse que en este caso no tendremos ningún nudo delante de nosotros, sino sólo sus partes separadas. Y habiendo comprendido la naturaleza del nudo en este aspecto dividido, tendremos que unir después estos fragmentos otra vez en el pensamiento y hacer de ellos un todo.

Tomado del libro: Un Nuevo Modelo del Universo
escrito por el Sr. P. D. Ouspensky.

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