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H.P.Lovecraft: En las montañas de la locura (1931)


EN LAS MONTAÑAS DE LA LOCURA

Parte IV


El sistema nervioso era tan complejo y se encontraba tan desarrollado que dejó atónito a Lake. Aunque excesivamente primitivo y arcaico en algunas de sus características, el ser poseía un conjunto de centros ganglionares y conjuntivos que suponían un desarrollo enormemente es pecializado. El cerebro, de cinco lóbulos, mostraba una evolución sorprendentemente avanzada y se percibían indicios de un equipo sensorial servido en parte por las cilias, semejantes a alambres, de la cabeza, lo que suponía la existencia de factores ajenos a cualquier otro organismo terrestre. Probablemente poseía más de cinco sentidos, por lo que sus hábitos no podían deducirse por analogía. Lake supuso que debió tratarse de un ser de fina sensibilidad y funciones delicadamente diferenciadas en su mundo primigenio —algo muy semejante a las hormigas y las abejas actuales—. Se reproducía como las plantas criptógamas, especialmente las pteridófitas, tenía cavidades de esporas en las puntas de las alas y crecía evidentemente de un tallo o de un gametófito.
Pero darle un nombre concreto en aquella fase era una pura ‘locura. Parecía un radiado, pero evidentemente era algo más. Era vegetal en parte, pero poseía tres cuartas partes de las características esenciales de la estructura animal. Su contorno simétrico y ciertas otras características indicaban claramente un origen marino, pero no se podía determinar con exactitud el limite de sus posteriores adaptaciones. Las alas, después de todo, sugerían constantemente que se trataba de un ser volador. Cómo pudo sufrir una evolución tan tremendamente compleja en una tierra recién nacida a tiempo de dejar huellas en rocas arcaicas resultaba tan inconcebible que llevó a Lake a recordar los mitos primigenios de aquellos «Ancianos» que bajaron de las estrellas y crearon la vida en la tierra por travesura o por error, y las caprichosas consejas acerca de unos seres cósmicos, que, llegados del exterior, habitaron las montañas, contadas por un colega folklorista del Departamento de literatura inglesa de la Universidad de Miskatonic.
Naturalmente, consideró la posibilidad de que las huellas precámbricas se debieran a un antepasado menos evolucionado de los actuales ejemplares, pero descartó rápidamente esta teoría demasiado sencilla cuando consideró las avanzadas características estructurales de los fósiles más antiguos. Si algo mostraban los más modernos era decadencia, más que una mayor evolución. El tamaño de las pseudopatas había disminuido y toda la morfología parecía más primitiva y simplificada. Además, los órganos y nervios recién examinados sugerían un peregrino proceso de regresión a partir de formas todavía más complejas. En total, poco se podía decir que había quedado resuelto. Lake volvió a la mitología en busca de un nombre provisional, y denominó jocosamente «Los Primordiales» a los seres que había encontrado.
A eso de las dos y media de la madrugada, luego de decidir dejar para el día siguiente la continuación de su trabajo y tratar de tener algún descanso, cubrió el disecado organismo con un lienzo embreado, salió de la tienda-laboratorio y estudió los ejemplares intactos con renovado interés. El incesante sol antártico había comenzado a reblandecer ligeramente sus tejidos, de modo que las puntas de la cabeza y los tubos de dos o tres de ellos mostraban señales de desplegarse, aunque Lake pensó que no había peligro de corrupción inmediata en aquel ambiente a menos de cero grados. Pero si juntó todos los ejemplares no di-secados y los cubrió con la lona de una tienda de repuesto para protegerlos de los rayos solares directos. Eso contribuiría también a que los posibles efluvios no llegaran hasta los perros, cuyo hostil desasosiego estaba empezando a convertirse en problema incluso a la considerable distancia a que se hallaban, al otro ‘lado de una cerca de nieve que un equipo reforzado de hombres estaba apresurándose a ‘alzar en torno a la improvisada perrera. Tuvo que sujetar las esquinas de la lona con grandes bloques de nieve prensada para que no se moviera a pesar del vendaval que se estaba levantando, pues las titánicas montañas parecían prepararse a lanzar bocanadas de viento enormemente fuertes. Revivieron los temores a los temporales antárticos, y bajo la supervisión de Atwood se tomaron precauciones para resguardar con nieve las tiendas, el nuevo cercado de los perros y los toscos cobertizos de los aeroplanos al socaire de las montañas. Estos cobertizos, que habían comenzado a levantar en momentos perdidos con bloques de nieve endurecida, no tenían ni con mucho la debida altura, y Lake acabó por apartar a todos los hombres de otras tareas y ponerlos a trabajar en las defensas.
Eran las cuatro pasadas cuando Lake se dispuso a dejar de transmitir y nos aconsejó que nos retiráramos a descansar, como lo harían él y su gente tan pronto como ‘las defensas fueran un poco más altas. Mantuvo una conversación amistosa con Pabodie a través del aire, y reiteró su alabanza de las maravillosas barrenas que le habían ayudado a hacer el descubrimiento. Atwood también transmitió saludos y elogios. Yo felicité a Lake efusivamente y reconocí que tuvo razón al insistir en ‘hacer la excursión hacia el Oeste, y, finalmente, todos acordamos ponernos al habla por radio a las diez de la mañana siguiente si la tempestad había amainado; Lake enviaría un aeroplano para recoger al grupo de mi base. Justo antes de acostarme envié un mensaje final al Arkham con instrucciones de que rebajaran el tono de las noticias del día para el consumo del mundo exterior, pues dar todos los detalles me parecía que podía levantar una ola de incredulidad hasta que fueran comprobados.
III

Imagino que ninguno de nosotros durmió muy profundamente ni de forma continuada aquella madrugada. Lo impedían, de una parte, la excitación que nos había producido la noticia del descubrimiento de Lake y, de otra, la creciente furia del vendaval. Soplaba de un modo tan salvaje, aun donde nosotros estábamos, que no pudimos por menos de pensar cómo lo estarían pasando en el campamento de Lake, situado justamente bajo los inmensos picos desconocidos, donde nacía y se desataba el viento. McTighe ya estaba en pie a las diez intentando oír a Lake por radio, según habíamos convenido, pero alguna perturbación eléctrica que había en el aire agitado, hacia el Oeste, parecía impedir la comunicación. Si pudimos, en cambio, ponernos al habla con el Arkham, y Douglas me dijo que también había tratado en vano de establecer contacto con Lake. Douglas no sabía de la tempestad, pues en la bahía de McMurdo soplaba poco viento a pesar de su insistente fiereza en donde nos hallábamos.
Nos pasamos el día escuchando con ansiedad y tratando de enlazar con Lake, pero siempre sin resultado. Hacia mediodía el viento sopló enloquecido desde el Oeste y nos hizo temer por la seguridad de nuestro campamento; pero acabó amainando casi totalmente, sin más que una moderada recaída a las dos de la tarde. Después de las tres la calma era absoluta y redoblamos nuestros esfuerzos para comunicarnos con Lake. Pensábamos que por tener cuatro aeroplanos, dotados cada uno de un excelente equipo de onda corta, era improbable que un accidente ordinario pudiera haber inutilizado simultáneamente todos los aparatos. Pero lo cierto era que continuaba el silencio total, y cuando pensábamos en la fuerza delirante que el viento debía haber alcanzado en su campamento no podíamos alejar de nuestra imaginación los más ominosos presagios.
Para las seis nuestros temores eran ya más vivos y concreto, y después de consultar por radio con Douglas y Thorfinnssen, decidí tomar las medidas necesarias para realizar una investigación. El quinto aeroplano, el que hablamos dejado en el depósito de la bahía de McMurdo con Sherman y dos marineros, estaba en buenas condiciones y listo para su empleo inmediatamente; parecía haberse presentado la emergencia para la cual lo habíamos reservado. Llamé a Sherman por radio y le ordené que acudiera con el aeroplano y los dos marineros a la base Sur tan pronto como pudiera, pues las condiciones meteorológicas parecían ser muy propicias. Hablamos luego del personal que realizaría la investigación, y decidimos incluir a todos los hombres, llevando además el trineo y los perros que yo había conservado. Aunque muy considerable, la carga no sería excesiva para uno de aquellos enormes aeroplanos que habían sido construidos, según nuestras instrucciones, para el transporte de maquinaria pesada. De cuando en cuando volví a tratar de comunicarme con Lake, pero todo fue en vano. Sherman, con los marineros Gunnarsson y Larsen, despegó a las siete y media e informó desde varios puntos del recorrido que las condiciones de vuelo eran buenas. Llegaron a nuestra base a medianoche, y todos procedimos inmediatamente a discutir qué haríamos a continuación. Era arriesgado volar sobre la Antártida con un solo aparato y sin contar con una línea de bases de apoyo, pero ninguno vaciló ante lo que parecía ser un caso de absoluta necesidad. Nos retiramos a las dos para descansar brevemente después de realizadas las operaciones preliminares de carga, pero cuatro horas más tarde ya estábamos otra vez en pie para terminar de cargar el aeroplano y empaquetar el resto de las cosas.
A las siete y cuarto de la mañana del 25 de enero iniciamos el vuelo hacia el noroeste con McTighe como piloto, más diez hombres, siete perros, un trineo, provisión de víveres y combustible, y algunas otras cosas, entre ellas la radio del aeroplano. La atmósfera estaba clara y casi en calma, y la temperatura era relativamente suave. Calculamos que encontraríamos pocas dificultades para llegar a la latitud y longitud que Lake nos había dado como coordenadas de su campamento. Nos horrorizaba pensar en lo que pudiéramos encontrar, o no encontrar, al final del viaje, pues el silencio seguía siendo la única respuesta a nuestras insistentes llamadas al campamento Guardo indeleblemente grabados en la memoria todos los incidentes de aquel vuelo de cuatro horas y media, por tratarse de un momento crucial en mi vida, que marca la pérdida, a mis cincuenta y cuatro años, de toda la paz y equilibrio mental resultantes de la aceptación de un concepto habitual de la naturaleza y de sus leyes. A partir de entonces, los diez —pero sobre todo un estudiante, Danforth, y yo— íbamos a enfrentarnos con un mundo espantosamente ampliado de horrores en acecho que nada puede borrar de nuestra memoria, y que si pudiéramos nos abstendríamos de compartir con la humanidad en general. Los periódicos han publicado los boletines que enviamos desde el aeroplano en vuelo y que describían nuestro viaje sin escalas, las dos luchas que mantuvimos con traidores vendavales en la atmósfera superior, nuestra visión de la superficie rota donde Lake había hundido tres días antes la perforadora a mitad de su viaje, y cómo encontramos un grupo de esos extraños cilindros algodonosos de nieve, observados por Amundsen y Byrd, y que el viento hacia rodar sobre interminables leguas de la helada meseta. Pero llegó la hora en la que no pudimos expresar nuestras sensaciones con palabras que la prensa hubiera podido entender, y otro momento posterior en el que tuvimos que adoptar una verdadera norma de estricta censura.
Larsen, uno de los marineros, fue el primero que descubrió la linea dentada de cumbres cónicas y picos de apariencia maligna que teníamos delante en la distancia, y sus gritos nos impulsaron a todos a mirar por las ventanillas de la espaciosa cabina del avión. A pesar de nuestra velocidad, tardaron mucho en destacarse sobre el fondo, por lo que dedujimos que se encontraban a una distancia infinita y que eran visibles solamente a causa de su extraordinaria altura. Pero poco a poco fueron irguiéndose amenazadoras en el horizonte, hacia poniente, y pudimos ver varias cumbres desnudas, yermas y negruzcas y captar la curiosa sensación de fantasía que inspiraban vistas a la rojiza luz antártica sobre el sugestivo fondo de unas nubes iridiscentes de polvo de hielo. Todo el espectáculo estaba saturado de la insinuación pertinaz y penetrante de algún asombroso secreto de posible revelación. Era como si aquellas enhiestas torres de pesadilla fuesen pilones que enmascarasen una temible puerta de acceso a prohibidas esferas del ensueño, enigmáticas simas de remotos tiempos y espacios ultradimensionales. No pude eludir la impresión de que eran cumbres malignas —montañas de locura cuyas más lejanas laderas se asomaban a algún detestable abismo final—. Aquella nube al fondo, trémula y medio luminosa, despertaba sugerencias indecibles, más que de un espacio terrestre de un más allá vago y etéreo, y daba aterradoras advertencias de la naturaleza totalmente remota, apartada, desolada y muerta desde hacía muchos eones de ese mundo austral insondable y jamás hollado.
Fue Danforth quien nos llamó la atención acerca de la curiosa regularidad de las montañas más altas, regularidad como de fragmentos adheridos de cubos perfectos, a los que Lake había aludido en sus mensajes y que efectivamente justificaban su comparación con las imágenes, como soñadas, de ruinas de templos primitivos sobre las cimas nubosas de Asia, que tan sutil y extrañamente pintara Roerich. En verdad había algo obsesionante, que evocaba a Roerich en todo este continente sobrenatural, de montañas misteriosas. Lo experimenté en octubre, cuando divisamos por primera vez Tierra Victoria, y lo volví a experimentar ahora. Sentí también otra oleada de inquietante percepción de semejanza con los mitos arcaicos, de la forma sospechosa en que estas tierras letales correspondían a la meseta de Leng, de siniestro renombre, que aparece en los escritos primitivos. Los mitólogos han situado Leng en el Asia Central, pero la
memoria racial del hombre
—o de sus predecesores— es larga y bien pudiera ser que ciertas consejas hubieran llegado desde tierras, montañas y templos del horror anteriores a Asia y anteriores a cualquier mundo humano conocido. Algunos místicos audaces han insinuado que los fragmentarios manuscritos Pnakóticos tienen un origen anterior al pleistoceno, y han supuesto que los fieles de Tsathoggua estaban tan lejos de ser humanos como el propio Tsathoggua. Leng, dondequiera que estuviera situada espacial o temporalmente, no era una región en la que yo deseara encontrarme, ni me agradaba tampoco la proximidad de un mundo que dio el ser a las ambiguas y arcaicas monstruosidades que Lake había mencionado. En aquel momento deploré haber leído el aborrecido Necrornomicón y haber hablado tanto con Wilmarth, el folklorista de la Universidad, versado en tan desagradables temas.


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