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La adivina

La adivina


Aquel hombre, que venía caminando junto al cordón, pisando los adoquines de un barrio extraño… reconoció de inmediato, a esa casona que se imponía en el medio de la cuadra; quedó petrificado observándola; era la casa abandonada donde jugaba de niño, su viejo barrio, y ni siquiera se había dado cuenta. Allí parado, giró lento trescientos sesenta grados mirando… el progreso había tomado cuenta del lugar, de su infancia ya sólo quedaba allí esa casona, inmortal.
El muro de dos metros y medio de alto, con su portón de doble hoja oxidado y entre abierto, daba paso a un jardín enmarañado y selvático; más atrás, profundo en el terreno se levantaba la construcción, enorme y gris. Tras sus ventanas esmeriladas le sorprendió ver una silueta, una silueta encorvada, una silueta que lo espía, una silueta… y chirria la reja por un gato que pasa corriendo y mueve el portón, salta trepa y queda parado, lamiendo su pata sobre un cartel de madera escrito a mano:

Se adivina la suerte


Sintió el frío del hierro cuando empujó el portón… que abrió fácilmente, el gato lo acompañó por el sendero hasta la casa, peldaños, polvo y telarañas en una puerta que ya estaba abierta… aplaudió:

-¡Buenas…!

El gato entró corriendo, atravesando el gran salón subió unas escaleras de madera apolillada y en el descanso, se quedó parado, mirándolo a los ojos.

-Sube… –le dijo una voz firme- …te estaba esperando -y no parecía de anciana.
Su nariz le advierte de un aire húmedo, viejo y encerrado, pero la penumbra se aclara mientras sube por las escaleras. El segundo piso era bien distinto, olía a fragancia fresca, la brisa cálida entraba por un ventanal abierto al completo haciendo flotar las cortinas blancas, ligeras, casi tocando las espaldas de la joven que destacaba sentada tras una mesa caoba, toda labrada, y con una extraña forma de luna menguante; en su mano izquierda, un mazo de cartas de gran tamaño y con su derecha, una a una las colocaba en procesión sobre la mesa… como si el hombre no estuviera frente a ella. El felino ágil, trepó a la media luna sobre una de sus puntas y esto quebró su trance:

-Tome asiento -le dijo señalando con su mano al frente de la mesa… y no había silla, el hombre avanzó y quedó parado:

-Estos naipes me han hablado de usted, me han dicho que hoy vendría

–¿Así… qué curioso… y qué más te dijeron?

La sibila dio vuelta seis cartas, acomodándolas sobre la mesa para formar con ellas, dos triángulos:

-Tuviste una buena infancia; puedo ver la casa donde vivías junto a tus padres… y a tu abuelo, y te veo a ti, jugando en el jardín a la pelota con el anciano, fue él quien te enseño el juego; tu padre trabajaba el día entero, pero siempre a su regreso te traía un obsequio: un chocolate… una golosina…, un día trajo consigo una camiseta de tu equipo favorito: ¿recuerdas ese día, recuerdas la camiseta autografiada?
El hombre, algo aturdido por la exactitud de los detalles, intentó responder con normalidad:

-Claro que me acuerdo, si todavía la tengo guardada en un cajón… -Mintió.

-Si… has tenido una buena infancia, hasta el final de tu adolescencia, cuando tu madre falleció. Los siguientes años fueron oscuros, la depresión tomó cuenta de ti haciéndote caer en un espiral descendente… hasta que conoces a Estela, ella te sacó de allí; poco después la habéis desposado, y así nació tu primer hijo, una niña, le has puesto Adela por nombre según la gracia de tu madre, tiempo después, habéis comprado un perro para completar la familia.
El hombre aún de pie, observó con ternura al gato mientras recordaba su vida pasada, y trayendo imágenes que creía olvidadas, lo acarició de la cabeza a la cola, varias veces. El felino comenzó a ronronear.
La cartomántica, dio vuelta una séptima carta y la colocó en medio de los dos triángulos.

-Este naipe, el último, ya no nos habla del pasado, nos ha de contar tu presente

-Leéla no más que ya me esta gustando

-Primero tome asiento, ya se lo he pedido antes –Y con su mano extendida señaló nuevamente, el hombre se dio vuelta para ver y casi se cae… tropezando con una silla que tenía a sus espaldas, pegada a las pantorrillas. Luego de tomar asiento la adivina continuó:

-Tu hija y tu perro han crecido, y tu relación con ella ha cambiado, ya no la tratas igual; tampoco a tu mujer

-Que interesante che, ¿y podes contarme del futuro?

-El futuro no es de gracia, has de pagar por el

-Tomá doscientos pesos –y los dejó sobre la mesa junto al gato- pero contame algo bueno he

-Siete naipes para el pasado, siete naipes para el futuro; es todo lo que puedo hacer por ti

La sibila recogió las cartas de la mesa, barajo, y dispuso nuevamente seis de ellas, pero esta vez, cerrando un circulo preciso.

-Veo disputas, discusión y malos tratos. Tu mujer se apartará de ti, y se habrá de llevar a la niña con ella, pero no al perro. Desahuciado y enfurecido, te desquitarás del animal, finalmente, lo dejarás abandonado a su suerte, habrás de caer así en una depresión muy grande, similar a la de tu adolescencia, pero esta vez, habrás de enfermar gravemente… y morirás

-¿Cómo que me voy a morir, y cuando será eso?

-Pronto… muy pronto

-Me estas mintiendo, eso no puede ser verdad

-Tranquilo, no corráis prisa, aún queda la séptima, y última carta por tirar… -así la joven dio vuelta la séptima carta, colocándola en el centro del círculo y aclara:

-Es este el naipe de los cambios espirituales, las grandes transformaciones

-¿Entonces… no moriré?

-Sí morirás, las cartas no se equivocan y tu muerte, ya ha sido echada, pero luego todo cambiará para ti

-Me iré al cielo… seguro

-No, eso no sería un cambio… sería el camino habitual, tú sufrirás una gran transformación

-¿transformación… cuál transformación?

-No quedan ya más naipes por tirar… pero tengo algo aquí, en este cajón, que nos lo puede decir… pero claro, todo tiene su precio -Dice la brujita mostrándole la palma de su mano extendida.

El hombre rasco sus bolsillos y le dio todo lo que tenía, hasta el reloj. En la mesa de luna, chirrió el cajón al ser abierto y surgieron de allí una serie de pequeños pergaminos o más bien: trozos de pergaminos, con sus bordes desparejos, algo deshilachados y llenos de jeroglíficos incomprensibles; la pitonisa los colocó uno a uno en forma de abanico abierto sobre la mesa, y explicó:

-Estos papiros fueron hallados junto al Libro de los Muertos; tú escoge uno y sólo uno, pero escoge bien, porque las posibilidades son muchas… pero la transformación: es una sola

El hombre dudó pasando su mano sobre los papiros, para él todos iguales… y finalmente escogió. Lo tocó con su índice primero y esto hizo erizar al gato, que encorvó su lomo mostrando los dientes y lanzando zarpazos al aire; saltó de la mesa y huyó; el tipo lentamente le dio la vuelta, y se mostró la figura inconfundible, de un hombre con cabeza de perro.

By: Cuentista

4 comentarios - La adivina

franmax_capo
no lo entendi che!!!! Por que un hombre con cabeza de perro?
guideahon
Está bueno, aunque un poco confuso... me encantaría que te sumes a esta comunidad
http://www.taringa.net/comunidades/poetasypoemas
me encantan tus escritos
Romilu
La idea me gustó mucho. Nunca escribí, así que espero que no te tomes a mal mi comentario, es solo una sugerencia y con toda la buena onda porque me copó el relato: yo lo que haría sería dejar un final abierto, la parte de la reacción del gato me parece extraordinaria pero no necesariamente porque estemos hablando de que se haya convertido en un perro sino porque puede dar la idea de que es algo terrible.. y que el lector se quede pensando en que puede ser eso tan dramático me parece que es lo mejor.
Seguro despues paso a leer otros cuentos tuyos, que supongo que por tu nombre de usuario que alguno más debes haber publicado, me gustó tu redacción. Saludos!