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H.P.Lovecraft - El túmulo (1930)


EL TÚMULO

H. P. Lovecraft y Zealia Bishop

Parte III

Lo único que pareció disgustar a los hombres de Tsath fue el hecho de que curiosos y aventureros extranjeros estuvieran comenzando a derramarse por aquellas partes donde había los pasadizos de K’n-yan. Zamacona les habló del descubrimiento de Florida y Nueva España, y dejó claro que gran parte del mundo degustaba el sabor de la aventura: españoles, portugueses, franceses e ingleses. Tarde o temprano, México y Florida serían parte de un gran imperio colonial, y entonces sería difícil guardarse de los buscadores de los rumoreados oro y plata del abismo. Búfalo Acometedor sabía del periplo de Zamacona al interior de la tierra. ¿Podría contárselo a Coronado, o quizás enviar un mensaje al gran virrey cuando él no encontrara al viajero en el acordado lugar de reunión? La alarma por la pervivencia del secreto y seguridad de K’n-yan se reflejó en el rostro de los visitantes, y Zamacona leyó en sus mentes el hecho de que, sin duda, de nuevo se apostarían centinelas en todos los pasadizos abiertos al mundo exterior que los hombres de Tsath pudieran recordar.

V


La larga conversación entre Zamacona y sus visitantes tuvo lugar bajo la media luz verde azulada del soto, al pie de las puertas del templo. Algunos hombres se recostaban en el musgo y los pastos cercanos al descuidado camino, mientras que otros, entre quienes se encontraban el español y el jefe portavoz del grupo de Tsath, se sentaban en los ocasionales pilares bajos y monolíticos que se alineaban en las cercanías del templo. Casi un día terrestre completo se había consumido en el coloquio, ya que Zamacona sintió repetidas veces la necesidad de alimento y comió de su bien provisto fardo, mientras algunos del grupo de Tsath retrocedían en busca de provisiones hasta la carretera donde habían dejado a sus monturas. Por fin, el jefe principal de la partida dio por concluida la conversación, indicando que había llegado el momento de ir a la ciudad.
Había, según afirmaba, algunas bestias adicionales en la comitiva, y Zamacona habría de cabalgar sobre una de ellas. La perspectiva de montar uno de aquellos ominosos seres híbridos cuya fabulosa nutrición era tan alarmante, y un simple vistazo de las cuales había bastado para que Búfalo Acometedor emprendiera una huida frenética, no era algo muy apetecible para el viajero. Había, además, otro punto sobre esos seres que le perturbaba enormemente: la aparente y preternatural inteligencia de algunos de los miembros de la manada ambulante del día anterior, que habían informado su presencia a los hombres de Tsath y guiado a la presente expedición. Pero Zamacona no era un cobarde, por lo que siguió audazmente a los hombres por el camino infectado de hierbas hacia la carretera donde aguardaban los seres.
Aun así, no pudo contener un grito de terror ante lo que vio al rebasar los grandes pilares cubiertos de lianas y salir a la antigua carretera. No se maravilló de que el curioso wichita hubiera huido aterrorizado, y tuvo que cerrar los ojos durante un instante para conservar la cordura. Es una desgracia que algún sentido de piadosa reticencia le impidiera describir detalladamente en su manuscrito la indescriptible visión que contempló. Así, solamente insinuó la estremecedora morbidez de aquellos grandes y achaparrados seres blancos con pelo negro en los flancos, un rudimentario cuerno en el centro de la frente e inconfundibles trazas de sangre humana o antropoide, delatadas por sus rostros de narices aplastadas y labios carnosos. Eran, declaró más tarde en su manuscrito, las entidades materiales más terribles que jamás viera en su vida, tanto en K’n-yan como en el mundo exterior. Y la cualidad esencial de este inmenso terror era algo ajeno a cualquier característica fácilmente reconocible o descriptible. El principal problema consistía en que no eran producto íntegramente de la Naturaleza.
El grupo observó el temor de Zamacona y le apremió a tranquilizarse lo antes posible. Las bestias, o gvaayothn, explicaron, seguramente eran seres curiosos, pero no eran realmente dañinos. La carne que comían no era la de la gente inteligente de la raza dominante, sino simplemente la de una clase esclava especial que en su mayor parte no era completamente humana, y que de hecho era la principal fuente de carne de K’n-yan. Ellos -o sus principales elementos ancestrales-. habían sido descubiertos en estado salvaje entre las ciclópeas atinas del desierto mundo de luz roja de Yoth, que estaba bajo el mundo de luz azul de K’n-yan. El hecho de que eran parcialmente humanos resultaba bastante claro, pero los hombres de ciencia nunca pudieron determinar si eran los descendientes de las pretéritas entidades que habían vivido y reinado en las extrañas ruinas. El principal argumento para tal suposición era el hecho probado de que los desaparecidos habitantes de Yoth habían sido cuadrúpedos. Mucho de todo esto era conocido por los escasos manuscritos y tallas encontrados en las criptas de Zin, bajo la inmemorialmente arruinada ciudad de Yoth. Pero también se sabía por aquellos manuscritos que los seres de Yoth habían poseído el arte de la producción artificial de vida, y habían creado y destruido algunas razas animales industriales y de transporte, eficientemente diseñadas, en el transcurso de su historia.., por no hablar de la producción de toda clase de formas vivientes fantásticas, destinadas a provocar diversión y nuevas sensaciones, durante el largo periodo de decadencia. Los seres de Yoth, indudablemente, habían sido de estirpe reptiliana, y la mayoría de los fisiólogos de Tsath coincidían en que las actuales bestias fueron sumamente reptilianas antes de ser cruzadas con la clase esclava mamífera de K’n-yan. Dice mucho sobre el intrépido talante de aquellos españoles renacentistas que conquistaron la mitad del nuevo mundo, el que Pánfilo de Zamacona y Núñez montara una de las morbosas bestias de Tsath y se colocara junto al jefe de la comitiva, el hombre llamado Gll’ Hthaa-Ynn, quien fuera el más activo en el previo cambio de información. Era algo repulsivo, pero, después de todo, el asiento era muy cómodo, y el paso de los desmañados gyaa-yoth era sorprendentemente firme y regular. No se necesitaban riendas, y el animal no parecía necesitar guía alguna. La procesión avanzó con paso vivo, deteniéndose sólo en algunas ciudades y templos abandonados acerca de los que Zamacona mostró curiosidad, y sobre los que Gll’-Hthaa-Ynn se mostró dispuesto a enseñar y explicar. La mayor de tales ciudades, Bgraa, era una maravilla de oro finamente forjado, y Zamacona estudió la arquitectura curiosamente adornada con ávido interés. Las construcciones se apiñaban elevándose hacia lo alto, con tejados coronados por multitud de pináculos. Las calles eran angostas, curvilíneas y en ocasiones pintorescamente onduladas, pero Gll’-Hthaa-Ynn dijo que las posteriores ciudades de K’n-yan eran de diseño mucho más espacioso y regular. Todas esas viejas ciudades de la llanura mostraban rastros de abatidos muros... restos de los arcaicos días, cuando fueron sucesivamente conquistadas por los ahora desaparecidos ejércitos de Tsath.
Había algo a lo largo de la ruta que Gll’-Hthaa-Ynn mostró por propia iniciativa, aunque eso implicó un desvío de más de un kilómetro por un camino lateral cubierto de lianas. Era un templo achaparrado y sencillo construido con bloques de basalto, sin una simple talla y conteniendo sólo un vacío pedestal de ónice. Lo que le hacía notable era su cualidad de lazo con un fabuloso mundo pretérito, comparado con el cual incluso el críptico Yoth era algo de ayer. Había sido construido a imitación de algunos templos pintados en las criptas de Zin y albergaba un terrible ídolo negro con aspecto de sapo llamado Tsathoggua en los manuscritos yóthicos. Había sido un dios potente y fanáticamente adorado, y, tras su adopción por el pueblo de K’n-yan, había dado su nombre a la ciudad que más tarde sería la dominante en esa región. La leyenda yóthica decía que había llegado de un misterioso reino interior que estaba bajo el mundo de luz roja:
un dominio negro de seres peculiarmente sensitivos que no conocían la luz, pero que habían tenido una gran civilización y poderosos dioses antes aún de que los reptilianos cuadrúpedos de Yoth hubieran llegado y alcanzado el ser. Había muchas imágenes de Tsathoggua en Yoth, todas las cuales se suponía provenientes del negro mundo inferior, y que los arqueólogos yóthicos creían que representaban la raza de tal dominio, extinta eones atrás. El mundo negro, llamado N’kai en los manuscritos yóthicos, fue explorado tanto como fue posible por esos arqueólogos, y el hallazgo de singulares artesas o madrigueras de piedra habían provocado infinidad de especulaciones.
Cuando los hombres de K’n-yan descubrieron el mundo de luz roja y descifraron los extraños manuscritos, rindieron culto al Tsathoggua y se llevaron todas las espantosas imágenes de sapo a la tierra de la luz azul, emplazándolas en santuarios de piedra extraída de Yoth como el que Zamacona veía ahora. El culto floreció hasta casi rivalizar con los antiguos cultos de Yig y Tulu, y una rama de la raza incluso salió al mundo exterior, donde las más pequeñas de las imágenes encontraron, eventualmente, un santuario en Olathoë, en la tierra de Lomar, cerca del Polo Norte. Se rumoreaba que este culto del mundo exterior sobrevivió incluso después de que la glaciación y los peludos gnophekehs destruyeran Lomar, pero de tales asuntos no se tenían demasiados detalles en K’n-yan. En el mundo de la luz azul, el culto tuvo un abrupto final, aun cuando, a través del nombre de Tsath, estaba condenado a perdurar.
Lo que acabó con el culto fue la parcial exploración del negro reino de N’kai bajo el mundo iluminado de rojo de Yoth. Según los manuscritos yóthicos, no había vida superviviente en N’kai, pero algo debió suceder en los eones transcurridos entre los días de Yoth y la llegada del hombre a la tierra, algo que quizás no era ajeno al fin de Yoth. Quizás tuvo lugar un terremoto, abriendo estancias inferiores del mundo sin luz que habían permanecido cerradas para los arqueólogos yóthicos, o quizás una más espantosa yuxtaposición de energía y electrones, completamente inconcebible para la mente de una forma vertebrada. De cualquier forma, cuando los hombres de K’nyan se introdujeron en el negro abismo de N’kai con lámparas atómicas de gran potencia, encontraron seres vivos.., seres vivos que medraban en canales de piedra y veneraban efigies de ónice y basalto de Tsathoggua. Pero no eran sapos como Tsathoggua. Nada más lejos: eran masas amorfas de viscoso limo negro que asumían temporales formas para diversos propósitos. Los exploradores de K’n-yan no se detuvieron para observaciones detalladas, y aquellos que escaparon vivos sellaron el pasadizo que llevaba desde el mundo de luz roja Yoth a los golfos de horror inferior. Luego, todas las imágenes de Tsathoggua en la tierra de K’nyan frieron disueltas en el éter mediante rayos desintegradores, y el culto fue abolido para siempre.
Eones más tarde, cuando los miedos infantiles fueron desterrados y suplantados por la curiosidad científica, las viejas leyendas sobre Tsathoggua y N’kai fueron recordadas, y una partida de exploración convenientemente armada y equipada descendió a Yoth para encontrar la clausurada puerta del abismo negro e indagar sobre qué podía habitar allí. Pero no pudieron encontrar la puerta, ni lo pudo ningún hombre a pesar de buscarse en todas las edades que siguieron. En el presente, había quienes dudaban de que tal abismo hubiera existido, pero los pocos eruditos que aún eran capaces de descifrar los manuscritos yóthicos creían que la evidencia sobre tal cosa era suficiente, aunque los archivos medios de K’n-yan, con registros de una espantosa expedición a Nkai, estaban más abiertos a la duda. Algunos cultos religiosos posteriores intentaron suprimir el recuerdo de la existencia de N’kai y adoptaron severas sanciones contra su mención, pero eso no se tomaba en serio en el tiempo en que Zamacona llegó a K’n-yan.
Cuando la comitiva regresó al viejo camino y se aproximó a la baja cadena de montañas, Zamacona vio que el río estaba muy cerca, a la izquierda. Algo más tarde, mientras el terreno se elevaba, la corriente entraba en una garganta y pasaba entre las colinas, mientras que la carretera atravesaba la brecha por un nivel algo más alto, cerca del borde. Fue ése el momento en que comenzó la lluvia luminosa. Zamacona descubrió las ocasionales gotas y la llovizna, y miró hacia el refulgente aire azul, pero no había ninguna mengua en la extraña radiación. GlI-Hthaa-Ynn le dijo que tales condensaciones y precipitaciones de vapor de agua no eran infrecuentes, y que nunca reducía el resplandor de la bóveda superior. Una especie de bruma, no obstante, pendía eternamente sobre las tierras bajas de K’n-yan y compensaba la total ausencia de verdaderas nubes.
El leve ascenso del paso montañoso permitió a Zamacona, mirando atrás, ver la antigua y desierta llanura en panorámica, tal como la había visto desde el otro lado. Parece haber degustado su extraña belleza y lamentado vagamente abandonarla, porque comenta haber sido instado por Gll’-Hthaa-Ynn a guiar más rápido su bestia. Cuando volvió la vista hacia delante se encontró que la cúspide de la carretera estaba muy cerca: el camino tapizado de hierba llevaba directo arriba y finalizaba contra un sólido vacío de luz azul. La escena era sin duda sumamente impresionante: la verde pared de un risco a la derecha, una profunda hoz a la izquierda con otra pared rocosa más allá y, al frente, el agitado mar de azul brillante en el que se sumía el camino. Luego, llegó la cresta misma y con ella el mundo de Tsath se desplegó en una panorámica fabulosa. Zamacona contuvo el aliento ante la gran extensión de poblado paisaje, ya que había enjambres de poblaciones y más actividad de la que hubiera visto o soñado hasta el momento. La propia ladera de descenso de la colina estaba relativamente poco cubierta por pequeñas granjas y ocasionales templos, pero más allá yacía una inmensa llanura similar a un tablero de ajedrez, con árboles plantados, irrigada por estrechos canales desde el río y enhebrado con caminos anchos y de precisa geometría, de oro y bloques de basalto. Grandes cables de plata colgaban en lo alto de pilares dorados, enlazando los bajos y amplios edificios, y grupos de construcciones que se alzaban por doquier; en algún lugar podían verse alineaciones de pilares parcialmente ruinosos y sin cables.
Los objetos móviles indicaban aquellos campos que estaban siendo labrados y, en algunos casos, Zamacona vio hombres arando con ayuda de los repulsivos cuadrúpedos semihumanos.
Pero lo más impresionante de todo era la anonadante visión de arracimados chapiteles y pináculos que se alzaban en lontananza, cruzando la llanura, y que rielaban como flores espectrales bajo la fulgurante luz azul. Al principio, Zamacona pensó que era una montaña cubierta de casas y templos, similar a las pintorescas ciudades-colina de su España natal, pero una segunda mirada le mostró que no era así. Era una ciudad de la llanura, pero edificada con tales torres-rascacielos que su perfil era en verdad el de una montaña. Sobre todo esto pendía una curiosa calima grisácea, a través de la cual la luz azul reíucí& y provocaba la sugestión de radiación del millón de minaretes dorados. Observando a Gll’-Hthaa-Ynn, Zamacona supo que ésta era la monstruosa, gigantesca y todopoderosa ciudad de Tsath.
Mientras la carretera descendía hacia la llanura, Zamacona sintió una especie de intranquilidad y un sentimiento de maldad. No le gustaba ni la bestia que cabalgaba, ni el mundo capaz de albergar a tal bestia, ni tampoco la atmósfera que pendía sobre la distante ciudad de Tsath. Cuando la comitiva comenzó a cruzar las esporádicas granjas, el español se percató de los seres que trabajaban en los campos, y no le gustaron sus movimientos y proporciones, ni las mutilaciones que descubrió en la mayoría de ellos. Además, le disgustó la forma en que esos seres estaban apiñados en corrales, o la manera en que se alimentaban en los espesos pastizales. GlI’-HthaaYnn le señaló que tales seres eran miembros de la clase de los esclavos, y sus actos eran controlados por el amo de la granja, quien les daba sugestiones hipnóticas por la mañana sobre cuanto debían hacer durante el día. Como máquinas semiconscientes su eficacia industrial era casi perfecta Aquellos de los corrales eran especímenes inferiores, clasificados simplemente como ganado.
Hasta donde alcanzaba la llanura, Zamacona vio grandes granjas y se percató de los trahajos casi humanos realizados por los repulsivos astados gyaa-yothn. Asimismo, observó las figuras más humanoides que se afanaban en los surcos y sintió un curioso miedo y disgusto hacia algunos, cuyos movimientos eran más mecánicos que los del resto. Ésos, explicó Gll’-Hthaa-Ynn, eran llamados los ym-bhi: organismos muertos, mecánicamente reanimados para su utilización industrial por medio de la energía atómica y el poder mental. Los esclavos no participaban de la inmortalidad de los hombres libres de Tsath, por lo que con el tiempo el número de y’m-bhi había llegado a ser muy numeroso. Eran perrunos y leales, pero no tan sumisos a las órdenes mentales como lo eran los esclavos vivientes. Lo que más repelió de ellos a Zamacona fueron aquellos cuyas mutilaciones eran mayores: algunos estaban decapitados, mientras que otros habían sufrido singulares y al parecer caprichosas ablaciones, distorsiones, trasposiciones e injertos en varios lugares. El español no pudo dejar constancia de tal condición, pero Gll’-Hthaa-Ynn le aclaró que habían sido esclavos usados para diversión del pueblo en las grandes arenas, puesto que los hombres de Tsath gustaban de las delicadas sensaciones y requerían constante suministro de nuevos e inéditos estímulos para sus hastiados impulsos. Zamacona, aunque poco escrupuloso, tuvo una desfavorable impresión de cuanto vio y escuchó.
Al acercarse, la inmensa metrópolis se volvió ligeramente horrible por su monstruosa extensión e inhumanas alturas. Gll’-Hthaa-Ynn explicó que la parte superior de las grandes torres no eran muy usadas, y que muchas habían sido abandonadas para evitar la molestia de mantenerlas. La llanura alrededor del área original urbana estaba cubierta con moradas más nuevas y pequeñas, que en muchos casos eran preferidas a la antiguas torres. Desde toda la masa de oro y piedra, el monótono rugir de la actividad zumbaba sobre la llanura, mientras las cabalgatas y trenes de vagones entraban y salían constantemente por las grandes carreteras pavimentadas de oro o piedra.
A veces, Gll’-Hthaa-Ynn se detenía a mostrar a Zamacona algún objeto de particular interés, especialmente templos de Yig, Tulu, Nug, Yeb y El Innombrable, que se alineaban en la carretera a intervalos dispersos, cada uno en mitad de sus emparrados sotos, de acuerdo con la tradición de K’n-yan. Tales templos, al contrario de los de la desierta llanura del otro lado de las montañas, estaban aún en uso: grandes grupos de adoradores montados llegaban y partían en un flujo constante. Gll’-Hthaa-Ynn guió a Zamacona al interior de algunos, y el español observó los sutiles ritos orgiásticos con fascinación y repulsión. Las ceremonias de Nug y Yeb le asquearon especialmente, tanto que, de hecho, obvia el describirías en su manuscrito. Cruzaron un achaparrado y negro templo de Tsathoggua, pero se había convertido en santuario de Shub-Niggurath, la Madre-Universal y esposa del Innombrable. Esta deidad era una especie de sofisticada Astarté, y su culto resultó al piadoso católico algo sumamente detestable. Lo que menos le gustó de todo fueron los ruidos emocionales emitidos por los celebrantes... chirriantes sonidos de una raza que había desdeñado el habla vocal para propósitos ordinarios.
Cerca de los compactos arrabales de Tsath, ya bajo la sombra de sus aterradoras torres, GIl’-Hthaa-Ynn señaló una monstruosa construcción circular ante la que enormes muchedumbres se apiñaban. Ése, indicó, era uno de los muchos anfiteatros donde curiosos deportes y espectáculos se suministraban al hastiado pueblo de K’n-yan. Quiso detenerse y guiar a Zamacona al interior de la vasta fachada curva, pero el español, recordando las mutiladas formas que había visto en los campos, rehusó violentamente. Este fue el primero de aquellos amistosos conflictos de gustos que convencerían a la gente de Tsath de que su invitado seguía extraños y estrechos patrones.
Tsath misma era una red de extrañas y antiguas calles, y, a pesar del creciente sentido de horror y extrañeza, Zamacona quedó prendado de sus insinuaciones de misterio y cósmica maravilla. El desconcertante gigantismo de sus imponentes torres, la monstruosa agitación de innumerables gentíos por sus ornadas avenidas, las curiosas tallas en portales y ventanas, y las extrañas vistas panorámicas desde plazas balaustradas e hiladas de titánicas terrazas, así como la envolvente bruma gris que parecía posesionarse de las calles parecidas a desfiladeros a modo de bajo cielo, todo se combinaba para producirle un sentido de expectación aventurera como nunca antes conociera. Enseguida fue llevado a deliberar con los dirigentes que gobernaban en un palacio de oro y cobre, tras un parque ajardinado y lleno de fuentes, y, durante algún tiempo, fue sometido a un estrecho aunque amistoso interrogatorio en un salón abovedado recubierto de vertiginosos arabescos. Mucho era lo que se esperaba de él, según pudo ver, en cuanto a información histórica sobre el mundo exterior, pero, a cambio, todos los misterios de K’n-yan le serían revelados. La gran pega era la ley inexorable de que no podría nunca regresar a aquel mundo de sol y estrellas; a esa España que era adonde pertenecía.
Se estableció un programa diario para el visitante, con el tiempo juiciosamente distribuido entre distintas clases de actividades; Sostendría conversaciones con estudiosos en varios lugares y recibiría lecciones sobre muchas de las ramas de la sabiduría tsáthica. Se le permitirían amplios periodos de investigación, y todas las bibliotecas de Kn-yan, tanto seglares como sagradas, le serían abiertas de par en par tan pronto como dominara los lenguajes escritos. Asistiría a ritos y espectáculos excepto cuando se opusiera rotundamente—, y tendría multitud de ocasiones para entregarse a la ilustrada búsqueda de placer y estimulación emocional que eran la meta primaria y el núcleo de la vida diaria. Se le asignaría una casa en los suburbios o un apartamento en la ciudad, y sería iniciado en una de las amplias hermandades — que incluían multitud de mujeres nobles de la mayor belleza, artísticamente realzada— que en los últimos tiempos de K’n-y-an habían suplantado a las unidades familiares. Se le asignarían algunos gyaa-yothn para su transporte y desplazamiento, y diez esclavos vivientes de cuerpo intacto le serían suministrados para gobernar sus posesiones y protegerle en las vías públicas de ladrones, sádicos y orgiastas religiosos. Había muchos artefactos mecánicos que debería aprender a usar, pero Gll’Hthaa-Ynn podía instruirle inmediatamente en el uso dc los principales. Tras elegir un apartamento en vez una villa suburbana, Zamacona fue despedido por los gobernantes con gran cortesía y ceremonia, y fue guiado a través de calles parecidas a desfiladeros hacia una estructura de setenta u ochenta plantas semejante a un risco tallado. Se habían hecho preparativos para su llegada, y, en un espacioso aposento a ras de suelo de estancias abovedadas, los esclavos se afanaban en colocar colgaduras y mobiliario.
Había taburetes lacados y taraceados, reclinatorios y tumbonas púrpuras y plateados, e infinitas casillas alineadas de teca y ébano con cilindros de metal conteniendo algunos de los manuscritos que pronto estaría en disposición de leer; los clásicos complementos que todo apartamento urbano poseía. Halló estantes con gruesos pergaminos y boles del habitual pigmento verde en cada estancia: cada uno con su adecuado equipo de pinceles y otros pocos y extraños útiles de escritorio. Encontró artefactos de escritura mecánica sobre ornados trípodes dorados, y sobre todo flotaba tina brillante luz azul procedente de los globos de energía emplazados en el techo. Había ventanas, pero en este oscuro nivel del suelo tenían poco valor como fuente de luz. En algunas de las estancias había elaborados baños, mientras que la cocina era un laberinto de artilugios mecánicos. Los suministros llegaban, según le dijeron a Zamacona, por la red de pasadizos subterráneos que había bajo Tsath y que, a su vez, estaban formados por curiosos transportes mecánicos. Descubrió un establo en ese nivel subterráneo para las bestias, y Zamacona podía al instante, ser instruido en cómo encontrar el camino más cercano para alcanzar la calle. Antes de terminar su inspección, el grupo permanente de esclavos llegó, Siéndole presentado; y poco después aparecieron media docena de hombres libres y damas nobles de su futura hermandad, quienes serían sus compañeros durante algunos días, contribuyendo a su instrucción y divertimento. A su partida, otro grupo tomaría su lugar, y de esta forma el grupo de unos cincuenta miembros iría rotando sucesivamente.

VI


Así se vio Pánfilo de Zamacona y Núñez absorto durante cuatro años en la vida de la siniestra ciudad de Tsath, en el mundo interior de K’n-yan, iluminado de azul. No todo de cuanto aprendió y vio es explicado claramente en su manuscrito: una piadosa reticencia le sofrena cuando comienza a escribir en su lengua española nativa, y no osa profundizar en nada. Es mucho lo que observa con evidente repulsión, y se niega tenazmente a ver, hacer o comer una infinidad. Otros actos los espía con un continuo pasar de las cuentas de su rosario. Exploró todo el mundo de K’n-yan, incluyendo las desiertas ciudades-máquinas del periodo medio en llanura cubierta de aulaga de Nith, y realizó un descenso al mundo de luz roja de Yoth para ver las ruinas ciclópeas. Atestigua prodigios de habilidad e ingeniería que le dejaban sin respiración, y contempló metamorfosis humanas, desmaterializaciones, rematerializaciones y reanimaciones que le hicieron hacerse cruces una y otra vez. Su gran capacidad de maravillarse se veía desafiada por la plétora de nuevas maravillas que contemplaba cada día.
Pero cuanto más permanecía allí, más deseaba marcharse, ya que la vida interior de K’n-yan estaba basada en impulsos muy ajenos a él. Mientras progresaban sus conocimientos históricos, entendía más, y ese saber aumentaba su disgusto. Sentía que el pueblo de Tsath era una antigua y peligrosa raza — más peligrosa para ellos mismos de lo que creían—, y su creciente frenesí por combatir la monotonía y buscar novedades les llevaban rápidamente a un precipicio de desintegración y horror supremo. Su propia visita, podía verlo, había acelerado el proceso; no sólo despertando el temor a una invasión exterior, sino incitándoles a desear salir fuera y degustar el variopinto mundo exterior que él describía. Con el paso del tiempo, se percató que la gente tendía cada vez más a practicar la desmaterialización como un divertimento, por lo que los apartamentos y anfiteatros se convirtieron en verdaderos aquelarres de transmutaciones, reajustes de edad, experimentos mortíferos y proyecciones. Vio que, con el incremento del hastío y la agitación, la crueldad, las argucias y la revuelta crecían rápidarnente. Había más y más cósmicas anormalidades, más y más sadismos curiosos, más y más Ignorancia y superstición, y más y más deseos de escapar de la vida física a través de un estado medio espectral de dispersión electrónica.
Todos sus esfuerzos por partir, no obstante, quedaron en nada. La persuasión era ineficaz, como probaron repetidos intentos; aunque la clara advertencia de las clases superiores a su llegada le disuadieron de demostrar un abierto interés por marcharse. En el año qué él acepta como 1543, Zamacona hizo un intento de escapar a través del túnel por donde había llegado a K’n-yan, pero, tras un fatigoso viaje por la desértica llanura, encontró fuerzas en el oscuro pasadizo que le disuadieron de futuros intentos en ese sentido. Como una forma de sostener la esperanza y guardar la imagen del hogar en la mente, comenzó sobre este tiempo a hacer los primeros apuntes de este manuscrito describiendo sus aventuras, deleitándose en las viejas y queridas palabras españolas y en las familiares letras del alfabeto romano. De algún modo, esperando poder enviar el manuscrito al mundo exterior y convencer a los suyos, decidió guardarlo en uno de los cilindros del metal-Tulu utilizados para archivos sacros. Esta extraña y magnética sustancia no podía por menos que confirmar la increíble historia que tenía que contar.
Pero aun planeándolo así, mantenía leves esperanzas cíe poder establecer contacto con la superficie de la tierra. Cada paso conocido, sabía, estaba guardado por personas o fuerzas a las que era mejor no oponerse. Su intento de escapar no podía esperar ayudas, ya que podía ver aumentar la hostilidad hacia el mundo exterior que representaba. Esperaba que ningún otro europeo encontrara la forma de entrar, ya que era posible que los siguientes visitantes no fueran tan bien tratados como él. Él mismo había sido una aplaudida fuente de información, lo que le había brindado una privilegiada posición. Otros, siendo menos necesarios, podrían recibir un trato bastante diferente. Se preguntó qué le sucedería cuando los sabios de Tsáth le consideraran vacío de nuevos datos, y, como autodefensa, comenzó a ser más gradual al hablar de las tradiciones cíe la tierra, dando siempre que podía la impresión de tener vastos conocimientos en reserva.
Otra cosa que puso en peligro la posición de Zamacona en Tsath fue su persistente curiosidad por ver el postrer abismo de N’kai, bajo el mundo iluminado de rojo Yoth, cuya existencia los cultos religiosos predominantes estaban progresivamente inclinados a negar. Cuando exploró Yoth, trató en vano de encontrar la entrada bloqueada; y mas tarde había experimentado el arte de desmaterialización y proyección, esperando llegar a ser capaz de enviar su consciencia más allá de los abismos que sus ojos físicos no podían descubrir. Y aunque nunca progresó lo bastante en tal arte, se las arregló para tener una serie de monstruosos y portentosos sueños que pensaba incluían algunos elementos actuales de N’kai; sueños sumamente impactantes y perturbadores para los jefes de los cultos de Yig y Tulu cuando los contó, y que sus amigos le aconsejaron ocultar en vez de explotar. Con el tiempo, esos sueños se volvieron más frecuentes y enloquecedores, conteniendo cosas que no osa registrar en su manuscrito, pero sobre las cuales preparó una relación especial para cierto hombre instruido de Tsath.
Puede ser lamentable — o quizás misericordiosamente afortunado— el que Zamacona mostrara tantas reticencias y reservas en muchos temas y descripciones del manuscrito secundario. El documento principal abunda en detalles sobre usos, costumbres, pensamiento, lenguaje e historia de K’n-yan, suficiente para formar una descripción de aspecto visual sobre la vida diaria de Tsath. Uno queda atónito, también, por las motivaciones reales de la gente, su extraña pasividad y cobarde temor a la guerra y su casi rastrero temor hacia el mundo exterior, a pesar de poseer poderes de desmaterialización y atómicos que podrían haberlos hecho inconquistables de haberse tomado la molestia de organizar un ejército como en otros tiempos. Es evidente que K’n-yan estaba desde hacia mucho en decadencia, reaccionando con una mezcla de apatía e histeria ante la estandarizada y cronometrada vida de embrutecedora regularidad que la maquinaria había provocado durante su periodo medio. Aun las costumbres grotescas y repulsivas y las formas de pensar y sentir pueden rastrease a tales orígenes, ya que, en su investigación histórica, Zamacona encontró evidencia de pasadas eras en las que K’n-yan había tenido ideas mucho más parecidas a las del clasicismo y el renacimiento del mundo exterior, y había poseído un arte y carácter nacional lleno de lo que los europeos llaman dignidad, bondad y nobleza.
Cuanto más estudiaba Zamacona tales cosas, más aprensivo se volvía sobre su futuro, porque vio que la omnipresente desintegración moral e intelectual poseía una ominosa aceleración que se agudizaba de forma tremenda. Aun durante su estancia, los signos de decadencia se multiplicaban. El racionalismo degeneraba cada vez más en supersticiones fanáticas y orgiásticas, centradas en una profusa adoración del magnético metal-Tulu, y la tolerancia continuamente se disolvía en una serie de odios frenéticos, especialmente hacia el mundo exterior del que tanto estaban aprendiendo sus eruditos a través de él. A veces casi temía que la gente pudiera perder algún día su apatía inmemorial y decaimiento y revolverse como ratas desesperadas contra las desconocidas tierras superiores, arrasando todo lo que se cruzara en su camino gracias a sus singulares y todavía recordados poderes científicos. Pero de momento, ellos combatían su aburrimiento y vacuidad de otras formas: multiplicando sus odiosas salidas emocionales y aumentando la loca parodia y anormalidad de sus diversiones. Las arenas de Tsath debieron ser lugares malditos e inconcebibles a los que Zamacona nunca se acercaba. Y lo que ocurriría en otro siglo, o incluso en otra década, él no osaba conjeturar. El piadoso español se hacía cruces y repasaba su rosario más incluso de lo normal en aquellos días. En el año 1545, según su cuenta, Zamacona llegó a lo que bien podría llamarse como sus intentos finales de dejar K’n-yan. La nueva oportunidad tuvo un origen inesperado: una hembra de su hermandad que le otorgaba una atención curiosa individual basada en alguna memoria hereditaria sobre los días de matrimonio monogámico en Tsath. Sobre esta hembra —una noble de moderada belleza y, como poco, mediana inteligencia llamada T’la-yub— Zamacona obtuvo el más extraordinario ascendiente, induciéndola finalmente a ayudarle en su huida, bajo promesa de dejarla acompañarle. La suerte jugó un gran papel en el transcurso de los eventos, ya que T'la-yub procedía de una antiquísima familia de señores del portal que habían guardado tradiciones orales sobre un pasadizo al mundo exterior, que la gente había olvidado ya incluso en tiempos del gran cierre: un pasaje hacia un túmulo en las planas llanuras de la tierra que, en consecuencia, nunca fue sellado o guardado. Explicó que los antiguos señores del portal no eran ni guardias ni centinelas, sino simples propietarios ceremoniales y económicos, de posición semifeudal y baronial, en una era anterior al corte de relaciones con la superficie. Su propia familia se había visto menguada en el momento del cierre de aquel portal que había sido completamente olvidado, y ellos habían preservado siempre el secreto de su existencia como una especie de misterio hereditario: una fuente de orgullo, y de sentido de poder propio, para contrarrestar el sentimiento de opulencia e influencia desvanecida que tan constantemente les irritaba.
Zamacona, ahora trabajando febrilmente para dar al manuscrito su forma final, en previsión de que algo pudiera sucederle, decidió llevar consigo, en su viaje al exterior, tan sólo cinco bestias cargadas de oro puro en forma de pequeños lingotes usados para decoraciones menores; bastante, según sus cálculos, para hacerle un personaje de poder ilimitado en su propio mundo. Había llegado a endurecerse ante la vista de los monstruosos gyaa-yothn en esos cuatro años de residencia en Tsath, de ahí que no dudara en usar las criaturas, aunque decidió matarlas y enterrarlas, y esconder el oro tan pronto corno alcanzara el mundo exterior, ya que sabía que un simple vistazo a uno de los seres podía volver loco a un indio ordinario. Más tarde, armaría una expedición apropiada para llevar el tesoro a México. A T’la-yub quizás le permitiera compartir tal fortuna, ya que no le faltaba atractivo, aunque probablemente se las ingeniaría para dejarla entre los indios de la llanura, ya que no estaba demasiado ávido de conservar lazos con la forma de vida de Tsath. Corno mujer, por supuesto, podría elegir una dama española o, en el peor de los casos, una princesa india de descendencia normal exterior y pasado regular e intachable, Pero en aquellos momentos, T’la-yub debía ser utilizada corno guía. Llevaría el manuscrito consigo, dentro de un portarrollos del sagrado y magnético metal-Tulu. La propia expedición se describe en el suplemento al manuscrito de Zamacona, escrito más tarde con mano que demuestra signos de tensión nerviosa. Partieron entre las más cuidadosas precauciones, eligiendo un periodo de descanso y alejándose lo más posible por los débilmente iluminados pasadizos inferiores de la ciudad. Zamacona y T’la-yub, disfrazados con ropajes de esclavos llevando mochilas de provisiones y guiando a pie sus cinco bestias de carga, pasaron sin problemas por trabajadores ordinarios, y siguieron cuanto les fue posible por la ruta subterránea, utilizando un largo y poco frecuentado ramal que originariamente llevaba a los transportes mecánicos hacia el ahora derruido suburbio de L’thaa. Entre las minas de L’thaa salieron a la superficie, tras lo que cruzaron tan rápido corno fue posible la desierta llanura iluminada de azul de Nith hacia la cadena de bajas colinas de Grh-yan. Allí, entre los tupidos matorrales, T’la-yub encontró la desusada y medio fabulosa entrada del túnel olvidado que ella viera una vez antes, eones en el pasado, cuando su padre la había llevado allí para mostrarle aquel monumento a su orgullo familiar. Costó grandes trabajos el llevar a las cargadas bestias a través de los sarmientos y espinos que obstruían el camino, y uno de ellos mostró una renuencia destinada a traer calamitosas consecuencias... huyendo del grupo y alejándose hacia Tsath sobre sus pies detestables, con su dorada carga y todo.
Fue un trabajo de pesadilla alumbrado por la luz de las antorchas azules: arriba, abajo, adelante y arriba de nuevo a través de un malsano y obstruido túnel donde ningún pie había hollado desde eras antes del hundimiento de la Atlántida; y, en cierto momento, T’la-yub tuvo que practicar el temible arte de la desmaterialización sobre sí misma, Zamacona y las cargadas bestias para pasar un punto completamente bloqueado por el corrimiento de los estratos terrestres. Fue una terrible experiencia para Zamacona, ya que, aunque había presenciado bastantes desmaterializaciones en otros e incluso practicado consigo mismo para alcanzar la proyección del sueño, nunca antes había sido sometido tan completamente a la prueba. Pero T’la-yub era ducha en las artes de K’nyan y realizó la doble metamorfosis con perfecta seguridad.
Tras eso, resume el odioso viaje a través de criptas de horror colmadas de estalactitas donde monstruosos relieves acechaban a cada paso; acampando y avanzando alternativamente durante periodos que Zamacona considera de unos tres días, pero que probablemente eran menos. Por fin, llegaron a un lugar sumamente angosto donde las naturales y sólo ligeramente labradas paredes de roca daban paso a muros de albañilería totalmente artificial, cincelados con terribles bajorrelieves. Tales muros, tras un kilómetro de empinado ascenso, remataban en un par de inmensos nichos, uno a cada lado, en los que las imágenes monstruosas e incrustadas de. nitratos de Yig y Tulu se acuclillaban observándose el uno al otro a través del pasadizo, tal como habían hecho desde la temprana juventud del mundo humano. En este lugar, el pasadizo se abría en una estancia circular y prodigiosamente abovedada de factura humana, completamente cubierta de horribles tallas y revelando en el extremo más alejado un pasadizo de arcos con el comienzo de una serie de escalones. T’layub conocía por las historias familiares que éste debía estar muy cercano a la superficie terrestres pero no pudo decir cuánto. Aquí el grupo acampó para lo que debía ser su último periodo de descanso en el mundo subterráneo.
Debieron ser unas cuatro horas más tarde cuando el resonar de metales y el ruido de pies de bestias despertaron a Zamacona y T’la-yub. Un resplandor azulado surgía del estrecho pasadizo entre las imágenes de Yig y Tulu, y en un instante la verdad se hizo evidente. Se había dado la alarma en Tsath — como más tarde se rebeló, por el gyaa-yoth huido que se había revelado en la entrada cubierta de espinos— y una veloz partida de perseguidores acudió para detener a los fugitivos. La resistencia era evidentemente inútil, y no hubo ninguna. La partida de doce jinetes se comportó de forma estudiadamente cortés, y la vuelta comenzó casi sin una palabra o mensaje mental entre ambos bandos. Fue un viaje ominoso y depresivo, y la ordalía de desmaterialización y rematerialización en el lugar obstruido aún más terrible, porque carecía de la esperanza y expectación que paliara durante el proceso en el viaje de ida. Zamacona escuchó discutir a sus captores acerca de la inminente apertura de tal obstáculo mediante radiaciones intensivas, ya que en el futuro habría que poner centinelas en el, hasta entonces, desconocido portal exterior. No debía permitirse a los forasteros penetrar por el pasadizo, porque, entonces, quien pudiera escapar sin el debido tratamiento, podría tener un indicio de la inmensidad del mundo interior y quizás ser lo bastante curioso para volver con refuerzos. Como en los otros pasadizos desde la llegada de Zamacona, debían estacionarse centinelas por el túnel hasta el portal exterior, centinelas reclutados entre los esclavos, los muertos vivientes y'm-bhi, o los hombres libres caídos en desgracia. Con la invasión de las llanuras americanas por millares de europeos, tal como predijera el español, cada pasaje era una potencial fuente de peligro y debía ser rigurosamente guardado hasta que los tecnólogos de Tsath pudieran disponer de energía para preparar un bloqueo total que ocultara las entradas, tal como habían hecho con muchos túneles en épocas anteriores y más vigorosas. Zamacona y T’la-yub fueron llevados ante los tres gn‘agn del tribunal supremo, en el palacio de oro y cobre tras el parque de jardines y fuentes, y el español obtuvo la libertad merced a la vital información sobre el mundo exterior que aún podía suministrar. Se le indicó que volviera a su apartamento y a su hermandad, llevara la vida de antes y continuara reuniéndose con los grupos de eruditos según el último horario que había seguido. Ninguna restricción se le impondría en tanto pudiera estar pacíficamente en K’n-yan... pero se le indicó que tal indulgencia no se repetiría ante otro intento de huida. Zamacona había notado cierta ironía en las palabras de despedida del jefe gn ‘agn al asegurarle que todos sus gyaa-yothn, incluido el que se había rebelado, le serían devueltos. La Suerte de T’la-yub fue menos afortunada. No tenía objeto retenerla, y su antiguo linaje de Tsath daba a su acto mayor aspecto de traición del que tuviera el de Zamacona, se la condenó a ser entregada a las curiosas diversiones del anfiteatro y después, con algunas mutilaciones y forma semidesmaterializada, cumplir las funciones de un y’m-bhi o esclavo revivido y emplazarse entre los centinelas que guardaban el pasadizo cuya existencia había ocultado. Zamacona lo supo pronto, no sin muchas punzadas de remordimiento que apenas podía haber anticipado, ya que la pobre T’la-yub salió de la arena sin cabeza y con forma incompleta, siendo destinada como guardián exterior sobre el túmulo donde se descubrió que terminaba el pasadizo. Ella era, decía, un centinela nocturno cuya automática obligación era ahuyentar a los visitantes con una antorcha e informar a un pequeño pelotón de doce muertos y’m-bhi y seis hombres libres, vivos pero parcialmente desmaterializados, situados en la abovedada y circular estancia, silos visitantes no hacían caso de su aviso. Obraba, decía, en combinación con un centinela diurno, un hombre libre vivo que eligió este puesto en lugar de otros castigos por sus ofensas contra el estado. Zamacona, por supuesto, sabía desde hacía mucho que la mayoría de los centinelas jefes eran desacreditados hombres libres.
Se le hizo saber, aunque de forma indirecta, que su propio castigo por otro intento de fuga sería servir como centinela del portal, aunque en forma de esclavo y’m-bhi o muerto viviente, y tras un tratamiento de anfiteatro aún más pintoresco del que T’la-yub, según le dijeron, había sufrido. Se le dijo que él — o partes suyas— podría ser reanimado para guardar alguna sección interior del pasadizo y la vista de otros, pues su cuerpo destrozado sería el permanente Símbolo de la recompensa a la traición. Pero, añadía siempre su informador, por supuesto era inconcebible que pudiera correr tal destino. Mientras permaneciera pacíficamente en K’n-yan, podría continuar siendo un personaje libre, privilegiado y respetable.
Pero al final, Pánfilo de Zamacona acabó corriendo el destino que tan directamente le insinuaban. Por supuesto, no esperaba realmente encontrarlo, pero la nerviosa parte final del manuscrito muestra claramente que estaba preparado para afrontar tal posibilidad. Lo que le llevó a un intento final cíe desesperada huida de K’n-yan fue su creciente dominio del arte de la desmaterialización. Habiéndolo estudiado durante años y habiendo aprendido aún más en las dos veces en que había siclo sometido a él, se sintió ahora progresivamente capaz de usarlo independiente y efectivamente. El manuscrito consigna algunos notables experimentos en este arte — proezas menores realizadas en su apartamento— y refleja que el anhelo de Zamacona de poder ser pronto capaz de asumir la espectral forma en su plenitud, alcanzando la completa invisibilidad y preservando tal condición tanto como deseara.
Al alcanzar tal estado, razona, el camino hacia el exterior quedaría expedito. Por supuesto que no podría llevarse oro, pero la simple fuga sería bastante. Podría, empero, desmaterializar y llevar consigo este manuscrito en el cilindro de metal-Tulu, aunque a costa de algún esfuerzo adicional, ya que su registro y prueba podrían llegar al mundo exterior en cualquier caso. Ahora conocía el pasadizo a seguir y, si pudiera hacerlo en un estado de dispersión atómica, no veía cómo persona o fuerza alguna podría detectarlo o detenerlo. El único problema era si fracasaba en mantener su condición espectral durante todo el tiempo. Tal era el omnipresente peligro, según descubrió en sus experimentos. ¿Pero no hay siempre un riesgo de muerte y cosas peores en una vida de aventuras? Zamacona era un hidalgo de la vieja España, de la estirpe que había afrontado lo desconocido y se había abierto paso entre las civilizaciones del Nuevo Mundo.
Durante muchas noches tras su decisión final, Zamacona rogó a San Pánfilo y otros santos guardianes y pasó las cuentas de su rosario. La última anotación del manuscrito, que al final toma progresivamente la forma de un diario, era una simple frase: <<Es más tarde de ¡o que pensaba, tengo que marcharme.>> Tras lo cual, sólo tenemos silencio y conjeturas... y la evidencia suministrada por la presencia del propio manuscrito y lo que este indica.


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