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Amores Peligrosos

Amores Peligrosos


amor


¿Por qué fallamos tanto en el amor? ¿Por qué tanta gente elige a la persona equivocada o se enfrasca en relaciones tan peligrosas como irracionales? ¿Por qué nos resignamos a relaciones dolorosas? Creemos que el amor es infalible y olvidamos algo elemental para la supervivencia amorosa: no todas las propuestas afectivas son convenientes para nuestro bienestar. Nos guste o no, algunas maneras de amar son francamente insoportables y agotadoras.

tipos


Estilo histriónico - teatral

Amar a una persona histriónica/teatral es dejarse llevar por un huracán de grado cinco. Algunas de sus características son: querer ser siempre el centro de atención, ser excesivamente emotivo, mostrar comportamientos seductores, cuidar exageradamente el aspecto físico, tener actitudes dramáticas e impresionistas, ver intimidad donde no la hay y ser muy intensas o intensos en las relaciones interpersonales (especialmente cuando hay amor de por medio). Las personas que tienen esta manera de amar desarrollan un ciclo amoroso de mal pronóstico. Al principio sus relaciones afectivas están impregnadas de un enamoramiento frenético y fuera de control y después, como en caída libre, suelen terminar con las relaciones de manera drástica y tormentosa. El amor histérico no sólo se siente, también se carga y se soporta, porque al exigir atención y aprobación las veinticuatro horas, la relación se vuelve agotadora. ¿Cómo estar bien con alguien que nunca está satisfecho afectivamente?
Jorge conoció a Manuela en la universidad y se sintió impactado por ella desde el primer momento: era joven, sexy y alegre. Todos los hombres la deseaban y a ella no le desagradaba en absoluto; por el contrario, buscaba ser el centro de atención y ejercía un fuerte magnetismo sobre el sexo opuesto. Se entretenía con los hombres, como el gato con el ratón: se exhibía, los provocaba y luego los dejaba en las nubes. Había aprendido a jugar con la testosterona masculina sin involucrarse, ni sexual ni afectivamente. Con Jorge pasó algo distinto. La timidez que él mostró, y su introversión, generó en Manuela el reto de conquistarlo, cosa que logró sin demasiado esfuerzo. Al poco tiempo ya estaban viviendo juntos. En realidad, Jorge quería tenerla más controlada porque temía que de tanto jugar le fuera infiel. Cuando llegaron a la consulta de un psicólogo, la convivencia estaba bastante deteriorada y sus insatisfacciones eran similares: ninguno se sentía amado por el otro. Manuela exigía más mimos y atención: «Parece que yo no le importo... Necesito que sea más cariñoso y que me dedique más tiempo... Me gustaría verlo más apegado a mí...». Por otra parte, Jorge pretendía que ella fuera más sobria y menos llamativa, y también quería mejorar las relaciones sexuales: «Ella no disfruta el sexo, no es lo que aparenta... De verdad, no me siento deseado... Creo que es frígida o algo parecido...». En los comienzos de la relación, ingenuamente, Jorge había pensado que Manuela sólo desplegaba su comportamiento seductor con él, pero cuando descubrió que el flirteo y el exhibicionismo eran parte de su manera de ser, sintió una mezcla de miedo y desilusión. Él trató de que ella cambiara su estilo de vestir incitante y el modo de relacionarse con los demás hombres, pero no lo consiguió.
El asunto tuvo un final sorpresivo: Manuela repentinamente lo dejó por uno de sus mejores amigos. Dijo: «¡Estoy enamorada de verdad! ¡Hablamos de casarnos! ¡Él es maravilloso!». Cuando se le preguntó por Jorge, el novio por el cual lloraba apenas unas semanas antes, respondió: «Ah, Jorge... No sé, eso ya pasó... ¡Ahora estoy tan contenta!». Como si fuera una fiebre o una enfermedad, Jorge ya no existía en la memoria emocional de Manuela, lo había borrado de su disco duro como quien elimina un virus.
En contra de lo que suele pensarse, el estilo histriónico no es exclusivo de las mujeres. La cultura posmo-derna ha provocado que un número considerable de varones entren en el juego exhibicionista. Basta ir a una discoteca de moda para encontrarse con un mundo «histeroide», donde tanto hombres como mujeres hacen alarde de sus más encantadores atributos. Hombres de piel tostada y humectada, ropa de marca, accesorios llamativos, miradas sugerentes y músculos a la vista hacen las delicias de un sinnúmero de bellas damas que andan en lo mismo: los lindos con las lindas, acompasados al ritmo de un pavoneo grupal donde el cortejo se vuelve cada vez más barroco. ¿Sexo? No necesariamente. En la filosofía del «histeriquis-mo», cautivar puede ser más excitante que tener sexo; enamorar, más impactante que enamorase; ilusionar y fantasear, más estimulante que ligar, y sentir, mucho más ventajoso que pensar. Mariposeo y voyerismo revuelto: el ocaso de la sencillez. Se mira y no se toca, o si se toca, es por encima. Una subcultura que genera erecciones en cadena y enamoramientos a discreción, cada vez más inconclusos.

estilos


Estilo paranoico – vigilante

Si tienes la mala suerte de estar con una pareja paranoica, serás culpable hasta que demuestres lo contrario. Para él o ella, no importará tu buena conducta ni las demostraciones de amor, siempre estarás en la lista negra de los enemigos potenciales, tu proceder siempre esconderá una «segunda intención». La premisa del paranoico-vigilante es deshumanizante: «La gente es mala y, si bajas la guardia, te lastimarán», familia incluida. Ser recelosos y contraatacar es su mejor forma de sobrevivir en un mundo percibido como hostil y explotador. El amor desconfiado pone al otro bajo sospecha y lo obliga a presentar descargos que demuestren su fidelidad y lealtad. Pero el amor y la desconfianza no son compatibles, no importa cuántos «certificados» presentes. No encajan bajo el mismo techo.
Sara era una mujer de treinta años, casada y con dos niñas pequeñas. Debido a que estudiaba odontología, distribuía su tiempo entre la universidad y la casa. Su esposo, Felipe, era un hombre de cuarenta y dos años con un perfil claramente paranoide, que pasaba gran parte de su tiempo vigilando a su mujer. La «verificación» constaba de un sinnúmero de estrategias fiscalizadoras: comprobar llamadas telefónicas, revisar el recibo de sus gastos, perseguirla, llegar a los lugares donde ella se encontraba sin avisar, buscar contradicciones en la información, revisar su correo, en fin, un investigador de la CIA era un simple aficionado comparado con Felipe. Una de las «pruebas» era especialmente humillante para Sara. A veces, cuando llegaba tarde de la universidad, él la esperaba con cara de ogro, la llevaba de un brazo al dormitorio y le pedía que se desnudara. Entonces olfateaba la ropa interior y sus partes íntimas, buscando algún vestigio masculino que pudiera delatarla. Obviamente, Felipe no siempre era así. Cuando el esquema de desconfianza estaba desactivado, lo que ocurría sólo de tanto en tanto, era tierno y muy amable, pero bajo los efectos de la paranoia se convertía en una persona insoportable y amenazadora.
En una cita su terapeuta le preguntó por qué continuaban sus sospechas si nunca había logrado confirmarlas. Su respuesta fue desconcertante: «No es así de simple... Ella es muy inteligente... A veces pienso que hace "sus cosas" tan bien hechas que no deja pruebas por ningún lado». Sara no tenía escapatoria: no importa cuál fuera su comportamiento, estaba moralmente condenada. Cuando la mujer asistió a la consulta se le diagnosticó una depresión moderada y un trastorno de pánico, posiblemente como resultado de la situación «no escape» en la que se hallaba: no era capaz de dejarlo porque lo quería, y no era capaz de sugerirle que pidiera ayuda profesional porque lo temía. Su relación de pareja era una prisión, y el hombre que ella amaba, su carcelero.
Para Felipe, la cosa no era mejor. Su tragedia consistía en amar a su «mejor» enemiga. Así que mientras él trataba de defenderse de los supuestos ataques y engaños de Sara, ella se hundía cada vez más en la desesperación. Un día dejaron de ir a las consultas. Lo último que se supo es que todavía siguen juntos.

Vivir con el enemigo
Estamos de acuerdo en que la desconfianza no siempre es contraproducente. Para alguien que trabaje en una agencia de espionaje, la suspicacia será una buena herramienta de supervivencia, o para un soldado en plena guerra, o incluso para algunos emigrantes que llegan a tierras hostiles. El niño suele ser desconfiado ante los extraños, y eso garantiza su seguridad ante posibles depredadores. Si andas por un barrio peligroso donde podrían asaltarte, «confiar en la suerte» sería una estupidez; en eso estamos de acuerdo. El problema con el estilo paranoico-vigilante es que la suspicacia se generaliza irracionalmente y se transforma en un modo de vida.
La inaceptable propuesta afectiva del amor desconfiado gira alrededor de tres esquemas destructivos: «Si te doy amor, te aprovecharás de mí» (inhibición defensiva); «Si no estoy vigilante, me engañarás» (focalización mala-daptativa), y «El pasado te condena» (fatalismo afectivo).

relaciones


Estilo pasivo - agresivo

Cómo habría sido Gandhi en el papel de esposo, porque si aplicó a su relación afectiva los mismos métodos de desobediencia social que utilizó para vencer a los británicos (¡nada más ni nada menos que a los británicos!), me compadezco de quien fue su mujer. Estar vinculado a una persona pasivo-agresiva es tener un movimiento de resistencia civil en casa: sabotaje, insurrección (no armada, sino «amada»), lentitud desesperante, incumplimiento de los compromisos e indolencia, todo junto e imprevisible. Amor ambivalente, desconcertante y conflictivo: ni tan cerca ni tan lejos, amor a media máquina, inconcluso, tardío, adormilado. Amor resentido y dependiente a la vez.
Mónica es una mujer casada con un hombre pasivo-agresivo. Está desesperada porque vive en una casa a medio terminar, ya que su marido, ingeniero y director de obra, nunca culminó el proyecto. Desde hace tres años, el hombre promete una y otra vez completar los arreglos, pero todo sigue igual. Los baños están sin inodoros, la cocina no tiene grifos, los cables y los tubos cuelgan. En fin, para Mónica es una pesadilla tener que depender de su esposo, ya que el hombre no mueve un dedo para que el lugar sea más habitable. Él argumenta que Mónica es muy fuerte y «mandona», y que a él no le gusta hacer las cosas por obligación. Afirma que tiene su ritmo de trabajo y que ella debe respetarlo. El marido ha cambiado diecisiete veces de empleo en cinco años, y da como razón que sus jefes no saben valorarlo. Ella ha intentado ayudarlo de todas las maneras posibles, sin buenos resultados. En una cita, resumió así su problema de pareja: «Me confunde... En ocasiones es tierno y querido, pero en otras le veo el resentimiento en la mirada y simplemente no me hace caso... No sabe qué hacer conmigo, ni yo sé qué hacer con él... Una vez me dijo que si yo fuera menos autoritaria, él funcionaría mejor... Pero le juro que lo he intentado: no le digo nada, no le reclamo nada, y es peor... La vida sexual no es buena porque sufre de impotencia... Puede sonar raro, pero yo siento que cuando no tiene erecciones de alguna manera lo disfruta... Es como si quisiera sacarme de mis casillas y castigarme... La semana pasada no pagó a tiempo la factura y nos cortaron la luz. Cuando se le preguntó qué había pasado, dijo con toda la tranquilidad del mundo que no había tenido tiempo... ¡Es insoportable vivir con una persona así, tan insegura, tan insensible y poco fiable...! He pensando en dejarlo, pero en cuanto se lo sugiero, llora como un niño, me pide perdón y está bien una semana, pero; después vuelve a lo mismo...».
¿Cómo sobrevivir a semejante vaivén y agresión encubierta? Nada justifica la tortura emocional. El esposo de Mónica juega dos papeles opuestos a la vez: depende de ella y se resiste a ella. La pregunta que surge es evidente: ¿es posible tener una convivencia apacible con alguien que te necesita y te rechaza al mismo tiempo?
El conflicto con la autoridad, real o percibida, es una de las características principales del amor subversivo. Una paciente con características pasivo-agresivas tenía por costumbre llevarle la contraria a su madre porque, según ella, era una mujer autoritaria. El día la paciente se graduó en medicina, después de once años de estudios, la familia organizó una reunión para festejar el acontecimiento. Pero ocurrió algo inesperado. En cuanto llegó el primer invitado, la agasajada salió furtivamente por una ventana y se fue a un parque a tomar cerveza toda la noche. La policía la encontró al otro día dormida bajo un árbol. Cuando le preguntaron por qué había hecho semejante desplante, se limitó a contestar: «¡No entiendo a qué viene tanto escándalo por querer tomarme unas cervezas!».
La conducta huidiza, evitativa y provocadora de los sujetos pasivo-agresivos va transformando el amor en irritación y frustración crecientes. Ames cuanto ames, el sujeto pasivo-agresivo será un conspirador de la relación y a la vez incapaz de renunciar a ella.

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El amor egoísta

Si eres la pareja de un narcisista, te sentirás como un satélite afectivo. El ego funciona como un astro rey o una estrella fulgurante en las relaciones interpersonales: ocupa la posición central, ciega y, si te acercas demasiado, te pulveriza. La personas narcisistas se consideran a sí mismas especiales y únicas, grandiosas e imbuidas de un toque casi celestial, mientras perciben a los demás como inferiores, vasallos o simples partidarios.
Juanita era una mujer de treinta y dos años, bastante tímida, físicamente atractiva y de una familia económicamente acomodada. Era novia desde hacía seis años de un hombre narcisista, y debido al desgaste emocional que implicaba mantener a flote la relación, comenzó a frecuentar la consulta de un terapeuta. En el último año había perdido autoestima, los sentimientos de soledad eran cada vez más marcados y comenzó a manifestar síntomas de depresión. Su rendimiento laboral había disminuido, al igual que su eficiencia. De alguna manera, la exigencia de un amor complicado de manejar hizo que su sistema inmune perdiera fuerza y saltaba de una enfermedad a otra, ninguna grave afortunadamente. Tenía la piel descamada, el pelo sin vida, y su mirada dejaba traslucir esa expresión inconfundible de la desesperanza. Era como un pequeño árbol que había empezado a secarse. Aunque en las primeras consultas le costó hablar de su relación afectiva, un día tomó confianza y pudo comunicar lo que tanto la preocupaba: «Estoy agotada de dar y no recibir nada a cambio... Es imposible amar a alguien que se cree el centro del universo... Me cansé de halagarlo, de menospreciarme para que él se sienta grande e importante, me cansé de ser exhibida como un trofeo... Ya no aguanto su necesidad de estatus y poder... Yo soy más sencilla... Sexualmente no me siento bien, aunque él hace alarde y le cuenta a todo el mundo que somos unos grandes amantes, pero realmente no pasamos de masturbarnos juntos; a decir verdad jamás he tenido un orgasmo con él... Me siento descentrada, como un satélite que gira alrededor del Sol... Creo que nunca me ha dicho que me ama... He intentado dejarlo y no soy capaz. Creo que me acostumbré a que él sea más que yo, a ser su sombra...». A la sombra de Dios. ¿Cómo amar saludablemente a quien vive enamorado de sí mismo? No queda espacio para uno. Querer a una persona egocéntrica siempre llevará implícito un tercero en discordia incrustado en el ser amando: la soberbia. La paradoja es: cuanto más ames a un narcisista, más estarás alimentado su sentimiento de grandiosidad y más se alejará de ti. Un hombre casado con una mujer narcisista decía, entre resignado e irónico: «Usted pregunta si ella me es fiel, pues no sé qué decirle... En el sentido tradicional del término, sí... Pero si lo vemos desde otro punto de vista, ella me engaña con ella misma... Cuanto más afecto le doy, más difícil se hace la relación, más importante se siente...».
Juanita amaba a un rey sin reino, alguien que se sentía por encima del promedio. Y si ya es difícil aguantar el propio ego, cómo será tener que soportar la carga de uno ajeno para que la pareja funcione. Pretender que la egolatría nos abra un lugar para sentirnos amados y arropados es imposible, y cuando se intenta, la consecuencia puede ser tragicómica. Un paciente narcisista, después de varias citas, decidió ser más expresivo con su esposa (una Juanita elevada a la quinta potencia). Llegó a su casa con un ramo de rosas, le sirvió un trago (nunca lo había hecho antes), la tomó de la mano «cariñosamente» (tampoco lo había hecho en quince años de matrimonio) y le dijo desde lo más profundo de su ser: «Te amo de verdad, porque me admiras». El festejo se vino abajo en un instante, con la insatisfacción evidente de su señora esposa y la recomendación enfática de que cambiara de psicólogo.

fallar


Amor obsesivo-compulsivo: El amor perfeccionista


Un sujeto obsesivo antes de hacer el amor: «¿Has cerrado bien las ventanas? ¿Has cerrado con llave la puerta? ¿Seguro que los niños están dormidos? ¿Te has bañado? ¿Te has lavado los dientes? ¿No te queda mejor el pijama amarillo? Debo ir al baño. ¿Te molesta si apago la luz? No has olvidado la pildora, ¿no? ¡Qué tarde que se ha hecho! ¿Y si lo dejamos para la semana que viene?». El culto al control. Nada satisface a un obsesivo-compulsivo, porque siempre habrá algo que podrías haber hecho mejor: no importa lo eficiente que seas, siempre te faltará algo. Puede ser una pelusa, una arruga o un cubierto mal puesto, cualquier excusa es buena para recordarle al otro que está lejos de alcanzar el grado de eficiencia esperado. La pareja siempre irá dando tumbos, muerta del miedo a equivocarse.
La carga del perfeccionismo hace que la relación se vuelva cada vez más solemne, amargada y formal, ya que la espontaneidad y la frescura serán vistas por el obsesivo como una falta de autocontrol de su pareja. No diecimos que el amor necesite un estado de euforia perpetua para estar bien, pero de ahí a convertirlo en un servicio de control de calidad, hay mucha diferencia. El estilo obsesivo controla, organiza, establece reglas, ordena y sistematiza todo a su paso, pareja e hijos incluidos. Los abrazos serán «exactos», los besos estarán «bien ejecutados» y la convivencia responderá a un manual de funciones «claramente explicitado». La sorpresa, la improvisación y la naturalidad serán causa de estrés e incluso en ocasiones motivo de separación.
Malena era una mujer joven y exitosa en su profesión. Estudió publicidad y ocupaba un puesto laboral importante. No tenía hijos y se había casado hacía siete meses. Cuando llegó a la consulta de un terapeuta, hizo referencia a un dolor de espalda persistente, problemas de sueño, gastritis y bastante irritabilidad. A las pocas citas la causa se hizo evidente: Malena no era capaz de llenar las expectativas del hombre a quien amaba, y eso le generaba un gran estrés. Nicolás, su esposo, era un ejecutivo que comenzaba a ascender dentro de la empresa donde trabajaba. El hombre era un fiel ejemplo del estilo obsesivo-compulsivo: vivía pegado a los detalles, era sumamente exigente en todas las cuestiones y criticaba mucho a Malena porque, según él, era poco responsable y se equivocaba demasiado. Nicolás vivía para trabajar y sentía una aversión especial por el ocio y la diversión. Además, tenía serias dificultades para expresar emociones, que mantenía bajo un riguroso control, lo que afectaba negativamente las relaciones sexuales. Sentía una devoción especial por el orden y la disciplina, en todas sus manifestaciones. En cierta ocasión, Malena resumió su relación con Nicolás de la siguiente manera: «No tiene un lado amable: haga lo que haga siempre encuentra fallos en mí o en mi desempeño. La verdad es que me tiene agotada, todo debe estar planeado y en su punto... Él tiene veintiocho años y mentalmente parece un viejo de setenta. Los pocos amigos que conserva son mucho mayores que él... En realidad está muy solo, pero cómo no va a estarlo si se pasa el día criticando a todo el mundo... ¡Es tan mojigato para la edad que tiene! Un día me sentí muy mal porque me puse una ropa erótica para que estuviéramos juntos y él reaccionó de una manera inexplicable: ¡se ofendió y me dijo que así me veía como a una puta! Me presiona demasiado, nunca hay un refuerzo o una felicitación, nunca lo veo feliz... Cuando se va de viaje, yo descanso: me visto como quiero, voy donde me da la gana y digo lo que pienso y siento, ¡soy como quiero ser...! Pero lo que más me duele de todo esto es el castigo psicológico... El otro día compré una marca distinta de jamón a la que estábamos acostumbrados, entonces me dio una conferencia sobre gastos y coherencia interna, ¡y me dejó de hablar una semana...! Para colmo, él es muy avaro y yo muy generosa, y discutimos mucho por eso... No sé dónde estuvo mi error, quizá no lo conocí bien y me apresuré a casarme, pero algo tengo claro: si él no cambia, no podré seguir con esto...». Cuando Nicolás le vio las orejas al lobo decidió pedir ayuda profesional, porque no quería perderla. Y en eso anda.
El «amor eficiente» o la «eficiencia amorosa» inexorablemente nos conducen a un callejón sin salida: la frustración. Ésa era la principal queja de Malena: «No doy en el clavo». Nicolás, por ver el árbol, no veía el bosque. Aunque parezca absurdo, para el perfeccionista lo negativo tiene más peso que lo positivo, o al menos le demanda más atención. Malena era una mujer encantadora en todos los sentidos, pero Nicolás estaba tan preocupado por la evaluación y la mesura de su comportamiento que no podía disfrutarla. Nadie puede funcionar normalmente si hay que estar todo el tiempo rindiendo cuentas sobre la limpieza, la comida, la ropa, los gastos y cosas por el estilo. La persona que amamos no puede ser un inspector de hacienda. No decimos que debamos vivir en una pocilga, pero tampoco tener como meta crear un ambiente aséptico como si viviéramos en una sala de cuidados intensivos: es mejor la cama que un quirófano.

Amores Peligrosos


Amor antisocial-pendenciero: El amor violento

El estilo antisocial es una forma de antiamor (la otra corresponde, como veremos, al estilo esquizoide). Según algunos filósofos expertos en el tema, las características que definen esta personalidad están íntimamente ligadas a una especie de «maldad esencial» que bloquea cualquier tipo de aproximación afectiva. Desde un punto de vista ético se los considera «idiotas morales», es decir, personas incapaces de reconocer los derechos de los demás. No es una buena carta de presentación para un pretendiente, y menos aún si tenemos en cuenta que estos individuos tienden a violar las normas sociales, son extremadamente impulsivos, irresponsables y con frecuencia presentan comportamientos fraudulentos e ilegales. Pero lo que de verdad sorprende es que consigan pareja, se casen y tengan hijos.
Si en el estilo paranoide la cuestión es cómo «vivir con el enemigo», aquí se trata de cómo «sobrevivir con el depredador». Y no me refiero necesariamente a los asesinos en serie, sino a los que teniendo un estilo antisocial están insertados en nuestra sociedad como personas de bien, cuando en realidad son una amenaza para cualquiera. No importa la categoría en que se ubiquen: estafadores de guante blanco, adictos al peligro, fanfarrones, temerarios o abusadores, todos guardan el núcleo duro de la destrucción interpersonal, todos cosifican a los demás, no importa cuánto amor juren.
Carmen conoció a Antonio cuando estaba a punto de ser abogada. Él era profesor de universidad y le llevaba veinte años de edad. Aunque el hombre se había casado tres veces y tenía cuatro hijos de los otros matrimonios, eso no pareció importarle mucho a Carmen, quien se sintió fascinada por el estilo arriesgado e irreverente que mostraba Antonio. En una entrevista con su terapeuta, ella confirmó este aspecto: «Creo que me enamoré de su energía y de sus ganas de disfrutar de la vida... Había tanta pasión en él...». Al poco tiempo ella se quedó embarazada y decidieron casarse. Por desgracia, los problemas no tardaron en aparecer. Lo primero que le llamó la atención a Carmen fue la despreocupación de Antonio por el niño que venía en camino. Sus «ganas de vivir» contrastaban marcadamente con la frialdad que mostraba ante el embarazo. No la acompañaba al médico, nunca le preguntaba cómo se sentía y, «para no molestarla», había empezado a dormir en la biblioteca. Y fueron apareciendo más cosas. Pese a la estrechez económica, un día él llegó a casa con una gran sorpresa: ¡había comprado un automóvil de carreras para competir profesionalmente! Ella le hizo ver que no podían pagarlo, y lo convenció de que lo devolviera. En otra ocasión se gastó el sueldo en una enciclopedia de cien tomos que no cabía en el apartamento. Cuando nació el niño, el hombre siguió impávido y lejano, pero comenzó a ser agresivo con ella. Un día la golpeó con una silla y le rompió la clavícula. Esto hizo que la familia de Carmen interviniera y se la llevara, pero al ver que iba a perderla, él lloró, pidió perdón y juró que acudiría a un grupo de ayuda terapéutica, cosa que nunca hizo. Dos meses después del incidente, lo echaron de la universidad porque descubrieron que tenía un romance con una estudiante, a la que no volvió a ver porque Carmen lo amenazó nuevamente con separarse. Por esa época empezaron a intimidarlo por teléfono debido a unas deudas que había adquirido con unos apostadores de caballos. Ella salió en su defensa y pagó todo con sus ahorros y dinero prestado. A lo anterior hay que sumarle siete accidentes automovilísticos menores y un atraso de tres meses en el pago del alquiler del apartamento, que los tenía al borde del desalojo. En fin, la lista de los comportamientos ilegales e irresponsables de Antonio era considerable.
Además de este panorama truculento y agotador para cualquiera, Carmen tenía que lidiar con los gustos sexuales de Antonio, que no eran nada convencionales. Siempre quería experimentar cosas nuevas y llegaba con propuestas alocadas de todo tipo, a las cuales ella accedía porque eran los únicos momentos en que lo veía relajado y le daba algunas muestras de cariño. Carmen resumió su problema de pareja de la siguiente manera: «No es que él no me quiera por ser yo como soy... Ya me he dado cuenta, el problema es que no sabe querer... Nunca le enseñaron a respetar a los demás, no comprende ni entiende el dolor ajeno... No es un buen padre ni un buen esposo, lo único que desea en la vida es pasarlo bien y no aburrirse... Desde aquella vez que amenacé con denunciarlo, no me ha vuelto a pegar, pero cuando se pone furioso me insulta y ha llegado a empujarme... Quiero separarme de él, pero le tengo miedo... Últimamente me ha dicho que si lo dejo, me mata y se mata, y yo creo que es capaz... Tengo la esperanza de que con algún tipo de ayuda, él cambie...».
Tanto en la vida como en el amor, a veces la esperanza es lo primero que hay que perder. Esperar que Antonio sufriera una transformación radical era tan probable como que alguien ganara la lotería tres veces seguidas. De todas maneras, la suerte favoreció a Carmen. El hombre, de tanto picar aquí y allá, encontró un repuesto y se fue con otra mujer. Después de cuatro años de sufrimiento, Carmen finalmente quedaba libre y con la secuela típica que acompaña estos casos: «No quiero saber nada más del amor». Una «amorofobia» que debe interpretarse como una respuesta natural del organismo para sanarse y olvidar lo malo.

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Amor esquizoide-ermitaño: El amor desvinculado o indiferente

Aislarse afectivamente de la pareja es una forma silenciosa de agresión. Es la otra faceta del antiamor, tan o más destructiva que el amor violento. ¿Cómo permanecer impasible frente a la inapetencia del otro? La indiferencia del esquizoide es mortal, porque no tiene su origen en el ego (tal como ocurre en el narcisista), ni en la lucha por la supervivencia del más apto (como en el sujeto antisocial), sino en una desvinculación esencial: la ausencia emocional sin más razón que la ausencia misma. El estilo esquizoide es un agujero negro interpersonal donde cualquier manifestación de afecto desaparece sin dejar rastro. No hay seducción, expresiones cariñosas o acompañamiento, únicamente vacío afectivo y la necesidad de una independencia tan radical como impracticable. Algo se rompe en la mente del esquizoide que no deja captar la dimensión humana del otro. Ermitaños del amor o analfabetos afectivos,nadie les llega a fondo, nadie penetra la férrea territorialidad en la cual están enclaustrados. El estilo esquizoide se desentiende del factor humano y queda atrapado en un gregarismo incipiente donde el amor no tiene cabida.
Lo preocupante es que si bien un número considerable de estos individuos adoptan la soltería como forma de vida, algunos de ellos, buscando cuidados y beneficios, se arriesgan a establecer relaciones afectivas con personas que no tienen idea de lo que les espera. El vía crucis comienza cuando descubren que la persona de quien se han enamorado es lo más parecido a un zombi. El autoengaño típico de los damnificados suele ser: «Estamos juntos, nos queremos, pero por ahora no hemos pensado en comprometernos, así estamos bien». Amor a media máquina, si es que existe. Pero la procesión va por dentro. La otra voz, la que no se oye, formula las verdaderas preguntas existenciales: «¿Será que no me ama?»; «¿me quedaré para vestir santos?» (los hombres también los visten).
Julia era una mujer de cuarenta años, enamorada de un hombre esquizoide-ermitaño, con quien había iniciado una relación desde hacía catorce años. Ella vivía sola y trabajaba como secretaria ejecutiva en un estudio de arquitectura. Rodrigo, su novio, vivía con una hermana mayor y trabajaba en una zapatería, y aunque ya estaba rondando el medio siglo de vida, nunca se había casado. Ella fue remitida a una consulta debido a que manifestaba un trastorno de pánico que iba en aumento (percepción de no escape) y una depresión moderada (sentimientos de soledad y desamor). Estaba abatida y no le veía sentido a la vida. Al cabo de varias citas, su problema de pareja se hizo evidente. Julia quería tener un hijo y él estaba en otra cosa. Siempre había asumido el papel de «novia oficial», pese a que en la intimidad el asunto era muy distinto. Con paciencia y comprensión había tratado de manejar la indecisión y la falta de compromiso de Rodrigo, que era un experto en esquivar el tema del posible matrimonio, aunque tampoco tomaba la decisión de dejarla. Para la mayoría de sujetos esquizoides es cómodo tener a alguien que esté pendiente de ellos y les preste soporte social, pero, claro está, sin pasarse de la raya que define la distancia emocional. Por ejemplo, Julia solamente había estado en el apartamento de Rodrigo tres veces, no sabía cuánto ganaba y en qué invertía el dinero, qué planes tenía para el futuro, y no conocía a ningún miembro de su familia. Aun así, ante la sociedad y los pocos amigos que tenían, se mostraban como una pareja formal y establecida. Creemos que todo esquizoide guarda la inconfesable ilusión de hallar a alguien dispuesto a compartir sus respectivos agujeros negros y vivir en la más fructífera apatía.
La base de operaciones giraba alrededor del apartamento de Julia, donde él guardaba alguna ropa para utilizar los días que se quedaba, que no eran muchos. La primera relación sexual la tuvieron a los cuatro años de noviazgo, y fue cuando quedó al descubierto que Rodrigo sufría de una marcada impotencia. Los otros encuentros sexuales se produjeron uno cada tres o cuatro meses más o menos, pero siempre con los mismos inconvenientes y con una falta casi absoluta de erotismo. El panorama no podía ser peor.
Muchas mujeres y hombres, víctimas de un amor desvinculado, esperan que algún día su pareja «despierte» y saque a flote el amor que supuestamente tienen almacenado en alguna parte. Sin embargo, esta premisa no tiene fundamento alguno, porque el desapego y la lejanía del esquizoide no ocurren como consecuencia de una represión o un desconocimiento, sino por la simple incapacidad de procesar y codificar correctamente la información afectiva. No es una elección libre, como sería el celibato del religioso que obra por vocación o el asilamiento del sabio que obra por convicción: en el esquizoide hay un fuerte elemento de incapacidad.
Reproducimos parte de una conversación que Julia tuvo con su terapeuta:
PACIENTE: La verdad es que estoy cansada... No pretendo tener una pareja perfecta ni el gran hombre, sólo quiero una relación normal. Alguien que me abrace a veces, que se comprometa, que me dé amor... El nunca ha tenido una manifestación de ternura ni me ha dicho que me quiere, no tengo intimidad afectiva ni sexual... Se lo he dicho de todas las formas, le he rogado, trato de convencerlo, de mostrarle la importancia de que se abra a sus sentimientos, pero es como si le hablara a una pared... Le digo que después de tantos años ya es hora de que nos casemos y formemos una familia...
TERAPEUTA: ¿Y él qué responde?
PACIENTE: Se queda en silencio, cambia de tema o dice que no lo presione...
TERAPEUTA: Debe de ser muy difícil para usted amar a alguien que no le corresponde como quisiera...
PACIENTE: Mi autoestima está por el suelo, todo se desmorona cada día más...
TERAPEUTA: Entonces, ¿por qué sigue con él? ¿Por qué insiste en mantener una relación formal, casarse y tener hijos, con alguien que no está interesado?
PACIENTE: Porque no pierdo la esperanza... Sé que suena estúpido, pero es así... Creo que algún día él se entregará a la relación, y cuando se comprometa de verdad cambiará su manera de ser y se dará cuenta de cuánto me ama...
TERAPEUTA: ¿Y si él no pudiera cambiar su estilo afectivo? ¿Qué haría? ¿Sería capaz de dejarlo y darse otrar oportunidad en la vida? ¿No sería bueno poner un límite?
PACIENTE: ¡Después de catorce años, ya me pasé del límite!
TERAPEUTA: Pero usted sabe que hay cosas incompatibles que son muy difíciles de congeniar. Sólo por señalar algunos puntos: usted desea una familia y él no quiere saber nada de tener hijos, usted es una mujer sexualmente activa y él es frío, usted es afectuosa y él no... Ser realista a veces duele, pero nos ayuda a abrir los ojos...
PACIENTE: ¡Pero es que él nunca me ha dicho un «no» rotundo...! Cuando hablo del tema, evita la cuestión, pero nunca dice que no me quiere...
TERAPEUTA: ¿No le parece que su comportamiento habla mejor por él que su silencio?
PACIENTE: No quiero perderlo. Sé que muy dentro de él existe una persona tierna que no ha aflorado... Debo seguir... Morir con las botas puestas, seguir hasta el final del abismo sin más armas que la obstinación de un amor distorsionado.

¿Ayudaría un «no» contundente de parte de Rodrigo a que Julia vea las cosas como son? Pensamos que sí. Pero eso implicaría que él quisiera dejar la relación y perder los beneficios de estar con ella, lo cual es bastante improbable. El terapeuta reafirmó esta suposición en una reunión posterior que tuvo con él y le hizo una pregunta a quemarropa: «¿Por qué no la deja vivir su vida? Sea honesto con ella, no le genere más falsas esperanzas. Si no puede amarla sanamente, déjela ir...». Su respuesta fue bastante parca, pero sincera: «No le deseo nada malo ni me molesta estar con ella... Incluso hay cosas de Julia que me gustan, además es una buena compañía... No sé qué más decirle...». Ella aún sigue con Rodrigo, aún lucha para alcanzar ese amor imposible, esperando ver una luz al final del túnel.

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El amor caótico

Una persona con estas características será impulsiva, emocionalmente inestable, paradójica, caprichosa, insegura, autodestructiva y con tendencia a crear adicciones, entre otras conductas disfuncionales. Su temperamento será imprevisible y explosivo. Un cóctel de sensaciones y emociones fuera de control donde el amor será cada día más caótico y desesperante. Quienes cruzan la raya, ignorando las señales de peligro, saldrán malparados. Si los esquizoides son agujeros negros, las personas limítrofes son la supernova. (Según la definición de un reconocido diccionario, la palabra «supernova» significa: etapa final explosiva de la vida de una estrella.)
Alberto llevaba cuatro años de noviazgo con una mujer limítrofe. Cuando llegó al consultorio de un terapeuta, describió así su motivo de consulta: «No entiendo por qué me enamoré de ella, habiendo tantas mujeres... Lo más cruel es que no soy capaz de dejarla; la amo pese a sus ataques de ira, sus altibajos, los celos y el alcoholismo que no quiere tratarse... Ha roto la relación por lo menos seis veces en un año y después me llama para pedirme perdón... Es demasiado contradictoria: parece independiente, pero es dependiente; me ama y al rato me odia; es tierna por momentos y después se pone violenta, ¡todo al mismo tiempo! Es realmente intratable... Incluso ha llegado a atentar contra su propia vida... Una vez tuvimos una fuerte discusión y me llamó a las cuatro de la mañana para decirme que había tomado unas pastillas. Apenas pude reconocer su voz pidiendo auxilio. Salí corriendo para su apartamento y la encontré con la cara torcida y calambres en las manos... Me impresionó mucho. Llamé a una ambulancia y me fui con ella al hospital... En otra ocasión, estábamos en la playa y porque miré a otra mujer se metió en el mar e intentó ahogarse, dijo que si lo había hecho Alfonsina Storni, ella también podía... No sé qué hacer...». Más adelante el terapeuta tuvo la oportunidad de conocer a Patricia, así se llamaba la mujer, y trabajó con ella unos meses, hasta que se fue a vivir a Londres, después de romper por enésima vez con su atribulado novio.
Reseñamos a continuación una parte de la primera entrevista que sostuvo el terapeuta con ella, donde puede apreciarse lo esencial del estilo limítrofe-inestable:
PATRICIA: Yo sé que algo no anda bien en mí, pero es desde siempre... ¡No sé qué hago aquí, no creo en los psicólogos, debería irme!
TERAPEUTA: ¿Ya habías pedido ayuda antes?
PATRICIA: Una o dos veces... Cuando era adolescente intenté quitarme la vida... Le impresionó, ¿no es cierto? Apuesto a que nunca pensó que se lo diría con esta frescura. La gente oculta estas cosas, pero desde que leí el Tractatus Logico-Philosophicus, de Wittgenstein, entendí muchas cosas... ¿Usted lo ha leído?
TERAPEUTA: Intenté hacerlo pero me aburrí...
PATRICIA (risa): ¡Usted me encanta! ¡Se ve tierno...! ¿Está casado...?
TERAPEUTA: Sí.
PATRICIA: Su señora debe de ser feliz...
TERAPEUTA: Habíame de ti, ¿cómo estás afectivamente con Alberto?
PATRICIA: Lo amo con todo el corazón... Aunque no sé si estoy hecha para una relación estable...
TERAPEUTA: Sin embargo, le presentaste a tus padres y os dieron la entrada para un apartamento... Uno pensaría que la cosa va en serio...
PATRICIA: ¡Me encanta tener novio! No sirvo para estar sola, lo que pasa es que él no me da seguridad...
TERAPEUTA: ¿A qué seguridad te refieres?
PATRICIA: No creo que me ame.
TERAPEUTA: A ver... Me dijiste que no naciste para estar emparejada y luego que no sabes estar sola, ¿lo he entendido bien?
PATRICIA: Sí. Hay momentos en que pienso una cosa, pero al rato pienso otra...
TERAPEUTA: ¿No crees que esas fluctuaciones alteran la relación y la estabilidad psicológica de ambos?
PATRICIA: Usted parece estar de parte de él.
TERAPEUTA: No, lo que intento es que ésta pueda ser una buena pareja.
PATRICIA (levantándose de la silla y caminando en círculos por el consultorio): ¡Pues enséñele cómo ser un verdadero hombre!
TERAPEUTA: ¿Por qué piensas que no lo es?
PATRICIA (pateando la silla): ¡No me ama, no me ama, no me ama!
TERAPEUTA: Yo pienso que sí te quiere mucho.
PATRICIA: He dicho que «no me ama», no que no me «quiera». Usted debería conocer la diferencia... (Sentándose nuevamente y sonriendo.) ¿Sí cree que me ama?
TERAPEUTA: De verdad, ¿tú que crees?
PATRICIA: No sé... (llanto...) ¡Siempre me ha ido tan mal! ¡Todo es tan difícil! ¡No sé qué quiero de la vida!
TERAPEUTA: Te propongo que profundicemos sobre esto último, ¿te parece?
PATRICIA (riendo): ¡Usted es un amor!
A los pocos días del viaje de Patricia, Alberto parecía otro hombre. Había venido a despedirse: «Creo que todos mis problemas se acabaron... Sin ella volví a vivir y por ahora no quiero tener nada con nadie...». Los síntomas de estrés asociados a todo el proceso afectivo habían desaparecido por completo.


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34 comentarios - Amores Peligrosos

He0701
relaciones
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becojuanpa -2
Si esta sos vos, me muero. sos re hermosa

peligrosas
jeoss
mm peligrosos no, mas bien no convenientes para uno
yamatadvd2000
wooo, me lo chutare despues porque el rosa me lastima los ojos jeje. Pero parece muy interesante
fallar
DjKsiuS
"RE Hermosa"??? jejeej. Yo me pregunto si sabras tanto de relaciones como escribis?
ninimen123
DjKsiuS dijo:"RE Hermosa"??? jejeej. Yo me pregunto si sabras tanto de relaciones como escribis?

amor
luxvicious
ItzyModl dijo:
ninimen123 dijo:
DjKsiuS dijo:"RE Hermosa"??? jejeej. Yo me pregunto si sabras tanto de relaciones como escribis?

relaciones

mendigo misogino

Te apoyo minimen123!!!
maurosabalero
no puedo creer que haya mexicanas tan lindas! muy lindos ojos! y con respecto al post! se zarpa! no tengo puntos sino te dejo!
julio0710
ME MAREE CON
TANTAS LETRAS ROSAS!!!!




Y QUE HERMOSA POR CIERTO!!!

+5 POR LINDA
Aoshi123
fallar

Stoy de Acuerdo Con La Imagen !
punknower
estas hermosa y ya me enamore de ti(quieres ser mi novia)

tipos
punknower
deverdad q estas bien chula

estilos

pasame tu correo pliss
mandame un mp con tu correo
Arczethus
julio0710 dijo:ME MAREE CON
TANTAS LETRAS ROSAS!!!!




Y QUE HERMOSA POR CIERTO!!!

+5 POR LINDA


yo me maree con tanta teta

llamenme buitre hdp, pero al menos soy sincero y no disfrazo las palabras.
thexavix
relaciones
eres hermosa a morir + 10
Gabii_emoxxa
yo la tengo como amiga en el face a esta chica, si lo quieren al face manden MP se llama Marixol Cisneros
Deidara23
el verdadero fracaso en el amor radica en buscarlo, en presionarlo, n ovsecionarse con el. HAy que darle tiempo, y si no aperece simplemente pasarla bien, yo una vez me hice novio de una mujer que estaba enamorada de otro tipo, pero no me importaba, ya que por el momento sólo queríamos pasarla bien, y poco a poco nos fuimos queriendo hasta que 1 mes despues me dijo "te amo"
Heckthorzitto -1
SI ERES DE MEXICO Y TIENES UN SONY ERICSSON PASATE POR MI POST:
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