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las mentiras de Cristina Fernández de Kirchner

La presidenta argentina, según el texto de la periodista Laura Di Marco, es bipolar y sufre de «egocentrismo patológico e hiperestrés»

las mentiras de Cristina Fernández de Kirchner


Cristina (a la derecha, en la segunda fila), estudió en el colegio público Escuela Nº102 de Tolosa


Laura Di Marco, autora de «Cristina Fernández. La verdadera historia» (Editorial Sudamericana), explora a lo largo de más de trescientas páginas los orígenes de la mujer más poderosa de Argentina. Descubre los enigmas de su infancia y juventud, sus complejos sociales, traumas, frustraciones y dudas -hasta el día de hoy-, de su propia identidad. ¿Fue Eduardo Fernández su verdadero padre? ¿Cuándo se convierte en abanderada de los derechos humanos? ¿Fue una activa militante política, como ella cuenta, en sus años universitarios? ¿Por qué Máximo Kirchner no quiso que el Papa bautizara a su hijo? ¿Es Axel Kicillof el hijo que Cristina Fernández hubiera querido tener? ¿Por qué siente la presidenta que el pueblo argentino no se la merece y considera unos inútiles a los miembros de su Gobierno?

El libro de Di Marco sirve en bandeja respuestas a estos interrogantes, pone nombre científico a los diferentes trastornos de salud que padece la presidenta de Argentina («hiperestrés, egocentrismo patológico, síndrome de Hubris y bipolaridad»), investiga las horas clave de su doble Gobierno y analiza la influencia de los hombres frente a los que termina siendo, prácticamente, una mujer sometida, «débil, vulnerable y sin esa personalidad de hierro que intenta aparentar. Ella es lo contrario de lo que se esfuerza en transmitir», observa Di Marco.

Relato ficticio

«La mentira como construcción de una historia personal se repite en el discurso oficial de su Gobierno». Escritora y periodista del diario «La Nación», Di Marco se refiere a lo que en Argentina llaman «el relato», una ficción que intenta, «de tanto repetirse, convertirla en realidad». La autora desnuda en el libro las falsedades políticas y personales de la mujer más poderosa de Argentina y, en ese proceso, el andamiaje de la mentira se cae por el peso de los testimonios, con nombres y apellidos, de familiares, amigos y de hechos históricos concretos que están plasmados en más de trescientas páginas. «Es falsa su militancia de juventud en el FAEP (Frente de Agrupaciones Eva Perón), como también lo es que fuera de clase media: la mujer que hoy es más rica que Barack Obama nació con la ayuda de una partera, y en su infancia vivió muy pobremente. Tampoco es verdad que se ocupara de los derechos humanos; los tuvo olvidados en Santa Cruz durante la dictadura y en democracia sólo se acordó cuando llegó al poder», advierte.

Las «mentiras de Cristina» se expresan en detalles que hoy parecen ridículos como decir, apunta Di Marco, «que era del equipo de fútbol de Gimnasia y Esgrima, muy popular, cuando sus compañeras la recuerdan fanática de la camiseta de Estudiantes porque era el equipo del su primer novio, Raúl Cafferata, un jugador de rugby de clase alta». Pero las mentiras como instrumento para sacar beneficio político resultan recurrentes en el Gobierno de la viuda de Kirchner. Un ejemplo lo ilustra: «No estaba a favor del matrimonio igualitario, despreciaba el proyecto de ley de la diputada Vilma Ibarra y sólo se interesó por él cuando le alcanzaron unos sondeos con el 60 por ciento de apoyo. Entonces, se dio cuenta del rédito electoral que podía lograr y asumió la ley como propia y de su marido», recuerda.

Laura Di Marco busca en los orígenes de la presidenta las claves que permiten traducir su forma de gobernar, un estilo beligerante y resentido. Entre las sorpresas que descubre, encuentra «el reconocimiento paterno cuando ella tiene seis años, pero… esa paternidad está en duda», observa. En el libro se recogen diferentes testimonios, incluidos los de familiares directos de la presidenta, que avalan esas dudas; pero el más llamativo es el de Emilce Lattaro, presunta medio hermana de Cristina Fernández; una mujer de muy bajo perfil, hija de Florencio Lattaro, que asegura que «la presidenta conoce la historia tan bien como ella». Incluso se ofreció, por razones humanitarias, a hacerse un ADN. En este contexto resultan llamativas las declaraciones de las tías de Cristina Fernández. Tras el fallecimiento de su hermano nunca más volvieron a saber ni tener comunicación con su sobrina.

«Estaba obsesionada con estudiar en un colegio privado. Buscó siempre el ascenso social para sentir que formaba parte de esa clase a la que no pertenecía y de la que, finalmente, era rechazada», explica Laura Di Marco. Un escena cruel de su juventud, narrada por algunos de los presentes, resume esa fijación. Ella era la distinta de un grupo de chicos bien. «Jugaban en un corrillo a verdad o consecuencia. Le tocó el turno a Edimé, novia y futura mujer del actual embajador de Argentina en España, Carlos Bettini. Eligió verdad. Le preguntaron qué pensaba de Cristina. Ella respondió mirándola a los ojos: ‘‘Estoy harta de que me imites en todo; si me pongo minifalda vos te pones minifalda, si cambio el peinado te lo cambiás, si me pongo un suéter negro hacés lo mismo, si uso lentes de sol -algo atípico en la época- vos te pones lentes…Me tenés harta ¿Sabés lo que pienso? ¡Que no tenés personalidad y que harías muy bien en buscarte una’’. Cristina, en un llanto incontenible, se fue y nunca más la volvieron a ver».

Néstor Kirchner

En un abrir y cerrar de ojos rompió con el novio, conoció a Néstor Kirchner en la Universidad y «en apenas seis meses se casaron. La pérdida de Néstor fue algo más que la de un marido», comenta Di Marco. Hoy, sin él, pareciera haber encontrado una figura protectora en el Papa, pero cuando Francisco era Monseñor Bergoglio el rechazo era absoluto. Una escena recogida en el libro ilustra cómo, en rigor, la presidenta, católica convencida y con una colección de 1.500 rosarios, estaba mediatizada por su difunto esposo. «Cristina Fernández saluda la designación de un Papa latinoamericano pero olvida mencionar que es argentino. Recibe la llamada de Rafael Correa, presidente de Ecuador, que la felicita con entusiasmo. Ella, en la conversación, le expresa su descontento y le dice que es su enemigo. Correa, incrédulo ante lo que oía, trata de explicarle la importancia y la dimensión que tiene que el nuevo Papa sea argentino, pero ella no atiende a razones hasta que el ecuatoriano, ideológicamente a su lado, y en el que confía, le pide que le cite un solo caso en el que Bergoglio le haya hecho mal. No tiene respuesta».

Quizás aquella conversación sirvió para modificar la predisposición de la presidenta de Argentina durante su viaje al Vaticano. «El Papa la invitó a almorzar. Cuando salió ya no era la misma. Se volvió y sigue siendo una entusiasta de Francisco en quien se apoya y con quien conversa periódicamente», termina Di Marco.

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