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De cómo Boards of Canada y nuestra tensión pos-moderna

De cómo Boards of Canada le puso soundtrack a nuestra tensión post-moderna

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Como ya se sabe a estas alturas, los fans de Boards Of Canada son gente con la que no debes meterte. Debemos recordar la violenta reacción de los fans cuando la revista Fact hizo una broma del día de los inocentes, anunciando el falso lanzamiento de un álbum de la banda. Este hecho, que se volvió uno de los eventos más memorables de la música en el 2013, se hizo tan sólo unas semanas antes de que el grupo lanzara una campaña de marketing por su cuenta, para anunciar un álbum nuevo luego de ocho años de ausencia. Se trataba de Tomorrow’s Harvest, el trabajo de más larga duración de Boards Of Canada desde el abrumador The Campfire Headphase, del 2005. Tomorrow's Harvest revivió algunas de las características iniciales del dúo y fue ampliamente ovacionado.


¿Cuál es el atractivo de Boards Of Canada, que despierta tan buenas impresiones entre los oyentes y los críticos? La respuesta, pienso, tiene que ver con dos cosas específicas: estar en el momento correcto y el lanzamiento de su segundo álbum Geogaddi.


La mayoría probablemente está de acuerdo con que Music Has The Right To Children, su álbum debut del 98, es el más importante y fundamental de la banda, al punto de considerarlo un “momento definitivo en la historia de la música británica”, en palabras de Sarah Birke, de The Independent; sin embargo, cuando el segundo álbum del dúo salió, cuatro años más tarde, Mark Richardson de la revista estadounidense Pitchfork no fue el único en apresurarse a señalar que era "una especulación segura decir que el concepto de reinvención no está dentro del léxico de Boards of Canada”.


Boards Of Canada


Aquí volvemos al tema de siempre, ¿es pertinente que los escritores de otros lugares de origen puedan opinar acerca de este tipo de bandas? Este proyecto se muestra tan intrínsecamente británico que escribir sobre él desde una perspectiva que no sea la del Reino Unido parece casi un sacrilegio. Tal vez sea hasta irónico, pues la parte del Reino Unido en donde nacieron Marcus Eoin y Michael Sandison en 1970 y 1971 ya no lo será más en septiembre.


Sin embargo, en 1998, esta cuestión no parecía importar tanto. Por lo menos desde el exterior, la idea de ser británicos cool era próspera. La música electrónica procedente de la isla estaba mejor que nunca, aunque al final de la década mostró algunos signos de agotamiento creativo. El trip hop ya era excesivo y en consecuencia, todo tipo de estilos derivados se empezaron a extender, con el "chillout" como mayor representante. Que de repente todo el mundo se pusiera a escuchar el último CD de Café Del Mar no me parecía una imagen muy bonita. Si bien hay que señalar que la deformación fue en parte debido a lanzamientos como Nightmares On Wax: Smokers Delight en 1995, el caso de Boards Of Canada fue un testimonio de la voluntad indomable de la ciudad de Sheffield para explorar nuevas posibilidades y la recepción entusiasta de Music Has The Right To Children sin duda les dio la razón.


Este soplo de aire fresco ya estaba casi acabándose cuando el tan esperado álbum de Geogaddi salió en febrero del 2002. Siempre preocupados por la repetición creativa, algunos críticos resaltaron el hecho de que el dúo no hubiera revisado completamente su enfoque de producción, y esto podía significar, según ellos, que a Boards Of Canada se le estaba acabando su cuarto de hora. Sin embargo, incluso los críticos que expresaron su decepción no pudieron ser indiferentes a un cambio significativo en el tono: algo más oscuro y más sombrío se asomaba. Había algo sutilmente inquietante en Geogaddi que, en todo caso, parecía muy apropiado.





Tal vez pueda parecer excesivamente dramático esto, pero cinco meses después del 9/11 y para alguien que acababa de comenzar la universidad, durante un tiempo uno tuvo la impresión de que las cosas realmente parecían estar cambiando. Todavía no era posible determinar con precisión hacia qué dirección nos dirigíamos. Sí, es cierto, el mundo no se acabó en el 2000. No nos llegó el apocalipsis ni nada parecido. Pero dos años después, todo parecía más incierto que nunca. De repente se creó un clima de tensión post-milenario.


Es en este contexto que la música de Boards Of Canada comenzó a tener sentido para mí. Para un adolescente en 1998, el concepto de nostalgia a través de la música electrónica –o la evocación de un pasado más inocente– no había sido del todo convincente. Sin embargo, tras el clima político que hubo en el 2002 por el 9/11, Geogaddi se presentó como una resultante de esa pseudo-utopía que duró casi una década tras la guerra fría, y cuyos delirios ahora eran obvios. Los ataques terroristas ciertamente ridiculizaron la hipótesis de "El fin de la historia" de Francis Fukuyama.


Muy por el contrario, de hecho. La historia continuó su rumbo sin pedir disculpas. Los fantasmas del pasado de la Guerra Fría volvieron a rondar (y no literalmente). Si los años noventa fueron un último vistazo del triunfo final de la Ilustración, el 9/11 confirmó la famosa afirmación de Horkheimer y Adorno de que "la tierra enteramente iluminada resplandece con calamidad triunfante".


Sería una exageración llamar a Geogaddi un álbum político, aunque viendo en retrospectiva, canciones como “Energy Warning” revelan una extraña tendencia a presagiar acontecimientos. Pero más que eso, Boards Of Canada se encargó de capturar las ansiedades de la sociedad del momento. El título de la canción “Music is Math” resultóser correcta. La música de ultratumba, con este álbum, lloró la muerte de la música rave. Sin embargo, ante todo, Geogaddi reconoció la pérdida de algo más grande: la idea de una inocencia utópica como posibilidad.


El intento de Boards Of Canada para expresar ese sentimiento de pérdida no es algo nuevo. De hecho se conoce desde el Romanticismo. Sonidos de la naturaleza, sintetizadores cálidos y remembranzas de la infancia son algunas de las técnicas utilizadas para volver a mitificar el mundo que nos rodea. Pero un mundo misterioso, como el que nos plantea esta banda, no se limita sólo a comunicar imágenes de épocas anteriores que se veían más simples, o a tener la intención de un mundo más perfecto. Esta banda pedía más. Dar la espalda a la razón implica reconocer el mal, y es aquí donde el cambio sutil de Music Has The Right To Children a Geogaddi se vuelve más significativo.


Poco después del 9/11, el autor y cineasta alemán Alexander Kluge, cuya obra está muy influenciada por la teoría crítica de la Escuela de Frankfurt, sugirió que la humanidad tan sólo podía existir dentro del punto ciego del Diablo. A pesar de que su álbum debut abrazaba la idea de un mundo de inocencia completa, Geodaddi no podía deshacerse de esa “calamidad triunfante” que había sucedido recientemente en su intento de volver a mistificar el mundo, lo cual podría ser la razón por la cual el diablo juega un papel tan destacado en el álbum.


Aparte de una pista llamada "The Devil Is On The Details" y el hecho de que el álbum tiene exactamente 66 minutos y 6 segundos de duración, el simbolismo satánico también se emplea en “Alfa and Omega” y “You Could Feel The Sky”. En las semanas y meses después del 9/11, las referencias a satanás estaban en todas partes, desde la cara en el humo que salía del World Trade Center, hasta en las descripciones que daban los principales actores del conflicto en los medios de comunicación, ya fuera Bush, Blair o Bin Laden, dependiendo de a quién se le preguntara.


De seguro todo esto pudo haber sido intencional. Sin embargo, esa invocación del mal supremo en un álbum del 2002 fue impresionante y desconcertante, todo esto al mismo tiempo, y no hizo más que reforzar su impacto. Más que eso, el enfoque volvió a Boards of Canada en representante de un estilo musical posmoderno que se muestra como la muerte de una inocencia utópica. En vez de ser un escape, el álbum sirvió como un recordatorio inquietante de las calamidades del presente, lo que lo hace un disco tan significativo hoy, 12 años después.




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