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Fernando Sorrentino - 35 Cuentos breves argentinos -

La siguiente compilación de cuentos que iré actualizando a medida que vaya transcribiéndolos, pertenece a un libro llamado "35 cuentos breves argentinos" siglo XX del editorial "Plus Ultra" Fernando Sorrentino.
Cada cuento previamente tiene la biografía de cada autor pero por el momento no voy a transcribir esa parte, en el caso de que a alguien le interese lo haré. Desde ya gracias espero que haya lectores por acá que les interese el tema ...



Cuento Nº 1: Enrique Anderson Imbert "LAS MANOS"


En la sala de profesores estábamos comentando las rarezas de Céspedes, el nuevo colega, cuando alguien desde la ventana, nos avisó que ya venía por el jardín.
Nos callamos, con las caras atentas. Se abrió la puerta y por un instante la luz plateada de la tarde flameó sobre los hombros de Céspedes.
Saludó con una inclinación de cabeza y fue a firmar. Entonces vimos que levantaba dos manos erizadas de espinas.
Trazó un garabato y sin mirar a nadie salió rápidamente.
Días más tarde se nos apareció en medio de la sala, sin darnos tiempo a interrumpir nuestra conversación. Se acercó al escritorio y al tomar el lapicero mostró las manos inflamadas por las ampollas del fuego.
Otro día - ya los profesores nos habíamos acostumbrado a vigilárselas - se las vimos mordidas, desgarradas. Firmó como pudo y se fué.
Céspedes era como el viento: Si le hablábamos se nos iba con la voz.
Pasó una semana. Supimos que no había dado clases. Nadie sabía dónde estaba. En su casa no había dormido.
En las primeras horas de la mañana del sábado una alumna lo encontró tendido entre los rododendros del jardín. Estaba muerto, sin manos. Se las habían arrancado de un tirón.
Se averiguó que Céspedes había andado a la caza del arcángel sin alas que conoce todos los secretos. Quizá Céspedes estuvo a punto de cazarlo en sucesivas ocasiones. Probablemente el arcángel creó la primera vez un zarzal, la segunda una hoguera, la tercera una bestia de fauces abiertas, y cada vez se precipitó en sus mismas creaciones arrastrando las manos de Céspedes hasta que él, de dolor, tuvo que soltar. Quizá la última vez Céspedes aguantó la pena y no soltó; y el arcángel sin alas volvió humillado a su reino, con manos de hombre prendidas para siempre a sus espaldas celestes. ¡Vaya a saber!


Fuente: Anderson Imbert, Enrique, El Grimorio,
Buenos Aires, Losada, 1961 (págs. 81-82)


Cuento Nº 2: Julio Ardiles Gray "LA ESCOPETA"


Avanzó entre los naranjos. En sol caía con tanta fuerza que le obligaba a entrecerrar los ojos. La paloma saltó entonces de una rama a otra, y a otra, y se perdió por entre el follaje bien alto. Con la escopeta levantada, Matías se acercó hasta el tronco del árbol. Pero por más que examinó hoja por hoja, no pudo dar con la paloma. Extrañado, se rascó la nuca.
De pronto, sobre su cabeza sintió un ruido. Volvió a fijarse. Arrebujado entre unas ramas, había un pájaro. No era su paloma; era un pájaro de un color entre azulado y ceniciento. Con cuidado, Matías apoyó el arma en el hombro y levantó el gatillo.
"Ya que no es paloma -- se dijo -- no me voy a volver a la casa con las manos vacías."
Pero en ese instante, el pájaro saltó a una horqueta, sacudió las alas e hinchando la gola se puso a cantar.
Matías, ya que había llegado al primer descanso, abandonó el gatillo y escuchó.
"Qué extraño -- se dijo -- . Jamás he escuchado cantar a un pájaro como éste."
El trino, en el redondel de la siesta, subía como un árbol dorado y rumoroso. A Matías le pareció que más que el canto del pájaro, lo que se desgranaba eran las escamas amodorradas de la siesta misma. Y le comenzó a entrar un sopor dulce, unas ganas de abandonarse a los recuerdos de los tiempos felices y de no hacer nada más que escuchar el canto del pájaro que seguía subiendo, esta vez como un perfume agridulce y verde.
Para escuchar mejor, dejó caer la escopeta a un lado y arrastrando los pies se acercó al árbol para apoyarse en el tronco. El pájaro había desaparecido, pero su canto continuaba flotando en el aire. Y no pudo sustraerse a la tentación de mirar al cielo y levantó los ojos. Allá arriba, entre unas nubes ociosas que desflecaban gigantescas flores de cardo, dos grandes pájaros negros volaban en lánguidos círculos inmensos. Matías, entonces, no supo distinguir si la dulzura que sentía venía del canto de aquel pájaro o de las nubes que se desvanecían como borrachas a lo lejos.
El canto, entonces, se acabó de improviso. Los pájaros y las nubes desaparecieron y él volvió en sí.
"Me estoy volviendo muy abriboca" -- se dijo mientras sacudía la cabeza.
Buscó la escopeta pero no la encontró donde creía haberla dejado. Caminó más allá, volvió más acá, pero el arma había desaparecido.
--- ¡Esto me pasa por tonto! -- gritó en voz alta. Y todo lo que hizo después fue en vano. Al cabo de una hora, ya cansado, se dijo:
"Me iré a la casa a buscar a mi muchacho. Entre los dos la vamos a encontrar más ligero. No puedo perder así un arma tan hermosa."
Y se lanzó cortando campo hasta alcanzar el callejón.
Al entrar al pueblo fue cuando comenzó a sentir algo raro. Estaba como desorientado: echaba de menos algunos edificios y otros le parecía que nunca en su vida los había visto. A medida que avanzaba, la sensación iba en aumento. Y al llegar a su casa, el miedo le sopló en la cara un presentimiento vago, pero terrible.
Penetró en el zaguán. En el patio, cuatro chicos jugaban y cantaban. Al verlo se desbandaron gritando:
-- ¡El viejo . . .! ¡El viejo . . .!
Una mujer salió de una habitación sacudiéndose las hilachas de la falda. Matías balbuceó con un hilo de voz:
--¿Quién es usted . . .? Yo busco a Leandro . . .
La mujer lo miró largamente y frunció el entrecejo.
--¿Qué dice buen hombre? --dijo.
-- Busco a Leandro --tartamudeó Matías --. A mi hijo Leandro . . . Ésta es mi casa.
-- ¿Su casa? --dijo la mujer.
--¡Si. Mi casa! --gritó Matías --. La casa de Matías Fernández.
La mujer hizo un gesto de extrañeza.
-- Era . . . ---dijo sonriendo con tristeza--. Nosotros la compramos hace veinte años cuando desapareció don Matías y todos sus hijos se fueron de este pueblo.
--!Qué! --gritó Matías, levantando las manos como para defenderse.
-- Sí . . . --asintió la mujer temerosa.
Entonces Matías se fijó en sus manos y se dio cuenta que estaban arrugadas, muy arrugadas y trémulas como las de un hombre muy viejo. Y huyó despavorido dando un grito.



Fuente: Ardiles Gray, Julio, cuentos amables, nobles y memorables. San Miguel de Tucumán. Ediciones del cardón, 1964 (págs 79-81)



Eso es todo por ahora ... seguiré subiendo cuando tenga tiempo y hasta que termine de subir el libro completo.

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