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H.P.Lovecraft: En las montañas de la locura (1931)


EN LAS MONTAÑAS DE LA LOCURA

Parte II

Al fin decidimos llevar a cabo nuestro proyecto inicial de volar quinientas millas hacia el Este con los cuatro aviones de exploración y establecer una nueva base auxiliar en un punto que, probablemente, estaría situado en el continente menor o lo que erróneamente juzgábamos como tal. Las muestras geológicas que allí obtuviéramos nos servirían para comparar. Nuestra salud hasta entonces continuaba siendo excelente, pues el zumo de lima compensaba sobradamente el régimen continuo a base de conservas y alimentos salados, y las temperaturas, generalmente superiores a cero, nos permitían prescindir de las pieles más gruesas. Estábamos a mediados de verano, y, si nos apresurábamos, tal vez pudiéramos acabar la tarea para marzo y evitar la tediosa invernada durante la larga noche antártica. Varias tormentas huracanadas arremetían contra nosotros desde el este, pero logramos escapar de ellas ilesos gradas a la habilidad de Atwood para construir hangares rudimentarios y defensas contra el viento con grandes bloques de hielo, y para reforzar con más nieve los principales refugios del campamento. Nuestra eficiencia y buena suerte habían sido casi milagrosas.
El mundo sabía de nuestro programa y fue informado también acerca de la tenaz y extraña insistencia de Lake en hacer un viaje de exploración hacia el oeste, o más bien hacía el noroeste, antes de nuestro definitivo traslado a la nueva base. Parece que había cavilado mucho, y con una audacia alarmantemente extrema, sobre la marca triangular y estriada observada en la pizarra, viendo en ella ciertas contradicciones entre su naturaleza y el período geológico a que pertenecía, contradicciones que habían despertado al máximo su curiosidad, por lo que deseaba llevar a cabo perforaciones y voladuras en la región que se extendía hacia occidente y a la que evidentemente pertenecían los fragmentos desenterrados. Estaba extrañamente convencido de que aquellas marcas eran la huella de algún organismo voluminoso, desconocido, inclasificable y de un grado de evolución considerablemente avanzando, a pesar de que la roca donde aparecieron era de tan remotísima antigüedad —cámbrica, si no decididamente precámbrica— que excluía la existencia probable
no sólo de toda dase de vida evolucionada, sino de cualquier forma de vida superior a la de una etapa unicelular o a lo sumo de los trilobites. Aquellos fragmentos, con sus extrañas marcas, debían tener una antigüedad de quinientos a mil millones de años.
II

Supongo que la fantasía popular respondió activamente nuestros boletines radiotelegrafiados acerca de la partida de Lake hacia el noroeste para penetrar en regiones jamás holladas por pies humanos ni imaginadas por el hombre, aunque no mencionamos sus descabelladas esperanzas de revolucionar toda la ciencia biológica y geológicas. Su viaje inicial en trineo con el fin, de llevar a cabo perforaciones, realizado entre el 11 y el 18 de enero con Pabodie y otros cinco y deslucido por la pérdida de dos perros en un vuelco al cruzar uno de los grandes caballones de hielo, habían proporcionado nuevas muestras de pizarra de la era precámbrica y hasta yo me sentí interesado por la singular profusión de marcas evidentemente fósiles en aquel estrato de increíble antigüedad. Esas marcas, sin embargo, respondían a formas de vida muy primitivas y no ofrecían otra paradoja que el hecho de darse en rocas tan claramente precámbricas como aquéllas parecían ser, por eso seguía yo sin encontrar razonable la exigencia de Lake de hacer un paréntesis en nuestro programa, preparado con la intención de ahorrar tiempo. Este paréntesis exigía la utilización de los cuatro aeroplanos, de muchos hombres y de la totalidad del equipo mecánico de la expedición. Finalmente no veté el proyecto, aunque decidí no acompañar al grupo al Noroeste, a pesar. de que Lake me había pedido mi asesoramiento como geólogo. Mientras ellos estuvieran fuera, yo permanecería en la base con Pabodie y cinco hombres más tra zando los planes definitivos para el traslado hacia el Este. Con vistas a este traslado, uno de los aeroplanos había empezado ya a transportar una buena cantidad de gasolina desde la bahía de McMurdo, pero esto podía esperar por el momento. Me reservé un trineo y nueve perros, pues era imprudente quedarse sin ninguna posibilidad de transporte en un mundo totalmente deshabitado y muerto durante muchos eones.
La expedición secundaria de Lake al interior de lo desconocido envió, como todos recordarán, varios mensajes utilizando los transmisores de onda corta de los aeroplanos, mensajes que eran captados simultáneamente por nuestros receptores de la base sur y por el Arkham, fondeado en la bahía de McMurdo, los cuales los retransmitían al mundo exterior por longitudes de onda de hacia cincuenta metros. Emprendieron marcha el 22 de enero a las cuatro de la madrugada y el primer mensaje radiado nos llegó sólo dos horas después; en él Lake nos comunicaba que había aterrizado e iniciado una labor de perforación y de fusión del hielo a pequeña escala en un punto situado a trescientas millas de donde nos encontrábamos. Seis horas más tarde un segundo mensaje, muy emocionado, nos hablaba del trabajo frenético, como de castor, con que habían taladrado una perforación, ensanchada luego con dinamita, y que había culminado en el descubrimiento de fragmento de pizarra con varias marcas aproximadamente iguales a las que habían despertado nuestro asombro en un principio.
Tres horas después, un breve boletín nos comunicaba la reanudación del vuelo luchando contra un crudo y penetrante temporal, y cuando yo envié un nuevo mensaje de protesta oponiéndome al enfrentamiento con nuevos peligros, Lake contestó secamente que las nuevas muestras justificaban afrontar cualquier riesgo. Comprendí que el entusiasmo casi alcanzaba el límite del amotinamiento y que nada podía hacer por evitar el peligro que pudiera correr ahora el éxito de la expedición, pero me espantó pensar que Lake se fuera aventurando más y más profundamente en aquella blanca y traidora inmensidad llena De tempestades y misterios insondables, que se extendía a largo de unas mil quinientas millas hacia las costas, mitad conocidas, mitad sospechadas, de las tierras de la Reina María y de Knox.
A1cabo de otra hora y media aproximadamente nos llegó un mensaje doblemente excitado enviado en vuelo desde el aeroplano de Lake, que casi me hizo cambiar totalmente de opinión y me impulsó a desear haberles acompañado:
«10.05 noche. En vuelo. Después tormenta de nieve avistamos cordillera más elevada que todas las vistas hasta ahora. Quizá tan alta como Himalaya teniendo en cuenta altitud meseta. Probablemente a 76º 15’ de latitud y 113º 10 ’ de longitud este. Se extiende hacia derecha e izquierda hasta donde alcanza la vista. Creo percibir dos conos humeantes. Todos los picos negros y sin nieve. Vendaval que sopla desde ellos impide navegación.»
Después de recibir este mensaje, Pabodie, los hombres y yo permanecimos sin respirar junto a la radio. La imagen de aquella titánica muralla montañosa situada a setecientas millas de distancia inflamó nuestro más hondo sentido de la aventura y nos congratulamos de que fuera nuestra expedición, aunque no nosotros personalmente, quien la hubiera descubierto. Al cabo de media hora volvió a llamar Lake:
«Aeroplano de Moulton obligado descender en meseta al pie de las montañas, pero no hay heridos y quizá podamos repararlo. Trasladaremos todo lo imprescindible a los otros tres aparatos para regreso o ulteriores vuelos si son necesarios, pero por ahora no necesitamos más expediciones de esta envergadura. Montañas sobrepasan todo lo imaginable. Me dispongo a efectuar vuelo de exploración en aparato de Carroll libre de carga.
»Imposible imaginar nada semejante. Los picos más altos deben tener más de 35.000 pies. El Everest no es nada en comparación con esto. Atwood va a calcular altura con teodolito mientras Carroll y yo exploramos. Probablemente nos equivocamos acerca conos, pues formaciones parecen estratificadas. Posiblemente pizarra precámbrica mezclada con otros estratos. Extrañas siluetas en el horizonte con fragmentos de cubos adosados a picos más altos. Todo ello maravilloso a la luz dorada rojiza del sol bajo, como tierra misteriosa vista en sueños o como puerta que da a un prohibido mundo de maravillas jamás contempladas. Me
gustaría estuvieran acá para estudiarlo.»
Aunque había llegado ya la hora acostumbrada de dormir ninguno de los que estábamos a la escucha pensamos ni por un momento en acostarnos. Lo mismo debía de ocurrir en la bahía de McMurdo, en donde tanto el depósito de materiales como el Arkham recibían también los mensajes, pues el capitán Douglas nos llamó para felicitarnos a todos por el importante descubrimiento y Sherman, el encargado del depósito, se adhirió a la felicitación. Naturalmente, lamentamos lo del aeroplano averiado, pero esperamos que fuera fácilmente reparado. A las 11 de la noche captamos un nuevo mensaje de Lake:
«He volado con Carroll sobre las estribaciones más al-tas.
No me atrevo a pasar con este tiempo sobre picos verdaderamente elevados, pero lo haré después. Difícil subir y difícil volar a esta altura, pero vale la pena. La gran cordillera es bastante cerrada, lo que impide ver qué hay del otro lado. Principales picos más altos que el Himalaya y muy extraños. La cordillera parece de pizarra precámbrica con claros indicios de otros plegamientos. Equivocado en cuanto a volcanismo. Se extiende en las dos direcciones más allá de lo que alcanza la vista. Limpia de nieve por encima de los veinte mil pies.
»Extrañas formaciones en laderas de montañas más altas. Grandes bloques cuadrados y bajos con lados completamente verticales y lineas rectangulares de paredes verticales como los antiguos castillos asiáticos adheridos a las empinadas montañas que aparecen en los cuadros de Roerich. Impresionantes desde lejos. Volamos cerca de algunos y a Carroll le pareció estaban formados por trozos separados más pequeños, pero se trata probablemente de la erosión. La mayor parte de las aristas desmoronadas y redondeadas como si hubiesen estado expuestas a tempestades y cambios climáticos desde hace millones de años.
>>Algunas partes, especialmente las superiores, parecen ser de roca de colorido más claro que los estratos discernibles en laderas propiamente dichas, lo que indica que son de origen evidentemente cristalino. Desde más cerca me ven muchas bocas de cuevas, algunas de contornos extrañamente regulares, cuadradas o semicirculares. Debes venir y estudiarlo todo. Creo que he visto una pared asentada verticalmente en lo alto de un pico. La altura oscila entre 30 y 35.000 pies. Volamos a una altitud de 21.500 con un frío endiablado que nos caía hasta los huesos. El viento silba y aúlla a través de las gargantas y entrando y saliendo de las cuevas, pero hasta ahora el vuelo no ha revestido peligro alguno.»
A partir de entonces y durante la media hora siguiente Lake desató una riada de comentarios manifestando su intención de escalar algunos de los picos. Le respondí que me reuniría con él tan pronto como pudiera enviar un aeroplano y que Pabodie y yo idearíamos el plan más adecuado para el abastecimiento de gasolina: dónde y cómo concentrar las existencias en vista del cambio de programa de la expedición. Evidentemente, las labores de sondeo de Lake, así como las exploraciones aéreas, exigirían gran cantidad de combustible en la nueva base que tenía intención de establecer al pie de las montañas; y entraba dentro de lo posible que, después de todo, no realizáramos en esta estación el vuelo hacia el este. En relación con esto, llamé al capitán Douglas y le pedí que desembarcara todos los pertrechos que pudiese y los transportase más allá de la barrera con el único tiro de perros que habíamos dejado allí. Lo que teníamos que hacer era establecer una ruta directa que cruzase la región desconocida que separaba el lugar en que se hallaba Lake de la bahía de McMurdo.
Lake me llamó más tarde para decirme que había decidido dejar el campamento en el lugar donde se había visto obligado a aterrizar el avión de Moulton, y donde las reparaciones habían progresado algo. La costra de hielo era muy fina y dejaba ver aquí y allá trozos de tierra oscura. Lake pensaba llevar a cabo algunas perforaciones y hacer estallar algunos barrenos en aquel lugar antes de realizar exploraciones en trineo o de emprender ningún ascenso. Me habló de la inefable majestuosidad del panorama y de las extrañas sensaciones que le producía encontrarse al socaire de inmensos y silenciosos picachos que, formando hileras, se disparaban hacia lo alto como un muro que alcanzase el cielo en el confín del mundo. El teodolito de Arwood había fijado la altura de los cinco picos más altos entre los 30.000 y los 34.000 pies. La forma en que el terreno estaba barrido por el viento inquietaba a Lake, pues auguraba la existencia de tremendas borrascas de violencia mucho más inusitada que cualquiera de las que habíamos sufrido hasta la fecha. Su campamento se hallaba a algo más de cinco millas del lugar en que las estribaciones de las montañas se elevaban bruscamente. Casi pude percibir un tono de alarma subconsciente en sus palabras, transmitidas a través de un vacío glacial de setecientas millas, cuando nos pedía que nos diésemos prisa pera acabar lo antes posible la tarea en aquella nueva región. Se disponía a descansar después de un día de trabajo, esfuerzo y resultados sin precedentes.
Por la mañana sostuve una conversación tripartita por radio con Lake y el capitán Douglas, que se hallaban en sus respectivas bases, muy lejanas entre sí. Acordamos que uno de los aviones de Lake vendría a mi base a recogernos a Pabodie, a cinco hombres y a mí, y a llevar también toda la gasolina que pudiera. La cuestión del combustible podía aguardar unos días más según lo que decidiéramos acerca de la expedición hacia el este, pues Lake tenía bastante en su campamento para sus inmediatas necesidades de calefacción y perforado. En su momento tendríamos que reabastecer la base del sur, pero si retrasábamos la expedición hacia el este no la utilizaríamos hasta el próximo verano, y entretanto Lake debía enviar un aparato para explorar una ruta directa entre sus nuevas montañas y la bahía de McMurdo.
Pabodie y yo nos dispusimos a cerrar nuestra base durante poco o mucho tiempo, según fuese necesario. Si invernábamos en el Antártico, volaríamos probablemente en línea directa desde la base de Lake al Arkham sin regresar a ese lugar. Habíamos reforzado algunas de las tiendas cónicas con bloques de nieve endurecida y ahora decidimos completar el trabajo de crear un poblado permanente. Lake tenía todas las tiendas que podía necesitar aun después de nuestra llegada. Le envié un mensaje radiado diciendo que Pabodie y yo estaríamos preparados para salir hacia ‘el Norte después de un día de trabajo y una noche de descanso.
Sin embargo, nuestra tarea no fue muy continua a partir de las 4 de la tarde, pues Lake comenzó a enviar unos mensajes extraordinariamente sorprendentes y muy excitados. Su día de trabajo había comenzado con malos augurios, ya que un vuelo de exploración de las superficies rocosas que quedaban casi al descubierto había revelado una ausencia total de los estratos arcaicos y primigenios que buscaba y que constituían una parte tan considerable de las colosales cumbres que se elevaban a asombrosa distancia del campamento. La mayor parte de las rocas entrevistas eran aparentemente areniscas jurásicas y comanchienses y esquistos pérmicos y triásicos con un afloramiento aquí y allá de un negro brillante que ‘hacia pensar en antracita o carbón esquistoso. Esto desalentó un tanto a Lake, cuya aspiración era descubrir muestras de más de quinientos millones de años. Le resultó patente que para encontrar vetas de pizarra arcaica como aquellas en que había descubierto las extrañas marcas, tendría que realizar una larga expedición en trineo desde las estribaciones a las escarpadas laderas de las gigantescas montañas.
No obstante, había decidido efectuar algunas perforaciones allí mismo como parte del programa general de la expedición, por lo que montó la barrena y puso a trabajar en ella a cinco hombres mientras que los demás acababan de instalar el campamento y de reparar el aeroplano averiado. Se eligió para el primer sondeo la roca visible más blanda —una piedra arenisca que se encontraba a un cuarto de milla aproximadamente del campamento—, y la taladradora hizo excelentes progresos sin necesidad de muchos barrenos auxiliares. Fue alrededor de tres horas más tarde, después de la primer explosión auténticamente potente, cuando se oyeron los gritos del equipo de perforación y cuando Gedney —que hacia las veces de capataz— llegó corriendo al campamento con la asombrosa noticia.
Habían topado con una caverna. Al poco tiempo de comenzar la perforación la piedra arenisca había sido reemplazada por una yeta de piedra caliza comanchiense, llena de diminutos fósiles de cefalópodos, corales, equinodermos, braquiópodos y, de cuando en cuando, indicios de esponjas silíceas y huesos de vertebrados marinos, procedentes ‘estos últimos con toda probabilidad de teleosteos, tiburones y ganoideos. Esto era ya de por sí suficientemente importante, pues eran los primeros fósiles de vertebrados conseguidos por la expedición; pero cuando poco después el cabezal de la perforadora acabó de taladrar el estrato para llegar a una oquedad, una nueva ola de emoción doblemente intensa se apoderó de los perforadores. Un barreno de buen tamaño había dejado al descubierto el secreto subterráneo; y ahora, allí, a través de un tortuoso agujero de tal vez cinco pies de diámetro por tres de grosor, se abría ante los anhelantes exploradores parte de una oquedad socavada hacia más de cincuenta millones de años por el tenaz discurrir de aguas subterráneas de un desaparecido mundo tropical.
El estrato en que se abría la oquedad no tenía más de siete u ocho pies de espesor, pero se extendía indefinidamente en todas direcciones y se respiraba en ella un fresco vientecillo que hacía pensar que pertenecía a un extenso sistema subterráneo. Techo y suelo mostraban abundancia de grandes estalactitas y estalagmitas, algunas de las cuales se unían formando columnas; pero lo más importante de todo era el vasto depósito de conchas y huesos que en algunos lugares casi obstruían el paso. Arrastrados por las aguas desde desconocidas selvas de helechos
arborescentes, hongos mesozoicos, bosques de cicaidaceas, palmeras de abanico y angiospermas primitivas del terciario, había en este óseo depósito más ejemplares de especies de animales del cretaceo, del eoceno y de otras ¿pocas que las que hubiera podido contar y dasificar el más sabio paleontólogo en un año. Moluscos, caparazones de crustáceos, peces, anfibios, reptiles, aves y mamíferos primitivos, todos ellos grandes y pequeños, conocidos y desconocidos. No es de asombrar, pues, que Gedney volviera al campamento corriendo y gritando, ni debe maravillar que todos los demás dejaran el trabajo y corrieran desafiando el cortante frío hacia el lugar donde la torreta señalaba el emplazamiento de la recién descubierta entrada a los secretos de la tierra interior y de pasados eones.
Cuando Lake hubo satisfecho las primeras punzadas de la curiosidad, garrapateó un mensaje en su cuaderno de notas y encargó al joven Moulton que lo llevara inmediatamente al campamento pára que lo radiaran. Fue aquélla la primera noticia que tuve del descubrimiento, y en ella se hablaba de la identificación de conchas primitivas, de huesos de ganoides y placodermos, de vestigios de laberintodontes y tecodontes, de grandes trozos de cráneos de mesosaurios, vértebras y pedazos de caparazones de dinosaurios, de dientes y huesos de alas de pterodáctilos, de restos de aves primitivas, dientes de tiburón del mioceno, cráneos de aves primitivas y de otros huesos de mamíferos desaparecidos, como los paleoterios, los xifodones, los xifoideos, los eopideos, los oredones y los titatoneros. No había nada que
correspondiera a animales
tan recientes como el mastodonte, el elefante, el verdadero camello, el ciervo o los animales bovinos, por lo que Lake dedujo que los depósitos más modernos eran del’ oligoceno y que el estrato excavado había permanecido en su actual estado, seco, muerto e inaccesible, durante treinta millones de años por lo menos.
Por otra parte, la preponderancia de formas muy tempranas de vida era extraordinariamente curiosa. Aunque la formación de piedra caliza, a la luz de los fósiles que contenía, tan característicos como las ventriculitas, era
indiscutiblemente comanchiense y en ningún modo anterior, entre los fragmentos sueltos que se hallaban en la oquedad había una proporción sorprendente de organismos considerados hasta ahora como propios de períodos muy anteriores, entre ellos algunos peces rudimentarios y moluscos y corales que podían clasificarse como pertenecientes a períodos tan remotos como el silúrico superior o el ordoviciense. La inevitable condusión era que en esta parte del mundo había habido un grado de continuidad excepcional entre la vida de hace más de trescientos millones de años y la de hace tan sólo treinta millones. Dilucidar hasta qué punto había persistido esta continuidad después de la era oligocénica, cuando se cerró la caverna, era algo que estaba, desde luego, más allá de cualquier conjetura. En cualquier caso, la llegada del terrible hielo del pleistoceno hace unos quinientos mil años
—poco más que ayer en comparación con la antigüedad de aquella caverna— debió de acabar con las formas primitivas de vida que habían logrado sobrevivir más allá del limite general alcanzado por sus congéneres.


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