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El titán de la Argentina monstruosa

Ricardo Fort era adicto a la morfina. Pagaba US$ 200 semanales por las recetas. Sospechas familiares, herencia y la metáfora de un país a su altura.

El titán de la Argentina monstruosa

Fort quería ser cremado. Su familia y la investigación de la Justicia sobre su muerte lo impidieron

Una noche, en su camarín de “Bailando por un Sueño”, Ricardo Fort se quedó sin droga. Eso no era nada bueno. La temporada 2010 del programa, con Fort como jurado, se había convertido en el suceso televisivo de la década, con explosiones de 34 puntos de rating, el pico máximo en la historia de “ShowMatch” que Marcelo Tinelli jamás pudo superar. El hombre más requerido del país sudaba nervioso, chillaba. Le gritaba “¡No me molestes!”, a una asistente que le alcanzaba pañuelitos. En los pasillos de Ideas del Sur, lo esperaba confundido el séquito que él mismo financiaba sin reparar en gastos: efebos apenas mayores de edad –“Los Gatos”, los llamaba él–, chicos que reclutaba de discotecas y gimnasios para subirlos a aviones en primera clase y regalarles ropa y relojes; guardaespaldas que le costaban 100.000 pesos al mes y hasta cuatro agentes de prensa. Fort debía grabar dos programas en una jornada demoledora de once horas.

“¿Qué le pasa?”, preguntó un miembro de su corte. “Ricardo está con mucho dolor, no puede más. Es adicto a la morfina y no tiene. Vayan ya y busquen morfina”, gritaron desde el camarín. Media hora después, la droga estuvo. Fort la tomó. Y así, más tranquilo, terminó de grabar.

Fort era un paciente indomable. Desde hacía años, consumía un peligroso cóctel de morfina y analgésicos para intentar calmar los dolores en sus huesos que en el último tiempo se habían vuelto insoportables. Pero rara vez seguía al pie de la letra las prescripciones médicas. Se automedicaba, según la intensidad del dolor en su columna y en las rodillas. Llegó un momento en que nada fue suficiente. Quienes estuvieron junto a él en sus últimas horas juran que, aún internado en el Sanatorio de la Trinidad de Palermo para una operación programada de rodilla y fémur, sus caprichos prevalecían por sobre las opiniones médicas.

Ricardo

“Es cierto que nadie podía controlar lo que tomaba, porque Ricardo era incontrolable. Pero eso no quita que lo hayan dejado hacer lo que quiso. Alguien deberá hacerse cargo de lo ocurrido”, fue el reclamo de un familiar de Fort a los directivos del sanatorio, horas después de su deceso en la madrugada del lunes 25. La familia sospecha que en esta última internación hubo una posible mala praxis. Su madre, Marta Fort, lo sugirió sin vueltas: “Mi hijo no fue bien atendido”, dijo. Sobre todo cuando se enteró el clima distendido que había en la habitación del millonario. “Sus visitas entraban y salían fuera de los horarios regulares y hasta fumaban en la habitación, inclusive Ricardo”, contó a NOTICIAS un sorprendido testigo. Esto motivó que su hermano Eduardo Fort acudiera a la Justicia para pedir una investigación sobre la muerte de Ricardo, lo que impidió la cremación del cuerpo y el secuestro de la historia clínica del muerto. ¿Quién mató a Fort?
Hipocresía y muerte lenta. Fort manejó el mundo que se había construido como si fuera un capricho personal, con la cuenta bancaria ilimitada de su fortuna familiar como combustible, comprando afectos y compañía.

Hizo lo mismo con su cuerpo. En marzo del 2010, ingresó a la clínica FLENI para una primera operación dramática: le colocaron seis tornillos de titanio en la columna vertebral para enderezársela. En ese momento, los médicos le habían recomendado seis meses de reposo. Pero a él no le importó. Tres semanas después estaba haciendo piruetas en “Bailando por un Sueño”. La morfina se convirtió entonces en su principal calmante. Pero las recetas oficiales se acabaron en pocas semanas. Y Fort se la rebuscó para conseguir una provisión ilimitada. “Todas las semanas, lo visitaba una médica –revela a NOTICIAS un miembro de su entorno–. Era petisa, morocha, tez clara, muy bonita, de unos cuarenta años. Le traía las recetas y se las firmaba. Ricardo le pagaba 200 dólares por semana. Así tenía su morfina”.

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