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Uno de los mejores cuentos que jamas he leido

Redondo, bien iniciado y exelentemente acabado, sin duda el producto de un escritor enorme (G K Chesterton hera enorme en todos los sentidos) Sin duda uno de los mejores cuentos que jamas he leido.




Uno de los mejores cuentos que jamas he leido


"Las paradojas de Mr. Pond" G. K. Chesterton.-





CUANDO LOS MÉDICOS ESTÁN DE ACUERDO

Las paradojas de Mr. Pond eran de peculiarísima especie. Llegaban al extremo de resultar paradójicas infracciones de la ley de las paradojas. La paradoja ha sido definida como «la verdad puesta cabeza abajo para llamar la atención». Se ha dado en vindicar la paradoja, aduciendo que si hay tantísimas falacias aceptadas que siguen inalterablemente en pie, se debe a que carecen de cabeza sobre la cual pudieran hacer el pino. Mas hay que admitir que es cierto que los literatos, como otros mendicantes y saltimbanquis, frecuentemente intentan llamar la atención. Colocan en lugar destacado, en medio de un diálogo de una obra teatral, o al inicio o al término de un párrafo narrativo, ocurrencias de esa índole portentosa… como cuando Bernard Shaw escribió: «La Regla Áurea es que no hay ninguna Regla Áurea»; o cuando Osear Wilde observó: «Puedo resistirlo todo excepto la tentación»; o cuando un escribidor mucho más romo (indigno de ser equiparado a los antedichos y que actualmente expía sus errores tempraneros aplicándose a la nobilísima causa de dejar constancia de los aciertos de Mr. Pond) apostilló en defensa de principiantes y chapuceros y zoquetes varios como él mismo: «Si merece la pena hacer una cosa, merece la pena hacerla mal». A quehaceres así se rebajan los literatos; y luego los críticos les amonestan que «hablan para causar efecto»; y luego los literatos les replican: «¿Para qué diantres habríamos de hablar entonces? ¿Para no causar ningún efecto?». Es un espectáculo deplorable.
Pero Mr. Pond pertenecía a un universo más elevado y sus paradojas eran harto diferentes. Imposible imaginarse a Mr. Pond haciendo el pino. Y tan arduo como imaginárselo haciendo el pino era imaginárselo intentando llamar la atención. Era el hombre más discreto del mundo tratándose de un hombre de mundo: era un funcionario gubernamental menudo y pulcro; no tenía nada de llamativo salvo una barba que parecía no sólo arcaizante sino además vagamente foránea, y aun algo francesa, aunque él fuese más inglés que nadie. Pero, si a eso vamos, la respetabilidad francesa es mucho más respetable que la inglesa; y Mr. Pond, aunque cosmopolita en ciertos aspectos, era cabalmente respetable. Otro rasgo suyo tenuemente francés era la serena modulación de su discurso: una cadenciosa corriente monotónica que jamás desafinaba en una sola vocal. Y es que los franceses llevan sus aspiraciones de igualdad hasta la igualdad silábica. Con este armonioso flujo, teñido de elegantes alusiones a Viena, estaba una vez conversando con una dama; y cinco minutos más tarde ésta se reintegró con palidísimo semblante a su círculo de amigos; y en voz baja les participó el horrible secreto de que aquel hombrecillo tan afable estaba loco.
La peculiaridad de su conversación radicaba en lo siguiente: en medio de un apacible flujo oral repleto de sentido, hacían súbita aparición unas pocas palabras que daban la impresión de formar ni más ni menos que un sinsentido. No parecía sino que repentinamente se hubiese averiado el mecanismo de un gramófono. Era un sinsentido del cual el propio hablante no semejaba apercibirse siquiera; conque a veces tampoco sus oyentes notaban que hubiera algo insensato en discurso tan sensato. Pero a quienes sí lo notaban les parecía haberlo oído decir algo semejante a «Claro, como le faltaban las piernas, ganó holgadamente la maratón» o «Como no había nada que beber, todos se emborracharon enseguida». En líneas generales, dos clases de gentes lo interrumpían con una mirada o una pregunta: los muy tontos y los muy listos. Los tontos porque sólo lo absurdo se despegaba de un nivel de inteligencia que los superaba; de hecho esto era en sí mismo un ejemplo de la verdad de una paradoja: la única parte que entendían de la conversación era la misma parte que no entendían. Y los listos lo interrumpían porque sabían que, detrás de cada una de esas insólitas contradicciones tan compactas, había una muy insólita anécdota, cual la insólita anécdota que será relatada aquí.
Su amigo Gahagan, aquel gigantesco dandi irlandés de pelo rojizo y guasona locuacidad, afirmaba que Pond intercalaba tan insensatas frases únicamente para comprobar si sus oyentes le prestaban atención. Pond nunca ratificó tal cosa; de manera que sus motivos continuaron siendo un misterio. Pero Gahagan afirmaba que existe una tribu entera de modernas mujeres intelectuales que exclusivamente han aprendido el arte de orientar hacia quien hable un semblante todo interés y atención, en tanto sus cerebros se hallan de tal modo ausentes que alguna frasecita como «Puesto que estaba en la India, lógicamente visitó Toronto» les entra por un oído y les sale por el otro sin inmutar a su paso el cultivado cerebro que hay entre medias. Fue durante una pequeña cena dada por el bueno de Wotton a Gahagan y Pond y otras personas más, cuando por primera vez tuvimos una vislumbre del verdadero sentido de estos desaforados paréntesis en tan moderado conversador. Lo cierto era, para empezar, que Mr. Pond, pese a su barba francesa, era muy inglés en su costumbre de presuponer, por deferencia a los demás, que él mismo podía resultar algo aburrido. No gustaba de narrar largos y mayormente fantasiosos relatos acerca de sí propio, como sí los narraba su amigo Gahagan, aunque Pond gustase muchísimo de oírlos cuando los narraba Gahagan. Sin duda Pond había tenido algunas singularísimas experiencias personales; pero, como no deseaba convertirlas en novelas largas, sólo salían a la luz en forma de cuentos breves; y a veces estos breves cuentos eran tan brevísimos que resultaban punto menos que ininteligibles. Si es cuestión de describir semejante excentricidad, será preferible comenzar con el ejemplo más sencillo, como si se tratase de un diagrama en un libro de divulgación. Así, pues, comenzaré por el breve cuento, acechante en una aún más breve frase, que tan largamente desconcertó al pobre Wotton durante aquella precisa velada. Wotton era un diplomático a la antigua usanza, de ésos que parecían hacerse más nacionales cuanto más trataban de ser internacionales. Aunque distaba de ser militarista, resultaba muy militar. Preservaba la paz a fuerza de frases tajantes bajo un tieso bigote gris. Se caracterizaba por el prognatismo de su mentón.
—Me han informado —aseveraba Wotton— que los polacos y los lituanos han llegado a un acuerdo sobre Vilna. Era una pugna muy antigua, realmente; y me figuro que en el fondo tanta razón tenían los unos como los otros.
—Es usted inglés hasta la médula, Wotton —dijo Gahagan—, y para sus adentros estará diciéndose: «Todos los extranjeros son iguales». Mucha razón tiene si con eso quiere decir que todos los extranjeros somos diferentes de ustedes. Los ingleses son los lunáticos de la tierra, que saben que todos los demás estamos locos. Pero a veces diferimos algo entre nosotros, ¿sabe usted? Hasta de los irlandeses es sabido que nos diferenciamos un poquito unos de otros. Pero ustedes ven que el Papa condena a los bolcheviques, o que la Revolución Francesa hace trizas al Sacro Imperio Romano, y sin embargo no cesan de decirse para sus adentros: «¿Realmente hay alguna diferencia entre Tararí y Tarará?» .
—No había diferencias —terció Pond— entre Tararí y Tarará. Recordarán ustedes que quedó perfectamente claro que estaban de acuerdo. Pero asimismo han de recordar en qué estaban de acuerdo.
Wotton pareció un poco amostazado y por último refunfuñó:
—Pero si estas naciones se han puesto de acuerdo, presumo que habrá cierta paz.
—Los acuerdos son cosas extrañas —dijo Pond—. Por lo común, afortunadamente, todos los hombres están siempre en desacuerdo hasta que un día mueren pacíficamente en la cama. Muy rara vez los hombres están de acuerdo total y completamente. Una vez conocí a dos hombres que llegaron a estar tan completamente de acuerdo que lógicamente uno mató al otro; pero por regla general…
—«Llegaron a estar tan completamente de acuerdo»… —Hizo de eco Wotton dubitativamente—. ¿No quiere usted significar… está seguro de no haber querido significar: «Llegaron a estar tan completamente en desacuerdo»?
Gahagan emitió una especie de carraspeo de risa:
—Oh no —dijo—, no es eso lo que quiere significar. No sé qué diantres ha querido significar; pero nada tan juicioso como eso.
Mas Wotton, con su ponderada ecuanimidad, persistió en procurar reducir al hablante a una aseveración más responsable; y el desenlace fue que de mala gana Mr. Pond fue inducido a revelar qué había querido significar realmente, y nos hizo saber el cuento entero.
Desde el principio el enigma estuvo incluido dentro de otro enigma: el misterioso asesinato de Mr. James Haggis, ciudadano de Glasgow, que hará no muchos años ocupó los periódicos escoceses e ingleses. Manifiestamente era un caso extraño, que hubo de dar paso a consecuencias aún más singulares. Haggis era un sujeto notorio y acaudalado, concejal del ayuntamiento y dignatario de la iglesia presbiteriana . Nadie negaba que aun en tales cometidos había sido a veces más bien impopular; pero, para hacerle justicia, a menudo había sido impopular a fuer de leal a ideales impopulares. Era de esos viejos progresistas que resultan más rígidos y dogmáticos que cualquier retrógrado; y, aunque teóricamente defendía un programa de austeridad y reformas, terminaba imponiendo que casi toda reforma era demasiado costosa para las exigencias de la austeridad. De esta traza su veto había desbaratado el generalizado apoyo suscitado por la admirable campaña del viejo Dr. Campbell para combatir la epidemia en los barrios pobres durante los momentos más críticos. Pero acaso sería una inferencia desmesurada colegir de sus objeciones económicas que era un demonio que disfrutaba viendo niños pobres morir de tifus. De igual modo, era hombre famoso en los sínodos presbiterianos por su rechazo de toda revisión moderna de la doctrina del calvinismo; pero sería una interpretación demasiado torcida de sus ideas teológicas deducir que en lo más hondo abrigaba el deseo de que todos sus semejantes quedasen condenados eternamente antes de haber nacido.
Por lo demás, era reconocidamente honrado en los negocios y fiel a su esposa y su familia; conque hubo una general reacción en loor de su memoria cuando se lo encontró con señales de una puñalada en el corazón sobre el escueto césped del lúgubre cementerio adjunto a su templo predilecto. Imposible imaginarse a Mr. Haggis involucrado en alguna romántica venganza escocesa y así caído bajo una daga, o en alguna romántica cita interrumpida por un puñal; y circuló la general opinión de que ser dejado apuñalado e insepulto entre los muertos sepultados era castigo exorbitante por haber sido un economista escocés algo tacaño y chapado a la antigua.
Mr. Pond había acertado a estar presente en una pequeña cena donde se produjo un gran debate sobre aquel asesinato en cuanto misterio. El anfitrión, Lord Glenorchy, tenía el pasatiempo de leer sesudos libros de criminología; la anfitriona, Lady Glenorchy, tenía el menos pernicioso pasatiempo de leer esos más fundamentados y científicos libros que se denominan novelas policiacas. También honraron la reunión con su presencia, como dicen las crónicas de sociedad, el comandante MacNabb, jefe de policía, y Mr. Launcelot Browne, exitoso abogado londinense a quien le parecía mucho más aburrido ser procurador que jugar a ser detective; también figuraron entre la concurrencia el venerable y venerado Dr. Campbell, cuya labor en pro de los menesterosos ya ha sido encomiada, aunque todavía no debidamente, y un joven amigo suyo apellidado Angus, a quien se tenía entendido que estaba instruyendo y adiestrando en general para sus exámenes de medicina y su carrera científica.
Es lógico que a la gente responsable la encante ser irresponsable. Todas estas personas se deleitaron formulando en privado teorías de las que no tendrían que responder en público. Hombre humanitario, el comandante disfrutó acusando a alguien a quien no tendría que hacer ahorcar. El abogado se regocijó analizando la demencia de alguien cuya condición demente jamás podría demostrar. Y Lady Glenorchy se sintió cautivada por la posibilidad de considerar al pobre Mr. Haggis (nada menos que a él) como protagonista de un relato truculento. Hubo hilarantes conatos de atribuirle el crimen al ministro presbiteriano unionista, conocido sublapsariano que naturalmente —o, más aún, inevitablemente— estaría destinado a clavarle una daga a un supralapsariano . Lord Glenorchy se mostró más serio, por no decir monótono. Ya que en sus libros de criminología había aprendido el descubrimiento capital de esta ciencia, o sea que la deformidad mental y moral sólo se da entre la gente pobre, sospechó una conspiración de los comunistas locales (todos con los pulgares y las orejas deformes) y eligió como culpable a un agitador socialista de la localidad. Mr. Angus osó discrepar: a su juicio el culpable era un expresidiario, o profesional del delito, de quien se sabía que estaba en la ciudad y que había sido, a excepción de agitador socialista, todo cuanto puede resultar alarmante. Fue entonces cuando se sometió la cuestión, no sin cierta reverencia, al canoso y sabio médico anciano, que tenía tras de sí toda una vida de caridad y buenas acciones. Uno de los numerosos motivos por los cuales el Dr. Campbell parecía salido de un mundo extinto y acaso más noble, era que no sólo hablaba con acento escocés sino además en dialecto escocés. Sus palabras, pues, serán recogidas aquí con dificultad y no sin temor y temblor. —Puess bienn, me prreguntan ustedess kiénn apuñaleó a Jamie Haggis. Y sinn rodeos lio less diggo ke noo tengo interréss en descubrirr kiénn apuñaleó a Jamie Haggis. Si lo sabieese, noo lo revelarría. Trriste cosa ess, sinn duda, ke loss amiigoss y bienechorres de la maltrrecha umannidad kedenn ignorrados y sinn serr debidameente agasajaados; pero, al igual ke loss albañiiles ke edificarron nuestrra grrandioosa catedrral y loss emineentes poetass ke compusierron nuestrrass baladass de Otterburn y Sir Patrick Spens, el ombrre ke realizó el onorrable acto de matarr a Jamie Haggis noo recibirrá omenaaje perrsonal porr eyo en toda su viida; incluso ess posiible ke yegue a sufrrirr algúnn sinsaborr. Connke no obtendrránn usteedes mi parecerr… fuerra de decirr ke ace muucho tiempo ke aguarrdaba lio a un ombrre con tal discerrnimieento y arrojo filantrrópico.
A continuación siguió esa clase de silencio en que la gente no sabe a punto fijo si debe reírse ante una deliberada manifestación de ingenio; pero antes de que nadie se resolviera a hacerlo, el joven Angus, que tenía la mirada clavada en su venerable mentor, habló con el arrebato del estudiante apasionado:
—Espero que no estará usted diciendo, Dr. Campbell, que un asesinato es bueno sólo porque algunos actos u opiniones del asesinado sean malos.
—Siií ke estooy dicieéndolo, enn caso de ke seann lo suficienntemeente maloss —respondió con tranquilidad el benigno Dr. Campbell—. Al finn y a la poostre no essiste ninguuna medida para separarr el bienn y el maal. Saluspopuli suprema lex.
—¿No sirven para eso los Diez Mandamientos? —preguntó el joven, con el semblante algo acalorado, lo cual quedaba acentuado por su roja cabellera que se le elevaba de la cabeza cual rígidas llamas.
El santo filántropo de plateados cabellos le sostuvo la mirada con una sonrisa de todo punto benévola; pero en sus ojos hubo un extraño centelleo cuando contestó:
—Siií, loss Diez Mandamieentoss constitullenn una piedrra de tooke. Lo ke loss meédicos venimoss en yamarr un Test de Inteligeencia.
En este momento se hizo oír Lady Glenorchy, fuese por casualidad o porque estaba algo disgustada ante los derroteros de la discusión.
—Pues bien —dijo—, si el Dr. Campbell no desea pronunciársenos, supongo que cada cual habrá de contentarse con sus respectivas sospechas. No sé si a ustedes les agrada eso de fumar cigarrillos a mitad de una cena; es una moda a la que yo no consigo acostumbrarme.
En este punto de su narración, Mr. Pond se retrepó en su asiento con un movimiento más brusco de lo que solía permitirse.
—Claro está que siempre hacen eso —dijo con una acolchada contundencia—. Se las admira y considera muy atinadas cuando lo hacen.
—¿Cuándo quiénes hacen qué? —dijo Wotton—. ¿De qué diantres habla usted ahora?
—Hablo de las anfitrionas —dijo Pond con aire mustio—. Las maravillosas anfitrionas. Las anfitrionas que tienen gran predicamento social. Interfieren en la conversación en su idea de que es lícito interrumpirla en cualquier momento. Exactísima es la definición de una buena anfitriona: hacer que dos personas hablen cuando no les apetece y callarlas cuando empieza a apetecerles hablar. Pero a veces causan los perjuicios más horribles y mortales. Es que abortan conversaciones que no vale la pena reanudar. Y eso es horrible, como un asesinato.
—Pero, si no vale la pena reanudar una conversación, ¿por qué es horrible abortarla? —preguntó el concienzudo Wotton, en su laborioso seguimiento.
—Caramba, es horrible abortarla precisamente por eso —respondió Pond, casi con violencia, tratándose de persona tan mansa—. La conversación debería ser sagrada porque es tan leve, tan tenue, tan fútil si se quiere; en todo caso, tan frágil y sencilla de destruir. Acortar su vida es peor que un asesinato: es un infanticidio. Es como matar a un niño que trata de entrar en la vida. Ya no cabrá devolverlo a la vida, aunque se levante de entre los muertos. Una buena conversación ociosa ya no podrá ser recompuesta una vez que se la hace añicos… porque es imposible recuperar todos los añicos. Me acuerdo de una bonita conversación en casa de los Trefusis, que se originó a cuenta de un trueno por encima de la casa y un gato que maulló asustado en el jardín y alguien que hizo un chiste un poco facilón acerca de una posible catástrofe. Y entonces Gahagan formuló una teoría de veras preciosa partiendo de gatos y catástrofes y cosas así, y habría podido iniciar una espléndida conversación sobre un problema político en el Continente.
—La cuestión catalana, supongo —dijo riéndose Gahagan—; pero temo haberme olvidado totalmente de mi preciosa teoría .
—Es justamente lo que yo digo —declaró Pond con melancolía—. Sólo habría podido ser formulada entonces; habría debido ser sagrada porque no valía la pena reanudarla. La anfitriona nos la apartó totalmente de la cabeza, y encima tuvo el desparpajo de manifestar que podíamos retomarla en cualquier otro momento. ¿Realmente podíamos? ¿Podíamos hacer un pacto con el nubarrón para que volviera a tronar sobre el mismo techo, y atar al gato en el jardín para tirarle de la cola en el momento preciso, y dar de beber a Gahagan champaña suficiente para inspirarle una teoría tan volátil que ya se le ha olvidado? Cuando se inició aquella discusión, se trataba de entonces o nunca; y su interrupción tuvo consecuencias en verdad catastróficas. Pero eso, como suele decirse, ya es otra historia.
—En otra ocasión tiene usted que contarnos esa otra historia —dijo Gahagan—. En el momento presente sigo en mi curiosidad acerca del hombre que asesinó a otro porque estaba de acuerdo con él.
—Sí —convino Wotton—; nos hemos desviado del asunto, ¿verdad?
—Eso dijo Mrs. Trefusis —se lamentó Mr. Pond, contristado—. Supongo que no todos saben apreciar lo sagrado de la conversación realmente superflua. Pero si se sienten ustedes hondamente interesados por el primer asunto, nada me cuesta reanudarlo… aunque preferiría no revelar pormenorizadamente cómo llegué a esclarecerlo. Fue algo más bien confidencial: la que se denomina una confesión. Disculpen mi pequeña digresión sobre el tino de nuestra anfitriona: tiene algo que ver con lo que ocurriría posteriormente y no carezco de razones para mencionarlo.
»Con gran despreocupación Lady Glenorchy cambió de tema: de asesinatos a cigarrillos; y la sensación primordial de todos fue que nos habíamos quedado sin un interesantísimo altercado sobre los Diez Mandamientos. Una superfluidad, demasiado alada y etérea como para que a los espectadores les volviera a las mientes en otro momento. Pero hubo otra superfluidad que a mí sí me volvió a las mientes entonces; y preservó mi interés por un asesinato en el que habría podido pensar muy poco, como diría De Quincey. Recordé haber consultado una vez el apartado dedicado a Glenorchy en el Quién es quién y haber visto que está casado con la hija de un adinerado terrateniente de Lowesoft, un pueblo del condado de Suffolk».
—Lowesoft, Suffolk. Obscuras alusiones —dijo Gahagan—. ¿Indican de por sí algo maligno y ominoso?
—Indican —dijo Pond— el ominoso hecho de que Lady Glenorchy no es escocesa. Si hubiese introducido el tema de los cigarrillos a la mesa de su padre en Suffolk, habrían podido borrarse del pensamiento y de la memoria de todos unas nimiedades tales como los Diez Mandamientos. Pero yo tenía conciencia de estar en Escocia y de que el asunto no había hecho más que comenzar. Ya les he dicho que el viejo Campbell era el tutor o preparador del joven Angus para su doctorado en medicina. Para un mozalbete como Angus era un gran honor tener como mentor a Campbell; pero incluso para toda una autoridad como Campbell también debía de ser gratísimo tener como discípulo a Angus. Pues siempre había sido un discípulo muy industrioso y deferente y espabilado, capaz de recompensar los esfuerzos del anciano; y, después de la noche de que hablo, semejó tornarse más industrioso y espabilado que nunca. Lo cierto es que le prestó tanta atención a su maestro que suspendió los exámenes. Esto fue lo primero que me persuadió de que mi conjetura era exacta.
—Y muy clara, asimismo —dijo Gahagan con malicia—. Le prestó tanta atención a su maestro que suspendió los exámenes. Otro comentario que a algunas personas podría antojárseles que requiere desarrollo.
—Es muy sencillo, en realidad —dijo Mr. Pond candorosamente—. Mas, con el fin de desarrollarlo, tendremos que replegarnos momentáneamente sobre el misterio del asesinato de Mr. Haggis. En la localidad se desató una especie de fiebre detectivesca; pues todos los escoceses adoran discutir y tenían ante ellos un enigma a todas luces fascinante. Un punto esencial del misterio era la herida, que en un principio se creyó hecha por alguna clase de puñal o daga, pero que seguidamente los expertos dictaminaron que hubo de ser causada por otro distinto instrumento de forma algo extraña. Por lo demás, se rastreó todo el distrito en busca de cuchillos y espadas; y transitoriamente las sospechas recayeron sobre cualquier joven impulsivo de allende los límites de las Highlands que conservara una histórica ternura hacia la tenencia de dagas escocesas. Todos los especialistas médicos convinieron en que el instrumento había sido algo más sutil que una daga, aunque ninguno de los especialistas médicos se prestó a siquiera conjeturar cuál había sido el arma. Sempiternamente era buscada alguna pista en el cementerio y en su iglesia. Y por entonces el joven Angus, que había sido frecuentador fiel de aquella precisa iglesia, e inclusive una vez había inducido a su anciano tutor y amigo a asistir una tarde a los oficios de su clérigo, imprevistamente dejó de frecuentarla; más aún, ya no volvió a asistir a ninguna iglesia. Así que comprendí que yo continuaba por buen camino.
—Ah —dijo Wotton, perplejo—, ¿así que comprendió que continuaba usted por buen camino?
—Temo no haberme percatado de que estaba usted en camino alguno —dijo Gahagan—. Si he de ser sincero, mi querido Pond, le diré que entre todas las narraciones errabundas y desnortadas y digresivas que yo haya escuchado jamás, la más errática es la narración que estamos teniendo el privilegio de escucharle. Primeramente nos cuenta usted que dos escoceses empezaron una conversación acerca de la moralidad del asesinato y no pudieron terminarla; luego se lanza a despotricar contra las anfitrionas de sociedad; más adelante desvela el ominoso hecho de que una de ellas es natural de Lowesoft; después vuelve sobre uno de los susodichos escoceses y afirma que lo suspendieron en los exámenes porque le prestó demasiada atención a su maestro; por último, tras un pequeño inciso sobre la rara forma de una daga nunca vista, nos dice que el tal escocés ya no va a la iglesia y que usted continúa por buen camino. Con franqueza, si de veras halla algo sagrado en las conversaciones superfluas, me atrevo a decir que por lo menos en ese respecto sí que va por buen camino.
—Yo sé —dijo Mr. Pond flemáticamente— que todo lo que he estado diciendo se halla muy ligado a la clave del asunto… aunque, claro está, ustedes ignoran la clave del asunto. Una narración siempre parece errática y superflua mientras no se llega a la clave del asunto. Por eso es por lo que son tan fastidiosos los periódicos. Todas las noticias políticas, y la mayoría de las noticias policiales (aunque son de categoría algo más elevada que las políticas), se hacen muy confusas y hasta insensatas por la obligación de relatar cosas sin relatar la cosa.
—Pues bien, en tal caso —dijo Gahagan— procuremos extraerle algún sentido a todo ese sinsentido, que ni siquiera cuenta con la excusa de los sinsentidos periodísticos. Sometamos a prueba uno de los sinsentidos de usted: por ejemplo, ¿por qué dice que Angus fue suspendido porque le prestó tanta atención a su maestro?
—Porque no le prestó atención a su maestro —contestó Pond—. Yo no he dicho que le prestó atención a su maestro. Por lo menos no he querido decir que le prestó atención en temas académicos. He querido decir que estuvo demasiado tiempo junto a su maestro. He querido decir que pasó días y noches junto a su maestro; pero no habló con él de nada relacionado con los exámenes de medicina.
—Entonces, ¿qué hacía? —preguntó Wotton ariscamente.
—¡Él y su maestro proseguían la conversación! —exclamó Pond, con voz que resultó casi un grito—. Apenas si paraban para comer y dormir; mas lo que hacían era proseguir la conversación: la conversación interrumpida durante la cena. ¿Es que nunca han conocido a un escocés? ¿Acaso creen que con una sarta de cigarrillos, y un par de frases inoportunas, una mujer de Suffolk puede impedir que dos escoceses prosigan su discusión una vez iniciada? La reanudaron al ponerse los abrigos y sombreros; la continuaron con toda intensidad mientras atravesaban la verja; y sólo un poeta escocés es capaz de describir lo que siguió:
And the tane went hame with the ither; and then, The tither went hame with the ither again.
(Y a ambos el tono les llegó al alma; y después La soga les llegó al alma también).
»Y durante horas y días y semanas y meses no abandonaron la interminable discusión sobre la tesis formulada por el Dr. Campbell: que cuando un hombre bueno está inequívocamente seguro de que un hombre malo está obrando en detrimento del bien común y haciendo el mal a un nivel fuera del alcance de la ley o cualquier otra iniciativa reglamentaria, el hombre bueno tiene derecho moral a asesinar al hombre malo y con ello no hace sino acrecentar su propia bondad».
Durante unos instantes Pond hizo una pausa, mesándose la barba y mirando hacia la mesa; seguidamente continuó:
—Por razones que ya he mencionado pero no explicado…
—Eso es lo malo de ti, hijo mío —dijo Gahagan paternalmente—. Siempre hay una enorme cantidad de cosas que has mencionado pero no explicado.
—Por tales razones —recomenzó Pond calmosamente—, estoy en condiciones de saber muchas cosas de la evolución de aquella empecinada y absorbente controversia, de la cual nada supo nadie más. Pues Angus era un sincero buscador de la verdad que deseaba satisfacer su alma y no meramente labrarse una fama; y Campbell era hombre lo bastante insigne como para sentir igual anhelo de convencer a un estudiante que de convencer a una muchedumbre desde una tribuna. Pero no voy a detallar por extenso la evolución de la controversia. A decir verdad, no soy lo que se dice imparcial respecto de la controversia. Cómo puede alguien formarse una opinión y seguir siendo lo que se dice imparcial en una controversia, está fuera del alcance de mis entendederas. Pero supongo que cualquiera verá que yo no podría describir con equidad la discusión… porque el bando con que simpatizo no fue el que ganó.
»Las anfitrionas de sociedad, especialmente las nacidas en Lowesoft, nunca adivinan hacia dónde se orienta una conversación. La interrumpen no con una indirecta sino con un proyectil; y encima esperan que no estalle. De todas formas, yo sí adivinaba hacia dónde se orientaba la conversación iniciada durante la cena en casa de los Glenorchy. Cuando Angus sugirió los Diez Mandamientos como piedra de toque y Campbell dijo que servían de Test de Inteligencia, adiviné lo que se avecinaba a renglón seguido. Al instante siguiente el Dr. Campbell habría dicho que nadie que posea algo de inteligencia hace caso ya de los Diez Mandamientos.
»¡Si serán engañosas las canas y ese patriarcal encorvamiento de la vejez! En alguna página Dickens describe a un patriarca que no necesitaba otra virtud que sus canas. Cuando desde el lado opuesto de la mesa el Dr. Campbell sonrió a Angus, para casi todos no hubo en aquella sonrisa más que una benevolencia patriarcal y paternal. Pero en su mirada yo alcancé a advertir un centelleo que me dijo que el anciano no era menos pugnaz que el joven de roja cabellera que tan desafiantemente lo había interpelado. De alguna extraña manera, por si fuese poco, súbitamente me pareció ver a la ancianidad misma como si fuera un disfraz. Las canas se habían convertido en una peluca blanca, empolvada como las del sigloXVIII; y el rostro sonriente que había debajo era el rostro de Voltaire.
»El Dr. Andrew Glenlyon Campbell era un verdadero filántropo; también lo fue Voltaire. No siempre hay certeza de si la filantropía significa amor al hombre o a la humanidad. Hay alguna diferencia. Creo que le importaba menos el individuo que el pueblo o el mundo; de ahí sin duda su graciosa excentricidad de glorificar un acto de ejecución privada. Pero, de todas formas, yo adiviné que pertenecía a esa inexorable saga de escoceses descreídos que va desde Hume hasta Ross o Robertson. Y, otras consideraciones aparte, estos descreídos son obstinados y creen inquebrantablemente en sus convicciones. También Angus era obstinado y, como ya he dicho, era devoto feligrés del mismo sombrío templo que el malogrado James Haggis: vale decir, era uno de esos irreductibles sectarios ardorosos del puritanismo del sigloXVII. Y así el escocés ateo y el escocés calvinista discutieron y discutieron y discutieron, hasta que razas más plácidas habrían podido suponer que cayeron muertos de cansancio. Pero no fue por su desacuerdo por lo que murió ninguno de los dos.
»Ahora bien, todas las ventajas estaban, en el conflicto, de parte del hombre más viejo y más culto; y hay que tener presente que el más joven sólo disponía de una versión algo escueta y provinciana del credo que defendía. Como ya he dicho, no los abrumaré con los razonamientos del uno y del otro; confieso que casi me abruman a mí mismo. Sin duda el Dr. Campbell dijo que los Diez Mandamientos no podían ser de origen divino puesto que dos de ellos ya fueron mencionados por el virtuoso emperador Foo Chi, de la Segunda Dinastía, o que alguno es creación de Sinesio de Samotracia y figuraba en el código perdido de Licurgo».
—¿Quién fue Sinesio de Samotracia? —inquirió Gahagan, con aspecto de repentina y apasionada curiosidad.
—Fue un personaje mítico de la Era Minoica, descubierto en el sigloXX d.C. —Contestó impertérrito Pond—. Acabo de inventármelo; pero ya saben ustedes a qué tipo de cosas me refiero: la irrealidad del monte Sinaí demostrada basándose en un paralelismo con los mitos del Arca que se posó sobre el monte Ararat y la montaña que no vino a Mahoma. Pero es que la crítica textual afecta realmente a una religión que sólo se base en textos. Yo sabía hacia dónde tendería el conflicto; y supe cuándo terminó. Lo supe cuando Robert Angus dejó de acudir a cualquier iglesia a santificar las fiestas.
Mejor será describir más directamente el desenlace de la discusión; si bien, todo sea dicho, el propio Mr. Pond lo describió en forma inexplicablemente directa… casi como si misteriosamente hubiera estado presente o lo hubiera contemplado en una visión. En cualquier caso, parece ser que el aula-quirófano de la Facultad de Medicina fue el escenario de la etapa final del desacuerdo y el acuerdo. Los dos habían ido allí, muy avanzada la noche, cuando estaba cerrada la Facultad y desierta el aula, porque Angus creía haberse olvidado parte de su instrumental, que por descontado no convenía dejar al alcance de cualquiera. En el lugar vacío no había más ruido que el eco de sus pisadas, y poquísima luz excepto los tímidos rayos de luna que se filtraban por las rendijas entre las cortinas de las ventanas. Angus logró dar con su instrumento quirúrgico y ya se volvía hacia la empinada escalera que subía por entre las filas semicirculares de pupitres, cuando Campbell le dijo incidentalmente:
—Pueede usted comprrobar lo ke le inndiké sobrre loss salmoss azteecas enn el…
Angus arrojó el instrumento sobre la mesa cual un hombre que tirara la espada, y con novedoso y transfigurado aire de sinceridad y determinación se volvió hacia su acompañante:
—No se preocupe usted más por salmos y cosas así: bien puedo confesarle que, lo que es yo, ya no las necesito. Es usted demasiado fuerte para mí… o, mejor dicho, la verdad es demasiado fuerte para mí. He defendido mi pueril pesadilla hasta donde he podido; pero por último usted me ha despertado. Usted lleva razón, no puede menos que llevarla; no veo manera de refutarlo.
Tras una pausa, Campbell repuso muy cordialmente:
—No voy a pedirr esscusas porr aberr luchaado porr la verrdad; pero, amiigo mío, a luchaado usted como un braavo porr el errorr.
Habríase dicho que jamás el anciano blasfemador había hablado sobre el particular con un tono tan afable y admirativo; conque semejó extraño que el joven converso no reaccionase ante tal manifestación. Alzando la mirada, Campbell comprobó que inopinadamente se había desviado la atención de su neófito; miraba fijamente el instrumento que había vuelto a tomar en la mano: un bisturí de hechura inhabitual, para operaciones especiales. Al fin dijo con voz ronca y apenas audible:
—Un cuchillo de forma rara.
—Recórrdese la autoopsia de Jamie Haggis —dijo el anciano, con un benigno asentimiento de cabeza—. Siií, lo a desscubrido usteed, me parrece.
Y, luego de un breve silencio, agregó con pareja serenidad:
—Aorra ke emoss yegaado a estarr de acueerdo, aorra ke pensamoss lo miismo sobrre la necesidaad de la cirugiía política, bienn estaá ke seepa ussted toda la verrdad. Siií, muchacho, lio fui kienn lo iizo… y conn unn bissturí como éese. Akeeya tarrde enn ke usteed me yevoó a la iglessia… vaaya, fue la prrimera vez, crreo, ke e sudo ipoócrita; peero desspués de loss oficioss me kedeé a rezarr, y me parreció ke tuuvo ussted essperranzas de ke me convirrtiera. Pero lio me abiía kedaado a rezarr porrke Jamie se abiía kedaado a rezarr; y cuando se levantoó, lo seguií y lo mateé enn el cementerrio.
Angus no dejaba de mirar ensimismado el bisturí; entonces dijo de improviso:
—¿Por qué lo mató?
—Ueelga prreguntarlo, aorra ke estaamos de acuerrdo sobrre filosofiía moraal —repuso con sencillez el anciano médico—. No fue siino unna operración kirrúrrgica. Tal como amputaamos un deedo parra salvarr todo unn cuerrpo, tambiénn debemoss amputarr unn oombre parra salvarr el cuerrpo sociaal. Lo mateé porrke acia el maal, e inumannamente estorrbaba algo bueeno parra la umannidad: el prrollecto de aussilio sanitarrio a loss pobrres. Y me figurro ke, aorra ke a reflessionado ussted, opinarrá lo miismo.
Siniestramente Angus asintió.
Dice el refrán: «¿Quién decidirá, si los médicos están en desacuerdo?». Pero en aquel tenebroso y sombrío quirófano los médicos estaban de acuerdo.
—Sí —dijo Angus—, ahora opino lo mismo. Además he tenido una experiencia muy similar.
—¿Cómo diice? —inquirió el otro.
—He tenido trato diario con un hombre de quien creía que hacía el mal —respondió Angus—. Y sigo creyendo que usted ha hecho el mal, aunque estuviera al servicio de la verdad. Me ha convencido de que mis creencias no eran más que sueños; pero no de que soñar sea peor que despertar. Destruye usted brutalmente los sueños del humilde, se mofa de las débiles esperanzas del afligido. Me parece usted cruel e inhumano, tal como Haggis le pareció cruel e inhumano a usted. Es usted honrado según su criterio, pero también lo era Haggis según el suyo. No fingía creer en la salvación por las obras, tal como usted no finge creer en los Diez Mandamientos. Él era bueno con los individuos concretos, aunque la multitud sufriera; usted es bueno con la multitud, pero ha sufrido un individuo concreto. Aunque, al fin y a la postre, también usted no es más que un individuo concreto.
Algo en estas últimas palabras, que habían sido pronunciadas con mucha suavidad, hizo que de pronto el viejo doctor se intranquilizara y comenzara a retroceder hacia los peldaños. Angus saltó como un gato montes y le cerró el paso con enorme brusquedad; siguió hablando, pero ahora con voz más exaltada:
—Día tras día, he sentido la tentación y el impulso de matarlo; y sólo me contenía la superstición que esta noche ha acabado usted de aniquilar. Día tras día, ha ido usted pulverizando esos escrúpulos que eran lo único que lo defendía de la muerte. ¡Gran pensador; agudo razonador; hombre necio! Más le valdría que esta noche yo todavía creyera en Dios y en su mandamiento que prohibe el asesinato.
Con consternación el anciano trató de zafarse de las manos que lo aferraban, pero era demasiado débil y Angus lo arrojó de golpe sobre la mesa de operaciones, donde quedó semidesvanecido. En torno a ellos y por encima de ellos las desiertas gradas de pupitres concéntricos brillaban con los exiguos y glaciales rayos de luna, tan desoladas como el Coliseo bajo la luna: un anfiteatro vacío donde no había voz humana que gritase «Habet!». El asesino de roja cabellera tenía alzado aquel bisturí de tan rara hechura como el cuchillo pedernalino de algún sacrificio prehistórico; y aún siguió hablando con el exaltadísimo tono del delirio:
—Una sola cosa preservaba la paz entre los dos y lo protegía: que estábamos en desacuerdo. Ahora estamos de acuerdo; ahora tenemos la misma concepción de la teoría… y de la práctica. Puedo yo obrar igual que obraría usted. Puedo yo obrar igual que obró usted. Quedamos en paz.
Y tras pronunciar esta última palabra asestó el golpe; y Andrew Campbell se movió por vez última. En su templo frío, sobre su altar sin Dios, se agitó y luego quedó yerto; y el asesino se ahinojó y luego huyó del edificio y de la ciudad y cruzó nocturnamente la frontera de las Highlands para esconderse en las montañas.
Narrado que hubo Pond esta historia, lentamente Gahagan se incorporó hasta quedar de pie en toda su gigantesca estatura y sacudió la ceniza de su cigarro en un cenicero.

—Tengo cierta sospecha, Pond —dijo—, de que no es usted tan digresivo como puede parecer. No es tan digresivo, quiero decir, ni siquiera respecto de nuestra conversación inicial sobre ciertos asuntos políticos europeos.
—Tararí y Tarará estaban de acuerdo… en declararse la guerra —dijo Pond—. Demasiado fácilmente quedamos satisfechos diciendo que polacos o prusianos o cualesquiera otros extranjeros han llegado a un acuerdo. Pocas veces preguntamos en qué han llegado a estar de acuerdo. Pero un acuerdo puede ser desastroso, a menos que sea un acuerdo con la verdad.
Wotton lo consideró con no poca inquietud interior; pero finalmente resolvió, suspirando de alivio, que aquello sólo era metafísica.

8 comentarios - Uno de los mejores cuentos que jamas he leido

Gapeanal +1
Muy largo che ¿ La pusiste o no ?
Martin-Carp +1
Que con la inclusion social resolvemos el problema de la delincuencia
Publius
Esta interesante el post, pero está muy extenso
smurff
resumen lvl5?
4417763
@SinGanasDeVivir Exacto fue una guerra mundial, muy cruenta, pero estos no murieron en combate, la mayoría eran civiles, por lo que entra en la categoría de crímenes de guerra (que también comentieron los aliados) aunque los japoneses fueron más crueles que los alemanes en ese sentido con lo que pasó en Nankin.
4417763
@SinGanasDeVivir Lo de los hornos y las gaseadas, o lo de los jabones hechos de grasa humana es más debatible por lo que no hay registros audiovisuales, solo testimonios de sobrevivientes y las supuestas instalaciones que hoy son museos pero tiene sentido si te pones a pensar que Hitler estuvo toda la guerra a contrarreloj, sabiendo desde el principio que no la ganaría y que la mejor manera de ejecutar su Solución Final era usar métodos de exterminio industriales.
4417763
@clauper Le respondí a una imagen que tampoco tenía nada ver con el post
aasda -1
G K Chesterton " hera " enorme en todos los sentidos... que HDP
clauper +1
@saitamfed ¡Que bruto No soy muy amigo del teclado y encima haciendolo a las apuradas. Para colmo "era" aparece en la primera oracion del cuento, como la 6ª palabra.-
saitamfed
@clauper Pero no hay problema,solo que me pareció extraño que no lo notaras.
NachoPeroli
@clauper Van mis ultimos +5 y una posta de Chesterton. Slds

paradojas
agusianniianni
Interesante vista filosófica sobre la obra del bien