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Vi al infame, vi al peor: Juan Román Riquelme

Vi al infame, vi al peor: Juan Román Riquelme

Ahí estaba él, ese personaje que de todo se dice y el que los corporativistas detestan y los grandes dirigentes no quieren dar lugar. Él estaba sonriendo a todos los niños de las infantiles de Boca Unidos, saludando con las manos a cientos de chicos que se dieron vuelta para verlo hacer los movimientos precompetitivos. Algo parecido ya lo había hecho a las 23 del día anterior, cuando salió del hotel para saludar a todos los que fueron a verlo, firmó autógrafos y se sacó fotos con todos.

Cuando dijeron su nombre en las formaciones, todos aplaudieron. Pero cuando salió a la cancha y los insultos comenzaron a lloverle desde todos los sectores sonrió en sus adentros y levantó las manos saludando junto con el equipo. El partido arrancó no del todo bien. Agarró la pelota para patear a un corner, los chiflidos aturdían, le pegó mal y se fue por el primer palo para que el ruido en su contra sólo sea cada vez más fuerte. Seguró pensó “pobres, no saben lo que les espera”.

En algún momento promediando el primer tiempo por lo visto dijo “bueno, a jugar”. Ahí arrancó. Ahí mostró ser el mejor y con muy poco esfuerzo deleitó mis ojos como en sus mejores años con la azul y oro. Toque aquí, toque allá, panorama y distribución de pelota, ordenamiento de juego y del mediocampo. No se lo vio hacer grandes esfuerzos, ¿para qué? No se lo vio correr mucho, ¿para qué? Que se esfuercen y corran mucho los que no tienen talento, porque el fútbol es para pensar. Y cómo piensa este muchacho…

Agarró la pelota, la tocó rápido y por única vez en el partido hizo un pique… lo esperaron y de frente al arco le pegó de una con el pie abierto, con la tranquilidad de los que saben, como si estuviese jugando un picado con sus amigos en Don Torcuato. Nada que hacer para Garavano.


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Un rubio que estaba al lado mío gritó y se levantó a aplaudir. No se donde creyó que estaba… le pegaron y se fue. Yo temblaba, conteniendo los impulsos y las ganas de llorar. Él no lo gritó, fue a saludar a algunos que estaban en el banco, después a sus compañeros y desde ahí nadie más le gritó nada como pensando en que no querrían hacerlo enojar, al toque terminó el primer tiempo. Ahí estaba él. Caminando hacia el vestuario sabiendo que lo mejor todavía estaba por venir.

El segundo tiempo los casi 10 mil hinchas que llevó el equipo aurirrojo estuvieron en silencio, contemplando arte a la fuerza mientras masticaban bronca. Él caminaba por el mediocampo, tocaba todas las pelotas de una, asociando a todos y creando juego, viendo los espacios donde la endeble defensa correntina los entregaba.

Así llegó el tercer gol, pase, pase, pase, él fue el único de los 22 que vio al lateral proyectarse, abrió los espacios, pase, pase. Rinaldi. Gol. En el cuarto ya era todo como él quería, caminó unos 10 metros con la pelota en los pies y dio uno de esos pases que sólo él puede dar, entre líneas a un delantero que viene picando. Castillejos sólo la tuvo que patear. 4 a 0.


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La gente abandonaba el estadio. Ya nadie lo insultaba. Él como siempre, los calló en la cancha. Los que cuando salió decían “Que frío tengooooooo” miraban absortos, los que decían “Cagón, fracasadoooo” ya se habían ido, los que decían “pecho fríoooooo” seguramente no vieron nunca nadie mejor que él jugando contra su equipo. Yo los observaba con una tranquilidad satisfecha, no me iba a burlar de ellos, pobres… ya tuvieron suficiente.

Boca Unidos es mi segundo club, lo quiero mucho y siempre que puedo voy a ver.Pero hoy fue una oportunidad especial, fui a ver al que más amo y no me defraudó. Lo vi a él. Lo vi a Juan Román Riquelme moviendo los hilos de todo el equipo, demostrando ser el mejor.

Vi al infame, vi al peor: Juan Román Riquelme

Al fin y al cabo vale la pena ser uno mismo y no venderse nunca, no ser alcahuete de nadie y ser fiel a uno mismo. Las cosas que se dicen son miles, que es un camarillero, un pecho frío, conflictivo, líder negativo, el infame, el peor. Miles y miles repiten esos versitos mientras Juan Román se divierte con la pelota, como ese pibe de 18 años que salió a la Bombonera y fue ovacionado en su primer partido, disfrutando de sus amigos de verdad como un adolescente, sin estar rindiendo cuentas a nadie.

Riquelme es una persona con códigos en un ambiente sin códigos. Una persona con valores en un ambiente sin valores. Un tipo que no se vende a los poderosos en un ambiente donde los complacientes vienen de a mares. A todo eso lo paga caro siempre, pero con la tranquilidad de saber que él vale más.

Él es un ejemplo que quedan pocos. Es un jugador de los que quedan pocos.

Vale la pena ser uno mismo sin importar nada. Que los demás hablen, él juega. Y como juega.

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