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Alcides, la perpetua leyenda

Hola Taringueros, hoy les traigo la historia de Alcides Edgardo Ghiggia, el jugador que dejo en silencio al Maracana, frente a 200 mil almas. Hoy les traigo la historia del hombre que hizo posible: el Maracanazo


Su gol para el Maracanazo en el Mundial de 1950 es uno de los más recordados de la historia. Ghiggia, quien en 2002 tuvo que vender sus medallas, con ya 84 años, aún es motivo de homenajes y admiración.


Alcides, la perpetua leyenda

UN GRITO, UN SILENCIO. Alcides Ghiggia convierte el 2-1 de Uruguay ante Brasil. Un Maracaná repleto se queda mudo y no entiende.

Varela


Aquellas escenas y sus consecuencias las contó Eduardo Galeano mejor que ningún otro: "Cuando llegó el gol de Ghiggia, estalló el silencio en Maracaná, el más estrepitoso silencio de la historia del fútbol, y Ary Barroso, el músico autor de Aquarela do Brasil, que estaba transmitiendo el partido a todo el país, decidió abandonar para siempre el oficio de relator de fútbol. Después del pitazo final, los comentaristas brasileños definieron la derrota como la peor tragedia de la historia de Brasil".

Ghiggia también le puso sus palabras alguna vez a aquel gol: "Yo era muy rápido, me iba en velocidad y Barbosa creyó que iba a hacer la misma jugada y se abrió un poco para cortar el centro. Dejó un hueco y agarré y tiré y cuando él se tiró, ya era tarde. Después fue el silencio más impresionante que he escuchado".

Al final del año pasado, Ghiggia fue invitado por la FIFA para recibir un homenaje en pleno Maracaná. El delantero uruguayo lo contó entonces, con una sonrisa ancha que le ocupaba media cara: "Sólo tres personas en la historia han conseguido hacer callar el Maracaná con un solo gesto: el Papa, Frank Sinatra y yo". No era jactancia. Era sentido del humor. Pero sobre todas las cosas, una verdad que late en la historia. Ese mismo día del anterior diciembre, este agradable montevideano de poco hablar y mucho decir fue incluido en la Vereda de la Fama del Maracaná. Allí figuran cracks como Garrincha, Zico, Romario o Kaká. Y casi no hay extranjeros. El Ñato -ese apodo tan propio de su entrañable Uruguay- es una preciosa excepción. Los otros homenajeados nacidos fuera de los encantos de Brasil fueron: el chileno Elías Figueroa, el paraguayo Julio César Romero, el serbio Dejan Petkovic, que jugaron en clubes cariocas; así como el portugués Eusebio y el alemán Franz Beckenbauer.

Mientras eso sucedía bajo el cielo de Río de Janeiro, un grupo de documentalistas filmaba a Ghiggia agradeciendo el tributo. Manso, el hombre -que el 22 de diciembre de año pasado, cumplió 84 años- lo tomaba con naturalidad. Sabe, desde el día en que le cambió la vida a Moacir Barbosa, que su gol iba a ser motivo de infinitos recordatorios y recorridos. Sirve un ejemplo: en el último abril, junto al artista plástico Carlos Páez Vilaró, Ghiggia resultó el primero en descubrir su placa en el Espacio de los Soles, de Montevideo, un paseo de la fama en el que también se homenajea al fallecido escritor Mario Benedetti.

Pero Ghiggia no fue sólo aquel gol, aquel Maracanazo o aquel Mundial. Fue un jugador de notable trayectoria, un delantero relevante de su tiempo. Nació en 1926 en ese Montevideo que tantas veces abraza con sus palabras. Vivió una infancia sin privaciones, a diferencia de los primeros grandes cracks uruguayos (como José Andrade u Obdulio Varela). Ingresó a Sudamérica en 1943 junto con el Cotorra Omar Míguez y después dieron el paso inexorable hacia un club grande. Se ganó espacio en Peñarol y fue campeón dos veces (antes y después del Maracanazo, en 1949 y 1951). En esos días fue parte de una delantera histórica: La Escuadrilla de la Muerte, conformada por Ghiggia, Hohberg, Míguez, Schiaffino y Vidal. Estuvo casi una década en Italia. Jugó para Roma y Milan. También fue nacionalizado y disputó las Eliminatorias del Mundial de 1958 para la Azzurra. Luego, ya de regreso a esa Montevideo de su corazón, jugó en Sudamérica y en Danubio. Se retiró siete días antes de cumplir 42 años.

Hace ocho años, bastante antes de su regreso al Maracaná, Alcides tuvo que hacer lo que nunca hubiera querido: desprenderse del costado material de la gloria, de sus medallas, de esos laureles que tan bien guardados conservaba. Lo contó el diario La República, de Montevideo, en 2002: "El dolor de los dedos de la mano cuando escribimos en la computadora esta noticia --que recorrerá el mundo-- es abrumador. El campeón del mundo, Alcides Edgardo Ghiggia, debió desprenderse de varios recuerdos que atesoraba de su glorioso pasado deportivo y remató varias medallas para lograr ingresos que le permitieran solucionar problemas impostergables de la economía familiar que en esta época de crisis no tiene contemplaciones con nadie". Cosas de nuestro tiempo, de nuestro mundo, de nuestro Río de la Plata.

En ocasión del Mundial de Alemania, en 2006, Ghiggia fue invitado por la FIFA en el marco de diversos homenajes a los campeones de cada edición de la Copa del Mundo. Sobre aquel momento, escribió el periodista Ariel Scher: "Ghiggia es un señor que sonríe debajo de unos bigotes finos que modelan desde hace muchos pasados su estampa. Estira esa sonrisa buena cuando Mario Kempes desfila cerca y hace un chiste sencillo pero eficiente para que se rían sus compañeros de la Selección Argentina de 1978. 'Lo que me gustó y me gusta del deporte es eso: la posibilidad de encontrarse'. Justamente un encuentro faltante achica esa sonrisa emblemática de Ghiggia: 'Con los compañeros que formaron aquel equipo campeón del 50 nos juntábamos todos los años. Era una oportunidad para revivir lo que nos ocurrió y, especialmente, para estar juntos. Pero cuando quedamos sólo siete porque muchos iban desapareciendo, decidimos no reunirnos más'".

Juntarse, esa idea que militó. Esa idea que lo hizo campeón en el escenario imposible. Y leyenda perpetua, también.


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