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El manantial de nuestras emociones y la empatía!




LA INSULA





La ínsula es una región cerebral tan desconocida como crucial para entender nuestro comportamiento. Hay quien dice que es aquí donde se localiza el núcleo de nuestra “conciencia“. De momento, los neurólogos solo nos avanzan que esta estructura funciona más bien como el manantial de nuestras emociones, el asiento de nuestra empatía y el cofre de nuestra intuición.

La neurociencia es sin duda una disciplina fascinante que nunca deja de sorprendernos. Hace unos años se pudo descubrir, por ejemplo, que había personas capaces de dejar de fumar de un día para otro con total naturalidad y sin experimentar ningún síndrome de abstinencia. ¿La razón? Cuando se les hizo una resonancia magnética se descubrió que tenían una pequeña lesión en la ínsula cerebral.

Asimismo, otro aspecto que ha quedado demostrado es que la alexitimia también se relaciona con un problema en esta misma región. Esa marcada dificultad para empatizar con las emociones ajenas, esa incapacidad para reconocer las propias o para expresar verbalmente algún tipo de sentimiento está íntimamente vinculada a este rinconcito tan peculiar.

La ínsula es efectivamente, como un mágico manantial que humedece de sensaciones y emociones cada estructura de nuestro cerebro para que reaccionemos, tanto de forma positiva como negativa. Porque es ella quien nos confiere la sensación de asco, de orgullo, de lujuria. También es ella la que nos invita a entender el comportamiento ajeno e incluso a responder emocionalmente ante la música…

La ínsula es una pequeña región de la corteza cerebral situada en el interior del surco lateral. Para llegar hasta ella tendríamos que adentrarnos en la gran fisura que separa los lóbulos frontal y parietal del lóbulo temporal. Asimismo, si estuviéramos leyendo este artículo en los años 80, lo único de lo que podríamos informar es que es un área oscura del cerebro, una estructura con funciones desconocidas sobre las que se han construido cientos de hipótesis a lo largo de la historia.

Ahora bien, llegada la década de los 90 se hizo la luz. Gracias al avance en las técnicas de análisis y diagnóstico, esta oscuridad teórica empezó a quedarse atrás y se hicieron descubrimientos asombrosos. A raíz de múltiples estudios hechos con pacientes que sufrían daños cerebrales en esta región, pudo verse que la ínsula, en realidad, desempeña un papel muy amplio en muchas de nuestras actividades cotidianas.

Así, y solo como curiosidad, si le preguntásemos ahora a varios científicos qué procesos lleva a cabo esta área, nos darían una respuesta tan rica que nos dejaría impresionados: en el dolor, el amor, la emoción, el antojo, la adicción, el disfrute de la música, en la toma de decisiones, en la degustación del vino y en la conciencia. Increíble… ¿No es así?

Bien, en realidad todos estos procesos podrían resumirse en uno solo: la ínsula es el asiento de nuestra conciencia social.

Los neuropsicólogos nos dicen que debemos tener mucho cuidado al atribuir una función tan grande como es la generación de conciencia a cualquier región del cerebro. No obstante, dada la implicación que tiene la ínsula en gran parte de nuestro comportamiento social y emocional, no es difícil derivar en esta hipótesis por lo atractivo del término y por lo intrincado que resulta definir con total exactitud que tareas, qué funciones y que procesos desempeña esta área.

Solo como curiosidad, algo que queda demostrado es que las personas que padecen un daño severo en la ínsula son el claro ejemplo de un ser humano completamente desvinculado de su entorno e incluso de sí mismo. Tendríamos a alguien caracterizado por una apatía profunda, alguien carente de empatía, incapaz de disfrutar de cualquier aspecto de la vida e incapaz incluso de experimentar “asco”; es decir, no podría diferenciar la comida fresca de la podrida…

Los científicos nos indican que la ínsula es como esa confluencia de nuestro ser donde uno toma conciencia del cuerpo y la mente. Sin embargo, para comprenderlo mejor debemos tener muy claro un detalle: ninguna estructura cerebral trabaja de manera aislada.

Cuando caemos en el clásico tópico de decir que tal persona utiliza el hemisferio derecho porque es muy creativa, en realidad nos equivocamos, porque el cerebro es “un todo”, todas las áreas cerebrales están conectadas entre sí y este órgano trabaja en perfecta armonía a través de infinitos circuitos y maravillosas conexiones.

Lo mismo ocurre con la ínsula. Ella está conectada fisiológicamente a nuestro cuerpo, participa en la percepción del olfato, nos genera sentimientos subjetivos para despertarnos el hambre, recibe incluso información de los receptores de la piel y nuestros órganos para que podamos reaccionar cuando tenemos frío o calor, cuando algo nos escuece o nos pica, ella quien nos dice también cosas como “sal de esta habitación porque necesitas aire para aclarar tu mente…”

Por otro lado, es importante señalar algo más: también los animales tienen esta estructura maravillosa en sus cerebros. Por tanto, también ellos tienen ese sentido de conciencia física y emocional. Así, cuando un gato, un perro, un demonio de Tasmania o un Lémur tiene calor buscará la sombra. Cuando encuentre comida elegirá antes la fresca a la podrida.

Cuando un animal tenga en frente a otro animal su intuición le dirá si va con buenas o malas intenciones, si puede ser una presa o si por el contrario, es alguien con quien iniciar un vínculo determinado.

Asimismo, tal y como nos dicen los neurobiólogos, los seres humanos, los grandes primates, las ballenas y los elefantes disponen de ínsulas mucho más complejas y sofisticadas.

La ínsula tiene a su vez diferentes áreas diferenciadas. Se sabe por ejemplo que la ínsula frontal se relaciona con nuestras emociones, con el amor y el odio, la gratitud y el resentimiento, la vergüenza y la desconfianza, la empatía y el desprecio… Ahora bien, existe un punto entre el área frontal y la corteza cingulada anterior donde se focalizan todos esos procesos asociados a las adicciones.
Por ejemplo, cuando una persona está dejando de fumar, hay ciertos estímulos que incrementan el deseo y el síndrome de abstinencia. Determinados olores, situaciones sociales y escenarios intensifican esa ansiedad que rige secretamente nuestra ínsula cerebral. Todo ello se debe también a algo muy relevante, como es el hecho de que la ínsula está íntimamente conectada al sistema límbico.

Son muchas las investigaciones que nos demuestran cómo esta pequeña estructura contribuye a mantener la conducta adictiva o lo que se conoce como el fenómeno “craving” o intenso deseo de consumo.

Para concluir, tal y como hemos podido ver la ínsula es capaz de guiarnos hacia lo mejor de nosotros mismos como especie (la empatía y el valor de las emociones positivas) y también hacia ese lado más negativo como puede ser el asentar determinados procesos de adicción. Es muy posible que en los próximos años se produzcan nuevos descubrimientos en torno a ella, sobre este pequeño manantial cerebral que nos regala múltiples y complejísimas sensaciones que nos convierte en seres humanos.




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