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Sobre el poder de la Iglesia católica

Es más que sabido que a la Iglesia católica le tienen cierta ojeriza o, digámoslo pronto, manía, muchas personas que no ven correcto ni lo que es, ni lo que hace, ni nada de nada de lo que se refiera a la misma.

Se le acusa de todo lo que haya menester y, además, se insiste en que no puede defenderse porque tiene un pasado turbio, malo y más que impresentable.

Entre las acusaciones que más usan los detractores de la Esposa de Cristo está la de decir que tiene mucho poder y que es, como poco, la institución que más lo utiliza en perjuicio de casi todos. Es más, hasta se dice y escribe que las religiones, aquí la católica, tienen “devoción por el poder” que es lo mismo que decir que vive para el mismo y que lo adora como única fuente de su misma existencia.

Así, por ejemplo, se dice que la Iglesia católica tiene el poder que ha ido acumulando a lo largo de los siglos y, de hecho, lo utiliza o que son muchas las naciones que se someten a su poder. Al parecer es uno que lo es invisible porque que se sepa aquello de “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” no puede decirse que ahora no se esté practicando y, como consecuencia de ello, que haya tal unión entre la Iglesia y el Estado que se difícil diferenciar entre una y otro.

Poder es el “Dominio, imperio, facultad y jurisdicción que alguien tiene para mandar o ejecutar algo” y, entonces, habría que aplicar al caso de la Iglesia católica tal definición y ver si, en efecto, tiene tanto poder como se predica de la misma. Así, la Iglesia católica debería tener mucho de todo eso.

Sin embargo, en cuanto al dominio no se puede decir que ejerza mucho porque para dominar se necesita tener en sus manos un “Poder o ascendiente que se ejerce sobre otra u otras personas” y es bien cierto que la Iglesia católica no tiene más poder sobre las personas que el que las mismas quieran dejarse hacer. Por tanto, el susodicho dominio que la Esposa de Cristo ejerce es, en todo caso, nulo.



Pero, vayamos con lo demás.

En cuanto al imperio que, se supone, ejerce la Iglesia católica, la misma debería mandar (tal es el sentido básico de tal palabra) sobre el prójimo cuando, en realidad, lo que más bien hace la institución fundada por Jesucristo es proponer una doctrina que no obliga a ser seguida. Por tanto, el susodicho imperio de la Esposa de Cristo es, más o menos, ninguno.

Por otra parte, mucha relación tiene el propio imperio con la “facultad o jurisdicción que alguien tienen para mandar o ejecutar algo” porque todo va relacionado con el poder, con el hecho mismo de ejercerlo y, en fin, con el control que se puede ejercer sobre la realidad porque otra cosa no es el poder que actuar sobre el prójimo con determinado fin (confesable o inconfesable).

Estamos, entonces, en la seguridad de que nada de lo que se dice, hoy día, de la Iglesia católica, al respecto del tremendo poder que se dice que tiene, es cierto sino que se trata, más bien, de manifestaciones, de parte de quien así las haga, de incompetencia para describir lo que, seguramente, no se conoce y cargadas, las más de las veces, de muchos prejuicios.

Y, sin embargo, la Iglesia católica tiene poder. No es uno como el ser humano mundano considera que lo tiene que ser que es lo mismo que les pasó a muchos contemporáneos de Jesucristo al que querían ver como un Rey poderoso en armas y ejércitos. No. El poder que tiene la Iglesia es al que hizo referencia Benedicto XVI el 24 de julio de 2009 cuando en la catedral de Aosta celebró las vísperas junto a sacerdotes, religiosos y religiosas además de estar presentes, también, representantes laicos de diversas parroquias de las diócesis. Y dijo lo siguiente: “El verdadero poder es el poder de gracia y de misericordia” que son los que procura ejercer la Iglesia católica. Tales son los poderes que tiene la Esposa de Cristo y que tanto critican y malversan aquellos que quieren que sea lo que no es o que no sea lo que es.

Pero los poderes mundanos que son los que muchos admiran, siguen y buscan, ni son admirados ni seguidos ni buscados por la Iglesia católica. Al menos por aquellos creyentes que prefieren el mundo a su fe.

Eleuterio Fernández Guzmán

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