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La mitologia sobre las edades Miticas Parte 1







En el Bhagavad Gita, Krisna le dice a Arjuna, uno de los héroes del poema épico hindú Majábharata y tercero de los cinco hermanos Pándava: “Así como un fuego ardiente convierte la leña en cenizas, ¡oh, Arjuna!, así mismo el fuego del conocimiento reduce a cenizas todas las reacciones de las actividades materiales“. 


Krisna explica a Arjuna que la causa de la ignorancia es el materialismo, que cubre el verdadero conocimiento, y por ello la ignorancia nos ciega. La ceguera es la ignorancia, y la visión es el conocimiento. En la mitología griega, Prometeo es el Titán amigo de los mortales, honrado principalmente por robar el fuego de los dioses en el tallo de una cañaheja, darlo a los hombres para su uso y posteriormente ser castigado por Zeus por este motivo. Como introductor del fuego e inventor del sacrificio, 


Prometeo es considerado el Titán protector de la civilización humana. Pero, ¿quiénes eran los titanes? En la mitología griega, los titanes y las titánides eran una raza de poderosos dioses que gobernaron durante la legendaria Edad de Oro. El término Edad de Oro proviene de la mitología griega y fue recogido por primera vez por el poeta griego Hesíodo. Se refiere a la etapa inicial de las edades del hombre en la que vivió en un estado ideal o utopía, cuando la humanidad era pura e inmortal. En las obras literarias, la Edad de Oro usualmente acaba con un acontecimiento devastador, que trae consigo la caída del hombre. La idea de una Edad de Oro aparece por vez primera en el poema los Trabajos y días, de Hesíodo, en la mitad del siglo VIII a. C. Según el poeta, se trata de la primera edad mítica, el tiempo de «una dorada estirpe de hombres mortales», que «crearon en los primeros tiempos los inmortales que habitaban el Olimpo. Vivieron en los tiempos de Crono, cuando reinaba en el cielo». Hesíodo describe otras cuatro eras que sucedieron a la edad de oro en orden cronológico. Se trataría de la edad de plata, la edad de bronce, la edad de los héroes y la edad del hierro. Es curioso que el número de cuatro edades del hombre, si no consideramos la edad de los héroes, se correspondan también con el número cuatro para las grandes eras geológicas. La mítica Edad de Oro descrita por Hesíodo está en la base de «toda la historia del pensamiento griego, alimentando los sueños de los que por diversas razones rechazan el mundo en que viven». En la mítica Edad de Oro no se conocía ni la guerra, ni el trabajo, ni la vejez, ni la enfermedad. Las personas morían en un sueño pacífico y la tierra producía bienes en cantidad suficiente para satisfacer todas las necesidades. Por consiguiente, no había razón alguna para que surgiese ningún conflicto, por lo que los hombres de la raza de oro llevaban una vida tranquila y feliz, que se correspondería con la idea del Paraíso Terrenal o Edén.


Helena Blavatsky, también conocida como Madame Blavatsky, cuyo nombre de soltera era Helena von Hahn y luego de casada Helena Petrovna Blavátskaya, (1831 – 1891), fue una escritora, ocultista y teósofa rusa. Fue también una de las fundadoras de la Sociedad Teosófica y contribuyó a la difusión de la Teosofía moderna. Sus libros más importantes son Isis sin velo y La Doctrina Secreta (en que está basado este artículo), escritos en 1875 y 1888, respectivamente. En sus escritos, de gran erudición, se refirió a una serie de civilizaciones antiguas, algunas de ellas perdidas, que han servido de inspiración a escritores posteriores que han tratado estos temas. Me he basado en algunos de sus escritos para redactar este artículo. Blavatsky alegó que no era la autora de los libros sino que habían sido inspirados por los Mahatmas, a través de su cuerpo físico, en un proceso llamado Tulku, que según la autora, no es un proceso mediúmnico. En enero de 1884 se publicó en The Theosophist (revista oficial de la Sociedad Teosófica) la noticia de que Blavatsky escribiría una obra que ampliaría la información contenida en su gran trabajo anterior, titulado Isis Sin Velo. Se escribió entre los años 1884 y 1885. A principios de 1886, en una carta dirigida a Alfred Sinnett, Blavatsky dijo que la obra sería ampliada respecto al plan original, lo que supuso la reescritura de algunos de sus capítulos. En septiembre de 1886, envió desde Europa a la India el que sería el volumen I, pero resolvió inmediatamente después volver a reescribirlo con adiciones y cambios. En 1887, Elena Blavatsky estaba muy enferma, al borde de la muerte. Recibió, luego la visita de uno de sus instructores tibetanos y le dio según dijo, la siguiente elección: o bien morir, liberándose del cuerpo enfermo, o seguir viviendo para poder poner fin a la Doctrina Secreta. Ella se recuperó y siguió escribiendo la obra. En la primavera de 1887 residía en Londres donde completó el trabajo que fue publicado simultáneamente en Londres y Nueva York, a finales de octubre de 1888. Las últimas palabras de Blavatsky acerca del trabajo fueron las siguientes: “este libro está dedicado a todos los verdaderos teosofistas”.


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El mito de la Edad de Oro aparece también en el diálogo Político de Platón: “No había en absoluto constitución, ni posesión de mujeres ni de niños, porque desde el seno de la tierra es de donde todos remontan a la vida, sin guardar ningún recuerdo de sus existencias anteriores. En lugar de esto, poseían en profusión los frutos de los árboles y de toda una vegetación generosa, y los recogían sin necesidad de cultivarlos en una tierra que se los ofrecía por sí misma. Vivían frecuentemente al aire libre, sin cama ni vestidos, ya que las estaciones eran de un clima tan agradable que no les ocasionaban molestias, y sus lechos eran nobles entre la hierba que crecía en abundancia“. Algunas obras pastorales de ficción representan la vida en una imaginaria Arcadia, región de la antigua Grecia que se ha convertido en el nombre de un país imaginario, creado y descrito por diversos poetas y artistas, como continuación de la vida en la Edad de Oro. El poeta latino Ovidio también habla de las diferentes edades del hombre en Las metamorfosis. La Edad de Oro tuvo lugar inmediatamente después de la creación del hombre, cuando Saturno gobernaba el cielo, por lo que igualmente se la llamaba reinado de Saturno. En la mitología romana, Saturno era un importante dios de la agricultura y la cosecha. Fue identificado en la antigüedad con el titán griego Crono, entremezclándose con frecuencia los mitos de ambos. Saturno es representado como un anciano con larga y espesa barba blanca, con una hoz en la mano. Es el emblema del tiempo y lo simboliza como algo muy antiguo que todo lo destruye y acaba. Los griegos consideraban el cielo como el más antiguo de los dioses y le daban el nombre de Urano, homólogo del dios romano Caelus, o el Cielo. Del firmamento y de la diosa romana Tellus, antigua Cibeles o Tierra, resultaron dos hijos: Titán y Saturno, de los cuales el segundo era el menor. Tendrían un equivalencia en los dos dioses hermanos sumerios Enlil y Enki. Saturno obtuvo de su hermano mayor Titán el favor de reinar en su lugar pero puso una condición: «Saturno no debía criar hijos». Se casó con Ops (Rea), con quien tuvo varios hijos. Pero por causa del pacto que había suscrito con su hermano, decidía devorarlos. Ops ocultó a Júpiter, a Neptuno y a Plutón y los hizo criar en secreto, mostrando solo a su hija Juno. Titán descubrió el engaño y le encarceló junto con su esposa. Una vez adulto, Júpiter hizo la guerra a su tío Titán, derrotándolo, y devolvió el imperio del cielo a su padre, Saturno, equivalente al tiempo. Saturno trató de matar a su hijo Júpiter, pero éste le venció y se apoderó del imperio del cielo. Así la dinastía de Saturno y Ops perduró en detrimento de la de Titán. El mito concluye con que Saturno quedó reducido a la condición de simple mortal, yendo a refugiarse al Lacio, donde puso orden entre los hombres y les dio leyes. Otra versión dice que fue bien recibido por Jano, rey del Lacio.


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La Edad de Oro era un tiempo de inocencia, de justicia, de abundancia y de bondad. La Tierra gozaba de una primavera perpetua, y los campos fructificaban sin necesidad de que los cultivasen. Cuando Saturno fue lanzado a las tinieblas del Tártaro, Júpiter se convirtió en el amo del mundo, con lo que comenzó la Edad de Plata. Se encuentran igualmente evocaciones a la Edad de Oro en otros autores y poetas latinos como Tíbulo, en una de sus elegías, y Virgilio, enlas Geórgicas. No sólo la literatura ha recogido la idea de una Edad de Oro, sino que la pintura también recogió el tema, a partir del Renacimiento, usando sobre todo el símbolo del laurel. En el siglo XVII también se acogió como tema literario, y permaneció como tema popular de tipo legendario. Las edades o las razas del hombre son las etapas por las que ha pasado la humanidad desde su creación, según la mitología clásica. Sus fuentes literarias principales son las obras del griego Hesíodo y el latino Ovidio, así como con una versión de San Jerónimo de Estridón en el comienzo de la época medieval. El mito tiene una estructura general que presenta una sucesión de etapas, desde un principio lejano en el tiempo, en el que los hombres vivían de forma semejante a los dioses, y llamada Edad de Oro, hasta la época de quien narra la historia, en la Edad de Hierro actual. Las versiones presentan diferencias significativas. El primer testimonio conocido del mito de las razas proviene del poema Trabajos y días, de Hesíodo. El poeta introduce el relato diciendo que contará cómo los dioses y los hombres tuvieron el mismo origen. De ahí vendría la frase de que Dios creó al hombre a su imagen y semejanza. Hesíodo describe que al principio los dioses crearon una estirpe dorada de mortales. Estos existieron en tiempos del reinado de Crono y vivían como si fueran dioses, es decir, sin fatigas, preocupaciones ni miserias. A su vez eran siempre jóvenes y fuertes, disfrutaban de fiestas y no conocían el mal. Poseían alegrías de todo tipo y la tierra fértil los proveía de manera espontánea de abundantes frutos. Alternaban sus trabajos con muchos deleites. Además eran ricos en rebaños, cercanos y agradables a los bienaventurados dioses. No conocían la muerte sino que, en vez de eso, se sumían en un sueño. Una vez que fueron sepultados bajo tierra, Zeus les concedió el rango de démones, y ahora gozan del privilegio de ser protectores de los mortales y proveedores de riquezas. También vigilan las sentencias y malas acciones recorriendo todo el mundo. Un demon, daimon, o daimón es un concepto de la mitología y la religión griega cuyo significado puede ser diferente según el contexto en el que aparece. En los textos de Homero habitualmente tenía el significado de una divinidad indeterminada; cuando se aplicaba a la vida del hombre, equivalía a la fortuna, la suerte, un genio protector, el destino o la fatalidad.


Para Hesíodo, los hombres de la Edad de Oro se habían convertido por voluntad de Zeus endémones que protegían a los mortales. Los pitagóricos distinguían entre dioses, démones, héroes y hombres. Y, más tarde, Platón, en El banquete, definió un demon como un ser intermedio entre los mortales e inmortales, puesto que debía transmitir los asuntos humanos a los dioses y los asuntos divinos a los hombres. Dentro de esta concepción platónica, las principales funciones de los démones eran servir de guías a los hombres a lo largo de su vida y de conducirles al Hades en el momento de la muerte. En lugar de la estirpe dorada, los dioses olímpicos crearon una segunda raza, de plata, que no se parecía a la primera ni en belleza ni en inteligencia, pues era mucho peor. Durante cien años los niños permanecían junto a su madre, en su casa. Luego vivían poco tiempo, en la juventud, y padecían sufrimientos por su ignorancia. Ejercían violencia todo el tiempo, y no querían dar culto a los dioses haciendo sacrificios. Por ello Zeus, irritado, los exterminó. Sin embargo, recibieron el rango inferior de mortales bienaventurados. Zeus creó una tercera raza, a partir de los fresnos. Esta estirpe era temible y fuerte, no comía pan, y sólo tenía interés en la guerra y en los actos de soberbia. Todo en ellos era de bronce, sus armas, sus casas y sus trabajos, pero no había hierro. Aunque eran terribles, de ellos se apoderó la muerte y murieron sin dejar nombre. Una vez enterrados los hombres de bronce, fue creada por Zeus una raza justa y virtuosa : la de los héroes o semidioses. El poeta indica que es la generación que pereció, en gran parte, en las hazañas relacionadas con las Guerras de Troya y Tebas. A unos pocos Zeus determinó alejarlos del resto y darles residencia en los confines de la tierra. Ellos ahora viven en las Islas de los Bienaventurados y no conocen los dolores. Zeus creó otra raza, conformada por los contemporáneos del poeta, que deplora haber nacido en el tiempo de esta estirpe de hierro. Sus hombres no se verán libres de fatigas ni miserias, los dioses los someterán a tribulaciones. Pero, no obstante, conocerán algunas alegrías mezcladas con males. Zeus destruirá también esta raza, cuando sus hombres nazcan ya con canas. Padres e hijos no se parecerán entre sí, el anfitrión no apreciará al huésped, así como los amigos no apreciarán a los amigos y los hermanos no se querrán como antes. En cuanto el padre envejezca el hijo lo insultará duramente, sin advertir la vigilancia de los dioses. Tampoco, estos hombres podrán dar sustento a sus padres en la vejez. Los justos y los honrados no obtendrán reconocimiento, sino que, por el contrario, se beneficiarán los malhechores y los hombres violentos. La justicia se identificará con la fuerza y no existirá el pudor. Los malvados tratarán de perjudicar a los hombres virtuosos con discursos retorcidos y juramentos. La envidia acompañará a los hombres miserables. Entonces, Aidos y Némesis se irán desde la tierra hasta el Olimpo para vivir con los inmortales y los hombres quedarán solos con sus amarguras. Ya no existirá remedio para el mal.


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En la mitología griega Aidos era la diosa de la vergüenza, la modestia y la humildad, siendo al mismo tiempo la deidad que representaba el sentimiento de la dignidad humana. Representa la cualidad de reverencia o la vergüenza que reprime a los hombres de hacer lo inapropiado. También abarca la emoción que una persona rica podría sentirse en la presencia de los pobres, ya que la riqueza era más una cuestión de suerte que de mérito. El concepto de Aidos es complejo y en la filología clásica aún es controvertido. Según Píndaro, Aidos era hija de Prometeo. Y en los Diálogos a Protagoras, de Platón, se dice que fue enviada por Zeus junto con Dice, el sentimiento de justicia, debido a que éste se compadeció del caos autodestructivo en el que vivía el hombre tras haber recibido el fuego de Prometeo. Hesiodo, por su parte, cuenta que será, junto con Némesis, con la que parece haber estado estrechamente vinculada y de la cuál era compañera, la última diosa en abandonar la Tierra y regresar al Olimpo cuando la Edad de Hierro, nuestra era actual, esté por terminar en un baño de sangre e inmoralidad. También hay referencias a ella en varias obras a principios griega, como Prometeo encadenado, de Esquilo,Ifigenia en Áulide, de Eurípides, y Edipo Rey, de Sófocles. Se le consideraba una deidad física. Y, como tal, tenía un altar cerca del antiguo templo de Atenea en la Acrópolis de Atenas. En Esparta había su imagen sagrada y dos santuarios en Roma fueron dedicadas a ella. En la mitología griega, Némesis es la diosa de la justicia retributiva, la solidaridad, la venganza, el equilibrio y la fortuna. Castigaba a los que no obedecían a aquellas personas con derecho a mandarlas y, sobre todo, a los hijos que no obedecían a sus padres. Recibía los votos y juramentos secretos de su amor y vengaba a los amantes infelices o desgraciados por el perjurio o la infidelidad de su amante. Su equivalente romana, casi en todo, era Envidia, aunque en idiomas romances se usa la palabra némesis con el significado de alguien que es artífice de una venganza en cuanto es la justicia retributiva. Némesis ha sido descrita por Pausanias como la hija de Océano o Zeus. Por su parte, Hesíodo la cree hija de la oscuridad y la noche, Érebo y Nix. En los Cantos ciprios se habla de la unión de Zeus y Némesis, para dar nacimiento a Helena, lo cual expresa la idea de la cólera celeste. Némesis fue perseguida por el dios del cielo, y para librarse de él tomó formas de monstruos marinos y de diversos animales terrestres. Finalmente se transformó en una oca. Zeus transmutado en cisne logró alcanzarla y, fruto de esta unión, la diosa puso un huevo que fue recogido por unos pastores y entregado por ellos a Leda, que lo cuidó. Ésta es una de las versiones del origen de Helena de Troya. Némesis es una deidad primordial, por lo que no está sometida a los dictámenes de los dioses olímpicos. Castiga sobre todo la desmesura. Sus sanciones tienen usualmente la intención de dejar claro a los mortales que, debido a su condición humana, no pueden ser excesivamente afortunados ni deben trastocar con sus actos, ya sean buenos o malos, el equilibrio universal.


Un claro ejemplo lo encontramos en Creso, último rey de Lidia entre el 560 y el 546 a. C., que al ser demasiado dichoso fue arrastrado por Némesis a una expedición contra Ciro que provocó su ruina. También se considera que Némesis era la diosa griega que medía la felicidad y la desdicha de los mortales, a quienes solía ocasionar crueles pérdidas cuando habían sido favorecidos en demasía por la Fortuna. Con este carácter nos la presentan los primeros escritores griegos, y más tarde fue considerada como representación de las Furias, es decir, como la diosa que castigaba los crímenes. El poder irresistible de Némesis está expresado por su asociación con Adrastea, divinidad asiática que se confundió con ella, hasta ser este nombre uno de sus epítetos. Némesis es uno de los atributos del dios supremo, y era, en unión de Adrastea, el instrumento de la cólera divina. Solían representarla los artistas de la antigüedad con alas para expresar la prontitud con que atendía todas sus funciones y armada de antorchas, espadas y serpientes como instrumentos de su venganza. El origen del culto a Némesis hay que buscarlo en el temor que sentían los griegos a la cólera divina. Hesíodo presenta a Aidos y Némesis indignadas por el espectáculo de la perversidad humana, huyendo de la Tierra envueltas en velos blancos, de suerte que Némesis no es más que una personificación del sentimiento moral, reprobador de toda violencia y de todo exceso. El primer templo y los primeros altares que tuvo Némesis estuvieron en Ramnonte, situado en la región del Ática. Durante mucho tiempo su culto no salió de allí. Considerada por algunos como la fuerza o poder del Sol, su culto se había extendido por toda la tierra. Era venerada por los persas, asirios, babilonios, egipcios y etíopes. Orfeo llevó su culto a Grecia e Italia y la colocó entre sus principales divinidades bajo el nombre griego de Némesis. Tenía un altar en el Capitolio al que los guerreros iban a sacrificar antes de partir para los combates y le ofrecían un machete o una cuchilla. El poeta romano Ovidio narra un mito similar al de Hesíodo, pero con sólo cuatro edades, en su libro poético Las metamorfosis. Su mito es similar al de Hesíodo, aunque omite la Edad de los Héroes. Ovidio recalca que la justicia y la paz sólo son propias de la Edad de Oro. También añade que, en esta edad, los hombres no conocían aún la navegación y, por tanto, no podían explorar el mundo. En la Edad de Plata, Júpiter da a los hombres las estaciones del año, por lo que éstos aprenden el arte de la agricultura y la arquitectura. En la Edad de Bronce, los hombres viven para la guerra, pero no son impiadosos. Finalmente, en la actual Edad de Hierro, los hombres demarcan las naciones con fronteras y aprenden las artes de la navegación y la minería. Les gustan las guerras, son codiciosos e impiadosos. La verdad, la modestia y la lealtad han desaparecido.


La mitologia sobre las edades Miticas  Parte 1


Una idea análoga puede encontrarse en las tradiciones religiosas y filosóficas de Asia. Por ejemplo, los Vedas, antiguos textos hinduistas escritos en sánscrito, concebían la historia en forma cíclica, con alternancia entre las edades oscuras y las de oro. En el marco del hinduismo, un iugá (‘era’ en sánscrito) es cada una de las cuatro eras en la que está dividido un majā iugá(‘gran era’). Los cuatro iugás son: satiá iugá (edad de oro), de 1.728.000 años; treta iugá (edad de plata), de 864.000 años; duapara iugá (edad de bronce), de 1.296.000 años; y káli iugá(edad de hierro o era del demonio Kali), de 432.000 años. Estas eras se corresponderían con las cuatro edades griegas. En la tradición hinduista, el mundo pasa por un continuo ciclo de estas épocas. Cada satiá-iugá se va degradando hasta convertirse en kali-iugá. Luego viene una etapa de renacimiento que no se describe en las Escrituras, y comienza otro satiá-iugá, seguida de otra fase descendente. Y así continuamente. El descenso de satiá-iugá a kali-iugá está asociado a un progresivo deterioro del dharma, palabra sánscrita que significa ‘ley religiosa’, manifestado en un decrecimiento en la duración de la vida del ser humano y la calidad de los estándares de la moral humana. El satiá-iugá es la primera de las edades del mundo. El satiá-iugá en total dura 4800 años de los dioses, que equivaldrían a 1.728.000 años de los hombres. Curiosamente 1 año de los dioses equivale a 360 años del hombre (360=60*6). El sistema sexagesimal es un sistema de numeración posicional que emplea como base aritmética el número 60. Tuvo su origen en la antigua Mesopotamia, en la civilización sumeria. También fue empleado por los árabes durante el califato omeya. El sistema sexagesimal se usa para medir tiempos (horas, minutos y segundos) y ángulos (grados). En Babilonia se dividió la circunferencia en 360 arcos iguales. Cada una de esas partes recibió el nombre de grado y a cada una de ellas se le asignó un dios. En el zodíaco vuelve a aparecer el doce, pues esa cantidad de signos o «casas» tiene el sistema, abarcando un arco de 30 grados y un conjunto de la misma cantidad de dioses. El sistema religioso era muy estricto y dogmático y exigía que los ángulos fueran construidos mediante regla no graduada de un solo borde y longitud indefinida, más un compás de abertura fija, mientras se trazaba una circunferencia, pero que se cerraba al levantarlo, con lo que no era posible usarlo para transportar segmentos o medidas. Este sistema de construcción geométrica era considerado de origen y uso divino. Según estas creencias el universo había sido creado con ese método de construcción geométrica. Lo que constituye un misterio es saber cómo se desarrolló plenamente ese sistema religioso geométrico, ya que el Teorema General de Ciclotomía de Gauss, de 1801, demuestra imposible la construcción para muchos ángulos de un número entero de grados, cualquiera que no sea múltiplo de 3º.


Es un problema determinar si los sacerdotes se conformaron con aproximaciones o con métodos no sagrados, como hacer marcas en la regla. Esto hubiera destruido toda una filosofía y, si hubiese ocurrido, tendrían que haberlo escondido cuidadosamente de los hombres no pertenecientes al clero. Cuatro períodos abarcan 1260 años, que equivalen a 3 + ½ veces 360 años. El uso del número sesenta como base para la medición de ángulos, coordenadas y medidas de tiempo se vincula a la vieja astronomía y a la trigonometría. Era común medir el ángulo de elevación de un astro y la trigonometría utiliza triángulos rectángulos. Durante el Califato Omeya, el sistema sexagesimal fue empleado por los árabes tanto para contar el tiempo como para la geometría y trigonometría que había evolucionado de los ancestros babilónicos, pasando por el viejo Egipto y muchas otras culturas. Fueron precisamente los árabes quienes asentaron el uso del sistema sexagesimal en la cultura moderna, ya que durante casi 500 años ostentaron todo el potencial científico sin discusión. Al igual que en su momento los babilonios trazaron las primeras líneas para que los árabes utilizaran su sistema años después, estos cimentaron el uso del sistema sexagesimal tal y como lo conocemos hoy día. Y por muy curiosos que resulte todavía sigue funcionando a la perfección. Volviendo al satiá-iugá, vemos que la era propiamente dicha duraba 4000 años de los dioses, el comienzo (amanecer) 400 años y el final (atardecer) otros 400 años. Estos son 4800 años de los dioses, que equivaldrían a 1.728.000 años de los hombres. El método de liberación espiritual en esta primera era es dhiana (‘meditación’). En esteiugá más elevado, todas las personas puede experimentar la espiritualidad por intuición directa. El velo entre los reinos de lo material y lo transcendental se vuelve casi transparente. De acuerdo con el Natia Shastra, antiguo tratado hinduista, no hay presentaciones de natiá (danza) en elsatiá-iugá porque es un periodo libre de cualquier tipo de infelicidad o miseria. Satiá-iugá es también llamado la Era Dorada o Edad de Oro. En el tréta-iugá, el método de liberación espiritual es el iagñá (‘sacrificio de animales en un altar’). La era en total dura 2400 años de los dioses, equivalente a 864.000 años de los hombres. La era propiamente dicha dura 2000 años de los dioses, el comienzo (amanecer) 200 años y el final (atardecer) 200 años. Se dice que la guerra descrita en el Rāmāiaṇa sucedió en tréta-iugá. En el duapára-iugá, el método de liberación espiritual es archana (‘adoración de ídolos’). En sánscrito, dvā-pára iugá significa ‘segunda era’’. Sin embargo esta era es la tercera, después de tréta-iugá, ya que el orden de las cuatro eras se trastocó en esta época en particular, y la ‘tercera era’ (tréta-iugá) vino antes que la ‘segunda era’. La era en total dura 3600 años de los dioses, equivalente a 1.296.000 años de los hombres. El fin de esta era está relacionado con la muerte del dios Krishná, y los sucesos descritos en elMajábharata.


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En el Kali iugá actual el método de liberación espiritual es dāna (‘dar caridad’). Igualmente, las escrituras Védicas recomiendan para esta era: “Cantar el nombre de Hari, Cantar el nombre de Hari, Cantar el nombre de Hari es el principal medio de alcanzar liberación espiritual en la era de Kali. No hay otra manera, no hay otra manera, no hay otra manera“. Es decir, el canto de losSantos Nombres de Dios, de forma colectiva (kirtan) o individual (japa) son las únicas maneras de alcanzar la liberación del espíritu de la contaminación material provocada por la riña e hipocresía que caracterizan a esta era. La era en total dura 1200 años de los dioses, equivalente a 432.000 años de los hombres. En el Vishnú puraná, kali-iugá se describe así: “En el kali-iugá, habrán numerosos gobernantes luchando por el poder entre ellos. Ellos no tendrán carácter. La violencia, las mentiras y la inmoralidad estarán a la orden del día. La piedad y la naturaleza del bien se desvanecerán lentamente. La pasión y la lujuria serán la única atracción entre los sexos. Las mujeres serán objetos de placer sexual. La mentira será la línea límite de subsistencia. La gente culta será ridiculizada y puesta en vergüenza; en el mundo la ley del más rico será la única ley“. Literalmente kali significa ‘el lado del dado marcado con un uno’. No se debe confundir con la diosa Kālī, fundamental en el hinduismo. Estos cuatro iugás juntos (satiá, treta, duapara y kali) completan un majā-iugá (‘gran era’). Una sucesión de 71 maja-iugás completan un manuantara(‘intervalo de Manu’), la vida de un patriarca Manu. Equivale a 12.000 años de los dioses o a 4.320.000 años de los hombres. Al final de cada manuantara hay un periodo igual de tiempo, de 71 majá-iugas, durante el cual el «mundo», que puede ser este planeta o el universo entero, es inundado. Entonces el ciclo comienza de nuevo. El escritor hindú Sri Yukteswar Giri tenía una interpretación diferente del ciclo de iugás, que lograba explicar la incoherencia de las doctrinas hindúes con la realidad que se vivía en su época, de principio del siglo XX. Se supone que enkali-iugá debería haber menos longevidad y menos desarrollo del conocimiento, y más machismo, crímenes de odio, etc. Para eliminar esa incoherencia, en su libro La ciencia sagrada, él sostuvo con cálculos matemáticos que no estamos en un kali-iugá. Según Sri Yukteswar Giri, elkali iugá comprende un periodo de 1000 +200 años de dioses, dwarpa-iugá 2000 +400, tetra-iugá 3000 +600 y satya-iugá 4000 + 800. A cada iugá le corresponden dos fases de transición, por ejemplo 100 + 1000 + 100. Si representamos las iugás en un reloj, la época espiritual más baja serían las 6 del reloj, hacia al año 1.000 d.C., el centro de kali yuga, más o menos la Edad Media, y el punto más alto estaría en las 12 del reloj, que es el centro del satya-iugá o Edad de Oro. Tardamos unos 12.500 años de los dioses desde el punto más bajo al más alto, y unos 25.000 en la vuelta completa en el sentido del reloj. Actualmente estaríamos a las 7 y ascendiendo en dwarpa-iugá o Edad de Bronce.


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Creencias similares a las de las cuatro eras o edades pueden encontrarse en el antiguo Oriente medio y en todo el mundo antiguo. Según Giorgio de Santillana, que fuera profesor de historia en el MIT y coautor del libro Hamlet’s Mill, hay cerca de 200 mitos e historias de 30 culturas antiguas que hablan de un ciclo de edades ligadas al movimiento de los cielos. Algunos creyentes utópicos, tanto políticos como religiosos, sostienen que la edad de oro volvería después de un período de decadencia. Otros consideran, en particular los hindúes modernos, que la edad de oro volverá gradualmente como una consecuencia natural de los cambiantesiugás (eras). Antes hemos dejado el tema de los titanes, que volvemos a retomar. Los titanes fueron doce desde su primera aparición en la Teogonía de Hesíodo; aunque en su Biblioteca mitológica, Apolodoro añade una decimotercera entidad, llamada Dione, desdoblamiento de la titánide Tea. Los titanes estaban relacionados con diversos conceptos primordiales, algunos de los cuales simplemente se deducían a partir de sus nombre, tales como el océano y la fructífera tierra, el Sol y la Luna, la memoria y la ley natural. Los doce titanes de la primera generación fueron liderados por el más joven, Crono (o Cronos), quien derrocó a su padre Urano (‘Cielo’) a instancia de su madre, Gea (‘Tierra’). Posteriormente los titanes engendraron una segunda generación, destacando los hijos de Hiperión (Helios, Eos y Selene), las hijas de Ceo (Leto y Asteria) y los hijos de Jápeto (Prometeo, Epimeteo, Atlas y Menecio). Los titanes precedieron a los doce dioses olímpicos, quienes, guiados por Zeus, terminaron derrocándolos en laTitanomaquia (‘guerra de los titanes’). La mayoría de los titanes fueron entonces encarcelados en el Tártaro, la región más profunda del inframundo. En la mitología griega, la Titanomaquia trata de una serie de batallas libradas durante diez años entre las dos razas de deidades muy anteriores a la existencia de la humanidad. Se trataba de los Titanes, luchando desde el monte Otris, y los Olímpicos, que llegarían a reinar en el monte Olimpo. Se la conoce también como la Batalla de los Titanes. Es confundida por algunos autores, como Ovidio, con la Gigantomaquia, o ‘guerra de los gigantes’, que es posterior. Los griegos de la edad clásica conocían varios poemas sobre laTitanomaquia. El principal de ellos, y el único que se ha conservado, era la Teogonía, atribuida a Hesíodo. Un poema épico perdido titulado Titanomaquia y atribuido a Tamiris, un aedo traciohijo de Filamón y Argíope, a su vez un personaje legendario. Los Titanes también jugaban un papel prominente en los poemas atribuidos a Orfeo. Aunque sólo se conservan fragmentos de los relatos órficos, revelan interesantes diferencias con la tradición de Hesíodo. Estos mitos griegos de la Titanomaquia caen dentro de una clase de mitos similares a otros en Europa y Oriente Próximo, donde un grupo de dioses se enfrenta a los dioses dominantes. A veces éstos dioses son suplantados. Otras los rebeldes pierden y son totalmente apartados del poder o incorporados al panteón.


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Otros ejemplos de la guerra de los titanes serían las guerras de los Aesir con los Vanir y los Jotunos en la mitología escandinava, o bien el épico Enuma Elish babilónico, así como la narración hitita del «Reino del Cielo» y el oscuro conflicto generacional de los fragmentos ugaritas. El marco para esta importante batalla fue creado después de que el titán más joven, Crono, derrocase a su propio padre, Urano, dios del Cielo y gobernante del universo, con la ayuda de su madre, Gea (la Tierra). Crono castró entonces a su padre, se apoderó de su trono y liberó a sus hermanos titanes, que habían sido encerrados en el Tártaro bajo el reinado tiránico y egoísta de Urano. Sin embargo, al ser usurpado su puesto, Urano profetizó que los propios hijos de Crono se rebelarían contra su gobierno igual que habían hecho él y sus hermanos. Por miedo de que sus futuros hijos se rebelasen contra él, Crono se convirtió en el terrible rey que su padre Urano había sido, y se tragaba enteros a sus hijos a medida que nacían de su esposa y hermana Rea. Sin embargo, según una leyenda arcadia recogida por el geógrafo griego Pausanias en suDescripción de Grecia, Rea logró esconder a sus hijos quinto y sexto, Poseidón y Zeus, diciendo a Crono que había dado a luz un caballo, y le dio un potro para que se lo comiera en lugar de Poseidón, y en lugar de Zeus le entregó una piedra envuelta en pañales. Rea llevó a Zeus a una cueva en la isla de Creta, donde éste fue criado por los Curetes y las ninfas Adrastea e Ida. Cuando Zeus se hizo mayor, Metis dio a Crono una poción especial, que provocó que éste vomitara a los hijos que se había tragado. Zeus los condujo entonces a la rebelión contra los Titanes. Entonces los Olímpicos, guiados por Zeus, declararon la guerra a la anterior generación de deidades, los Titanes. Estos fueron encabezados por Crono e incluían a Ceo, Crío, Hiperión, Jápeto, Atlas y Menecio. Los Olímpicos eran guiados por Zeus e incluían a Hestia, Hera, Deméter, Hades y Poseidón; e incluso a la titánide Hecate. Probablemente Estigia y sus hijos también lucharon en el bando de los Olímpicos. Además, los Hecatónquiros, gigantes con 100 brazos y 50 cabezas e hijos de Gea y Urano, y los Cíclopes, miembros de una raza de gigantes con un solo ojo en mitad de la frente, que habían sido encarcelados por Crono, ayudaron a los Olímpicos. Se decía que los Hecatónquiros ayudaron a los Olímpicos arrojando enormes piedras a los Titanes, de cien en cien. Los Cíclopes ayudaron fabricando las famosas armas de Zeus, los rayos, el tridente de Poseidón y el casco de invisibilidad de Hades. Habiendo logrado por fin la victoria tras toda una década de guerra, los Olímpicos dividieron el botín entre ellos, otorgando el dominio del cielo a Zeus, el del mar a Poseidón, y el del inframundo a Hades. Procedieron entonces a encerrar a los derrotados Titanes en el Tártaro, las más hondas profundidades del inframundo.


Sin embargo, dado que durante la guerra, tanto Océano como las titánides Tea, Rea, Temis, Mnemósine, Febe y Tetis, habían permanecido neutrales, no fueron castigadas por Zeus. Algunos otros titanes que no fueron encerrados en el Tártaro fueron Atlas, Crono, Epimeteo, Menecio y Prometeo. Zeus dio a Atlas un castigo diferente. Urano, el cielo, casi se había derrumbado sobre la tierra tras la guerra, debido a la enorme lucha que había ocurrido bajo él, por lo que Zeus dispuso que Atlas sujetase los cielos por toda la eternidad. Epimeteo, Menecio y Prometeo cambiaron de bando y ayudaron a Zeus en la guerra, por lo que no fueron castigados. Sobre el destino de Crono existen al menos dos variantes míticas. La tradición más antigua, reflejada en ciertos textos homéricos, como la Ilíada, y de Hesíodo, supone que Crono habita en el Tártaro rodeado por el resto de los titanes. Una tradición posterior señala que Crono fue luego liberado por voluntad de Zeus, y que quedó reinando en las islas de los Bienaventurados. Los que no se habían opuesto a Zeus siguieron teniendo de forma más o menos directa un papel en el nuevo orden mundial. Océano continuó circundando el mundo, el nombre de la ‘brillante’ Febe fue empleado como sobrenombre de Artemis y añadido como epíteto de Apolo, como «Apolo Febo», Mnemósine alumbró a las Musas, Temis siguió encarnando el concepto de ‘ley de la naturaleza’ y Metis fue madre de Atenea. En un texto órfico, Zeus no se limitó a atacar a su padre con violencia. En su lugar, Rea preparó un banquete para Crono, y éste se emborrachó con miel fermentada. En lugar de encerrarlo en el Tártaro, Crono fue arrastrado, todavía borracho, a la cueva de Nix, donde siguió durmiendo y vaticinando por toda la eternidad. Otro mito acerca de los titanes no mencionado por Hesíodo gira en torno a Dioniso. En un momento determinado de su reinado, Zeus decidió ceder el trono en favor del infante Dioniso, que, como Zeus a su edad, era protegido por los Curetes. Los titanes decidieron matar al niño y reclamar el trono para ellos. Se pintaron las caras de blanco con yeso, distrajeron a Dioniso con juguetes, y entonces lo despedazaron, y cocieron y asaron sus miembros, dándose un festín con ellos, mientras que de la sangre de la víctima nacía un granado. Zeus, enfurecido, castigó a los titanes fulminándolos con sus rayos. Atenea guardaba el corazón del niño en un muñeco de yeso, a partir del cual Zeus hizo a un nuevo Dioniso. Esta historia es narrada por los poetas Calímaco y Nono, que llaman a este Dioniso «Zagreo», y también en cierto número de textos órficos, en los que no se usa tal nombre. Una variación de esta historia, recogida por el filósofo neoplatónico Olimpiodoro, ya en la era cristiana, dice que la humanidad surgió del humo grasiento que despedían los cadáveres de los titanes al arder, muertos por el rayo de Zeus. Otros escritores anteriores insinúan por el contrario que la humanidad nació de la sangre derramada por los titanes en su guerra contra los Olímpicos.


mitica


Píndaro, Platón y Opiano se referían a la «naturaleza titánica» del hombre. Que esto se refiera a algún tipo de «pecado original» relacionado con el asesinato de Dioniso sigue siendo objeto de debate. En Atenas, se había dedicado un altar a Prometeo en la Academia de Platón. Desde allí partía una carrera de antorchas celebrada en su honor por la ciudad, en la que ganaba el primero que alcanzaba la meta con la antorcha encendida. Prometeo era hijo de Jápeto y la oceánide Asia o de la también oceánide Clímene. Era hermano de Atlas, Epimeteo y Menecio, a los que superaba en astucia y engaños. No tenía miedo alguno a los dioses, y ridiculizó a Zeus y a su poca perspicacia. Sin embargo, Esquilo afirmaba en su Prometeo encadenado que era hijo de Gea o Temis. Según una versión minoritaria, el gigante Eurimedonte violó a Hera cuando esta era una niña y engendró a Prometeo, lo que causó la furia de Zeus. Prometeo fue un gran benefactor de la humanidad. Urdió un primer engaño contra Zeus al realizar el sacrificio de un gran buey que dividió a continuación en dos partes. En una de ellas puso la piel, la carne y las vísceras, que ocultó en el vientre del buey, y en la otra puso los huesos, pero los cubrió de apetitosa grasa. Dejó entonces elegir a Zeus la parte que comerían los dioses. Zeus eligió la capa de grasa y se llenó de cólera cuando vio que en realidad había escogido los huesos. Desde entonces los hombres queman en los sacrificios los huesos para ofrecerlos a los dioses, y se comen la carne. Indignado por este engaño, Zeus privó a los hombres del fuego. Prometeo decidió robarlo, así que subió al monte Olimpo y lo cogió del carro de Helios o de la forja de Hefesto, y lo consiguió devolver a los hombres en el tallo de una cañaheja, que arde lentamente y resulta muy apropiado para este fin. De esta forma la humanidad pudo calentarse. En otras versiones, como el Protágoras de Platón, Prometeo robaba las artes de Hefesto y Atenea, se llevaba también el fuego porque sin él no servían para nada, y proporcionaba de esta forma al hombre los medios con los que ganarse la vida. Para vengarse por esta segunda ofensa, Zeus ordenó a Hefesto que hiciese una mujer de arcilla llamada Pandora. Zeus le infundió vida y la envió por medio de Hermes al hermano de Prometeo: Epimeteo, en cuya casa se encontraba la jarra que contenía todas las desgracias (plagas, dolor, pobreza, crimen, etcétera) con las que Zeus quería castigar a la humanidad. Epimeteo se casó con ella para aplacar la ira de Zeus, por haberla rechazado una primera vez a causa de las advertencias de su hermano de que no aceptase ningún regalo de los dioses. Pandora terminaría abriendo el ánfora, tal y como Zeus había previsto. Tras vengarse así de la humanidad, Zeus se vengó también de Prometeo e hizo que lo llevaran al Cáucaso, donde fue encadenado por Hefesto con la ayuda de Bía y Cratos.


Zeus envió un águila, hija de los monstruos Tifón y Equidna, para que se comiera el hígado de Prometeo. Siendo éste inmortal, su hígado volvía a crecerle cada noche, y el águila volvía a comérselo cada día. Este castigo había de durar para siempre. Pero Heracles pasó por el lugar de cautiverio de Prometeo de camino al jardín de las Hespérides y lo liberó disparando una flecha al águila. Esta vez no le importó a Zeus que Prometeo evitase de nuevo su castigo, ya que este acto de liberación y misericordia ayudaba a la glorificación del mito de Heracles, quien era hijo de Zeus. Prometeo fue así liberado, aunque debía llevar con él un anillo unido a un trozo de la roca a la que fue encadenado. Agradecido, Prometeo reveló a Heracles el modo de obtener las manzanas doradas de las Hespérides. Sin embargo, en otra versión Prometeo fue liberado por Hefesto tras revelar a Zeus que si tenía un hijo con la nereida Tetis, este hijo llegaría a ser más poderoso que su padre, quien quiera que éste fuera. Por ello Zeus evitó tener a Tetis como consorte y el hijo que tuvo ésta con Peleo fue Aquiles quien, tal y como decía la profecía, llegó a ser más poderoso que su padre. La Biblioteca mitológica recoge una versión según la cual Prometeo fue el creador de los hombres, modelándolos con barro. Prometeo se ofreció ante Zeus para cambiar su mortalidad por la inmortalidad de Quirón cuando éste fue herido accidentalmente por Heracles, lo que le produjo una herida incurable. Prometeo puede ser clasificado entre los dioses tramposos, como en la mitología nórdica lo es Loki, quien también es un gigante más que un dios, está asociado con el fuego y es castigado a ser encadenado a una roca y atormentado por un águila. Los mejores simbologistas europeos creen que el nombre de Prometeo tenía en la antigüedad un significado importante y misterioso. Paul Decharme (1839-1905), autor francés de la Mythologie de la Grèce Antique, explica la historia de Deucalión, hijo de Prometeo, a quien los beocios, naturales de la antigua Beocia, en Grecia, consideraban como el antecesor de las razas humanas. Paul Decharme dice: “Así, pues, Prometeo es algo más que el arquetipo de la humanidad, es su generador. Del mismo modo que hemos visto a Hefesto modelando a la primera mujer (Pandora) y dotándola de vida, así Prometeo amasa el barro húmedo, con el cual modela el cuerpo del primer hombre, a quien quiere dotar de la chispa del alma. Después del diluvio de Deucalión, Zeus, decían, había ordenado a Prometeo y a Athenaque que produjeran una nueva raza de hombres del lodo dejado por las aguas del diluvio, y, en los días de Pausanias, el limo que el héroe había empleado con este objeto se enseñaba todavía en Focis. En varios monumentos arcaicos vemos aún a Prometeo modelando un cuerpo humano, ya solo o con ayuda de Athena“.


La mitologia sobre las edades Miticas  Parte 1


En la mitología griega, Deucalión era hijo de Prometeo y la oceánide Pronea, y reinó en las regiones próximas a Ftía. Su esposa, y a la vez prima hermana, fue Pirra, hija de Epimeteo y Pandora. Cuando Zeus decidió poner fin a la Edad de Bronce con un gran diluvio, Deucalión, por consejo de Prometeo, construyó un arca y, disponiendo dentro de ella lo necesario, se embarcó en compañía de Pirra. Este relato es muy similar al del bíblico Noé, lo que indicaría un origen común. Zeus hizo caer desde el cielo una copiosa lluvia e inundó la mayor parte de la Hélade (Grecia), de manera que perecieran todos los hombres, excepto unos pocos que se refugiaron en las cumbres de las montañas próximas. Después de nueve días y otras tantas noches navegando, al término del diluvio, la pareja volvió a tierra firme y Deucalión decidió consultar el oráculo de Delfos, asistida por Temis, sobre cómo repoblar la tierra. Se le dijo que arrojase los huesos de su madre por encima de su hombro. Deucalión y Pirra entendieron que “su madre” era Gea, la madre de todas los seres vivientes, y que los “huesos” eran las rocas. Así que tiraron piedras por encima de sus hombros y éstas se convirtieron en personas. Las de Pirra en mujeres y las de Deucalión en hombres. El Diluvio de Deucalión es llamado así para diferenciarlo del diluvio de Ogigia y de otros. La Edad de Plata es el nombre que se suele dar a un periodo histórico particular que se considera sucesor o emulador de una anterior Edad de Oro, aunque su nivel sea inferior. La expresión se acuñó como una de las cinco Edades del Hombre descritas por Hesíodo, y que comienzan con la creación del hombre a partir de las piedras arrojadas por Deucalión y Pirra tras un diluvio. Esta humanidad vivió por cien años como niños, sin crecer; y repentinamente envejecieron y murieron. Zeus los destruyó por su impiedad mediante el diluvio de Ogigia. Tras el exilio de Crono, Zeus gobernaba el mundo, y los olímpicos crearon una segunda generación de hombres, denominados de plata por ser su raza menos noble que la anterior de oro. Zeus redujo la primavera perpetua que existía a una sola estación. Los hombres debían abrigarse, construir casas y trabajar, sembrando para poder cosechar y alimentarse. Los niños crecían al cuidado de su madre durante cien años, y la edad adulta duraba pocos años. Menos noble que la de la Edad de Oro, la humanidad de la Edad de Plata no dejaba de suscitar luchas de unos contra otros, y no honraba ni servía a los dioses inmortales. Estas acciones enojaron a Zeus, y los castigó destruyéndolos. El Diluvio de Deucalión fue provocado por la ira de Zeus contra los impíos hijos de Licaón, el hijo de Pelasgo. El mismo Licaón fue el primero en civilizar la Arcadia e institucionalizó el culto a Zeus Licio, pero enojó al dios sacrificándole un niño. Por esa razón fue transformado en lobo y su casa destruida por el rayo.


Algunos investigadores dicen que Licaón tuvo en total veintidós hijos, mientras que otros dicen que cincuenta. La noticia de los crímenes cometidos por los hijos de Licaón llegó al Olimpo y el mismo Zeus fue a visitarles disfrazado de viajero pobre. Tuvieron la desfachatez de servirle una sopa de menudos en la que habían mezclado las vísceras de su hermano Níctimo con otras de ovejas y cabras. Zeus no se dejó engañar y, derribando de un golpe la mesa en la que le habían servido aquel repugnante banquete, los convirtió a todos en lobos, menos a Níctimo, a quien devolvió la vida. A su regreso a] Olimpo, Zeus desahogó su disgusto desatando un gran diluvio sobre la tierra con la intención de borrar de su faz a toda la raza humana. Pero Deucalión, rey de Ptía, avisado por su padre, el titán Prometeo, a quien había visitado en el Cáucaso, construyó un arca, la llenó de avituallamiento y subió a bordo con su esposa Pirra, hija de Epimeteo. Luego empezó a soplar el viento del sur y comenzó la lluvia, y los ríos se precipitaban sobre el mar, que subía con asombrosa rapidez, arrasando y cubriendo cada ciudad de la costa y del interior, hasta que todo el mundo quedó inundado, a excepción de unas cuantas cimas montañosas, y todas las criaturas mortales parecían haber desaparecido, excepto Deucalión y Pirra, El arca estuvo flotando durante unos nueve días hasta que finalmente las aguas retrocedieron y la embarcación se posó en el monte Parnaso, o, en opinión de algunos, en el Etna, en el Atos, o en el monte Otris de Tesalia. Se dice que Deucalión obtuvo la confirmación del fin del diluvio por una paloma que él mismo había enviado a explorar. Como vemos, un relato muy similar al bíblico de Noé. Después de desembarcar sanos y salvos, ofrecieron un sacrificio al padre Zeus, protector de los fugitivos, y bajaron a orar en el santuario de Temis, junto al río Cefiso, donde hacía frío y el techo estaba cubierto de algas. Suplicaron humildemente que volviera a renacer la raza humana, y Zeus, escuchando sus voces desde lejos, envió a Hermes para asegurarles que todo lo que pidieran les sería concedido. Temis apareció en persona y dijo: «¡Cubríos la cabeza y arrojad hacia atrás los huesos de vuestra madre!». Deucalión y Pirra eran hijos de distintas madres, ambas ya fallecidas, así que dedujeron que la Titánide se refería a la Madre Tierra, cuyos huesos eran las rocas que yacían en la orilla del río. Por tanto, se cubrieron las cabezas y se inclinaron para recoger las rocas, tirándolas por encima de sus hombros. Las rocas se transformaron en hombres y mujeres, en función de que las hubiera arrojado Deucalión o Pirra, y de esta forma se renovó a humanidad, y desde entonces «pueblo» (laos) y «piedra» (laas) son la misma palabra en muchas lenguas.


Mitologia


Sin embargo, resultó que Deucalión y Pirra no fueron los únicos supervivientes del Diluvio, pues Megaro, un hijo de Zeus, había sido despertado mientras dormía por los gritos de las grullas que le llamaban para que subiera a lo alto del monte Gerania, que no llegó a ser cubierto por las aguas. Otro que escapó fue Cerambo de Pelión, a quien las Ninfas transformaron en escarabajo, pudiendo así volar a la cumbre del Parnaso. De modo similar, los habitantes de Parnaso, ciudad fundada por Parnaso, un hijo de Posidón que inventó el arte del augurio, fueron despertados por el aullido de lobos, y los siguieron hasta la cima de la montaña. En memoria de estos lobos llamaron Licorea a su ciudad. Así pues, el diluvio sirvió de poco, pues algunos de los parnasianos emigraron a Arcadia y repitieron las abominaciones de Licaón. Se sacrificaba un niño a Zeus Liceo y sus vísceras se mezclaban con otras en una sopa de menudos que se repartía luego entre los pastores junto al río. El pastor que come las vísceras del aúlla como un lobo, cuelga sus ropas en un roble, cruza el río y se convierte en licántropo. Durante ocho años forma parte de la manada de lobos, pero si se abstiene de comer carne humana durante este tiempo, puede regresar, cruzar de nuevo el río y recuperar sus ropas. Según Robert Graves, en su obra Los mitos griegos, este Deucalión era hermano de la Ariadna cretense y padre de Oresteo, rey de los locrios ozolianos, en cuya época una perra blanca parió una estaca que Oresteo plantó y que creció convirtiéndose en vid. Otro de sus hijos, Anfictión, dio alojamiento a Dioniso y fue el primer hombre que mezcló vino con agua. Pero su primer descendiente y el más famoso fue Heleno, padre de todos los griegos. El mito del Diluvio de Deucalión, aparentemente traído de Asia por los hélades, tiene el mismo origen que la leyenda bíblica de Noé. Pero, aunque la invención del vino por Noé es el tema de una fábula moral hebrea para justificar casualmente la esclavización de los cananeos por sus conquistadores semitas y casitas, los griegos han suprimido la invención del vino por Deucalión y se la han atribuido a Dioniso. Sin embargo, a Deucalión se le describe como hermano de Ariadna, que, junto con Dioniso, era la madre de varias tribus seguidoras del culto del vino, y además ha conservado su nombre de «marinero del nuevo vino». El mito de Deucalión recoge un diluvio mesopotámico del tercer milenio a.C., y también la fiesta otoñal del Año Nuevo de Babilonia, Siria y Palestina. Esta fiesta celebraba que Parnapishtim servía vino dulce nuevo a los constructores del arca, en la cual, según el poema épico babilónico de Gilgamesh, él y su familia sobrevivieron al diluvio enviado por la diosa lshtar. Parnapishtim, el Noé babilonio, era conocido por su sabiduría, por lo que también era llamado Atrahasis (el muy sabio). El sacerdote babilonio Beroso le llama Xisuthros, que viene de Hasis-Atra. El arca era un barco lunar y la fiesta se celebraba en la luna nueva más próxima al equinoccio otoñal, como una forma de provocar las lluvias invernales. A Ishtar, en el mito griego, se la llama Pirra, nombre de la diosa-madre de los puresati (filisteos), un pueblo cretense que llegó a Palestina pasando por Cilicia aproximadamente en el año 1200 a.C. Pirra en griego significa «rojo vivo» y es un adjetivo que se aplica al vino.


El arqueólogo Leonard Wooley empezó a excavar la ciudad sumeria de Ur, en el Eufrates, la patria legendaria de Abraham, entre 1927 y 1928. Encontró el mosaico de 3.500 a.C. y la tumba de la reina Shub-ad, acompañada de su corte y servidores asesinados durante su funeral. Excavando a 12 metros de profundidad encontró una capa de arcilla completamente limpia. Tenía un grosor de dos metros y medio, y no presentaba restos de utensilios ni basura. Una capa de aluvión natural se explica por una enorme inundación venida del mar y el cielo al mismo tiempo. Según el cap.VII del libro de Moisés, en la Biblia, el agua debe haberse vertido sobre los valles y las colinas por abrirse las fuentes de las grandes profundidades, y las ventanas del cielo, de tal modo que cayó sobre la tierra lluvia durante cuarenta días y cuarenta noches. Y las aguas siguieron sobre la tierra durante ciento cincuenta días. Recordando la concordancia del relato bíblico con la epopeya mucho más antigua de Gilgamésh y el diluvio sumerio, sirviéndose de las llamadas listas sumerias de reyes, y teniendo en cuenta que todas las excavaciones habían confirmado en el país de los dos ríos la autenticidad de las antiguas leyendas, y en especial de las Sagradas Escrituras, le pareció lógico suponer que esta inundación era el famoso Diluvio. Las representaciones de la media Luna como una barca se encuentran entre los registros sumerios. El dios Luna, navegante del cielo, es el hijo del dios supremo Enlil. El dios de las aguas y ordenador del mundo Enki también es un navegante. Jano bifronte tiene a la barca como emblema para navegar en el recipiente primordial de las aguas. Es el navegador del tiempo, el dios de los misterios y las iniciaciones. El barquero Caronte frecuentemente era representado de pie y con una percha, ayudando a las almas a atravesar la laguna Estigia. Miguel Angel representa en la Sixtina escenas de la vida de Noé y destaca el recurso de una barca para sobrevivir. Según la tradición, Santiago llevó a España el Evangelio de Jesús. Se convirtió en el santo patrono del país. Y Santiago de Compostela, donde supuestamente fue sepultado, se convirtió en lugar de peregrinación desde los primeros siglos de la Edad Media. A orillas del Mar de Galilea Jesús invitó a cuatro pescadores a ser sus primeros discípulos. Simón (Pedro), Andrés, Santiago y Juan estaban en una barca echando sus redes. El Nazareno demostró su dominio sobre la naturaleza haciendo que sus redes se llenaran de peces. “No temáis, les dijo, desde ahora seréis pescadores de hombres“.
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TECH123
No leía nada mostro, denunciado por no poner el resúmen level 5!